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A última hora de aquella misma tarde, el doctor Swain telefoneó a Seth Buswell para decirle que no podría reunirse con los demás hombres de Chestnut Street para jugar al póquer.
—¿Qué pasa, Matt? —preguntó el editor del periódico—. ¿Es que has confiado demasiado en la suerte? ¿Alguien se ha decidido a ponerse enfermo?
—No —dijo el médico—, pero en el hospital hay asuntos que deben resolverse y voy a ocuparme de ellos esta noche.
—Espero que no sea nada del departamento de contabilidad —repuso Seth, riendo—. He oído decir que esos tipos de la auditoria del estado son unos bastardos.
—No, Seth . No es nada del departamento de contabilidad —dijo el médico, y su carcajada sonó forzada—. Pero es mejor que tenga cuidado si no quiero que los federales se me tiren encima.
—Desde luego, Matt —rió Seth—. Bueno, siento que no puedas venir. Hasta mañana.
—Hasta mañana, Seth —dijo el doctor Swain, y colgó con lentitud.
Selena Cross no había abandonado la casa del médico. Estaba acostada en un dormitorio del piso superior con un paño húmedo sobre la frente.
—Quédate aquí —le había dicho el médico—. Quédate un rato en la cama, y cuando te encuentres un poco mejor hablaremos de lo que se puede hacer.
—No se puede hacer nada —dijo Selena y vomitó violentamente mientras el médico sostenía una palangana frente a ella.
—Échate y no te muevas —dijo—. Yo tengo que ir abajo.
Una vez en el comedor, Matthew Swain fue enseguida al aparador y se sirvió una generosa ración de whisky escocés.
«Ginebra, whisky, jovencitas en los dormitorios, será mejor que tenga cuidado —pensó irónicamente—. Si no soy más precavido, pronto me conocerán como un conquistador viejo y borracho que ya no es el médico que era.»
Llevó la segunda copa al salón y se sentó en un sofá de brocado frente a la chimenea vacía.
«¿Qué vas a hacer, Matthew Swain ? —se preguntó—.
Has pasado años y años predicando sin descanso.
¿Qué harás ahora, cuando tienes que poner a prueba tus originales teorías?
Nada más preciado que la vida, ¿ eh, Matthew ?
¿Acaso no estás pensando en la destrucción de lo que siempre has calificado de tesoro? »
El doctor Swain apuró la segunda copa. Fue lo bastante sincero como para reconocer que la lucha que ahora libraba consigo mismo dejaría huellas en él para el resto de su vida, y sabía que, fuera cual fuese su decisión, siempre se preguntaría si había actuado bien.
Era cierto que nunca hasta entonces había quebrantado ninguna ley, a menos que una partida de póquer semanal con varios amigos en un estado donde el juego estaba prohibido pudiera considerarse un quebrantamiento de la ley.
«No hagas excepciones, Matthew —se dijo—. El póquer en casa de Seth va contra las leyes del estado, así que ya has quebrantado otras veces la ley.»
«Pero no en mi trabajo —protestó otra parte de su mente—. Nunca en mi trabajo.»
«No, no en tu trabajo. Las reglas son las reglas y siempre las has acatado. Desde luego, no vas a empezar a quebrantarlas ahora, a tu edad, y no hay nada más que decir. Las reglas son las reglas.»
«Pero ¿y las excepciones a las reglas?»
«No hay excepciones en tu profesión, doctor. Denuncias la sífilis, avisas a la policía cuando se te acerca un hombre con una bala y aíslas a los enfermos mentales a pesar de las protestas. No hay excepciones, Matthew.»
«Pero si este hijo de Selena nace, arruinará el resto de su vida.»
«Eso no es asunto tuyo, Matthew. Ve a la policía. Ocúpate de que ese Lucas comparezca ante la justicia. Pero no pongas las manos encima de Selena Cross.»
«Sólo tiene dieciséis años. La vida entera le sonríe. Esto la arruinaría.»
«Podrías matarla.»
«Tonterías. Lo haría en el hospital con todas las precauciones de esterilización.»
«¿Estás loco? ¿En el hospital? ¿Es que has perdido el juicio?»
«Podría hacerlo. Podría hacerlo de modo que nadie se enterase. Podría hacerlo esta noche. El hospital está prácticamente vacío. Este mes nadie se ha puesto enfermo.»
«¿En el hospital? ¿Estás loco? ¿Estás realmente loco?»
«¡Sí, maldita sea, lo estoy! Al fin y al cabo, ¿de quién es el hospital? ¿Quién lo construyó, quién lo equipó y lo puso en marcha sino yo?»
«¿Qué quieres decir, tu hospital? Ese hospital pertenece a las personas de esta comunidad, a las que tienes la obligación de servir hasta el límite de tu capacidad.
El estado así lo dice, el país así lo dice, y el juramento que hiciste tantos años atrás así lo dice.
Tu hospital, hummm. Debes de estar loco. »
Mathew Swain tiró su vaso de whisky vacío contra el fondo de la chimenea. Se hizo añicos ruidosamente y fragmentos de cristal volaron alrededor.
—¡Sí, maldita sea, estoy loco! —dijo el médico en voz alta.
Salió a grandes zancadas del salón hacia las escaleras que conducían al segundo piso.
Mientras tanto, la voz silenciosa le perseguía.
«Has perdido, Matthew Swain —dijo—. Has perdido. La muerte, las enfermedades venéreas y la religión organizada, en este orden, ¿eh? Será mejor que no vuelvas a abrir la boca. Esta noche estás dispuesto a dar muerte en vez de proteger la vida tal como juraste hacer.»
