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La enfermera Mary Kelley cerró la puerta de la habitación donde dormía Selena Cross y se dirigió sin hacer ruido, a pesar de que sus grandes pies calzados de blanco parecieran incapaces de tal suavidad, hacia el mostrador del vestíbulo del primer piso.
Se sentó, se ajustó nerviosamente la cofia y suspiró mientras adaptaba sus caderas a la silla de respaldo recto.
Una vez hubo ocultado las piernas en el espacio del mostrador, separó cautelosamente los muslos.
En verano, cuando hacía mucho calor, siempre tenía la parte interior de los muslos irritada.
Nada parecía aliviarla en estas ocasiones, ni polvos, ni almidón de maíz seco, ni pomada de óxido de cinc.
Tenía que soportarlo, y su paciencia se resentía.
Ahora, además del turno de noche y la humedad de julio y los muslos que le dolían como si los tuviera abrasados cada vez que daba un paso, tenía que poner a prueba un código de moralidad médica por primera vez en su vida.
Mary Kelley había sido una estudiante seria.
Sabía todo lo que había que saber sobre la ética que daba tema a tantas novelas y películas y largas discusiones en los dormitorios de las estudiantes de enfermería.
—¿Qué harías tú —se habían preguntado a menudo unas a otras durante las largas horas que pasaban hablando antes de dormirse— si vieras que un médico cometiera un error en la sala de operaciones? ¿Un error que provocara la muerte de un paciente?
—Yo no diría nada —se aseguraban unas a otras—. Al fin y al cabo, todo el mundo comete errores. Si un carpintero o un fontanero cometen un error, nadie va a arruinarles por eso. Un médico también puede equivocarse. ¿Por qué tiene que ser acusado, desacreditado, o procesado?
—Las enfermeras nunca dicen nada —declaraban—. Y ven errores todos los días. Mantienen la boca cerrada. Es cuestión de ética.
Mary Kelley , sentada con las piernas separadas ante el mostrador del primer piso, se miró las manos, que parecían grandes, cuadradas y desnudas en la penumbra nocturna del hospital de Peyton Place .
Sin embargo, recordó, tan noble charla sobre la ética médica nunca se detenía allí.
—Pero ¿y si no fuera un error? —se preguntaban unas a otras—. ¿Y si el médico estuviera borracho o hiciera algo deliberadamente?
—¿Y si fuese tu propia madre a la que él matara para poner fin a sus sufrimientos si tuviera una enfermedad incurable?
—¿Y si el médico tuviera una hija y su hija tuviera un hijo ilegítimo y él dejara morir al niño durante el parto?
—Yo no diría nada —aseguraba solemnemente—. No se acusa a los médicos. Es cuestión de ética.
Mary Kelley se movió con desasosiego en la silla y separó las piernas todo lo que le permitió el espacio del mostrador.
Todo sonaba muy bien en teoría, pensó. Siempre había sonado muy bien durante las largas discusiones en los dormitorios de las enfermeras.
Hablar era fácil. No costaba nada expresar en voz alta lo que deseabas que la gente creyera que pensabas.
Mary se preguntó si la ética médica podía compararse con la cuestión de la tolerancia.
Al hablar decías que los negros eran tan buenos como cualquiera.
Decías que los negros jamás debían ser discriminados y que si alguna vez te enamorabas de uno estarías orgullosa de casarte con él.
Pero mientras hablabas, te preguntabas qué harías realmente si un negro alto y apuesto te invitara a salir con él.
Cuando hablabas declarabas que si te enamorases de un protestante que se negara a cambiar de religión por ti, te casarías igualmente y le amarías por tener el valor de mantener sus convicciones.
Te casarías con él a pesar de las objeciones de tus padres y las objeciones de la Iglesia y resolverías inteligentemente el problema de un matrimonio mixto.
Sabías que estabas a salvo diciendo estas cosas, pues hacía un siglo que no vivía ningún negro en Peyton Place y no salías con muchachos que no fueran católicos.
Decías que sabías lo que harías si tuvieras que enfrentarte a un médico poco ético, pero ¿qué hacías realmente, se preguntó Mary Kelley , apoyando la cara en sus grandes manos cuadradas, cuando eso ocurría?
Por un momento ponderó la conveniencia de ir directamente al padre O’Brien y confesarle el pecado en el que había tomado parte aquella noche.
Se imaginó la cara alargada del sacerdote y los pequeños ojos negros que podían traspasarte como dagas.
¿Y si se lo contaba y él no quería darle la absolución?
¿Y si decía: «Pon a ese médico en manos de la justicia, pues sólo así podré lavar el pecado de tu alma?
». Mary Kelley se imaginó la cara del doctor Swain, su amable y bondadosa cara, y las manos que consideraba tan parecidas a las de Cristo en su suavidad.
En realidad no había podido remediarlo, pues el doctor no le había dejado alternativa.
—Prepárala —dijo, indicando a Selena Cross—. Tengo que extirparle el apéndice.
A Mary le dolían los muslos, estaba de mal humor y le molestó, como siempre, el lenguaje poco profesional del doctor. Si podía evitarlo, nunca utilizaba las palabras más pulidas y misteriosas de la medicina.
¿Dónde estaba el ayudante?, inquirió. ¿Y el anestesista?
