10
A la mañana siguiente, cuando Tom dejó su apartamento para salir, al reverendo Fitzgerald no se le veía por ninguna parte.
Esto resultaba inusitado porque era sábado y el pastor dedicaba todos los sábados por la mañana a trabajar en el pequeño jardín situado a un lado de la casa.
Tom se detuvo en el porche delantero y escuchó con curiosidad.
La ciudad estaba llena de sonidos matinales veraniegos.
En algún lugar alguien empujaba una segadora de césped, y desde aun más lejos llegaba el ruido de unos patines sobre el cemento.
Muy débilmente, quizá desde tan lejos como Depot Street , llegaba el eco de alguien que practicaba escalas al piano, y detrás de Tom, procedente de la casa del reverendo Fitzgerald, se elevaba el repiqueteo desigual de las teclas de una máquina de escribir.
En conjunto, pensó Tom, una mañana de sábado muy normal.
Pero ¿dónde estaba Fitzgerald? El sonido que faltaba era el golpe seco de las tijeras del pastor al podar e igualar el seto.
Tom se encogió de hombros y bajó de un salto los escalones delanteros de la casa.
No era nada que le concerniese. No era asunto de Tom si el pastor congregacionista empleaba la mañana recortando muñecos de papel con la forma del Papa.
En cualquier otro momento, en cualquier otro lugar, Tom habría acudido a alguien con autoridad y le habría dicho: «Su pastor está enfermo.
Su estado no es el más adecuado para conducir a un rebaño de almas desorientadas porque él mismo se ha extraviado.
Está enfermo y necesita ayuda». Pero en Peyton Place, en un soleado sábado de julio, Tom se encogió de hombros y echó a andar por Elm Street.
Había aprendido a la fuerza la conveniencia de ocuparse de sus propios asuntos en el primer concejo municipal al que asistió al año siguiente de su llegada a Peyton Place .
En aquel tiempo, había intentado formular su opinión sobre la zonificación de la ciudad.
Cuando terminó de hablar, un hombre se levantó y le miró de arriba abajo.
—¿Está usted en la lista de votantes de esta ciudad, señor...?
El hombre formuló su pregunta arrastrando todas y cada una de las palabras y dejó en suspenso el final de la pregunta, como si hubiera olvidado el nombre de Tom.
Entonces, Tom comprendió. Vio que el privilegio de las críticas y el privilegio de rectificar una situación falsa eran privilegios reservados a los residentes antiguos, y que, en Peyton Place se tenía por «Residentes Antiguos» a las personas cuyos abuelos habían nacido en la ciudad.
Tom se rió de ello, pero no intentó criticar o corregir de nuevo.
Se contentó con observar, viendo que había ganado dos amigos en este primer concejo municipal: a Seth Buswell y Matthew Swain.
Ahora, al pasar frente al edificio que albergaba el Peyton Place Times , Tom miró a través del gran ventanal que separaba el despacho de Seth de la calle.
Seth estaba sentado a su mesa y junto a Seth, en la silla de cortesía, se hallaba Allison Mac-Kenzie.
Iba vestida con un almidonado vestido de algodón y llevaba un par de guantes blancos.
Extrañado, Tom saludó a los dos ocupantes del despacho de Seth con un gesto de la mano y prosiguió su camino hacia la tienda de modas.
Sería difícil, pensó, para muchas personas de Nueva York y para unas cuantas de Pittsburgh, creer que Tomas Makris estaba finalmente enamorado.
No sólo enamorado, sino a merced de una viuda de treinta y cinco años que tenía una hija de quince y que le había hecho el favor, en más de dos años, de dormir con él quizás una docena de veces.
Una viuda, además, con la que él quería casarse pero que no se casaría con él antes de otros dos años, si es que lo hacía.
Tom sonrió. Había hombres capaces de esperar eternamente a la mujer elegida pero él nunca había sido uno de ellos.
