4 #2
—No, supongo que no —admitió—. Es que me he sobresaltado al oír el timbre, he soltado la pluma y he hecho un borrón en el libro de cuentas.
—Eso sí que es grave —contestó él—. El borrón en el libro de cuentas, quiero decir.
Constance notó que se envaraba y él debió notarlo también, pues habló rápidamente.
—Vaya a buscar el traje de baño —dijo—, e iremos a nadar.
—Está loco —le dijo ella—. En primer lugar, el único sitio que hay por aquí es Meadow Pond y siempre está lleno de parejitas.
—En ese caso —contestó él—, no iremos a donde van las parejitas. Ahí fuera tengo un coche que me propongo comprar y hay un lago a unos quince kilómetros escasos de aquí. Vayamos a probar mi futuro coche.
—Señor Makris...
—Tom —dijo él, pacientemente.
—Tom —dijo Constance—, no tengo intención de ir a ningún sitio con usted a estas horas de la noche. He de trabajar, es tarde, son más de las once y media...
—Es escandaloso —interrumpió Tom, chasqueando la lengua y meneando la cabeza—.
Escuche, ha trabajado todo el día. Mañana es domingo, de modo que no tiene que madrugar.
Su hija está en el campamento, de modo que no tiene que quedarse en casa con ella.
No puede darme ninguna excusa a no ser que me detesta, y no va a decirme eso.
Vaya a buscar el traje de baño y marchémonos.
Lo más asombroso, pensó Constance mientras se apoyaba en el hombro de Tom dos años después, no era que él le hubiese hablado de este modo, sino que ella le hubiese obedecido.
—Está bien —le dijo, exasperada por su persistencia—. ¡Está bien!
Se puso el traje de baño en su dormitorio y sólo un momento, cuando vio su imagen en el espejo del tocador, se detuvo a reflexionar.
«¿Qué estoy haciendo?», se preguntó.
«Lo que quiero hacer, para variar», contestó al rostro que aparecía en el espejo.
Resueltamente, se ató los tirantes del traje de baño, se puso un vestido de algodón y un par de sandalias, y echó a correr escaleras abajo para reunirse con Tomas Makris en el vestíbulo.
—¿Ha cerrado la puerta con llave? —le preguntó él cuando estuvieron fuera.
—Ésta es otra cosa que debe aprender sobre la vida en una ciudad pequeña —le dijo ella—. Si en Peyton Place cierras la puerta de tu casa con llave, la gente empezará a pensar que tienes algo que ocultar.
—Comprendo —dijo él—. Tendría que haberlo supuesto. Debe de ser por la misma razón que la gente nunca corre las cortinas del salón cuando las luces están encendidas. ¿Le gusta el coche?
—No está mal —contestó ella—. Sin embargo, no es nuevo, ¿verdad?
—Los Chevrolet —contestó él— son como los buenos vinos, mejoran con los años. De verdad. Es lo que me dijo el vendedor de coches usados.
La llevó al lago del que le había hablado, a quince kilómetros de la ciudad, y Constance no supo si el hecho de que el lugar estuviera desierto se debió a la hora o, como dijo Tom más tarde, a su milagrosa buena suerte.
Sólo supo que, cuando él apagó los faros del coche y paró el motor, la oscuridad y quietud del lugar eran sobrecogedores.
—¿Cómo vamos a ver el camino para bajar a la playa? —susurró ella.
—¿Qué está murmurando? —preguntó él en un tono normal, sobresaltándola—. Tengo una linterna.
—Oh.
Constance se aclaró la garganta y se preguntó si los primeros minutos en un coche aparcado en la oscuridad serían tan incómodos para todo el mundo como lo eran para ella.
—Vamos —dijo él, tomándola de la mano.
Era la primera vez que la tocaba y ella sintió su contacto en la mano, en la muñeca, en todo el brazo.
Dejaron la ropa que llevaban encima del traje de baño en la orilla y entraron juntos en el agua.
Ahora que los ojos de Constance se habían acostumbrado a la oscuridad, lo vio todo con claridad, y lo que vio fue a Tomas Makris junto a ella, imponente, desnudo de cintura para arriba, y extraordinariamente seductor.
Con una silenciosa exclamación de temor, se zambulló en el agua y empezó a nadar.
«Oh, Dios mío —pensó—, ¿por qué he venido? ¿Cómo voy a volver a casa? ¿Por qué no me habré quedado allí?»
Nadó hasta agotarse. Todo su cuerpo temblaba de miedo y de frío, y cuando se acercó lo bastante a la orilla para tocar el suelo con los pies vio que él ya estaba en la playa, esperándola.
No fue a su encuentro cuando ella salió del agua, ni le ofreció la toalla que tenía en las manos.
Nerviosamente, se quitó el gorro de baño y sacudió la cabeza para soltarse el pelo.
—¡Caramba! —exclamó, con una risita forzada—. Estaba fría, ¿verdad?
—Desátate los tirantes del traje de baño —dijo él con voz ronca—. Quiero notar tus senos sobre mi piel cuando te bese.
Dos años después, sentada en un coche junto a Tomas Makris, Constance MacKenzie volvió a estremecerse tan violentamente como aquella noche.
—No pienses en ello —dijo Tom con dulzura—. Todo eso ha quedado atrás. Ahora somos nosotros mismos, y nos comprendemos. No, cariño —dijo, cuando ella volvió a estremecerse—, no pienses en ello.