—¿Te encuentras mejor, Selena? —preguntó el médico, entrando en la habitación a oscuras.
—Oh, doctor —dijo ella, mirándole con ojos rodeados de círculos violeta—. Oh, doctor, quisiera estar muerta.
—Oh, vamos, vamos —dijo alegremente él—. Nos ocuparemos de todo y quedarás como nueva.
«Y al demonio contigo —dijo a la voz silenciosa—. Estoy protegiendo la vida, esta vida, la de Selena Cross.»
—Escúchame, Selena —dijo el doctor Swain—. Escúchame con atención. Esto es lo que vamos a hacer.
Una hora más tarde, Constance MacKenzie, al pasar frente al hospital de Peyton Place con Tomas Makris en el coche que él había comprado la primavera anterior, vio luces a través del enorme cuadrado de cristal opaco detrás del que estaba la sala de operaciones del hospital.
—Debe de haber ocurrido algo —dijo—. Las luces de la sala de operaciones están encendidas. Me pregunto quién será el enfermo.
—Ésta es una de las cosas que me encantan de Peyton Place —le comentó Tom, sonriendo—. Un hombre no puede tener un simple dolor de muelas sin que toda la ciudad se pregunte quién, por qué, cuándo, dónde y qué va a hacer al respecto.
Constance le hizo una mueca.
—Farsante de gran ciudad —dijo.
—Aprovechándose de la hija del granjero —añadió él, tomándole la mano y besándole las yemas de los dedos.
Constance se relajó contra el respaldo del asiento con un suspiro de satisfacción.
No tenía que abrir la tienda a la mañana siguiente, pues Selena Cross se había ofrecido a hacerlo.
Allison pasaba el fin de semana con Kathy Ellsworth y Constance se dirigía a cenar a una ciudad situada a veintiocho kilómetros de distancia, lejos de las miradas curiosas de sus vecinos, con el hombre al que amaba.
—¿Por qué ese suspiro de felicidad? —preguntó Tom.
—Mi copa rebasa —dijo Constance, y apoyó la mejilla en su hombro.
—¿Un cigarrillo?
—Por favor.
Encendió dos, uno detrás del otro, y le pasó uno a ella. Al débil resplandor del mechero, Constance vio el pronunciado arco de una ceja y la perfecta línea de su nariz griega. Sus labios, que cogían un cigarrillo, eran carnosos sin ser abultados, y la línea de su barbilla era muy marcada.
—En conjunto —dijo Constance—, la cabeza de una moneda griega antigua.
—Me gustas cuando hablas como una dama enamorada —dijo él.
—Es que lo soy —concedió ella.
Sentía estando con él una tranquilidad que nunca había experimentado con un hombre. Aquella tranquilidad había tardado mucho en llegar, pero ahora formaba parte de ella y casi había olvidado que en un principio tuvo miedo de él.
—¿De qué se trata? —preguntó Tom con esa peculiar intuición que le hacía saber cuándo estaba pensando en algo que le concernía a él o a ambos.
—Estaba pensando —contestó ella— en la primera vez que viniste a casa. Fue hace dos años, la noche que Allison asistió al baile de primavera.
Tom se echó a reír y volvió a llevarse una de las manos de Constance a los labios.
—Oh, eso —dijo—. Escucha, olvídate de eso. Empieza a pensar en lo que comerás cuando lleguemos al restaurante. Hoy es viernes, así que tendrán toda clase de pescado. Siempre tardas horas en decidirte, y ya estamos muy cerca.
—De acuerdo —repuso Constance—. Me concentraré en el bacalao, las ostras y la langosta y veremos qué ocurre.
Apoyó una mano en su brazo, y enseguida le asaltó el recuerdo de otro momento pasado con él.
Debió de ser tres meses después de la primera vez que él fuera a su casa, pues era agosto y Allison estaba en el campamento veraniego del lago Winnipesaukee.
Recordó que fue un sábado por la noche y que hacía calor.
Ella estaba revisando el libro de cuentas de la tienda, y aunque había abierto todas las ventanas de la casa, no entraba el menor soplo de aire.
Cuando sonó el timbre tuvo un sobresalto tan grande que dejó caer la pluma e hizo un borrón en la página en blanco.
—Maldita sea —murmuró, anudándose el cinturón de la bata—. ¿Quién demonios será?
Abrió la puerta principal y Tomas Makris dijo:
—Hola. Vamos a bañarnos.
Durante las semanas que siguieron al baile de primavera de mayo había ido a visitarla quizá media docena de veces, y una vez, durante aquel tiempo, Constance había salido a cenar con él. La había hecho sentir incómoda de un modo que no habría sabido explicar y no quería verlo.
—¡Bueno, habrase visto qué desfachatez! —exclamó furiosamente—. ¡Venir a mi casa a las once y media de la noche con una sugerencia tan absurda como ésa!
—Si tiene la intención de regañarme —dijo él con tranquilidad—, por lo menos déjeme entrar. ¿Qué pensarán sus vecinos?
—Sólo Dios sabe lo que ya piensan —dijo ella airadamente—. ¿Cree que puede presentarse en mi casa, sin que nadie le haya invitado, siempre que se le antoje?
—¿Siempre? —preguntó él con incredulidad—. Seis veces en los últimos tres meses. ¿Acaso en Peyton Place se considera que eso es «siempre»?
Ella tuvo que reírse.