Peyton Place (Peyton Place 1) 7 #2
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Roberta Carter tenía diecisiete años y su nombre era «Bobbie» Welch el año en que Harmon Carter, de dieciocho, concibió su gran plan.

En aquella época, Harmon estaba empleado como chico de recados en las Fábricas Cumberland, puesto que ocupaba desde que dejó la escuela a los quince años.

Bobbie trabajaba como secretaria y mujer de limpieza a horas con el doctor Jerrold Quimby.

Esto ocurría el mismo año que el joven Matt Swain realizaba las prácticas en el Hospital Mary Hitchcock de Hanover.

El joven Swain, como se le llamaba entonces, debía entrar en el consultorio del viejo doctor Quimby cuando terminara las prácticas en Hanover, pues el viejo doctor Quimby acababa de cumplir setenta y cuatro años y necesitaba a un hombre joven para ayudarle.

En aquella época Bobbie y Harmon salían con asiduidad y se daba por hecho que se casarían en cuanto Harmon ascendiera de chico de recados a oficinista en las Fábricas Cumberland.

Los dos jóvenes iban a dar un paseo o se sentaban en el porche cubierto de parras de la casa de los Welch en sus citas nocturnas, pues Harmon no tenía dinero para diversiones más caras.

Hablaban de su trabajo y Harmon solía reírse del modo en que el viejo doctor Quimby dependía de Bobbie para todo.

Una noche no se rió, pues aquel día había concebido su gran plan.

Se lo desveló cuidadosamente a Bobbie, a fin de no escandalizarla con su poca ortodoxa osadía.

Empezó haciéndola sentir insatisfecha del sombrío futuro que se alzaba ante ellos.

Recalcó particularmente la constante y continua falta de fondos que, sin duda, les atenazaría toda la vida, tal como había atenazado a sus padres y abuelos.

—Se necesita dinero para hacer dinero —le dijo.

Y:

—El mejor modo de obtener dinero es tener un pariente rico que te deje una bonita suma al morir.

Y:

—Vivir al día, trabajar sin descanso. Ésta es la vida de la familia de un oficinista.

Y:

—Eres tan hermosa. Deberías tenerlo todo. Pieles y joyas y vestidos maravillosos. Yo no puedo comprarte cosas así, y nunca podré... con mi empleo.

Al final, la semilla estuvo plantada y empezó a germinar.

Bobbie, que era una criatura rubia y rolliza y siempre había estado bastante satisfecha de sí misma, empezó a verse tan alta y delgada como una sílfide, una mujer que necesitaba pieles y viajes a París para dar lo mejor de sí misma.

Su satisfacción fue reemplazada por un activo descontento, la sensación de no merecer su destino de pobre.

Entonces Harmon empezó a desvelar el segundo paso de su gran plan.

—El viejo doctor Quimby tiene mucho dinero —le dijo.

Y:

—El viejo doctor Quimby tiene más dinero del que nadie puede gastar.

Y:

—El viejo doctor Quimby es un anciano. Una mujer lo bastante lista para cazarle no tendría que esperar mucho para heredar su dinero.

Y:

—El viejo doctor Quimby depende de ti para todo. Te necesita. Si quisieras casarte con él, yo te esperaría.

Como es natural, al principio Bobbie se escandalizó.

Amaba a Harmon, dijo, y siempre le amaría, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad.

Harmon se apresuró a contestarle que si le amaba tanto, su gran amor por él no moriría mientras estuviera casada con el viejo doctor Quimby, aun en el caso de que el Maldito Viejo Loco viviera otros cinco años.

« Bobbie » lo encontró muy razonable al cabo de un tiempo y el plan para conducir al viejo doctor Quimby hacia el abrevadero y hacerle beber se puso en marcha.

Como después comentaron a menudo entre ellos, fue una larga y dura lucha.

El viejo doctor Quimby era viudo desde hacía treinta años y no le importaba en absoluto mientras pudiera contratar a alguien que le cuidase.

Éste era el anzuelo, y Bobbie , bajo la tutela de Harmon, se lo hizo tragar hasta el fondo.

