13
Leslie Harrington no era un hombre aprensivo, pues de joven había descubierto que las preocupaciones son inútiles.
A muy temprana edad, Leslie había aprendido el mejor modo de solucionar cualquier problema.
Siempre que se le presentaba alguno, en vez de pasar las horas sumido en una preocupación vana e infructuosa, tomaba asiento y hacía una lista de todas las posibles soluciones.
Cuando la lista estaba lo más completa que podía, escogía una solución conveniente y sensata que, por regla general, era ventajosa para él.
Este sistema nunca le había fallado. De haberlo hecho, lo habría descartado inmediatamente y buscado otro, pues Leslie Harrington no podía dejarse vencer por nada ni nadie.
Nunca había sido lo bastante curioso como para preguntarse la razón.
Era una faceta de su personalidad y la aceptaba tal como aceptaba la forma de su cabeza.
No resistía perder, y eso era todo. En las pocas ocasiones que había perdido, había pasado varios días enfermo físicamente y meses mentalmente deprimido; pero incluso esos malos ratos le resultaban provechosos.
En el doloroso despertar que seguía a una derrota, tenía tiempo para averiguar las razones que le habían llevado a ella.
A los cincuenta años, Leslie Harrington podía enorgullecerse de decir, y a menudo lo hacía, que nunca había sufrido dos veces la misma pérdida.
De niño, Leslie se había tirado al suelo con rabia en las pocas ocasiones que su padre o su madre le vencieron jugando a la lotería o al parchís.
Sus padres se amoldaron rápidamente a esta peculiaridad de su hijo, y en cuanto lo hubieron hecho Leslie no volvió a perder ninguna partida cuando jugaba con ellos.
Más tarde había descubierto que era posible ganar prácticamente en todo si uno sabía hacer trampas.
Se convirtió en la estrella del equipo de baloncesto de la escuela en cuanto aprendió a dar patadas y codazos sin que los árbitros le vieran y se graduó con el número uno de su clase después de cuatro años durante los que llevó chuletas en los puños de la camisa y delgados tubos de papel en la mitad hueca de su pluma.
Leslie Harrington fue designado por sus condiscípulos como el alumno con más probabilidades de triunfar, y esto no fue la burla que podría haber sido.
Era sumamente probable que Leslie triunfara porque él creía que debía hacerlo, mientras que a otros sólo les habría gustado disfrutar de las recompensas del éxito.
Para Leslie Harrington el éxito no era la imprecisa palabra de muchos significados que era para la mayoría de sus intelectuales condiscípulos.
El término estaba claramente definido en su mente.
Significaba dinero, la mayor casa de la ciudad y el mejor coche.
Y, por encima de todo, significaba lo que Leslie llamaba «ser el amo».
Que sería el «amo» de las Fábricas Cumberland era algo sabido de antemano.
Las fábricas fueron levantadas por su abuelo y ampliadas por su padre y el sillón del amo de las oficinas estaba hecho a la medida de Leslie, la tercera generación de propietarios.
Naturalmente, esto no era suficiente. Lo que Leslie quería en realidad era ser el amo del mundo, y mientras se limitaba sabiamente a sus fábricas, a su hogar y a su ciudad, nunca olvidó su deseo.
A los veinticinco años de edad, Leslie decidió casarse con Elizabeth Fuller , una muchacha alta y esbelta con el aspecto aristocrático que a veces surge después de muchas generaciones de endogamia.
Cuando Leslie resolvió casarse con ella, Elizabeth estaba prometida a Seth Buswell desde hacía un año.
Los obstáculos que se interponían entre Leslie y Elizabeth eran lo bastante numerosos y difíciles como para excitar a cualquier hombre que amara un combate que estaba seguro de ganar, y Leslie sabía que vencería.
Sólo tuvo que mirar a Elizabeth, dulce, joven y tan flexible como la rama de un sauce, para saberlo.
Los obstáculos en su camino eran la familia de ella, Seth y la familia de Seth y la familia Harrington, y no había una sola persona que considerase conveniente el matrimonio de Leslie con Elizabeth.
Los venció a todos, ganó a Elizabeth, y en menos de diez años la mató.
En ocho años, Elizabeth Harrington tuvo ocho abortos en el tercer mes de cada embarazo, y después de cada uno de ellos el doctor Matthew Swain y varios especialistas de Boston hasta cuyo consultorio arrastró Leslie a su frágil y cansada esposa le dijeron que no sobreviviría a otro.
Era imposible, dijeron, que Elizabeth llevara una gestación a término.
Ninguno de ellos comprendió que con esta palabra, «imposible», transformaban en obsesión lo que en Leslie había sido un simple deseo de tener un hijo y heredero.
Cuando Elizabeth quedó embarazada en el noveno año de su matrimonio, Leslie contrató a un médico y a dos enfermeras de White River .
Los tres se instalaron en casa de los Harrington, metieron a Elizabeth en cama y la obligaron a permanecer nueve meses en ella.
