Peyton Place (Peyton Place 1) 7
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Ted Carter metió la punta de la lengua entre sus dientes.

Cuidadosamente, volvió a intentar doblar los extremos de una hoja de papel de seda en torno a las esquinas de una caja de bombones que quería envolver.

Aunque lo había intentado muchas veces, las esquinas siempre parecían sobresalir de modo que el paquete resultaba torpe, como envuelto por un niño.

La madre de Ted le había mirado varias veces, pero no le ofreció su ayuda.

Siguió lavando platos y mirando, cuando no observaba a su hijo, por la pequeña ventana situada encima del fregadero de la cocina.

El padre de Ted se hallaba sentado en el salón y sacudía las páginas del periódico a intervalos frecuentes, pero él también guardaba silencio.

Desde que Ted empezó a salir con Selena Cross, hacía más de dos años, había habido cierta tensión en la casa de los Carter, que no disminuyó con el tiempo.

Roberta y Harmon Carter, los padres de Ted, no habían afrontado el problema de Selena con la sonriente tolerancia que emplean la mayoría de los padres con un hijo seguro de estar enamorado.

«Amor pueril», con sus connotaciones de infantilismo, no era un término que pudiera aplicarse a la emoción que Ted Carter sentía por Selena Cross.

Roberta Carter hundió las manos en el agua jabonosa y pensó que nada en Ted había sido nunca infantil.

En otros tiempos este hecho le había complacido.

Se sintió feliz cuando Ted aprendió a hablar y andar antes y mejor que otros niños.

Se sintió complacida cuando sus profesores comentaron lo listo que era, lo fácilmente que aprendía y lo maduro que era para su edad.

Se había sentido llena de orgullo cuando aprendió a nadar a los seis años, a esquiar a los siete y a golpear una pelota de béisbol a los ocho.

Había observado a su alto y robusto hijo con admiración, pues tanto ella como Harmon eran bajos y delgados, y había sentido la satisfacción de un trabajo bien hecho.

Realmente había hecho un buen trabajo con Ted.

No sólo era alto y fuerte, sino sano. Sus dientes estaban desprovistos de empastes, su piel nunca se había cubierto de granos, y poseía una visión magnífica.

Era amable, considerado y cortés, nunca levantaba la voz y pocas veces perdía la paciencia, y se entregaba a cualquier tarea con una energía y una seguridad poco corrientes en un muchacho de dieciséis años.

Incluso el señor Shapiro, propietario de la granja avícola donde Ted trabajaba durante el verano y conocido por ser difícil de contentar, había ensalzado la constancia y laboriosidad de Ted.

—Teddy es un buen chico —había dicho a Roberta—. Un gran chico. A su edad, ya trabaja como un hombre.

A ella le había complacido oír esto, hasta recordar que con la carencia de infantilismo de Ted se desvanecía su esperanza de que el amor del muchacho por Selena Cross fuera un amor infantil y pasajero.

Cuando Roberta y Harmon Carter comprendieron que la cuestión de Selena ya no era una mera ilusión sino un hecho real, fueron incapaces de afrontarlo con resignación.

De haberlo hecho así, habrían tenido una relajación de la tensión en su hogar y una apariencia de armonía en sus vidas.

Querían que fuera el niño que nunca había sido, con los rápidos cambios de humor de un niño y sus afectos fácilmente quebrantables.

Con sideraban que era un error de su hijo que se relacionara con una muchacha de las barracas.

La hijastra de un padre leñador y borracho y la carne y sangre de una madre desaliñada y medio loca.

—¿Qué haces, Ted? —preguntó Roberta a su hijo, aunque tanto ella como Harmon supieran muy bien lo que hacía.

—Intento envolver una caja de bombones para Selena —le contestó.

—¿Sí? —Roberta no pronunció más que una palabra con una inflexión ascendente, pero consiguió expresar un mordaz sarcasmo y una cruel burla con esta última sílaba.

—¿Sí? —repitió.

Pero Ted no amplió su comentario original y Roberta sintió que la rabia crecía en su interior y le irritaba la garganta.

—Supongo que aún sigue en el hospital —dijo, con acento que reflejaba su pobre opinión de las personas que se quedaban más de una semana en el hospital por una operación tan sencilla como una apendectomía.

—Sí —dijo Ted.

En el salón, Harmon Carter sacudió su periódico.

—Bueno —dijo Roberta—, ¿cuánto tiempo piensa quedarse allí, ocupando una cama que podría ser utilizada por una persona realmente enferma?

—Hasta que el doctor Swain le dé permiso para marcharse, me imagino —repuso bruscamente Ted.

—¡Theodore!

—¿Sí, papá?

—Haz el favor de ser respetuoso cuando te dirijas a tu madre.

—No he sido irrespetuoso —dijo Ted—. He contestado a su pregunta.

—Es tu tono, Ted —dijo su madre—. No me ha gustado nada el tono que has empleado.

—Tonterías —dijo Harmon desde el salón—. ¡Salir todas las noches para ver a esa zorra!

—Selena no es una zorra —dijo Ted con calma—, y tú lo sabes.