También había hombres que preferían esperar a reclamar físicamente a sus mujeres hasta estar legalmente casados.
Él tampoco había sido uno de ellos. Tom admitía alegremente, con los modismos de Peyton Place , que estaba prendado y completamente hechizado.
Esperaría a Connie MacKenzie aunque tardara cincuenta años en decidirse.
—Así estoy yo —dijo al entrar en la tienda de modas.
—¿Cómo? —rió Constance MacKenzie, dejando el periódico y yendo a su encuentro.
—Prendado y completamente hechizado —dijo Tom, y se inclinó para darle un beso en la parte interior de la muñeca.
Constance le acarició la nuca con la otra mano libre.
—Bonita conducta en un lugar de trabajo y a plena luz del día —le susurró.
Tom podía hacer cosas como besarle las yemas de los dedos y la parte interior de la muñeca con una naturalidad y una sinceridad que les impedían parecer estudiadas y artificiales.
Una vez le había besado la planta del pie descalzo y ella se excitó hasta el punto de sentir un poderoso e inmediato deseo sexual.
Al principio le habían turbado sus originales expresiones de ternura, pues le recordaron escenas de amor de novelas bastante decadentes.
Parecían incongruentes viniendo, como era el caso, de un hombre de la talla y el temperamento de Tom.
—Lo malo de ti —le había dicho una vez— es que todas tus ideas sobre cómo debe ser el amor de un hombre proceden de libros baratos y de Hollywood.
Ella se echó a reír y se burló de sí misma por dejar que la afectaran gestos tales como un beso en la muñeca. Sin embargo, ahora no se rió. Su voz enronqueció y pasó las yemas de los dedos sobre los cortos y fuertes cabellos de la nuca de Tom.
—Yo también lo estoy —dijo.
—¿Cómo?
—Prendada y completamente hechizada —contestó.
—Es suficiente —afirmó él—, o me olvidaré de que hoy es un día de trabajo y de que estoy en el departamento de señoras de una tienda de modas. ¿Tienes café?
—Recién hecho —contestó ella—. Voy a buscarlo.
Llevó las tazas y los platos a un lugar vacío de uno de los mostradores y Tom fue a la trastienda en busca de la cafetera. Se apoyaron en el mostrador y tomaron café y donuts .
—He visto a Allison en el despacho de Seth —comentó Tom—. ¿Se puede saber qué estaba haciendo allí?
—¿No recuerdas lo que le dijiste hace meses? —preguntó Constance—. Le dijiste que el mejor sitio para empezar una escritora era en un periódico. Ha ido a pedir trabajo a Seth.
Tom se echó a reír.
—Bueno —dijo—, no pensaba precisamente en el Peyton Place Times cuando hablé con Allison, pero también podría servir. Ella tiene más imaginación que yo. ¡Pensar incluso en recurrir a Seth! Espero que le convenza.
—Yo espero que no —dijo Constance—. Escribir notas sociales para un semanario de una ciudad pequeña no es lo que yo tenía pensado para Allison.
—¿Qué tenías pensado?
—Oh —dijo Constance con vaguedad—, la universidad, después un buen empleo durante algún tiempo y después la boda con un hombre importante.
—Quizás Allison no quiera todo eso —dijo Tom—. Creo que tiene talento para manejar las palabras y yo confío plenamente en las personas que aprovechan su talento.
—No se necesita demasiado talento para escribir que el señor y la señora de Tal visitaron al señor y la señora de Cual durante el fin de semana. Esto es, más o menos, lo que Seth pone en su periódico.
—Es un comienzo —repuso Tom—. Como he dicho antes, no estaba pensando en el periódico de Seth cuando sugerí a Allison que trabajara en un periódico. De todos modos, por ahora bastará.
—No pienso preocuparme —dijo Constance—. Aún le quedan dos años en la escuela superior. Será tiempo suficiente para que renuncie a esa locura de escribir para ganarse la vida.
