6
El doctor Matthew Swain aparcó el coche a un lado del camino frente a la barraca de los Cross y se dirigió rápidamente hacia la puerta de la casa. Aporreó la endeble puerta con ambos puños, como si quisiera dar una salida física a la rabia que anidaba en su interior.
—¡Por el amor de Dios, entre! —gritó Lucas desde dentro—. No hace falta que eche la maldita puerta abajo.
Matthew Swain apareció en el umbral, alto, vestido de blanco, con un aspecto mucho más imponente del que tenía en realidad.
Lucas estaba sentado a la mesa de la cocina, vestido únicamente con un mono grasiento.
La negra mata de pelo de su pecho desnudo parecía un escondite ideal para los piojos, y su piel brillaba de sudor.
Había un solitario hecho sobre la mesa y una botella de cerveza medio vacía.
Lucas miró al doctor Swain y sonrió. Su frente y sus labios se movieron al mismo tiempo, pero sus ojos continuaron inmóviles y llenos de desconfianza.
—¿Se ha perdido, doctor? —preguntó—. Nadie le ha llamado.
Al oír estas palabras, el médico notó que el sudor cubría su propio cuerpo.
Empapó su camisa en pocos segundos y el sudor se deslizó a lo largo de sus costados.
«Nadie le ha llamado, doctor.» Las palabras trajeron a su memoria la imagen de Selena, agazapada en la noche, para proteger a su hermano Joey de los puños del hombre a quien ahora él se enfrentaba.
—Tengo a Selena en el hospital —dijo con voz ronca, en cuanto pudo dominar su furor.
—¿A Selena? —preguntó Lucas. Lo pronunció S’lena, y el médico comprendió que Lucas había pasado el día bebiendo—. ¿Por qué tiene a Selena en el hospital, doctor?
—Estaba embarazada —dijo el médico—. Esta tarde ha sufrido un aborto.
Sólo durante un momento, la sonrisa de Lucas fluctuó.
—¿Embarazada? —preguntó—. ¿Embarazada? —repitió, intentando dar un tono ultrajado a su voz—.
Embarazada, ¿eh? ¡La muy desvergonzada! Yo la arreglaré.
Le daré una paliza que no olvidará en su vida.
Le dije que se metería en un buen lío si continuaba tonteando con el hijo de los Carter.
Se lo dije, pero ella no quiso escucharme.
Yo la arreglaré, vaya si lo haré. Cuando haya acabado, le aseguro que me escuchará.
—¡Miserable bastardo! —exclamó el doctor Swain con voz trémula—. ¡Miserable hijo de perra!
—Eh, un momento, doctor —dijo Lucas, apartándose de la mesa y poniéndose en pie—. Ningún hombre puede llamar hijo de perra a Lucas Cross en su propia casa. Ni siquiera un médico cerdo asqueroso como usted.
Matthew Swain avanzó hacia Lucas.
—Si aquí hay algún cerdo asqueroso, es usted —dijo—. Usted es el único culpable. El hijo de Selena era de usted, y los dos lo sabemos.
Lucas se dejó caer bruscamente sobre su silla.
—Puedo demostrarlo, Lucas —continuó el médico, mintiendo a sabiendas sin que le importara—.
Puedo demostrar que era hijo de usted —repitió, utilizando sus conocimientos de un modo que nunca había hecho hasta entonces, para intimidar al ignorante—.
Tengo pruebas suficientes —le dijo— para meterle en la cárcel durante el resto de su vida.
El sudor se deslizaba ahora por el rostro de Lucas, y su olor le envolvía en fétidas oleadas.
—No tiene nada contra mí, doctor —protestó—. Yo nunca la he tocado. Nunca le he puesto las manos encima.
—Tengo muchas cosas contra usted, Lucas.
Más de las que necesito. Si sabe lo que le conviene, me firmará enseguida este papel.
Lo he escrito antes de salir del hospital.
Es una confesión, Lucas, y quiero que ponga su nombre en él.
Si se niega, quizá Buck McCracken le convenza con una manguera de goma en los sótanos del juzgado.
—Nunca la he tocado —insistió Lucas con voz ronca—, y no pondré mi nombre en un papel que diga que lo he hecho. ¿Qué tiene en mi contra, doctor? Nunca le he hecho nada. ¿Por qué viene a mi casa y me intimida? ¿Acaso le he hecho algo malo alguna vez?
El médico se apoyó en la mesa, dominando con su estatura al hombre que se hallaba sentado con la vista fija en sus brazos cruzados.
Matthew Swain sabía que Lucas era el padre del hijo concebido por Selena.
Estaba totalmente seguro de ello. Eso debería haberle bastado, pero cierta perversidad en su interior le impulsó a continuar.
Sabía que Lucas Cross era culpable de un delito tan cercano al incesto que la línea de demarcación resultaba invisible.
Saberlo debería haberle bastado. Sabía que podía obligar a Lucas a firmar la confesión, pero algo le impulsó a continuar, a intimidar a aquel hombre hasta que admitiese que era el padre del hijo que Selena había llevado en las entrañas.
—Quizá no acuda a Buck —dijo suavemente—.
