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Selena Cross, de pie junto al escaparate de la tienda de modas, vio pasar al doctor Matthew Swain .
El corazón empezó a latirle apresuradamente mientras el temor se adueñaba de ella y la invadía de pies a cabeza.
Contempló con horror la alta figura vestida de blanco que nunca le había demostrado más que bondad.
«Ayúdeme, doctor —pensó silenciosamente—. Tiene que ayudarme.»
—Matt Swain es el único hombre que puede llevar un traje blanco con elegancia —dijo Constance MacKenzie—. Quizá se le vea arrugado, pero nunca se le ve sudoroso.
Los dedos de Selena se cerraron en torno a la botella de Coca-Cola que tenía en la mano.
«Esperaré un día más —pensó—. Un día más, y, si no ocurre nada, iré a ver al doctor. Ayúdeme, doctor, le diré. Tiene que ayudarme.»
—¿Selena?
—¿Sí, señora MacKenzie?
—¿No te encuentras bien?
—Claro que sí, señora MacKenzie. Me encuentro perfectamente. Es el calor.
—Estás muy pálida. Esto no es normal en ti.
—Es el calor, señora MacKenzie. Me encuentro bien.
—Las horas pasan tan despacio... ¿Por qué no te tomas el resto de la tarde libre?
—Se lo agradezco, pero Ted vendrá a recogerme a las seis.
—Entonces, ve a la trastienda y siéntate un rato. La verdad es que nunca te había visto tan pálida.
—De acuerdo, iré a sentarme. Llámeme si me necesita.
—Así lo haré, querida —dijo Constance MacKenzie, y al oír su tono bondadoso Selena estuvo a punto de echarse a llorar.
«Si usted supiera —pensó—. Si supiera lo que me pasa no me hablaría con tanta amabilidad. Me diría que desapareciera de su vista. Oh, doctor, ayúdeme. ¿Y si Ted, o su familia, o alguien lo averiguase?»
Selena nunca había dejado que la afectaran en ningún sentido las opiniones de Peyton Place .
—Que hablen —se decía—. Hablarán de todos modos.
Pero ahora que le había sucedido algo tan horrible, tenía miedo. Conocía su ciudad y sus cotilleos.
—Una chica en apuros.
—Se ha perdido.
—Está embarazada.
—La muy ramera.
—Bueno, ¿qué puede esperarse de la gente de las barracas?
De no haber sido por Ted Carter, Selena habría plantado cara al mundo y le habría espetado: «¿Y qué?
». Pero amaba a Ted. A los dieciséis años, Selena tenía una madurez que algunas mujeres nunca alcanzaban.
Conocía su propia mente y conocía su corazón.
Amaba a Ted Carter y sabía que siempre lo amaría, e imaginárselo mirándola con el corazón destrozado por lo que había hecho era más de lo que podía resistir.
Ted, con un sentido del honor que había heredado de quién sabe quién, con un rígido autodominio que nunca rompía.
Ted, abrazándola y diciendo: «No, cariño.
No te haré ningún daño». Ted, alejándose de ella cuando no quería hacerlo, diciendo que además del amor y respeto, tenía paciencia. Ambos se habían reído de ello.
—Nosotras, las chicas pobres, tenemos la sangre caliente —había dicho ella.
—Ya falta menos —le contestó Ted—. Dos años. Sólo tenemos dieciséis años, y nos queda toda una vida. Nos casaremos antes de que yo me vaya a la universidad.
—Te amo. Te amo. Nunca he amado a nadie en este mundo más que a Joey, y te amo más que a él.
—Te necesito, pequeña. ¡Cuánto te necesito!
No me toques. ¿Y si te meto en un lío? A veces ocurre, ya lo sabes.
Por mucho cuidado que se tenga, a veces ocurre.
Ya sabes cómo es esta ciudad. Ya sabes cómo trata a una chica que se mete en un lío.
Recuerda lo que pasó con la chica Anderson, la hermana de Betty.
Tuvo que marcharse. Ni siquiera pudo conseguir trabajo en la ciudad.
«Oh, doctor —rogó Selena, apoyando la cabeza en las rodillas para combatir la debilidad que sentía—. Oh, doctor, ayúdeme.»
—¿Selena?
—Sí, señora MacKenzie.
—Al teléfono.
Selena se levantó y después de pasarse los dedos temblorosos por las mejillas y el cabello, fue a la tienda.
—¿Diga? —preguntó al receptor.
—Oh, cariño —dijo Ted Carter—, me temo que no podré ir a recogerte a las seis. El señor Shapiro está esperando tres mil pollos más y tengo que quedarme a ayudarle.