Cuando dio a luz a un hijo de cabello negro, cara sonrosada y cuatro kilos setecientos gramos de peso, Elizabeth vivió el tiempo suficiente para oír su primer llanto.
Murió varios minutos antes de que una de las enfermeras de White River tuviera tiempo de lavar al bebé y depositarlo al lado de su madre.
Cuando Leslie cogió por primera vez a su hijo en brazos, su sensación de triunfo fue mayor que nunca, y no le horrorizó que esta vez el obstáculo en el camino de su deseo hubiera sido su esposa.
Con el transcurso de los años, Leslie continuó siendo el «amo» de sus fábricas y su ciudad, pero no fue el «amo» de su hijo. También esto era su su propio deseo. Le complacía ver reflejados en Rodney los rasgos que eran suyos.
—Ese niño tiene energía —decía Leslie con frecuencia—. Ni rastro de la debilidad de los Fuller.
En esto Leslie Harrington estaba equivocado, pues Rodney era débil del modo terrible y decisivo que lo son todos aquellos que se sienten protegidos y rodeados por poderosos factores externos.
Rodney nunca tuvo que ser fuerte porque la fuerza estaba a su alrededor, dispuesta a protegerle y escudarle.
Tampoco los deseos de triunfar impulsaban a Rodney igual que a su padre.
Es cierto que le gustaba mucho vencer, pero no hasta el extremo de tener que luchar y esforzarse para lograrlo, en especial si sus oponentes eran de su misma talla.
Antes de cumplir los diez años, Rodney sabía que no valía la pena luchar por algo que implicase un esfuerzo, pues obtenía todo lo que quería de su padre sin esforzarse.
Sólo tenía que pedirlo o, más tarde, extender la mano, y todo lo que quería era suyo.
Sin embargo, Rodney no era tonto. Sabía que le convenía complacer a su padre siempre que pudiera, especialmente cuando ello no implicaba ningún sacrificio por su parte.
Así pues, cuando era más joven y su padre quiso que se relacionara con «buenos» niños, Rodney lo hizo así.
A él no le importaba. Podía ser el rey en cualquier sitio.
Y más tarde, cuando su padre quiso que fuera a New Hampton, Rodney fue de muy buena gana.
Odiaba la escuela, de modo que tanto le daba una como otra.
Cuando fue expulsado, no tuvo miedo de volver a su casa y enfrentarse con su padre.
—Me han echado, papá —dijo.
—¿Se puede saber por qué?
—Por beber y salir con chicas, me imagino.
—¡Por el amor de Dios!
Leslie había ido a hablar inmediatamente con el director de New Hampton y le dijo lo que pensaba de una escuela que impedía a un muchacho correrse algunas juergas juveniles.
—Les pago para que le enseñen unas cuantas materias académicas —había advertido Leslie—, no para que se preocupen de lo que hace en su tiempo libre. De eso ya me ocuparé yo.
Pero Leslie Harrington nunca se había preocupado por nada.
Era algo tonto e inútil. Ciertamente no se preocupaba por su hijo, pues éste no podía meterse en ningún embrollo del que su padre no pudiera sacarle.
Era natural que un muchacho sano y con sangre en las venas se metiera en algún lío.
Leslie decía a menudo que no daría un centavo por un muchacho que no hiciera una locura de vez en cuando.
Mantenía muy buenas relaciones con su hijo, un muchacho sano y bien parecido.
Él y su hijo eran camaradas, compañeros, y aunque se respetaban mutuamente tal como harían dos buenos amigos, Leslie nunca se había entrometido en la vida de su hijo.
—Las entrometidas son las mujeres —decía Leslie a Rodney con frecuencia.
Así, cuando aún era muy joven, Rodney aprendió a amar su vida de niño sin madre en la casa de Chestnut Street.
Por todas estas razones, Rodney, a los dieciséis años, no tenía el menor miedo de su padre. Cuando preguntó a Betty Anderson qué creía que diría su padre acerca del lío en que se encontraba, no fue el miedo lo que le impulsó, sino el curioso deseo de saber.
Al dejar Rodney a Betty Anderson la noche que le dijo que estaba embarazada, acudió inmediatamente a su padre.
Leslie estaba sentado en la habitación de la casa de Chestnut Street que designaba como «el estudio».
Las paredes de la habitación se hallaban cubiertas de estantes desde el suelo hasta el techo, llenos todos ellos de libros lujosamente encuadernados que nadie había leído jamás.
Fue el padre de Leslie quien compró los libros por motivos decorativos y Leslie los había heredado junto con el resto de la casa.
Dos veces por semana, la vieja Pratte desempolvaba los lomos de los libros con un accesorio que sujetaba al aspirador.
Leslie estaba sentado a una mesa delante de una pared cubierta de libros, haciendo un puzle.
—Hola, papá —dijo Rodney.
—Hola, Rod —dijo Leslie.
La conversación que siguió a este intercambio de saludos podría haber escandalizado y sorprendido a un extraño, pero no contuvo ninguno de estos elementos para los dos participantes.