Era cierto que Harmon lo sabía, pero le enfureció que Ted se lo dijese.

—¡Maldita sea! —gritó, levantándose y yendo hasta el umbral de la puerta que separaba la cocina del salón—. Te he dicho que seas respetuoso. Ve a tu habitación hasta que aprendas a hablar como es debido.

Ted terminó de envolver el paquete y no contestó.

—¿No has oído a tu padre, Ted? —preguntó Roberta—. Te ha dicho que vayas a tu habitación. Tu amiguita tendrá que sobrevivir sin verte esta noche.

Ted se levantó, se bajó la cremallera de los pantalones y se metió la camisa por dentro del pantalón. No habló.

—¿Es que no me has oído? —gritó Harmon.

—Sí, papá —dijo Ted, cogiendo la caja de bombones envuelta—. Te he oído.

—¿Y bien? —Harmon pronunció estas palabras con un tono amenazador—. ¿Y bien? —inquirió, arrastrando la última palabra.

Ted abrió la puerta que daba al patio trasero.

—Buenas noches, papá —dijo—. Buenas noches, mamá.

Cuando la puerta se hubo cerrado suavemente detrás de su hijo, Roberta y Harmon pasaron unos momentos sin reaccionar, mirándose el uno al otro.

Después, Roberta sacó las manos del agua que llenaba el fregadero y, sin secárselas, se sentó en una silla de la cocina y se echó a llorar.

Harmon tiró su periódico al suelo y descargó el puño de una mano sobre la palma de la otra.

—¡Insolente! —exclamó—. Eso es lo que es. Un insolente.

—Después de todo lo que hemos hecho por él —sollozó Roberta, repitiendo el comentario de millones de madres—. Después de todo lo que le hemos dado. Una buena educación y un buen hogar.

—La posibilidad de cursar estudios universitarios —dijo Harmon, uniéndose a la letanía—. Una suerte que cualquier muchacho apreciaría.

Harmon Carter se había graduado en octavo y había asistido dos años a la escuela superior antes de dejarla para ir a trabajar a las Fábricas Cumberland. Para él, la posibilidad de una educación universitaria equivalía a la posibilidad de alcanzar el éxito.

—No pienso sudar sangre en la fábrica para enviarle a la universidad si es así como piensa comportarse —dijo Harmon.

Harmon Carter no sudaba sangre en las Fábricas Cumberland.

Era contable en la sección administrativa y la única vez que sudó un poco fue cuando una de las secretarias jóvenes se inclinó sobre su mesa para hacerle una pregunta.

Harmon tampoco tenía que preocuparse por el dinero de la educación universitaria de Ted.

El dinero estaba en el Citizens’ National Bank desde antes de que Ted naciera.

De hecho, había estado allí desde antes de que Harmon se casara con Roberta.

—Lo ha tenido todo —sollozó Roberta, enjugándose las manos todavía mojadas con el delantal.

En cierto modo, eso era verdad. Aunque los Carter no vivían en Chestnut Street por considerar que sería ostentoso para un contable de la fábrica vivir en la misma calle que Leslie Harrington , ocupaban una casa muy grande en un barrio muy respetable.

Vivían en Maple Street, a dos manzanas de las escuelas, una calle que estaba considerada como la «segunda mejor» de Peyton Place .

La casa de los Carter era grande, estaba bien amueblada, bien caldeada en invierno, bien sombreada en verano y bien conservada.

Se le daba una capa de pintura cada tres años y Kenny Stearns se ocupaba del jardín que la rodeaba.

Además del «bonito» hogar que los padres de Ted Carter le proporcionaron, también tuvo las ventajas sociales de tener buena ropa y un caro equipo deportivo.

Tenía la promesa de la universidad y la certidumbre de saber que existían fondos para cuando se graduara y se estableciera como abogado.

A cambio de todas estas cosas, los padres de Ted Carter no le pedían nada más que su absoluta devoción, incuestionable lealtad e inmediata obediencia.

—Jamás le he pedido nada —dijo Roberta, sonándose la nariz—.

Ni siquiera tomé dinero para su manutención cuando empezó a trabajar y prácticamente insistió en darme parte de su salario.

Nunca le he pedido nada, excepto que dejara a Selena Cross, y no quiere hacerlo.

Después de todo lo que hemos hecho por él.

Todo lo que Roberta y Harmon hicieron por Ted habían sido hechas por ellos mismos mucho antes de que Ted naciera. Durante largo tiempo, Peyton Place se estremeció con las habladurías de lo que Roberta y Harmon habían hecho por sí mismos, e incluso ahora aún había quienes recordaban y hablaban.

Roberta y Harmon habían tenido que luchar mucho para estar en mejor situación que los obreros de la fábrica.

Les había costado tiempo y sacrificio obtener una casa en Maple Street , una cuenta bancaria, un buen coche, un abrigo de pieles para Roberta y un reloj de bolsillo de oro macizo para Harmon.

Algunos obreros de la fábrica trabajaban toda su vida para conseguir sólo unas pocas de las cosas que Roberta y Harmon se procuraron antes de cumplir los treinta.