No, no acudiré a Buck. Daré la alarma en toda la ciudad.
Iré a hablar personalmente con todos los padres de Peyton Place y les contaré lo que ha hecho, Lucas.
Les diré que sus hijas no están seguras con usted rondando por ahí.
Los padres vendrán tras usted, Lucas, del mismo modo que van tras un animal salvaje y peligroso.
Pero no le matarán de un disparo. —Hizo una pausa y contempló al hombre que tenía delante—.
¿Sabe desde cuándo no ha habido un linchamiento en esta ciudad, Lucas?
Los ojos del hombre sentado frente a él miraron desesperadamente a su alrededor, buscando una salida para huir de la despiadada voz que resonaba en sus oídos.
—Hace tanto tiempo, Lucas, que nadie lo recuerda con exactitud.
Sin embargo, un linchamiento es algo que todo hombre ultrajado sabe hacer.
Los padres sabrán hacerlo, Lucas. Tal vez no demasiado bien.
Tal vez no lo bastante bien para darle muerte en el primer intento.
Sin embargo, al cabo de un rato le cogerán el tranquillo.
Esperó un momento, pero Lucas no levantó la cabeza.
Continuó inmóvil, mirando fijamente el enmarañado vello negro de sus antebrazos, envuelto por el olor del sudor que el miedo le había provocado.
El médico dio media vuelta como para marcharse, pero un gemido de Lucas le detuvo antes de que hubiera dado tres pasos.
—Por el amor de Dios —le dijo Lucas—, espere un momento.
El médico se volvió y le miró.
—Lo haré, doctor —dijo—. Le firmaré ese papel. Démelo.
Eso debería haberle bastado. Junto con lo otro, con su seguridad previa, esta admisión final, oral y escrita, debería haber sido suficiente para Matthew Swain .
Pero no lo fue. Quería aplastarle, aplastarle y triturarle con sus talones; degradarle y humillarle y destrozarle.
Vio cómo se desmoronaba el montón de piezas rotas que formaron más de treinta años de honorable ejercicio de la medicina, y vio la honrada cara de católica irlandesa de Mary Kelley , ensombrecida ahora por una cierta dureza que la cínica conciencia del crimen cometido había provoca do.
Vio la gelatinosa masa roja del hijo no nato de Selena, que probablemente habría nacido y vivido un número de años normal, y vio a Lucas Cross.
Quería infligir un dolor de calibre tan agudo y exquisito a aquel hombre que disolviera el suyo propio, pero comprendió que sería inútil.
Lucas no sentiría dolor, ni vergüenza, ni arrepentimiento, pues él no creía haber cometido un delito de tal magnitud que no pudiera tolerarse y olvidarse.
Lucas Cross pagaba sus facturas y se ocupaba de sus asuntos.
Lo único que pedía a los demás hombres era que hiciesen lo mismo.
Antes de que hablara, Matthew Swain supo que Lucas se disculparía y después intentaría obtener su compasión, pero él no podía dejar de hablar, ni de confiar en hendir el cuchillo en una herida que sabía que Lucas no poseía.
—¿Cuándo empezó todo, Lucas? —preguntó con una voz astuta que no era la suya—. ¿Cuántas veces lo hizo, Lucas?
El hombre le miró con unos ojos que ahora no reflejaban más que miedo.
—Jesús, doctor —le dijo al hombre cuya furiosa mirada nunca había visto hasta entonces—. Jesús, doctor —dijo—. ¿Qué quiere de mí? Ya le he dicho que lo había hecho, ¿no?
—¿Durante cuánto tiempo, Lucas? —repitió el médico con obstinación—. ¿Un año? ¿Dos años? ¿Cinco?
—Un par —dijo Lucas en un susurro—. Estaba borracho, doctor. No sabía lo que hacía.
La mente del doctor registró automáticamente la primera de las excusas de Lucas: «Estaba borracho. No sabía lo que hacía». Era la disculpa normal que los hombres como Lucas daban para todos sus actos, desde pelear y robar hasta, aparentemente, violar a una niña.
—Era virgen cuando empezó, ¿no es así, Lucas? —preguntó el médico con la misma voz astuta—. Usted, tan fuerte, valiente y viril, arrebató la virginidad a su hija, ¿no es así, Lucas?
—Estaba borracho —repitió Lucas—. De verdad, doctor. Estaba borracho. No sabía lo que hacía. Además, no es lo mismo que si fuera mía. No es mi hija. Es de Nellie.
El doctor Swain agarró a Lucas del pelo y lo retorció con sus fuertes dedos hasta que Lucas echó la cabeza hacia atrás con una sacudida.
—Escúcheme, hijo de perra —dijo, furioso—. Esto no es una falta sin importancia. No pienso escuchar sus débiles excusas sobre estar borracho. Usted sabía perfectamente lo que hacía. Deje de comportarse como un cerdo durante un solo minuto de su asquerosa vida y admita que lo sabía.
Lucas se sobresaltó cuando los dedos del médico le dieron un nuevo tirón de pelo.
—Sí —dijo—. Lo sabía. Un día la miré y me di cuenta de que ya era casi una mujer. No sé qué me pasó.