Rodney se dejó caer en una butaca tapizada de cuero y apoyó las piernas en el ancho brazo, mientras Leslie continuaba haciendo el puzle.
—En Ash Street hay una chica que me acusa de haberla dejado embarazada.
—¿Quién es?
—Betty Anderson .
—¿La hija de John Anderson?
—Sí. La menor.
—¿De cuánto está?
—Ella dice que de un mes, aunque no sé cómo puede saberlo tan pronto.
—Hay maneras.
—Quiere que me case con ella.
—¿Qué quieres tú?
—Yo no quiero.
—Está bien. Me encargaré de ello. ¿Quieres una copa?
—Está bien.
Los dos Harrington tomaron un whisky con soda, el del padre sólo un poco más fuerte que el del hijo, y hablaron de béisbol hasta las once, hora en que Rodney dijo que iba a ducharse y a acostarse.
El siguiente lunes por la mañana, Leslie Harrington llamó a John Anderson , que trabajaba como ajustador de telares en las Fábricas Cumberland. Anderson entró en el lujoso despacho de Leslie con la gorra en la mano y se detuvo frente a la mesa de Leslie con aspecto cohibido.
—¿Tienes una hija llamada Betty, John ?
—Sí, señor.
—Está embarazada.
John Anderson se sentó en una butaca de cuero sin que le invitaran a hacerlo. Su gorra se cayó al suelo.
—Va por ahí diciendo que mi hijo tiene la culpa, John.
—Sí, señor.
—No me gustan las habladurías, John.
—No, señor.
—Hace mucho tiempo que trabajas para mí, John, y si tienes problemas en casa me gustaría ayudarte.
—Gracias, señor.
—Aquí tienes un cheque, John, por valor de quinientos dólares. He adjuntado una nota con el nombre de un discreto médico de White River para que tu hija pueda librarse del niño. Quinientos dólares serán más que suficientes, aparte de la bonificación que te daré, John.
John Anderson se levantó y recuperó su gorra.
—Gracias, señor —dijo.
—¿Te gusta trabajar para mí, John?
—Sí, señor.
—Eso es todo, John. Puedes volver a tu trabajo.
—Gracias, señor.
Cuando John Anderson hubo salido, Leslie se sentó en su butaca y encendió un cigarro. Llamó a su secretaria para averiguar si su café estaba preparado.
Aquella misma tarde, Betty Anderson , que no sólo tenía la moral sino también las garras de un gato callejero, apartó de un empujón a la secretaria de Leslie y entró en el despacho del dueño de la fábrica.
Su cara ostentaba las huellas del furor de su padre y su boca aún estaba retorcida con los insultos que había lanzado contra Rodney.
Arrojó el cheque de Leslie sobre su mesa.
—Usted no me comprará por tan poco dinero, señor Harrington —advirtió—. El hijo que espero es de Rodney y Rodney se casará conmigo.
Leslie Harrington cogió el cheque que la muchacha había tirado. No habló.
—Rodney se casará conmigo o iré a la policía. La condena por concebir hijos ilegítimos en este estado es de veinte años, y yo me ocuparé de que la cumpla en su totalidad a menos que se case conmigo.
Leslie conectó el interfono para hablar con su secretaria.
—Tráigame el talonario, Esther —dijo.
Betty se dejó caer en una butaca, con una sonrisa de satisfacción en los labios hinchados.
Cuando la secretaria hubo entrado y salido, Leslie se sentó detrás de la mesa y empezó a escribir.
—Verás, Betty —dijo, mientras escribía—, no creo que realmente quieras llevar a Rodney ante los tribunales.
Si lo hicieras, yo tendría que llamar a unos cuantos muchachos para que atestiguaran contra ti.
¿Sabes cuántos testigos se necesitan para que una muchacha sea declarada prostituta en este estado?
Sólo seis, Betty, y yo doy empleo a bastantes más hombres en mis fábricas.
—Leslie arrancó el nuevo cheque del talonario con un golpe seco.
Miró a Betty y sonrió, alargando el cheque—.
No creo que quieras llevar a Rodney ante los tribunales, ¿verdad, Betty?
Por debajo de las contusiones rojas, la cara de Betty estaba blanca e inmóvil.
—No, señor —dijo, y tomó el cheque de manos de Leslie.
De espaldas a él, mientras se dirigía hacia la puerta, dio una ojeada al papel que llevaba en la mano. Era un cheque extendido a nombre de su padre por valor de doscientos cincuenta dólares. Giró sobre sus talones y miró a Leslie Harrington , que seguía sonriendo y que le devolvió la mirada.
—La mitad de dos cincuenta es uno veinticinco —dijo con calma—. Esto es lo que te costará si vuelves por aquí, Betty.
Aquella noche, Leslie y Rodney Harrington cenaron temprano para ir a la primera sesión de un cine de White River . Fueron en el descapotable de Rodney, con la capota bajada, porque al muchacho le encantaba llevar a gente en su coche.