Peyton Place (Peyton Place 1) 6 #2
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Cuando el médico soltó el pelo de Lucas extrajo un pañuelo limpio y se limpió cuidadosamente la mano.

La segunda excusa había sido presentada.

«No sé qué me pasó.» Era como si los hombres como Lucas esperasen que los hombres como Matthew Swain creyeran en la existencia de extraños demonios, acechantes y dispuestos a invadir la mente y el cuerpo de los hombres como Lucas.

La segunda excusa para una mala conducta siempre se expresaba con un tono pensativo y melancólico, como si el culpable esperase que su interlocutor se sorprendiera tanto como él de lo que le había pasado.

No sé qué me pasó, pero fuera lo que fuese, no tuve la culpa.

Algo se adueñó de mí y yo no pude hacer nada.

«Oh, Dios mío —rogó Matthew Swain— . Oh, Dios mío, no permitas que lo mate.»

—No sé cuántas veces lo hice —dijo Lucas con voz espesa—. Un par..., quizá tres..., cuando estaba medio borracho y no me daba cuenta de nada. —Una expresión lujuriosa se reflejó en sus ojos—. Igual que un animal salvaje, esa Selena. Siempre lo ha sido. La pegaba hasta que dejaba de forcejear.

El doctor Swain reprimió las náuseas mientras escuchaba a Lucas y lo veía humederce los labios resecos.

«Eso no es verdad —pensó—. No es verdad que un hombre pueda violar a una niña una y otra vez y después recuerde estas ocasiones como si fueran el más hermoso de los sueños.

No puede ser verdad. Soy tan incapaz de creerlo como de creer que la Crucifixión fue un truco publicitario o que el objeto de la vida es la muerte. No es verdad.»

—Selena es muy guapa, vaya si lo es —continuó Lucas, abstraído—.

Tiene las delanteras más bonitas que he visto en mi vida, y los pezones siempre marrones y salidos.

La primera vez la até, pero en realidad no hacía falta porque no estaba despierta.

Vaya si era virgen. Jesús, tenía un himen tan sólido que pasé dos semanas dolorido. Apenas podía trabajar.

Las disculpas, que no podían satisfacer a Matthew Swain, se habían agotado, y ahora Lucas empezaba a buscar compasión.

«Estaba tan dolorido que apenas podía trabajar.

» Lucas articuló estas palabras en un gemido, como si esperase la conmiseración del médico.

«¡Qué lástima!», habría tenido que decir el doctor Swain.

«¡Qué lástima, Lucas, que pasara dos semanas sin apenas poder trabajar después de violar a su hijastra virgen! »

«Oh, Dios mío —pensó el médico, apretando los puños y notando otra vez el acre olor a sudor que despedía su cuerpo—. Oh, Dios mío, no permitas que lo mate.»

—Muy guapa —dijo Lucas.

Matthew Swain oyó su propia respiración, subiendo y bajando, cuando Lucas terminó de hablar.

En la cabaña de los Cross reinó un largo silencio mientras el médico combatía su deseo de poner las manos en torno al cuello de Lucas y estrangularle.

La indignación y la rabia que dominan a un hombre cuando se da cuenta de lo frágiles que pueden ser las normas civilizadas tardaron largo rato en abandonar al doctor Swain.

Cuando pudo hablar, dijo:

—Lucas, le doy hasta mañana al mediodía para largarse de aquí. Salga de la ciudad. No quiero volver a verle por aquí.

—¿Qué quiere decir con eso de que salga de la ciudad, doctor? —exclamó Lucas, horrorizado por el carácter vengativo de ese hombre al que nunca había hecho nada malo—. ¿Qué quiere decir? No tengo ningún sitio a donde ir, doctor. Ésta es mi casa. Siempre lo ha sido. ¿Adónde voy a ir, doctor?

—Al infierno —dijo el médico—. Si no, a donde quiera. Pero lárguese de Peyton Place .

—No quiero ir a ningún sitio, doctor —gimió Lucas—. No tengo ningún sitio a donde ir.

—Si mañana le veo por aquí, Lucas, pondré a toda la ciudad en contra suya.

Salga de Peyton Place y no intente volver.

Ni la semana próxima ni el próximo año. Ni siquiera después de mi muerte, Lucas, porque pienso dejar esa prueba de la que le he hablado en un lugar seguro.

La gente de la ciudad sabrá qué hacer si regresa algún día.

Lucas Cross se echó a llorar. Sepultó la cabeza entre los brazos y sollozó al pensar en la injusticia de esa persecución.

—¿Qué le he hecho a usted, doctor? —exclamó—. Nunca le he hecho nada. ¿Cómo voy a salir de la ciudad si no tengo adónde ir?

—Selena no tenía adónde ir para escapar de usted —dijo el médico—. Eso no le pareció mal, ¿verdad? Ahora los papeles se han cambiado y si el suyo no le gusta, mala suerte. Lo digo en serio, Lucas. No espere al sol del mediodía para marcharse.

Matthew Swain se sintió viejo, tan viejo como el tiempo e igualmente cansado, mientras se dirigía, con la espalda encorvada, hacia la puerta de la barraca de los Cross.

La confesión de Lucas le pesaba en el bolsillo de la americana y las palabras de Lucas eran una llaga en su alma.

Sintió un cansancio desconocido hasta entonces y notó un sabor metálico en la boca.

«Ojalá pueda llegar a casa —pensó—. Ojalá pueda llegar a casa y darme un baño caliente.

Ojalá pueda quitarme toda esta porquería de encima y llegar al comedor y servirme una copa.

Ojalá pueda dormir toda la noche y mañana encuentre Peyton Place tan limpio y hermoso como ayer. Ojalá pueda llegar a casa.»

Ya había entreabierto la puerta cuando un penetrante gemido le obligó a detenerse, con la mano todavía en el pomo.

Se volvió, horrorizado, sabiendo de antemano que había cometido otro acto de destrucción.

Sus ojos escudriñaron la penumbra existente más allá del círculo de luz producido por la única bombilla de la barraca, y encontró la cama doble hundida adosada a la pared trasera de la habitación.

Nellie Cross estaba tendida sobre ella, emitiendo un estridente gemido sin fin, y su cuerpo se retorcía como si sufriera dolores de parto.