Peyton Place (Peyton Place 1) 8
45%

8

Con todas las cualidades, además de lo que sus padres habían hecho por él, Ted Carter debería haber tenido la expresión feliz de un muchacho despreocupado, pero en su cara no había nada infantil mientras andaba rápidamente hacia el hospital de Peyton Place .

Tenía un indicio de sombra en las mejillas y la barbilla, aunque se había afeitado cuidadosamente antes de cenar, y dos líneas diagonales en la piel entre las cejas.

Tenía el ceño fruncido, no porque estuviera preocupado o enfadado al recordar la escena de poco antes con sus padres, sino porque estaba perplejo.

Como se dijo a sí mismo, sin dejar de andar, no comprendía a sus padres.

Desde que podía recordar, él había tomado sus propias decisiones.

Sus padres decían que estaban orgullosos de su sentido común y nunca tuvieron motivos para interferir.

Era sólo durante los últimos dos años que habían empezado a encontrar faltas y a criticar.

Sin embargo, lo único que criticaban eran sus salidas con Selena, pues todo lo demás continuaba igual que siempre.

Cuando quiso ir a trabajar para el señor Shapiro, sus padres no se opusieron.

Le dijeron que lo hiciese si eso era lo que quería, aunque el trabajo en una granja avícola resultaba duro y tedioso y el señor Shapiro era judío y difícil de contentar.

No intentaron influenciarle cuando empezó a buscar un coche usado para comprar, y él sabía que aprobarían su elección si encontraba uno que le gustara.

Sus padres siempre se habían mostrado de acuerdo con todo lo que él había querido hacer, de modo que, ¿por qué eran tan intransigentes, tan sumamente mezquinos y estúpidos respecto a Selena?

Ya que siempre habían confiado en su sentido común, ahora debían seguir haciéndolo.

Debían darse cuenta de que él no era un muchacho estúpido dispuesto a aprovecharse de una chica.

Pensaba estudiar la carrera de leyes —y sus planes incluían a Selena— y establecerse en su ciudad natal para ejercer con el viejo Charlie, donde alcanzaría el éxito en su especialidad.

Sin duda, sus padres debían de darse cuenta de que en un plan como éste no había espacio para tonterías.

Había hablado largo y tendido de sus esperanzas con el viejo Charlie Partridge y el abogado no había encontrado ninguna falta en ellas.

—Es bueno saber lo que se quiere —le había dicho Charles Partridge—. Adelante, muchacho. Cuando hayas terminado la carrera, vuelve a Peyton Place . Entonces necesitaré a un joven brillante para ayudarme.

—No podrías haber escogido a nadie mejor que Selena Cross —le había dicho Charles Partridge—. Ni en cuanto a belleza ni en cuanto a inteligencia. Adelante, muchacho. En este mundo es importante saber lo que se quiere.

Puesto que Ted amaba realmente a Selena Cross y así se lo había dicho a sus padres, éstos deberían comprender que tenía bastante sentido común y autodominio para no tocarla hasta que estuvieran casados.

No es que a veces no le resultara difícil, pero sus padres deberían entender que en los planes de Ted no había espacio para errores tontos.

Se lo había explicado a Selena hacía tiempo y ella lo había comprendido.

Entonces, ¿por qué no podía convencer a sus padres, después de dos años de intentarlo?

Los Carter casi nunca se peleaban entre sí; los gritos y maldiciones de esta noche habían sido la rara excepción a la regla. En vez de eso, discutían con sensatez, racional y sosegadamen te, pero al final Ted siempre se encontraba en un lado y sus padres en el otro.

Era desconcertante, pensó Ted mientras andaba por el borde de la carretera.

Lo único que podía hacer era asirse a lo que consideraba bueno para él y esperar a que sus padres llegaran a entender su forma de pensar.

Sería diferente, pensó, si pudieran presentarle un solo argumento sensato contra Selena.

Él estaba dispuesto, igual que siempre, a hacer caso de la razón.

Pero no podían decir nada en contra de Selena más que vivía en una barraca y era la hija de un borracho.

Ted no veía la relación que esto podía tener con nada.

Como dijo a sus padres, ellos dos habían vivido en barracas no mucho mejores que la de Selena cuando eran jóvenes y eso no les había perjudicado en nada.

En cuanto a la bebida, el abuelo Welch, el padre de Roberta, había sido uno de los borrachos más notorios de la ciudad, y eso no afectó a Ted ni a su madre.

El único argumento que les quedaba a sus padres era que la gente murmuraría si continuaba saliendo con Selena.

La gente hablaría de todos modos, les había dicho Ted.

Sólo había que ver el modo en que aún hablaban algunas personas sobre el primer marido de su madre.

La gente siempre había hablado y siempre hablaría.

Mientras un hombre trabajase duramente, no robara ni metiera a una chica en un lío, la gente no podía decir nada que pudiera perjudicarle.

Ted explicó cuidadosamente, y con todo detalle, las historias que había oído sobre sus padres y el viejo doctor Quimby.

Lo hizo para demostrarles lo poco que importaban las habladurías.

Las habladurías, dijo, a la larga no habían perjudicado a sus padres.

Tenían todo lo que querían. Su padre era jefe de contabilidad en la fábrica y vivían en una bonita casa de un barrio respetable.

¿Verdad que podían darse cuenta de lo poco que a la larga importaban las habladurías?

Siempre era en este punto cuando las discusiones entre los Carter tocaban a su fin.

Los padres de Ted se quedaban súbi tamente mudos, por lo que la tensión en la casa era casi tan palpable como la niebla, o bien empezaban a hablar atropelladamente.

