Peyton Place (Peyton Place 1) 11 #2
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Permanecieron en el agua hasta que estuvieron helados, y cuando volvieron a la orilla el agua se adhirió a su cuerpo en pequeñas gotas multicolores.

Allison, que se había bañado sin gorro, empezó a secarse el cabello con una toalla, y Norman se sentó en la manta para examinarse el pie rasguñado.

El sol era ahora una bendición, bañando su piel fría y calentándoles. Allison se sentó junto a Norman.

—¿Quieres comer?

—De acuerdo. Iré a ver si las Coca-Colas se han enfriado un poco.

—Seguramente. El agua está helada.

Tomaron un bocadillo y miraron, con los ojos entrecerrados, hacia el agua, donde el sol se reflejaba como en un espejo.

—No sé por qué —dijo Norman—, pero tengo una sensación extraña siempre que miro hacia el otro lado del río y pienso que allí está Vermont.

—Es como ir en coche y cruzar la línea de demarcación de una ciudad —dijo Allison—.

En un momento dado estás en Peyton Place y al siguiente estás en otro sitio.

Yo siempre me lo digo a mí misma. Ahora estoy en Peyton Place ...

y ahora no. Siempre me produce una sensación extraña, como estar viendo Vermont desde aquí.

—¿Queda algún bocadillo de huevo, o sólo de jamón?

—He hecho cuatro de cada. Si quieres, puedes tomar uno de los míos. Yo prefiero los de jamón.

—Debería haber traído una bolsa con patatas fritas.

—Son demasiado grasas en verano.

—Lo sé.

—Toma un pepinillo.

—¿Quieres volver a bañarte?

—Aún no tengo calor.

—¿Piensas casarte cuando seas mayor? —le preguntó Norman.

—No. En lugar de eso pienso tener aventuras amorosas.

—¿Qué hacemos con todos estos papeles grasientos? No podemos dejarlos aquí.

—Vuelve a meterlos en la cesta. Los tiraré cuando regresemos.

—No me parece una buena idea, ¿sabes? —dijo Norman—. He leído que las aventuras amorosas producen un desequilibrio psicológico. Además, las personas que tienen aventuras amorosas no tienen hijos.

—¿Dónde has leído tal cosa?

—En un libro sobre sexualidad que me enviaron por correo —dijo él.

—Yo nunca he leído un libro que tratara exclusivamente de sexo. ¿Adónde lo pediste?

—A Nueva York. Vi un anuncio en una revista. Me costó un dólar noventa y ocho.

—¿Lo vio tu madre?

—¡Supongo que no! Me pasé dos semanas yendo todos los días a la oficina de Correos, en espera de que llegase el libro. Mi madre me mataría si supiera que me intereso por este tipo de cosas.

—¿Qué más decía? —preguntó Allison.

—Oh, hablaba de que el hombre debe tener una técnica cuando hace el amor a una mujer. De este modo, a ella le gusta y no es frígida.

—¿Qué significa frígida?

—Es la mujer a la que no le gusta hacer el amor. Según este libro, hay muchas mujeres así. Por lo visto, es la causa de muchos fracasos matrimoniales.

—¿Explica qué hay que hacer? —preguntó ella.

—Sí, desde luego.

—¿Qué te parece si leemos un rato?

—De acuerdo. ¿Quieres que lea yo, o prefieres hacerlo tú?

—Lee tú. Escoge algo de Swinburne. Es el que más me gusta.

Mientras Norman leía en voz alta un pasaje del libro Poetas ingleses , Allison recogió los restos de comida y los metió en la cesta.

Después se echó sobre el estómago y se quedó inmóvil encima de la manta.

Norman se apoyó en los codos, se puso las gafas de sol y continuó leyendo. Al poco rato, los dos dormían.

Cuando se despertaron, el sol calentaba menos y eran las cuatro. Ambos estaban sudorosos, bostezaron y decidieron volver a bañarse. Cuando se hubieron refrescado en el agua, se tumbaron uno junto al otro sobre la manta de algodón.

—¡Qué bien estoy! —dijo Allison, mirando a Norman a través de sus ojos entrecerrados.

—Yo también.

Dieron reposo a sus cuerpos calentados por el sol, enfriados por el agua, relajados y bien alimentados sobre la manta de algodón y contemplaron las nubecillas que salpicaban el cielo azul de julio.

—Algún día —dijo Allison— escribiré un libro muy famoso. Tan famoso como Anthony Adverse , y entonces seré una celebridad.

—Yo no. Yo escribiré pequeños volúmenes de poesía. No seré muy conocido, pero las pocas personas que me conozcan dirán que soy un joven genio.

—Pienso escribir acerca del castillo en mi primer artículo para el periódico.

—¿Cómo vas a hacerlo? Jamás has subido al castillo.

—Me inventaré alguna cosa.

—No puedes inventarte nada para un artículo histórico. Tienes que hablar de hechos, hechos reales —dijo Norman.

—No es verdad. Anthony Adverse es una novela histórica, y supongo que no crees que es real.

—Una novela es otra cosa. Las novelas siempre son historias inventadas.

—Igual que los poemas.

—¿Es entonces cuando empezarás a tener aventuras amorosas? ¿Cuando hayas escrito un libro famoso y seas una celebridad? —preguntó Norman.

—Sí. Tendré una aventura nueva cada semana.

—En ese caso, tendrás un desequilibrio psicológico.

