Peyton Place (Peyton Place 1) 12
51%

12

Rodney Harrington profirió una carcajada mientras echaba un último vistazo a Allison MacKenzie y a Norman Page por el espejo retrovisor.

Los dos pedaleaban con todas sus fuerzas, preocupados, tal vez, por llegar tarde a cenar.

Era una lástima que fueran en bicicleta en vez de a pie.

En ese caso, Rodney se habría ofrecido a llevarles en su coche.

Le gustaba llevar a otros chicos de paseo en su coche.

Ninguno de ellos había dicho nunca nada, pero Rodney sabía que todos se sentaban en sus asientos tapizados de cuero y deseaban tener un coche igual que el suyo.

Rodney volvió a reírse y se preguntó qué habrían estado haciendo Allison y Norman tan lejos de casa.

Quizá se hubieran internado en el bosque para una fiesta privada.

Al pensar en esta posibilidad, Rodney se rió con tanta fuerza que casi se metió con su coche nuevo en la cuneta.

—¡Soy feliz! —gritó al mundo que le rodeaba, y tocó varias veces la bocina en una clásica melodía.

¿Por qué no iba a ser feliz?, se preguntó a sí mismo. Acababa de estar en la fábrica para sacarle diez pavos al viejo, tenía un coche fantástico, y se dirigía a recoger a Betty Anderson . ¿Quién demonios no se hubiera sentido feliz?

—No te lo gastes todo con la misma —le había dicho Leslie Harrington a su hijo, dándole los diez dólares y haciéndo le un significativo guiño—. Ni una sola vale más de dos dólares.

Rodney se había reído con su padre.

—¿Y me lo dices a mí? —contestó.

Su padre le dio una palmada en la espalda y le dijo que se marchara y procurara divertirse.

Rodney sonrió para sí mientras entraba en Elm Street, conduciendo a sesenta kilómetros por hora en una zona donde sólo se podía ir a cuarenta.

Todas las estupideces que decía la gente sobre los muchachos sin madre, en lo que a él se refería, eran ridículas.

Ni siquiera tenía un vago recuerdo de su madre.

Todo lo que sabía de ella era lo que veía en una fotografía borrosa que su padre tenía encima de la mesa del despacho.

Tenía una cara pálida y delgada, con una abundante cabellera castaña recogida encima de la cabeza.

Su boca era recta y fina en la fotografía, y Rodney nunca había podido imaginársela casada con su padre.

Lo único que sabía de ella, y lo único que le importaba saber, era que se llamaba Elizabeth y que murió al dar a luz a su hijo a los treinta años de edad.

Rodney nunca había echado en falta a su madre.

Él y el viejo se llevaban de maravilla. Se comprendían el uno al otro.

Vivían muy bien en la gran casa de Chestnut Street con la ayuda de la señora Pratte, que hacía de cocinera y ama de llaves.

Esas estupideces que la gente escribía en los libros sobre los chicos sin madre, no eran más que eso.

Estupideces. Él, personalmente, se alegraba de no tener una madre a la que soportar, importunándole siempre con alguna cosa.

Había oído quejarse a demasiados compañeros de sus propias madres para no alegrarse de que la suya estuviera bien enterrada.

Le gustaba este statu quo . Él y el viejo, y la vieja Pratte a mano siempre que alguno de los Harrington quería alguna cosa.

A los dieciséis años, Rodney Harrington no se diferenciaba sustancialmente del muchacho que había sido a los catorce.

Era unos dos o tres centímetros más alto, por lo que ahora medía un metro setenta, y había engordado un poco, pareciéndose como resultado más que nunca a su padre.

Aparte de eso, Rodney no había cambiado.

Su cabello, que llevaba demasiado largo, continuaba siendo negro y rizado, y sus carnosos labios aún revelaban la falta de disciplina y autodominio.

Había unas cuantas personas en Peyton Place que afirmaban que ya era demasiado tarde para Rodney Harrington .

Siempre sería lo que siempre había sido: el mimado hijo único de un padre rico y viudo.

Citaban su expulsión de la Escuela para Chicos de New Hampton como prueba de lo que decían.

New Hampton , que había intentado educar a Rodney, terminó expulsándole por pereza e insubordinación tras dos años de lucha.

New Hampton tenía una buena reputación y en el pasado había triunfado donde otras escuelas habían fallado con otros jóvenes difíciles, pero no había podido imprimir su huella en Rodney Harrington .

Al parecer, lo único que Rodney aprendió durante su estancia en la escuela fue que todos los jóvenes de buena familia habían tenido relaciones sexuales con chicas antes de ir a la escuela preparatoria, y aquellos que no las habían tenido eran homosexuales o material para el sacerdocio.

Rodney aprendió rápidamente, y aún no había estado un año en New Hampton cuando ya alardeaba más que ningún otro alumno.

Según Rodney, había desflorado a no menos de nueve chicas en su propia ciudad natal antes de cumplir los quince años, y un marido celoso, con cuya esposa había mantenido un apasionado idilio durante seis meses, había intentado matarle dos veces.