¿Y otra enfermera? Ella era la única persona de guardia aquella noche en el hospital casi vacío.
¿Y qué, si sólo había tres pacientes en cama?
¡No estaba bien dejar a estos tres sin atender mientras ayudaba al doctor!
¿Y si sonaba el teléfono ahora que era tarde y la secretaria se había marchado?
¿Y si alguien llamaba y nadie contestaba el teléfono?
No estaría bien, dijo al doctor, que hubiera una urgencia y nadie estuviera en el mostrador.
—¡Maldita sea! —rugió el doctor—. ¡Déjate de suposiciones y haz lo que te digo!
A Mary no le importaba que el doctor gritara. Era su carácter, y una buena enfermera nunca discute el carácter de un médico, del mismo modo que no le dice lo que tiene que hacer en el quirófano. Sin embargo, lo intentó, más tarde, con Selena Cross inconsciente sobre la mesa de operaciones.
—Doctor —susurró—, doctor, ¿qué está haciendo?
Él se enderezó y la miró, con ojos centelleantes y furiosos, por encima de la mascarilla.
—Le estoy quitando el apéndice —dijo fríamente—. ¿Lo entiendes, Mary? Le estoy quitando un apéndice tan infectado que habría podido perforarse si hubiera esperado hasta mañana. ¿Lo entiendes, Mary?
Ella bajó los ojos, incapaz de resistir el dolor que él había intentado disimular con rabia.
Después supuso que éste fue el modo que tuvo el doctor de ofrecerle una alternativa.
Debería haber dicho que no, que no comprendía, debería haber salido corriendo del quirófano y haber llamado a Buck McCracken , el comisario, en aquel mismo momento.
Pero, naturalmente, no había hecho nada de eso.
—Sí, doctor —dijo—, lo comprendo.
—Pues asegúrate de no olvidarlo nunca —le dijo él—. Asegúrate bien.
—Sí, doctor —repuso ella.
Se preguntó por qué había pensado siempre que sólo los católicos se oponían al aborto. No podía ser así, pues ahí estaba el doctor, un protestante, con el dolor reflejado en los ojos mientras sus manos realizaban hábilmente una tarea extraña.
Al menos, pensó Mary más tarde, suponía que el doctor era protestante.
No seguía ninguna religión y el padre O’Brien siempre la había inducido a crear que sólo los protestantes se descarriaban y terminaban apartados de toda religión.
Un católico, se dijo a sí misma, jamás habría realizado este acto tan escandaloso, horrible y ofensivo, y ella se había sentido escandalizada, horrorizada y ofendida como buena católica que era.
Pero debajo de todo esto, como una serpiente venenosa arrastrándose entre la alta hierba de la jungla, fluía una corriente de pecaminoso orgullo.
El doctor la había escogido a ella. Entre todas las enfermeras a quienes podía haber escogido —Lucy Ellsworth o Geraldine Dunbar o cualquiera de las enfermeras que venían de White River para ayudar cuando el hospital estaba lleno—, había escogido a Mary Kelley .
Podía haberla dejado a cargo de la planta y llamado a otra persona, pero la había escogido a ella y, estuviera bien o mal, sentía una cierta felicidad en su interior.
Quizás el doctor la hubiese hecho cómplice del peor de los crímenes, pero no era un mentiroso y había impedido que ella lo fuera.
Al final, cuando hubo terminado lo otro, extirpó el apéndice a Selena Cross.
Aunque era el apéndice más bonito y sano que Mary Kelley había visto en su vida, el doctor lo había extirpado.
—La apendectomía más aparatosa que he hecho jamás —dijo a Mary cuando hubo terminado—. Limpia todo esto, Mary. Límpialo a fondo.
Así lo hizo. Mientras los pacientes dormían apaciblemente, dio gracias a Dios como un avezado criminal por la extraordi naria buena suerte que el destino les había deparado al doctor y a ella, y limpió el quirófano a fondo tal como el doctor le había dicho.
Lo limpió a fondo, tal como el doctor dijo, y se deshizo de todo con sumo cuidado.
Mary Kelley se removió en la silla y metió la mano debajo de su falda. Deslizó la tela sobrante de la falda entre sus sudorosos e irritados muslos y se relajó.
Así estaba mejor, pensó, mientras la tela absorbía parte de la humedad.
Cuando sonó el teléfono, casi había recuperado la alegría.
—Oh, sí, señora MacKenzie —dijo al auricular—.
Sí, la he llamado un par de veces. Anita me ha dicho que había salido y por eso le he dejado el recado de que usted me llamara.
Oh, no, señora MacKenzie. No es Allison.
Se trata de Selena Cross. Una apendectomía urgente.
Oh, desde luego. Estaba a punto de perforarse.
Sin embargo, ya está muy bien. Duerme como un bebé.
Sólo después de colgar se dio cuenta Mary Kelley de que había dado un paso irrevocable en la cuestión de la ética.
Había hecho su elección al proporcionar estos informes falsos.
Decididamente, cogió la novela policíaca que había empezado la noche anterior.
Obligó a sus ojos a concentrarse en la página impresa esperando que su mente absorbiera lo que sus ojos leían.
Habría muchas ocasiones en el futuro, cuando no pudiera leer, para pensar en Dios y el padre O’Brien.