—No me importa. Los hombres suspirarán por obtener mis favores, pero yo seré muy exigente.

—¿Tendrás algún hijo?

—No, no tendré tiempo —repuso Allison.

—En el libro del que te he hablado ponía que la función natural del cuerpo femenino es la gestación —dijo Norman.

—¿Qué más ponía?

—Bueno, había dibujos de cómo están hechas las mujeres. Explicaba que la mujer tiene pechos para producir leche y cómo son los órganos que hay en su interior para albergar a un bebé durante nueve meses.

—Yo no me gastaría un dólar noventa y ocho para enterarme de eso. Lo sé desde que tenía trece años. ¿Qué explicaba sobre el modo en que los hombres deben hacer el amor a las mujeres?

Norman puso los brazos debajo de su cabeza y cruzó las piernas. Empezó a hablar como si estuviera explicando un difícil problema de álgebra a alguien poco dotado para las matemáticas.

—Bueno —comenzó—, este libro dice que todas las mu jeres tienen ciertas zonas de su cuerpo que se conocen como zonas eróticas.

—¿Son las mismas en todas las mujeres? —preguntó Allison, con el mismo tono que habría empleado de haber sido la torpe estudiante de matemáticas a quien Norman intentaba ayudar.

—Algunas, sí —contestó Norman—. Pero no todas. Por ejemplo, todas las mujeres tienen zonas eróticas alrededor de los senos y también alrededor de los orificios corporales.

—¿Orificios?

—Aberturas.

—¿Como qué?

Norman se volvió de costado y pasó la yema del dedo meñique en torno a la abertura de la oreja de Allison. Ella notó inmediatamente que se le ponía la piel de gallina y se incorporó de un salto.

—Como ésta —dijo Norman.

—Entiendo —dijo Allison, frotándose el brazo izquierdo con la mano derecha y volviendo a echarse junto a Norman.

—La zona que hay alrededor de la boca es, naturalmente, la más sensible de todas —dijo Norman—, a excepción de otra, que es la abertura vaginal de la mujer. Según creo...

La voz de Norman prosiguió, pero Allison había dejado de escucharle.

Quería que volviera a pasarle el dedo en torno a la abertura de su oreja, y quería que la besara tal como había hecho en el bosque del Road’s End el sábado anterior.

Fue enfureciéndose a medida que él seguía hablando con su voz fría y académica.

—... Y besar es, naturalmente, una de las primeras caricias que un buen amante hace a una mujer.

—¡Oh, cállate! —exclamó Allison, levantándose de un salto—. Hablar, hablar, hablar. ¡Eso es lo único que sabes hacer!

Norman levantó los ojos hacia ella, sorprendido.

—Pero, Allison —dijo—, tú me lo has pedido, ¿no?

—No te he pedido que me repitieras todo el maldito libro palabra por palabra, ¿verdad?

—No tienes por qué maldecir, ¿sabes? Me lo has pedido y yo te lo estaba explicando. No hay absolutamente ninguna razón para maldecir.

—Oh, cállate —dijo Allison—. Algunos chicos que conozco —mintió— no tienen que explicar a una chica lo buenos amantes que son. Se lo demuestran.

—¿Qué chicos? —inquirió Norman, poniéndola en un apuro con su pregunta.

—No tengo por qué decirte nada, Norman Page. Absolutamente nada.

Él alargó una mano y la agarró por el tobillo.

—¿Qué chicos? —preguntó.

Allison se sentó y Norman se incorporó.

—Oh, olvídalo —dijo ella—. De todos modos, no los conoces.

—Dímelo —exigió él—. Me gustaría saber quiénes son algunos de esos maravillosos amantes tuyos.

—No te lo diré.

—No puedes, por eso. No conoces a ninguno. Eres una mentirosa.

Allison giró en redondo hacia él y le dio una bofetada.

—¡No te atrevas a llamarme mentirosa! —gritó.

Él la agarró por las muñecas y la obligó a echarse sobre la manta.

—Eres una mentirosa —dijo, mirándola a la cara—. Eres una mentirosa, y porque me has pegado, no dejaré que te levantes hasta que lo admitas.

Allison capituló inmediatamente.

—Me lo he inventado —dijo, sin mirarle—. Tú eres el único chico que me ha besado a excepción de Rodney Harring ton, y eso fue hace tanto tiempo que no cuenta. Siento haberte pegado.

Norman le soltó las muñecas pero continuó echado encima de ella, con las manos apoyadas en la manta a ambos lados del cuerpo de Allison.

—¿Te gustaría que volviera a besarte? —preguntó.

Allison notó que su cara enrojecía.

—Sí —dijo—. No tienes que pedírmelo, Norman. No tienes que pedirme nada.

Él la besó con delicadeza, y Allison se sintió tan frustrada que estuvo a punto de echarse a llorar. Ése no era el modo en que quería ser besada.

—Se está haciendo tarde —dijo Norman—. Tenemos que marcharnos.

—Supongo que sí —contestó Allison.

Más tarde, mientras pedaleaban lentamente por la carretera en dirección a Peyton Place, un coche deportivo, con la capota bajada, les sobrepasó.

—¡Buscaos un caballo! —gritó la voz de Rodney Harrington desde el veloz automóvil.

—Un chico listo —dijo Norman.

—Supongo que sí —dijo Allison, pero estaba pensando, con resentimiento, que a los trece años Rodney sabía besar mejor que Norman a los quince.