Él no sabía nada, decían. Era demasiado joven. No podía comprenderlo.

Ted Carter entró en el hospital de Peyton Place con la cabeza alta y una sonrisa en los labios. Claro que lo comprendía. Comprendía que amaba a Selena Cross y que la perspectiva de una vida sin ella sería lo mismo que la muerte.

Selena estaba sentada en un sillón en la habitación particular que el doctor Swain le había asignado.

Llevaba la bata roja que Constance MacKenzie le había regalado al día siguiente de la operación, y su brillante cabello oscuro reposaba sobre sus hombros.

El corazón de Ted se regocijó cuando entró en la habitación y la miró.

Volvía a ser ella misma. Por primera vez en toda la larga semana desde la operación, parecía la Selena de antes, la que no había estado enferma un solo día en toda su vida.

Sus labios volvían a estar rojos y el brillo había vuelto a sus ojos.

Ted se inclinó sobre el sillón y la besó dulcemente.

—Dame un beso de verdad —pidió, riendo, y él así lo hizo.

—Veo que ya estás bien —dijo Ted—. De lo contrario, no podrías besar así.

No estaba bien, pensó Selena, que se sintiera tan feliz.

Pero no podía evitarlo. Tenía la habitación llena de flores enviadas por amigos que ella incluso ignoraba poseer, y la señora Mac-Kenzie había ido a verla todos los días.

Allison también fue a visitarla, así como la señorita Elsie Thornton, que le llevó un libro y una planta.

El señor y la señora Partridge enviaron un enorme ramo de rosas, lo cual sorprendió a Selena, pues hacía más de dos años que no había estado en casa de Marion, desde la época en que iba todos los martes para planchar la ropa de la señora Partridge.

Pero lo mejor de todo, la verdadera causa de su felicidad, era la noticia que el doctor Swain le había llevado aquella mañana.

Lucas se había marchado. Lucas había aban donado la ciudad de noche, hacía una semana, y no regresaría jamás.

Selena se sentía como si la hubieran librado de un peso que había acarreado durante años.

Había sacudido los hombros varias veces a lo largo del día, después de que el doctor le diera la noticia, y le parecía sentir una ligereza desconocida hasta entonces.

Si estaba mal sentirse tan feliz, pensó Selena, quería estar mal el resto de su vida.

Cuando Ted hablaba, podía cerrar los ojos y ver el futuro que se extendía ante ella tan suave como una cinta de satén y tan apacible como el ancho río Connecticut en verano.

Había pensado detenidamente en lo otro, en la fealdad de una semana atrás, y había esperado sentir horror y vergüenza.

Lo único que sintió fue un gran alivio. Su mente práctica decidió olvidarlo, no pensar más en ello de lo que uno pensaría en un corte hecho largo tiempo atrás, durante la infancia.

Aquello había pasado, y ni siquiera podría encontrar una cicatriz a menos que la buscara mucho.

—Oh, Ted —dijo, con los ojos brillantes—. Mañana puedo volver a casa.

«Puedo volver a casa —pensó—, y sólo Joey y mi madre estarán allí.»

—Creo que compraré ese Ford que he estado mirando —comentó Ted—. Lo compraré mañana y te acompañaré a casa en coche.

—¿Cuánto piden por él? —preguntó Selena.

Ted se lo dijo y empezaron a discutir sobre la conveniencia de invertir tanto capital en un coche usado.

Se dieron cuenta de que parecían dos personas casadas hacía tiempo cuando hablaban de ese modo, y eso les produjo una emoción desconocida.

Se cogieron de la mano y decidieron que el Ford no era una mala compra siempre que Jinks, el dueño del garaje, les garantizara un buen precio si querían venderlo al año siguiente.

Ted se despidió de Selena a las nueve de la noche y salió del hospital de Peyton Place silbando suavemente.

Cuando estaba a medio camino de la ciudad su felicidad le impidió seguir en silencio.

Profirió un estridente grito de guerra, sin importarle que alguien le oyera y le tomara por loco, y echó a correr hasta llegar a Elm Street.

—Buenas noches, señor —dijo al hombre que encontró poco antes de doblar por la esquina de Maple Street .

El reverendo Fitzgerald, de la iglesia congregacionista, se sobresaltó como si alguien le hubiera puesto una pistola en el pecho.

—¡Oh! —exclamó—. Oh, Ted. Me has asustado. ¿Cómo estás?

—Muy bien, señor —dijo Ted, y esperó la siguiente pregunta del pastor.

Ésta se produjo, como de costumbre.

—Hummm, Carter —dijo el reverendo Fitzgerald—. Carter, no te vi en la iglesia el domingo pasado. ¿Te veremos este domingo?

—Sí, señor —dijo Ted.

Era extraño, pensó Ted unos minutos después mientras se acercaba a su casa, que el reverendo Fitzgerald siempre hiciera la misma pregunta, hablara con quien hablase.

La iglesia congregacionista estaba abarrotada hasta las puertas todos los domingos, pero cada vez que el reverendo Fitzgerald se encontraba con un congregacionista, le hacía la misma pregunta: «¿Te veremos el domingo próximo? ».

Ted se encogió de hombros. Seguramente era una de las excentricidades que tenía la gente.

El pastor hacía su pregunta; los ancianos de delante del juzgado maldecían y murmuraban; su padre odiaba a los judíos y a los habitantes de las barracas.

Todo el mundo tenía alguna excentricidad, pensó Ted, entrando en su casa.

Sus padres estaban sentados en el salón.

Harmon estaba leyendo y Roberta tejía. Nadie habló.