Tom sonrió, y se abstuvo de nombrar a Constance unas cuantas personas que conocía para las que escribir era todo menos que una locura.
—Hoy es sábado —dijo—. ¿Qué te parece si vamos a cenar a Manchester?
—De acuerdo —dijo Constance—. Pero no podré salir hasta tarde. Estoy deseando que Selena se restablezca y pueda volver a trabajar.
—Los placeres de la vida de un profesor, así como de la esposa de un profesor, incluyen unas largas vacaciones veraniegas todos los años.
Si estuviéramos casados y hubieses dejado el negocio, podrías venir conmigo a la ferretería de Mudgett y extasiarte ante el equipo de pesca.
Incluso es posible que te comprara una caña y un carrete.
—Oh, vamos, vete ya —rió Constance—, o me dejaré llevar por la pereza y después lo lamentaré.
—Te recogeré aquí a las seis —dijo él.
—Muy bien.
Le siguió con la mirada a lo largo de Elm Street, una figu ra con camisa deportiva y pantalones de color tostado.
Se preguntó, por millonésima vez, qué pensaría Allison de tenerlo por padrastro, y en su mente apareció la imagen de la niña que ahora tenía dieciséis años aunque ella creyera tener sólo quince, y que debería tener más sentido común, a su edad, para comprender que la pluma no podía constituir un medio de vida.
En el despacho de Seth Buswell, Allison MacKenzie no se sentía demasiado segura.
Jugueteaba nerviosamente con la cremallera de la cartera que había llevado consigo.
Después de muchas dudas y discusiones, Kathy Ellsworth y ella habían escogido seis relatos de lo que llamaban «Lo mejor de Allison MacKenzie», y Allison los había sacado de la cartera y se los había dado al editor.
Seth se acomodó en la silla y se mordió el labio inferior mientras leía. Las historias de Allison eran retratos tenuemente encubiertos de personajes locales, y Seth se mordió el labio para disimular una sonrisa.
—«¡Caramba! —pensó—. ¡Esto causaría sensación en la primera página!»
Allison había descrito a la señorita Hester Goodale como una bruja que tenía los huesos de su amante muerto escondidos en el sótano.
Había convertido a las señoritas Page en fanáticas religiosas y transformado al pobre Clayton Frazier en un lascivo demonio.
Leslie Harrington era un dictador que tenía un mal final, pero Matthew Swain era una criatura amable y bondadosa que dedicaba su vida a Hacer el Bien.
Marion Partridge estaba retratada como una rolliza dama de sociedad con un vicio secreto.
Marion, según Allison, tomaba rapé a escondidas.
«¡Caramba!», pensó Seth Buswell, dejando el último de los relatos de Allison. Carraspeó y miró a la joven que aguardaba nerviosamente su decisión.
—¿Qué habías pensado, Allison? —preguntó—. Ya debes saber que contrato a unos pocos corresponsales de otras ciudades para las noticias de las diferentes comunidades y que yo mismo hago todo lo referente a la localidad.
—No había pensado en escribir algo semejante a notas de sociedad —empezó Allison, y Seth emitió un silencioso suspiro de alivio—. Pensaba que quizá podría escribir una historia corta todas las semanas. En Peyton Place hay muchas cosas sobre las que escribir.
«Que Dios me ayude», pensó Seth, lanzando una ojeada a las historias que había sobre su mesa.
—¿Qué clase de historias? —preguntó—. ¿Ficción?
—Oh, no —dijo Allison—. Historias reales, sobre cuestiones de interés para la comunidad y cosas así.
—¿Has pensado alguna vez en una columna de tipo histórico? —preguntó Seth—. Ya sabes, cómo era Elm Street hace cincuenta años y esas cosas.
—No, no lo había pensado —dijo Allison con voz que reflejaba entusiasmo—. Pero es una idea fantástica. Podríamos llamarla «el ayer y el hoy de Peyton Place» y ponerla dentro de un recuadro en la primera página.