Constance negó con la cabeza y se asió a su brazo, pero no pudo dejar de pensar en ello. Cinco minutos antes habían pasado por el lugar donde ocurrió y Constance lo recordaba con todo detalle.
Al oír aquellas palabras, Constance se quedó inmóvil, con la mano en el lugar de la nuca donde la había puesto para soltarse el pelo.
No dijo nada más, pero al ver que no se movía, se acercó a ella y le desató los tirantes del traje de baño.
Con un movimiento de la mano la desnudó hasta la cintura y la atrajo hacia sí sin mirarla siquiera.
La besó con brutalidad, violentamente, como si quisiera provocar en ella una respuesta que la suavidad no lograba despertar.
Tenía las manos sobre su pelo y los pulgares debajo de su barbilla, a ambos lados de la cara, de modo que no pudiera mover la cabeza de un lado a otro.
Ella notó que le fallaban las rodillas y él seguía besándola manteniéndola erguida con las manos hundidas en su cabello.
Cuando al fin apartó su boca, la cogió en brazos, la llevó al coche y cerró la puerta.
Seguía encogida, medio desnuda, en el asiento delantero, cuando él se detuvo frente a su casa.
Sin una sola palabra, la sacó del coche y ella no pudo proferir ningún sonido.
La llevó al salón, donde las luces aún brillaban ante las ventanas abiertas, y la depositó sobre el sofá tapizado de chintz.
—Las luces —jadeó ella finalmente—. Apaga las luces.
Cuando la habitación estuvo a oscuras, él se acercó.
—¿Cuál es tu dormitorio? —preguntó fríamente.
—El que está al final del pasillo —dijo ella, y sus dientes castañeteaban—. Pero no importa, porque tú no entrarás. Sal de mi casa. Sal de mi vida...
La llevó en brazos, debatiéndose, por la oscura escalera, y cuando llegó al segundo piso, abrió la puerta de su dormitorio de un puntapié.
—Haré que te arresten —tartamudeó ella—. Haré que te arresten y te metan en prisión por allanamiento y violación...
La dejó en pie junto a la cama y le propinó una asombrosa bofetada en plena boca con el dorso de la mano.
—No vuelvas a abrir la boca —dijo con calma—. Mantén la boca cerrada.
Se inclinó sobre ella y le quitó el traje de baño aún mojado, y, en la oscuridad, ella oyó el ruido de una cremallera al bajarse cuando él se quitó el bañador.
—Ahora —dijo él—. Ahora.
Fue como una pesadilla de la que no pudo despertarse hasta que, al fin, cuando la oscuridad de su ventana empezó a tornarse gris, sintió el primer acceso de avergonzado placer que la elevó, la elevó, la elevó y después la sumió en la inconsciencia.
A Constance le deprimía revivir aquellos momentos y le avergonzaba recordar que sólo había articulado una desesperada pregunta durante aquella larga noche.
—¿Has cerrado la puerta con llave? —había exclamado.
Y Tom, lanzando una ronca carcajada, había contestado sobre sus senos:
—Sí. No te preocupes. La he cerrado con llave.
Al mirarle ahora, mientras conducía rápidamente por la carretera que les alejaba de Peyton Place, Constance volvió a sentirse desorientada ante aquel hombre al que aún no había empezado a conocer.
—¿Qué hay? —inquirió él, volviendo a leerle el pensamiento.
—Estaba pensando —dijo ella— que, después de dos años, sigo sin conocerte bien.
Tom se echó a reír y aparcó frente al restaurante que habían escogido para cenar. Mientras la ayudaba a salir del coche, le levantó la barbilla y la besó dulcemente.
—Te amo —dijo—. ¿Qué más quieres saber?
Constance sonrió.
—Nada que importe demasiado —dijo.
Más tarde, cuando regresaron a Peyton Place, ni siquiera echó una ojeada al hospital. Sólo cuando Tom aparcó el coche delante de su casa y vio que Anita Titus la estaba esperando, sintió una intranquilidad precursora de algún desastre.
—Tu teléfono ha estado sonando toda la noche —dijo Anita, que era la vecina de Constance y pertenecía a la misma línea telefónica colectiva—. En el hospital quieren hablar contigo.
—¡Allison! —exclamó Constance—. ¡Algo le ha pasado a Allison!
Salió corriendo del coche en dirección a la puerta de la casa, olvidando los guantes y el bolso, y dejando a Tom con Anita. Durante unos momentos él permaneció inmóvil y siguió con la mirada a aquella mujer, que corrió a su propia casa para oír la llamada telefónica de Constance.
«Dios mío —pensó con furor—, no he conocido a diez personas en esta maldita ciudad que no necesiten una limpieza a fondo de su maldita alma.»
Cuando entró en la casa, Constance ya se había puesto en contacto con el hospital.
—Oh, gracias, gracias —estaba diciendo con alivio—. Oh, sí. Gracias por llamarme.
—¿Qué pasa? —le preguntó, encendiendo dos cigarrillos.
—Selena Cross —dijo Constance—. El doctor Swain le ha practicado una apendectomía urgente esta noche. Ha encargado que me llamaran para avisarme de que no podría abrir la tienda mañana por la mañana. Imagínate, haber pensado en la tienda en un momento como ése.