14
El chismorreo sobre Betty Anderson fue como una tableta de chocolate en manos de unos niños.
Es decir, no permaneció más que un momento entre un par de labios antes de pasar rápidamente a otros.
Las murmuraciones surgieron de Walter Barry, un joven de pecho hundido que trabajaba como cajero en el Citizens’ National Bank .
Fue a Walter a quien John Anderson presentó el cheque extendido por Leslie Harrington.
Walter miró el cheque con curiosidad e inmediatamente dedujo que allí había gato encerrado.
Ésta era la frase favorita de Walter. Tenía connotaciones de misterio e intriga, algo que faltaba en la vida de católico irlandés que compartía con su anciana madre y su hermano Frank.
Walter dedujo que allí había gato encerrado, porque su hermano Frank trabajaba como capataz en las fábricas y Frank no había comentado nada acerca de que John Anderson hubiera recibido una bonificación de doscientos cincuenta dólares.
Al principio, Walter, que era muy aficionado a las novelas policíacas, pensó que John Anderson estaba chantajeando a Leslie Harrington por alguna oscura y misteriosa razón, pero en cuanto esta idea pasó por su mente su cara enrojeció.
La posibilidad de que alguien chantajeara a Harrington era ridícula.
Walter sonrió nerviosamente mientras contaba doscientos cincuenta dólares en billetes para John Anderson .
—Esto es mucho dinero, John —dijo Walter con toda la indiferencia de que fue capaz—. ¿Es que piensas tomarte unas pequeñas vacaciones?
John Anderson también tenía una frase favorita.
La suya era que él, John Anderson, no se dejaba engañar fácilmente.
Había esperado preguntas en el banco, preguntas amistosas, pero, al fin y al cabo, preguntas que requerían una contestación.
John Anderson había ido preparado. No era culpa suya haber nacido en Estocolmo, una ciudad grande y cosmopolita, y no haber aprendido en treinta años el tortuoso arte de vivir en una pequeña ciudad de Estados Unidos.
—Nada de vacaciones para mí —dijo John Anderson—.
El dinero es para mi hija Betty. Se marcha un tiempo a casa de una tía que vive en Vermont.
—John vivía en el norte de Nueva Inglaterra desde hacía treinta años.
Había adquirido el acento de la región—.
Esta tía es hermana de mi esposa. La hermana mayor, y ahora está enferma.
Betty va a cuidarla durante un tiempo. El señor Harrington es un buen hombre.
Me ha anticipado un poco de dinero para que envíe a Betty a cuidar de su tía enferma.
—Oh —dijo Walter Barry—. Lo siento, John. ¿Estará Betty mucho tiempo fuera?
—No —dijo el pobre John Anderson, que no se dejaba engañar fácilmente—, no mucho.
—Comprendo —dijo Walter con amabilidad—. Bueno, aquí tienes, John. Doscientos cincuenta dólares.
—Gracias —dijo John.
Salió del banco convencido de que había estado muy inspirado al ocurrírsele la historia de Betty y su tía soltera de Vermont por si alguien se lo preguntaba.
Rutland, diría. Estaba lo bastante lejos para resultar seguro.
John Anderson no conocía a nadie de Peyton Place que hubiera estado en un lugar tan lejano como Rutland, Vermont.
Walter Barry esperó a que la puerta giratoria que había utilizado John Anderson estuviera vacía. Después se acercó inmediatamente a la señorita Soames, que trabajaba a su izquierda.
—¿Has oído lo de Betty Anderson? —preguntó—. Se marcha a casa de una tía soltera que vive en Vermont.
Los cristales de las gafas de la señorita Soames centellearon.
—¡No me digas! —exclamó.
Todo esto tuvo lugar entre las doce y la una de la tarde, pues John Anderson fue al banco a la hora de la comida.
A las cinco el rumor había llegado a oídos de las personas que recordaban la cara contusionada que Betty tenía el día anterior.
Llegó a oídos de Pauline Bryant, la hermana de Esther Bryant , que era la secretaria de Leslie Harrington .
Pauline, que trabajaba como dependienta en la ferretería de Mudgett, telefoneó a Esther, y Esther, orgullosa de ser la única que estaba al tanto del caso, le relató la verdadera historia sobre Betty Anderson .
Aquella noche la verdadera historia sobre Betty Anderson fue servida, junto con la carne y las patatas, en todas las mesas de Peyton Place .
Allison MacKenzie la supo por su madre, que la utilizó como una especie de martillo con el que remachar sus argumentos a favor de la castidad en las muchachas jóvenes.
—Ya ves lo que ocurre —dijo Constance MacKenzie— cuando una chica deja que la manoseen. El resultado es lo que le ha pasado a Betty Anderson . Éste es el castigo de una conducta indecente. La vergüenza.
Unas horas más tarde, Allison y Kathy Ellsworth estaban sentadas, con las piernas cruzadas, sobre la cama de Allison.
—¿Sabes lo de Betty Anderson ? —preguntó Allison.
—Sí —contestó Kathy, cepillándose distraídamente el pelo—. Papá nos lo ha contado durante la cena.
—¿No te parece horrible?
—Oh, no lo sé. Creo que sería muy excitante tener el hijo de un amante.