«¡Caramba con la niña! —pensó Seth—. ¡Un recuadro en la primera página!»
—Podríamos intentarlo —dijo con cautela—. Podríamos hacerlo unas cuantas semanas y ver qué tal va.
—¡Oh, señor Buswell! —exclamó Allison, levantándose de un salto—. ¿Cuándo? ¿Cuándo podríamos empezar?
«¡Qué prisas!», pensó Seth.
—Escribe algo durante esta semana —dijo—. Intentaré publicarlo el viernes.
—Oh, gracias. Gracias, señor Buswell. Empezaré ahora mismo. Iré a casa y empezaré a pensar ahora mismo.
—Espera un momento —dijo Seth—. ¿No vas a preguntarme cuánto te pagaré?
—¿Pagarme? —exclamó Allison—. No tiene que pagarme. Lo haré por nada y lo consideraré un privilegio.
—Esto es absurdo, Allison. Si a la gente le gustan tus artículos, estarán dispuestos a pagar por ellos. Te daré dos dólares por cada historia que publique.
Por un momento, Seth temió que la niña se echara a llorar o vomitase. Su cara se puso blanca, después rosa, y después más blanca que antes.
—Oh, gracias —dijo sin aliento—. Muchas gracias, señor Buswell.
—Y, Allison —dijo Seth a la figura que se dirigía hacia la puerta del despacho—. Este fin de semana hará demasiado calor para escribir. Espera hasta el lunes. Quizá llueva antes de entonces.
Allison salió corriendo del edificio que albergaba el Peyton Place Times y chocó de frente con la figura de Tomas Makris. Se habría caído si él no la hubiera agarrado por los hombros y la hubiera sujetado.
—¡Tengo un empleo! —exclamó—. Tengo un empleo como escritora, señor Makris. Pagado. ¡En el periódico!
Por encima de la cabeza de Allison, Tom miró hacia el despacho de Seth a través del ventanal. El editor del periódico estaba inclinado sobre las historias que Allison había olvidado recoger, y esta vez sonreía abiertamente.
—Bueno —dijo Tom, mirando la cara de Allison, que había palidecido de nuevo—, esto se merece una celebración. El primer empleo de cualquier persona requiere una celebración. Vayamos al drugstore de Prescott y te invitaré a un refresco.
Condujo a Allison hasta allí, y el codo de la muchacha, todavía dentro de la palma de su mano, temblaba. El color empezaba a volver a sus mejillas, pero no podía dejar de hablar.
—Una cosa de tipo histórico —estaba diciendo—, y me pagará. Como una verdadera escritora.
Mirándola, en su temblorosa excitación, Tom se sintió repentinamente muy viejo.
—Pensaba empezar enseguida, esta misma tarde —estaba diciendo Allison—, pero esperaré hasta mañana.
He prometido a Norman que esta tarde iría con él de picnic.
¿No le parece extraño, señor Makris? Me había olvidado completamente del picnic.
¡Estaba tan excitada por lo del trabajo!
¡Espere a que se lo diga a Norman! ¡Se quedará helado!
Norman también escribe, ¿sabe? Poemas. Tengo que darme prisa.
Prometí a Norman que yo llevaría la comida.
¿No es increíble? ¡Acabo de acordarme del picnic!
«Una locura, ¿eh? —pensó Tom, recordando la observación de Constance—. Cuando una adolescente olvida algo tan romántico como un picnic con otro adolescente en la excitación generada por la idea de escribir a cambio de dinero, es difícil seguir considerándola una locura.»
—Gracias por el refresco, señor Makris —dijo Allison, y desapareció en un torbellino de almidonadas faldas de algodón.
Tom dejó una moneda de diez centavos sobre el mostrador.
«Maldita sea —pensó, sintiéndose todavía viejo—, esta espera ya ha sido demasiado larga. Volveré a hablar con ella esta noche. Dos años más es demasiado tiempo. Demasiado tiempo perdido. Los años no perdonan.»