Peyton Place (Peyton Place 1) 11
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Allison subió corriendo los escalones de su casa y entró en el vestíbulo, dejando que la puerta de tela metálica se cerrase de golpe tras ella.

—¡Nellie! —exclamó—. Nellie, ¿dónde estás?

No hubo contestación, pero Allison oyó ruidos en la parte trasera de la casa y dedujo que Nellie estaba en la cocina, ordenando los armarios como todos los sábados por la mañana.

Allison no la llamó otra vez, sino que echó a correr escaleras arriba hasta su habitación, desabrochándose el vestido por el camino.

Se puso unos pantalones cortos y una blusa sin mangas y, sin dejar de correr, bajó a la cocina.

—¡Nellie! —gritó—. ¡Nellie, tengo un empleo! Un empleo como escritora. ¡Pagado!

Nellie Cross, arrodillada ante un armario bajo de la cocina, levantó los ojos hacia ella.

—¿Ah, sí? —preguntó, sin interés.

—Oh, Nellie —dijo Allison—. ¿Es que tienes uno de tus días malos?

—Igual que cualquier otro —replicó Nellie con mal humor—. Nadie se encuentra bien cuando tiene las venas llenas de pus.

Esta actitud era nueva en Nellie, pero no inquietó a Allison más que otras de las anteriores ideas de Nellie.

Simplemente era distinta, y Allison la aceptó con tranquilidad.

Durante la última semana, Nellie pasó de maldecir a Lucas y a todos los demás hombres a creer que sufría una enfermedad extraña.

—Es la gonorrea —dijo a Allison, moviendo la cabeza con convencimiento—. Lucas me la contagió antes de largarse.

Como sabía Allison, Lucas Cross había desaparecido de Peyton Place una semana antes y su marcha había dado lugar a muchas habladurías en la ciudad durante unos cuantos días.

La opinión general era que la marcha de Lucas constituía una liberación para Peyton Place .

Sin embargo, para asombro de todos, Nellie no se mostró de acuerdo con este punto de vista.

Había pasado de maldecir a Lucas como un hijo de perra a defenderle como un hombre acosado por la sociedad, engañado por malos compañeros y seducido por mujeres enfermas.

—Pensaba que te alegrarías de perderle de vista —le había dicho Allison a Nellie cuando ésta le comunicó la desaparición de Lucas—. Habría sido mejor para ti si se hubiera ido mucho antes.

—Si ahora se ha ido es porque me ha pasado la gonorrea y tenía miedo de que le denunciara.

Yo no denunciaría a Lucas aunque esos tipos del Departamento de Sanidad de Concord me hicieran pedazos.

Pus en todas las venas, esto es lo que Lucas me ha dejado.

No pudo evitarlo, el pobre hombre. A él se lo contagió alguna mujerzuela, eso es lo que pasó.

No pudo evitarlo. Estaba borracho y se olvidó, eso es todo.

Con cierta frecuencia, el pus de las venas de Nellie se endurecía y formaba unos bultos que eran muy dolorosos y que causaban, según Allison se enteró la semana anterior, lo que Nellie llamaba «uno de sus días malos».

—Sí —contestó a la pregunta de Allison—, un día muy malo. Tengo bultos en todas las venas. No sé cómo voy a llegar hasta la noche.

—Lo siento mucho, Nellie —dijo Allison, ansiosa de llevar nuevamente la conversación hacia sí misma—. Pero ¿no te sorprende lo de mi empleo?

—No —dijo Nellie, poniendo un papel nuevo en el suelo del armario bajo—. Siempre he dicho que servías para contar historias. No me sorprende nada. ¿Quieres comer?

—No. Tengo que llevarme la comida. Me voy de picnic con Norman.

—Hum —dijo Nellie.

—¿Qué? —inquirió vivamente Allison.

—Hum —repitió Nellie.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Allison, más vivamente que antes.

—Quiero decir hum, eso es lo que quiero decir —contestó Nellie—.

Esos Page, hum. Esa Evelyn Page , siempre tan engreída y antipática.

Se casó con Oakleigh porque era un viejo y pensó que heredaría su dinero cuando la palmara.

Pues buena se la hizo. La dejó, vaya si la dejó, más deshinchada que un globo, en cuanto sus niñas se lo dijeron.

Evelyn Page nunca tuvo nada por lo que ser tan engreída y antipática.

Su marido la dejó igual que el mío, sólo que Oakleigh no tenía ninguna excusa y Lucas sí.

—¡Deja de hablar así, Nellie Cross! —exclamó Allison—. La señora Page es toda una señora, y no tuvo la culpa de que el padre de Norman la dejara.

—Conque toda una señora, ¿eh? —replicó Nellie con sarcasmo—.

Amamantó a su hijo hasta que tuvo cuatro años.

Ese niño tenía unos dientes tan sólidos como los tuyos y la muy refinada de Evelyn Page seguía amamantándole por su propio gusto.

El viejo Oakleigh nunca tuvo unos dientes como los de Norman a los cuatro años.

¡No me extraña que la muy refinada Evelyn Page se resistiera a destetarle!

Allison estaba pálida y habló con voz baja y furiosa.

—Eres una vieja mal pensada, Nellie Cross —dijo—. No sólo tienes pus en las venas, sino también en el cerebro. Hará que te vuelvas loca, Nellie, puedes estar segura. Te volverás tan loca como la señorita Hester Goodale, y te estará bien empleado por hablar tan mal de la gente.

