12 #3
—¡Perra! —gritó, pero ella se reía con tanta fuerza que no le oyó.
Rodney dio la vuelta al coche y agarró sus pantalones, maldiciéndola en silencio mientras ella se reía.
—¡Oh, Rod! —exclamó, y profirió otra retahíla de carcajadas—. ¡Oh, Rod! ¡Qué imagen para poner en una postal y enviarla a casa!
Rodney se metió en el coche vestido sólo con los pantalones e inmediatamente pulsó el botón de arranque. El potente motor del automóvil se puso en marcha, y Betty alargó un brazo y apagó el encendido.
—¿Qué ocurre, cariño? —preguntó con voz melosa, pasando las yemas de los dedos sobre su pecho desnudo—. ¿Estás enfadado, cariño?
Rodney exhaló un profundo suspiro.
—No —contestó—. Creo que no.
—Entonces, bésame —dijo ella, con petulancia—. Bésame para demostrarme que no estás enfadado.
Con algo muy parecido a un sollozo, Rodney se volvió hacia ella.
Eso era lo que nunca había podido comprender acerca de Betty.
Durante horas podía actuar como si lo último que quisiera fuese que él la tocara.
Le hacía sentir como si ni siquiera le gustase, pero en cuanto la besaba empezaba a proferir sonidos con la garganta y su cuerpo se retorcía y se volvía hacia él como si nunca se saciara de sus besos.
Éste era el momento que esperaba cada vez que la veía.
Hacía que todo lo demás resultara soportable, desde el modo en que le daba celos con otros chicos hasta el modo en que se burlaba de él simulando que no le gustaba.
—¡Deprisa! —dijo ella—. Bajemos a la playa. Aquí, no.
Echó a correr y él la siguió, llevando la manta del coche. Antes de que pudiera extenderla sobre la mullida arena, ella se había echado y alargaba los brazos hacia él.
—Oh, muñeca, muñeca —dijo Rodney—. Te amo. ¡Te amo tanto!
Ella le mordisqueó salvajemente el labio inferior.
—Vamos, cariño —dijo, moviendo el cuerpo sin cesar—. Vamos, cariño. Ámame un poco.
Los dedos de Rodney buscaron el cierre de la blusa y al cabo de medio minuto la prenda se hallaba encima de la arena junto a la manta.
La espalda de Betty se arqueó sobre el brazo del muchacho mientras alzaba los senos hacia él.
Esto no era nuevo para Rodney. Ella se dejaba hacer con frecuencia, pero nunca dejaba excitarle hasta el frenesí.
Sus pezones siempre es taban rígidos y la carne que los rodeaba siempre caliente y palpitante.
—Vamos, cariño —gimió ella—. Vamos, cariño. —Rodney la cubrió con la boca y las manos—. Con fuerza —susurró ella—. Hazlo con fuerza, cariño. Muérdeme un poco. Hazme daño.
—Por favor... —murmuró Rodney sobre su piel—. Por favor... Por favor...
Movió la mano hasta la zona situada entre sus ingles y la apretó sobre ella.
—Por favor... —repitió—. Por favor...
Era en este punto cuando Betty solía detenerle.
Le agarraba por el cabello con ambas manos y le apartaba de un tirón, pero ahora no lo hizo.
Sus ajustados pantalones cortos le resultaron tan fáciles de quitar como si hubieran sido varias tallas demasiado grandes, y su cuerpo no dejó de retorcerse violentamente mientras Rodney se quitaba los suyos.
—Deprisa —gimió Betty—. Deprisa. Deprisa.
Sólo durante unos instantes Rodney tuvo miedo, después no le importó nada, ni siquiera que ella tuviese que ayudarle.
Durante un fugaz momento se preguntó si todas las historias que había leído y oído y contado sobre las vírgenes podían estar equivocadas.
Betty no gritó de dolor ni le rogó que dejara de lastimarla.
Le condujo sin vacilaciones y sus caderas se movieron rápidamente, con destreza.
No profirió ni una sola exclamación. Exhaló profundos gemidos con la garganta, como cuando él la besaba, y la única palabra que articuló fue: «Deprisa. Deprisa. Deprisa.»
Después de eso, Rodney no se dio cuenta de lo que hizo o dijo. Se perdió en ella, se sumergió en ella y no pensó en nada. Al cabo de unos minutos yacía estremeciéndose sobre la manta, y la voz de Betty le pareció venir desde muy lejos.
—Un chico listo —le decía entre dientes—. Un chico listo que lo sabía todo sobre la cuestión. Tan listo que ni siquiera ha pensado en ponerse un preservativo. Llévame a casa, imbécil. ¡Enseguida!
Pero, desgraciadamente, Rodney no la llevó a casa con la bastante rapidez, o la ducha no fue lo bastante enérgica, o, como Rodney se inclinaba a creer, el destino quiso jugarle una mala pasada. Fue cinco semanas después, durante la tercera semana de agosto, cuando Betty le comunicó lo peor.
—Tengo un retraso de un mes.
—¿Qué significa eso?
—Significa que estoy embarazada, chico listo.
—Pero ¿cómo puedes saberlo tan pronto? —balbuceó Rodney.
—Debía tener el período una semana después de cuando estuvimos en el lago. Eso fue hace cinco semanas —dijo Betty con voz apagada.
—¿Qué vamos a hacer?
—Casarnos, desde luego. Nadie va a cargarme con un niño para largarse después, como hizo ese bastardo de White River con mi hermana.
—¡Casarnos! Pero ¿qué dirá mi padre?
—Eso debes averiguarlo tú solito, chico listo. Pregúntaselo.