Peyton Place (Peyton Place 1) 12 #2
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—Escucha, pequeño —dijo ella—. No tengo que dar cuentas de mi tiempo ni a ti ni a nadie como tú. ¿Vale?

—No te enfades. Sólo me extrañaba.

—Si eso te hace sentir mejor, anoche fui a bailar. Marty Janowski me llevó a White River y fuimos a cenar y a bailar al Dragón Chino. ¿Alguna otra pregunta?

Rodney sabía que debía guardar silencio, pero no pudo.

—¿Qué hicisteis después? —preguntó.

—Estuvimos con el coche junto a Silver Lake —contestó Betty sin vacilar—. ¿Por qué?

—Por nada. ¿Te divertiste?

—La verdad es que sí. Marty baila muy bien.

—No me refería a eso.

—¿A qué te referías?

—A después. Cuando estabais en el coche.

—Si tanto te interesa, sí. Me divertí.

—¿Qué hicisteis? —preguntó Rodney, sin querer oír, pero incapaz de no hacer preguntas.

—Oh, por el amor de Dios —dijo Betty con desagrado—. Busca algún sitio para cenar, ¿quieres? Estoy muerta de hambre. Los obreros de la fábrica tenemos la costumbre de cenar a las cinco y media. No somos como los relamidos dueños de la fábrica, que tienen criadas para servirles la cena a las ocho.

—Pararé en el primero que encuentre —le dijo Rodney—. Escucha, Betty. No creo que hayas hecho bien yendo a Silver Lake con Marty Janowski.

—¡Qué!

La palabra no fue tanto una pregunta como una exclamación de rabia.

—No creo que hayas hecho bien yendo a Silver Lake con Marty Janowski. Sobre todo después de haberte pedido mil veces que seas mi novia.

—Da media vuelta y llévame a casa —ordenó Betty—. Enseguida.

Rodney no levantó el pie del acelerador y siguió adelante.

—No te dejaré bajar hasta que me prometas no volver a salir con Marty —dijo con obstinación.

—No te he dicho que me dejaras bajar —replicó furiosamente Betty—. Te he dicho que dieras media vuelta y me llevaras a casa.

—Si no quieres ir de paseo conmigo —le repuso Rodney, odiándose a sí mismo por no mantener la boca cerrada—, pararé el coche aquí mismo y tendrás que volver andando.

—Muy bien —dijo Betty—. Para y déjame bajar. No tendré que andar mucho, te lo garantizo. Sacaré el pulgar en cuanto pase un coche con un tío guapo al volante. Nadie de mi familia ha sido nunca dueño de ninguna fábrica. No me importa nada hacer autostop. Ahora déjame bajar.

—Oh, vamos, Betty —suplicó Rodney—. No te enfades. No te dejaría en medio de la carretera. Vamos, no te enfades.

—Estoy enfadada. Y mucho. ¿Quién te crees que eres para decirme con quién puedo y con quién no puedo salir?

—No era mi intención hacerlo. Es que me sentí celoso, eso es todo. Te he pedido, miles de veces, que seas mi novia. Me siento celoso cuando pienso que puedes estar con otro tipo, eso es todo.

—A partir de ahora guarda tus celos para ti —ordenó Betty—.

Yo no obedezco órdenes de nadie. Además, ¿por qué iba a ser tu novia y a salir siempre contigo?

En otoño tendrás que irte a la escuela, y yo me quedaría compuesta y sin novio.

Para una chica es muy difícil volver a ponerse en circulación después de salir con el mismo tipo durante un tiempo.

—Pensaba que quizá yo te gustaba más que ningún otro —dijo Rodney—. Tú me gustas más que ninguna otra chica. Por eso quiero salir contigo.

La expresión de Betty se suavizó un poco.

—Claro que me gustas, pequeño —declaró—. Eres simpático.

—¿Entonces?

—Lo pensaré.

Rodney giró el volante para entrar en un restaurante de la carretera y un torbellino de grava se levantó detrás de una de las ruedas traseras.