Rodney tenía la apariencia atractiva y sensual, el dinero y la locuacidad necesarios para ser creído.

Se le consideraba todo un hombre cuando le expulsaron de New Hampton .

Incluso su propio padre le creyó, aunque Rodney suavizó bastante sus historias, y nombró a imaginarias muchachas de White River como heroínas de sus cuentos.

Rodney había explicado sus his torias de triunfal seductor tan a menudo, y a tantas personas, que él mismo llegaba a creérselas.

En realidad, no había tenido una experiencia sexual en toda su vida, y cuando debía hacer frente a la verdad, se sentía como si alguien le hubiera tirado un vaso de agua helada a la cara sin ninguna razón.

El aterrador pensamiento de que no sabría cómo terminar el acto, si es que alguna vez tenía la oportunidad de comenzarlo, le afectaba como cuando el sol se escondía tras una nube en un día caluroso.

Le dejaba helado y confería un aspecto pavoroso a su alegre mundo.

Lo que más le horrorizaba acerca de la verdad no era la posible humillación que él podía sufrir, sino que la muchacha con la que fracasara llegase a hablar.

Siempre que Rodney pensaba en lo que sus muchos amigos dirían si alguna vez descubrieran que había estado contando fantasías y que en realidad era tan inexperto como un niño de siete años, se estremecía de terror.

Ahora pensaba en ello, mientras introducía su coche en Ash Street , una calle estrecha del barrio donde vivían los obreros de la fábrica.

Frenó bruscamente delante de la casa de los Anderson y tocó la bocina con una alegría que estaba muy lejos de sentir.

Decididamente, hizo un esfuerzo para librarse de sus temores, y para Rodney Harrington librarse de la depresión o del miedo nunca había sido difícil.

¡Qué demonios!, pensó, y el sol salió de detrás de la oscura nube.

¡Qué demonios! Tenía dinero para gastar, un coche para pasear y una botella de whisky de centeno en la guantera.

¡Qué demonios! Sabría cómo actuar si alguna vez lograba que Betty se quitara las bragas.

Lo había oído describir bastantes veces, ¿no?

Él mismo lo había descrito bastantes veces, ¿no?

¡Qué demonios! No sólo había hablado y había oído hablar de ello, sino que había leído libros y había visto películas sobre el tema. ¿Por qué demonios estaba preocupado?

Betty salió de su casa contoneando exageradamente las ca deras, tal como había visto hacer a una vedette de la comedia musical en una película una semana antes. Se dirigió lentamente hacia el coche de Rodney.

—Hola, pequeño —dijo.

Era exactamente un año y catorce días más joven que él, pero siempre le llamaba pequeño.

Esta noche llevaba unos ajustados pantalones cortos verdes y una blusa cuello halter de color amarillo.

Como de costumbre, siempre que la miraba, Rodney notó que las palabras morían en su garganta.

El único modo en que podía explicar su reacción frente a Betty era decir que se sentía igual que cuando era niño y la vieja Pratte le dejaba ver cómo hacía el budín.

En un momento dado, el cazo estaba lleno de un líquido tan fluido que parecía imposible que pudiera ser de otro modo, y al cabo de un minuto se tornaba espeso y almibarado hasta el punto de que la vieja Pratte tenía que esforzarse para introducir la cuchara.

Así era él con Betty. Como un budín. Hasta que la veía, su mente estaba clara y fría y líquida, pero en cuanto ella se inclinaba sobre la puerta del coche y decía: «Hola, pequeño», perdía la facilidad de palabra, le pesaban los párpados y tenía que esforzarse para respirar a través de la gelatinosa masa de su pecho.

—Hola —dijo.

—Hace demasiado calor para ponerse un vestido de fiesta —dijo Betty—. Sólo quiero dar un paseo en coche y cenar en un restaurante de la carretera.

Rodney se había puesto una camisa y una americana porque tenía la intención de llevarla a un restaurante elegante y después a una discoteca, pero capituló sin una queja.

—Muy bien —dijo.

Sin más palabras, Betty abrió la puerta del coche y se dejó caer en el asiento junto a él.

—¿Por qué no te quitas la americana? —preguntó de mal humor—. Tengo calor y picazón sólo de mirarte.

Rodney se quitó inmediatamente la americana y la dejó en el asiento trasero.

Desde la casa de los Anderson, dos caras hoscas y cansadas le observaron mientras ponía el descapotable en marcha y bajaba a toda velocidad por Ash Street .

En cuanto Rodney hubo doblado por la esquina, Betty agitó los dedos en el aire y él le pasó los cigarrillos.

—¿Por qué no pudiste salir conmigo anoche? —preguntó él.

—Tenía otras cosas que hacer —contestó fríamente Betty—. ¿Por qué?

—Quería saberlo. Me extraña que sólo puedas dedicarme un par de días a la semana, eso es todo.