—Tu madre ha trabajado mucho para darte una buena educación —afirmó Nellie—. No te ha criado para que salgas con chicos que fueron amamantados hasta los cuatro años. No está bien, Allison, que salgas con el chico de los Page. Los Page son basura. Una sucia basura. Siempre han sido así.

—No pienso seguir hablando contigo, vieja loca —dijo Allison—. ¡Y no quiero que me digas una palabra más sobre Norman o su familia!

Se acercó airadamente a la cocina, golpeó los cazos al poner los huevos a hervir y cerró varias veces la nevera con un portazo al sacar los ingredientes para hacer los bocadillos. Cuando hubo terminado, lo metió todo en una cesta y salió de la cocina sin molestarse en lavar ni ordenar nada.

Nellie suspiró y se puso en pie, con los ojos fijos en la vena de la parte interior de su codo.

Estaba hinchada. Dio un paso hacia delante y se detuvo, llevándose una mano a la cabeza.

Sus dedos buscaron frenéticamente a través del cabello sucio, y al final encontraron el bulto.

Era muy grande, tanto como un huevo, y palpitaba como si estuviera hirviendo.

Loca. La palabra quemaba en la mente de Nellie como manteca caliente. Loca. El bulto de su cabeza no tardaría en reventar, el pus se esparciría por todo su cerebro y estaría loca, tal como Allison había dicho.

Nellie Cross se sentó en el suelo de la cocina de las Mac-Kenzie y empezó a lloriquear.

—Lucas Cross —gimoteó en voz alta—. Lucas, mira lo que has hecho.

Allison y Norman empujaban las bicicletas delante de ellos, pues hacía demasiado calor para pedalear cuesta arriba.

Las bicicletas pesaban porque las cestas sujetas al manillar estaban llenas hasta los topes con todo lo necesario para el picnic, una caja con seis botellas de Coca-Cola, una manta de algodón, dos trajes de baño, cuatro toallas y un grueso volumen titulado Poetas ingleses .

Allison y Norman empujaban y jadeaban, y el calor de julio se elevaba, implacable, de la carretera que los alejaba de Peyton Place .

—Tendríamos que habernos conformado con ir a Meadow Pond —dijo Norman, subiéndose las gafas de sol, que se deslizaban a lo largo de su nariz.

—En Meadow no habríamos podido acercarnos al agua —dijo Allison, alzando una mano del manillar de la bicicleta para levantar un mechón de cabello que se adhería a su nuca húmeda—. Todos los chicos de la ciudad han ido a Meadow. Preferiría quedarme en casa que ir allí.

—No puede estar mucho más lejos —dijo filosóficamente Norman—. El recodo del río está a un kilómetro del hospital y ya debemos de haberlo recorrido.

—No está mucho más lejos —afirmó Allison—. Hace rato que hemos pasado las fábricas.

Finalmente, después de lo que les pareció una eternidad bajo el sol veraniego, llegaron al recodo del río Connecticut.

Con un suspiro de alivio, dejaron las bicicletas a la sombra de los gigantescos árboles que se levantaban a la orilla del agua y se dejaron caer sobre la mullida y seca pinaza que cubría el suelo.

—¡Creía que nunca llegaríamos! —exclamó Allison, hinchando el labio inferior y soplando hacia un mechón de pelo que le caía sobre la frente.

—Yo también —dijo Norman—. Sin embargo, ha valido la pena. No hay ni un alma por los alrededores. Escucha qué silencio.

Cuando hubieron descansado, Norman dijo:

—Escondamos las bicicletas en el bosque. De este modo, no se verán desde la carretera y nadie sabrá que estamos aquí.

—De acuerdo —dijo Allison—. Hay un sitio un poco más arriba. Los árboles no están tan cerca del agua y hay una especie de playa con arena. No se ve desde la carretera.

Cuando llegaron al lugar que Allison había descrito, apoyaron las bicicletas en dos árboles y empezaron a bajar sus cosas a la playa. Extendieron cuidadosamente la manta y colocaron la cesta, el libro y las toallas encima de ella.

—¿Comemos o nos bañamos primero? —preguntó Allison.

—Bañémonos —dijo Norman—. En cuanto me ponga el traje de baño, meteré las Coca-Colas debajo del agua para que se enfríen. Deben de estar tibias.

—Tendremos que cambiarnos en el bosque —comentó Allison—. No hay otro sitio.

—Ve tú primero. Esperaré a que estés lista.

Cuando ambos se hubieron puesto el traje de baño, se quedaron en la orilla, deslizando lentamente los pies sobre la arena húmeda. Era peligroso bañarse en ese lugar del río y ambos lo sabían. El río estaba lleno de rápidos y el fondo se hallaba cubierto de piedras puntiagudas.

—Hemos de tener cuidado —dijo Norman.

—Entra tú primero.

—Entremos juntos.

Lentamente, con mucho cuidado, entraron en el agua, y de repente el río ya no pareció peligroso. Empezaron a chapotear y a nadar alejándose de la orilla.

—Está muy agradable y fría. Helada.

—Mejor que en Meadow Pond . Allí siempre está tibia en los días de calor.

—¿Todavía haces pie?

—Sí. ¿Y tú?

—Sí. No nos alejemos más.

—No creo que este lugar sea peligroso, excepto en primavera, tal vez.

—Acabo de tropezar con una piedra.

—¿Sabes flotar?

—Sí. Aprendí en el campamento, hace dos años.