Amenazó con des pedirse; se negó a hacer las comidas del anciano; dejó su ropa sucia allí donde la encontraba e hizo correr la voz por la ciudad de que era un viejo verde repugnante y un hombre con el que no se podía trabajar.

El viejo doctor Quimby, incapaz de encontrar una sustituta para Bobby que fuese a su casa y le cuidara, sucumbió con cansancio.

Bobbie se casó con el viejo doctor Quimby y en Peyton Place todos se escandalizaron y, después, se rieron.

La ciudad calificó al viejo doctor Quimby de anciano senil, de viejo tonto sin parangón posible, un viejo tonto que no se daba cuenta de las continuas infidelidades de su joven esposa con Harmon Carter, y entonces entró en escena el joven doctor Swain.

Bobbie , aún bajo la tutela de Harmon, se negó a abrir la puerta de la casa al joven médico.

Al fin y al cabo, como le dijo Harmon, el viejo doctor Quimby quizá tuviera mucho dinero, pero no había necesidad de malgastarlo en Matthew Swain .

El joven médico volvió airadamente la espalda a la puerta principal de la gran casa de Maple Street , donde había esperado tener su primer consultorio, y fue a la casa de sus padres.

Puso su letrero delante de su enorme casa de «estilo sureño» de Chestnut Street y nunca tuvo causas para arrepentirse de haberlo hecho.

Peyton Place se había reído con más fuerza que nunca cuando los enfermos empezaron a visitar al joven doctor Swain.

Al final, Peyton Place condujo a la muerte al viejo doctor Quimby con sus carcajadas.

Dos semanas antes de la fecha del primer aniversario de su boda con Bobbie Welch, el viejo doctor Quimby se llevó el revólver a la cabeza y se disparó un tiro.

Las ciudades pequeñas son conocidas por su memoria privilegiada y su lengua afilada, y Peyton Place no perdonó a Bobbie Quimby y Harmon Carter.

Pasaron años antes de que las palabras utilizadas contra ellos empezaran a suavizarse.

Los epítetos utilizados abarcaban toda la gama desde «ramera» y «chulo» hasta «prostituta» y «traficante de blancas».

Pasaron muchos años antes de que la casa de Maple Street fuera olvidada como «la casa Quimby» y se llamara por su nombre ahora correcto de «la casa Carter», y pasaron los mismos años antes de que la señora Carter lograra que en Peyton Place se la llamase «Roberta» en vez de utilizar el nombre frívolo y, para ella, vulgar de «Bobbie».

Incluso ahora, cuando ya había sobrepasado los cincuenta años, llevaba más de treinta casada con Harmon y tenían un hijo de dieciséis, había quienes todavía recordaban.

Era a causa de ellos por lo que Roberta y Harmon Carter no encontraban a ningún oyente comprensivo cuando hablaban de «todo lo que habían hecho» por su hijo Ted.

Era a causa de los ancianos, los que guardaban los recuerdos en su memoria y tenían la costumbre de transmitir las historias escandalosas a los jóvenes, por lo que Peyton Place aplaudía a Ted Carter .

Cuando el muchacho insistió en trabajar al salir de la escuela y durante las vacaciones estivales, Peyton Place dio su aprobación.

—El joven Carter no vivirá a costa del dinero del viejo Quimby —se dijo en la ciudad— como han hecho siempre sus padres.

Cuando Peyton Place vio al joven Ted Carter andando por Elm Street, en una calurosa noche de julio y con una caja de bombones debajo del brazo, en dirección al hospital donde estaba su novia, le aprobaron y aplaudieron.

—Ese joven Carter es un buen chico —se dijo en la ciudad—. Hace buena pareja con Selena Cross. Ella es bastante buena chica a pesar de vivir en las barracas.

Pero lo que en Peyton Place gustaba era la humillación de Roberta y Harmon. Ver al joven Carter con una muchacha de las barracas, después de lo que habían luchado sus padres para escapar del medio ambiente que ahora era el de Selena, tenía una cierta belleza, una justicia poética.

Un justo castigo, lo llamaban en la ciudad. Roberta y Harmon Carter recibían al fin su justo castigo.