Allison se esparció la crema hidratante sobre el cuello con firmes movimientos ascendentes, tal como aconsejaban hacer en un artículo ilustrado de una revista femenina.
—Bueno, no creo que me gustara ir a vivir a Vermont con una tía soltera hasta que naciera mi hijo.
—A mí tampoco —convino Kathy—. ¿Crees que Rodney es un buen amante?
—Supongo que sí. Tiene experiencia. Norman me ha estado hablando de un libro que ha leído. Dice que la teoría no basta para ser un buen amante. También se necesita experiencia.
—Rodney la tiene. Creo que debería haberse casado con Betty. ¿Y tú?
—No. ¿Por qué razón? Las personas que tienen aventuras amorosas deben ser lo bastante inteligentes para saber lo que hacen. El matrimonio es para los tontos, y si sigues adelante con tu idea y te casas, Kathy, eso será el final de tu carrera artística. El matrimonio es una estulticia.
—¿Qué quiere decir una «estulticia»?
—Oh, una tontería, o una locura, o algo así —dijo Allison con impaciencia.
Siempre se impacientaba cuando le pedían que definiera una palabra de cuya definición no estaba segura.
—¿Crees que tu madre se casará con el señor Makris?
Allison bajó sus manos cubiertas de crema y se las limpió con una toalla.
Ésta era una pregunta sobre la que había pensado mucho.
Sabía que una viuda tenía perfecto derecho a volver a casarse.
Su sentido común le decía que era muy posible que su madre considerase la posibilidad de contraer matrimonio con Tomas Makris, pero sus emociones no le dejaban creer tal cosa.
Su madre había estado casada con Allison MacKenzie y para la hija de Allison MacKenzie era inconcebible que una mujer que hubiera estado casada con él pudiera pensar en hacer otra cosa que llorar su pérdida durante el resto de su vida.
—No, no lo creo —dijo Allison a Kathy.
—¿No te gustaría que lo hiciera? —preguntó Kathy—. Creo que hacen una pareja espléndida. El es tan moreno y ella es tan rubia...
Allison notó una contracción en el estómago.
—No —contestó vivamente—. No me gustaría nada.
—¿Por qué no? ¿No te gusta el señor Makris? Cuando llegó aquí dijiste que era el hombre más guapo que habías visto en tu vida.
—Nunca he dicho tal cosa. Dije que, después de mi padre, era el hombre más guapo que había visto en mi vida.
—Creo que el señor Makris es mucho más guapo de lo que lo fue tu padre, si es que tu padre se parecía a esta fotografía que hay abajo.
—Pues no lo es —declaró Allison—. Además, mi padre era bueno y amable y dulce y considerado y generoso. La belleza no lo es todo, ¿sabes?
—¿Por qué crees que el señor Makris no lo es? —preguntó Kathy.
—Por favor —dijo Allison—. No quiero seguir discutiendo. Mi madre no se casará con él. Me escaparé de casa si lo hace.
—¿De verdad te escaparías? —le preguntó Kathy, escandalizada—. ¿Dejarías la escuela, y el trabajo en el periódico y todo?
Allison pensó en su trabajo. En las últimas semanas había escrito artículos sobre Elm Street tal como era hacía cien años, la estación de Peyton Place tal como era hacía cincuenta años y varios otros por el estilo.
Su trabajo no se parecía en absoluto a lo que ella había esperado que sería trabajar en un periódico.
Era, para utilizar la palabra favorita, aunque inadecuada, de Allison, una «estulticia».
—Sí, lo haría —dijo terminantemente Allison.
—¿Dejarías tu hogar y tus amigos y todo?
—Sí —dijo Allison con un suspiro trágico, pues sus amigos incluían a Norman Page, de quien se imaginaba estar enamorada—. Sí, lo dejaría todo y a todos.
—Pero ¿adónde irías? —preguntó Kathy, que a veces podía ser desagradablemente práctica.
—¿Cómo voy a saberlo? —exclamó Allison de muy mal humor—. A Nueva York, supongo. Ahí es donde van todos los escritores para hacerse famosos.
—También van los artistas —dijo Kathy—. Quizá podríamos ir juntas y vivir en un apartamento de Greenwich Village, como las dos chicas del libro que leímos. Claro que no sé lo que podría decir a Lew.
—Oh, Lew —dijo Allison, quitando importancia con un movimiento de la mano al actual amor de Kathy.
—Eso lo dices tú —declaró Kathy con tono ofendido—. Lew no está enamorado de ti. Quizá Norman no te excite ni te emocione tal como Lew hace conmigo, pero ésta no es razón para estar celosa.
—¡Celosa! —exclamó Allison—. ¿Se puede saber por qué he de estar celosa?
Norman es tan excitante como Lew. Sólo porque es tranquilo y no se pasa el día dirigiéndome miradas eróticas como hace Lew contigo, no hay que pensar que no puede ser muy excitante y emocionante, porque lo es.
Norman es un intelectual. Incluso sabe hacer el amor intelectualmente.
—Nunca he oído hablar de un amor intelectual —dijo Kathy—. Explícame cómo es. La única clase de amor que conozco es la de Lew, y me gusta mucho. ¿Cómo es esa otra clase?