—¿Irías conmigo a Silver Lake? —preguntó.

—Es posible —dijo ella—, si te das prisa en alimentarme. Quiero un par de hamburguesas con queso, un batido de chocolate y una ración de patatas fritas.

Rodney se apeó del coche.

—¿Lo harías? —preguntó.

—Ya te he dicho que es posible —replicó Betty con impaciencia—. ¿Qué más quieres, un consentimiento por escrito?

Mucho más tarde, cuando hubieron cenado y la oscuridad fue completa, Rodney llevó el coche a Silver Lake . Fue Betty quien le enseñó uno de los buenos lugares para aparcar. Cuando hubo parado el motor y apagado los faros, la húmeda noche les envolvió como un manto negro.

—Caray, vaya calor —se lamentó Betty.

—Hay una botella en la guantera —dijo Rodney—, y he comprado gaseosa en el restaurante. Una buena bebida te refrescará.

Mezcló las dos bebidas como un experto, a la luz del salpicadero. Estaban tibias y tenían un ligero sabor a los vasos de papel que las contenían.

—¡Uf! —exclamó Betty, y escupió un chorro de la tibia y fuerte bebida por encima de la puerta del coche—. ¡Diantre! ¡Qué purga!

—Cuesta un poco acostumbrarse —comentó Rodney, sintiéndose de repente muy hombre de mundo. Si había algo que conocía a fondo era el buen licor y cómo beberlo—. Toma otro sorbo —sugirió—. Esta vez te gustará más.

—Al diablo con eso —dijo Betty—. Voy a bañarme.

—¿Has traído bañador?

—¿Se puede saber qué te pasa? ¿Es que nunca te has bañado en cueros con una chica?

—Claro que sí —mintió Rodney—. Muchas veces. Sólo preguntaba si habías traído bañador, eso es todo.

—No, no he traído bañador —remedó Betty—. ¿Vienes?

—Naturalmente —dijo Rodney, terminando su bebida a toda prisa.

Antes de que acabara de desabrocharse la camisa, Betty se había quitado los pantalones cortos y la blusa de cuello halter y corría por la playa, desnuda, hacia el agua.

Cuando Rodney llegó al borde del lago, sintiéndose muy desnudo y más ridículo, no vio a Betty por ninguna parte.

Se metió lentamente en el agua, y cuando le llegaba hasta la cintura, ella apareció de repente junto a él.

Su cabeza emergió silenciosamente del agua y escupió un chorro en medio de su espalda.

Rodney se cayó hacia delante y cuando recuperó el equilibrio, Betty estaba en pie y riéndose de él.

Intentó agarrarla, pero ella se alejó nadando, sin dejar de reír y burlarse.

—¡Espera a que te ponga las manos encima! —gritó él—. Tendrás que salir antes o después y yo estaré aquí esperándote.

—Procura que no te castañeteen los dientes —repuso ella, desde lejos—, o podré encontrarte en la oscuridad.

Al final, él no la atrapó. Unos minutos después el estridente sonido de su bocina resonó en la oscuridad, y Rodney se sobresaltó violentamente.

—¡Ya he tenido bastante! —gritó Betty desde el coche.

Maldita sea. Rodney se enfureció. Había pensado atraparla y tirarla sobre la arena para retozar un poco con ella, sintiéndola, tocándola.

Hasta esta noche nunca había estado cerca de Betty cuando iba completamente desnuda, y ahora, maldita sea, había llegado al coche antes que él.

Debía de tener ojos de gato para encontrar el camino en aquella oscuridad.

Él tropezó varias veces antes de ver finalmente el coche ante sí.

Betty esperó mientras él volvía a tropezar y estaba a punto de caerse.

Esperó a que estuviera delante del coche, y entonces encendió los faros.

Sus burlonas carcajadas llenaron la noche y Rodney fue consciente de la ridícula imagen que debía de tener mientras permanecía inmóvil y deslumbrado como un animal asustado e intentaba taparse con las manos.