—No te preocupes, Ted —dijo Selena—. La señora Mac-Kenzie me ha ofrecido el resto de la tarde libre. Ya que no puedes escaparte, le tomaré la palabra.
«El resto de la tarde. El resto de la tarde. Iré a ver al doctor durante el resto de la tarde.»
Selena apenas oyó el plan de Ted para reunirse más tarde. Colgó, al oír que le mandaba un beso, y se quedó mirando la blancura de su mano sobre el receptor negro.
—Señora MacKenzie —dijo, al cabo de unos minutos—, ¿qué le parece si, después de todo, me tomo el resto de la tarde libre?
—Muy bien, querida. Ve a casa y descansa. Pareces agotada.
—Gracias —dijo Selena—. Es lo que pienso hacer. Iré a casa y dormiré un poco.
Constance MacKenzie siguió a Selena con la mirada hasta que desapareció por Elm Street.
Era extraño, pensó, que Selena se negara a confiar en ella.
En los últimos dos años se habían hecho tan amigas que hablaban prácticamente de todo.
Selena era la única persona enterada de que Constance pensaba casarse con Tomas Makris.
Constance se lo había dicho, en su primer arrebato de felicidad, hacía más de un año.
Selena comprendió la situación en que se hallaba Constance.
Sabía el cuidado que debía tener a causa de Allison. Selena incluso le dio un consejo.
—Cuanto más espere, señora MacKenzie, peor será —dijo Selena—. Allison siempre ha abrigado sentimientos muy fuertes por su padre. Los tendrá el año próximo, y el siguiente. No creo que esperar hasta que se gradúe en la escuela superior sea la solución.
Constance suspiró. Tom tampoco creía que esperar hasta que Allison se graduara en la escuela superior fuera la solución.
Aquella noche tenía una cita con él, y sabía que surgiría la cuestión.
Siempre ocurría. Si al menos reuniera el valor suficiente para explicarle cuáles habían sido sus relaciones con el padre de Allison, si al menos se atreviera a explicárselo todo...
Pero le amaba del modo que sólo una mujer de treinta y cinco años puede amar a un hombre cuando no ha amado nunca con anterioridad: con todo su corazón, con toda su mente y todo su cuerpo, pero también con miedo.
Constance consideraba a Tomas Makris la encarnación de todo lo que había deseado y nunca había tenido, y tenía miedo de perderle.
Lo que complicaba aún más la situación era el hecho de que él la amara.
Amaba, se dijo Constance con temor, a la mujer que aparentaba ser: viuda, madre consagrada y un respetado miembro de la comunidad.
¿Cómo podría amar a una mujer que había tenido un amante y había sido lo bastante estúpida para concebir un hijo bastardo de él?
Constance, que se había despreciado a sí misma durante dieciséis años, no podía creer que algún hombre fuera capaz de amarla si supiera la verdad.
Tenía muchas razones para no casarse con Tom sin haberle expuesto los hechos primero, y todas sus razones estaban relacionadas con el honor, la nobleza y la verdad.
La realidad era que estaba cansada de llevar una carga sola y quería, a cualquier precio, compartir su peso con alguien.
Más que nada, quería estar con alguien con quien no necesitara tomar continuas precauciones.
Constance MacKenzie, casi tan desgraciada como dos años antes, fue a la pequeña habitación de la trastienda y se sirvió un vaso de té helado.
Selena Cross se apresuraba bajo el sol vespertino. Cuando llegó a Chestnut Street se sintió como si detrás de todas las ventanas hubiera un par de ojos que la miraran y conocieran su secreto.
«Una chica en apuros —leía Selena en aquellos ojos—. Una chica perdida. No una buena chica, sino una mala chica. No la chica adecuada para el joven Ted Carter.»
Selena se apresuró por el sendero de baldosas, húmedo ahora por el rocío de los dos aspersores que daban perezosas vueltas sobre el césped, y subió de dos en dos los escalones situados entre dos columnas de la casa «de estilo sureño» del médico. Matthew Swain contestó a su apremiante timbrazo.
—Por el amor de Dios, Selena —dijo, echándole una rápida mirada a su pálido rostro—, entra antes de que te achicharres.
Pero dentro, en el amplio y fresco vestíbulo, los dientes de Selena empezaron a castañetear y el médico la miró escrutadoramente.
—Ven a mi despacho —dijo.
Un colega, de visita, había comentado una vez que el despacho de Matt Swain no se parecía en nada al consultorio de un médico.
Era cierto, pues el médico había utilizado parte de lo que en otro tiempo fuera una salita para instalar su despacho.
La mitad de la salita estaba cerrada por una puerta plegable, y, en el otro lado, Matthew Swain tenía el consultorio propiamente dicho.
El suelo del despacho y del consultorio era el mismo suelo de madera dura que se había puesto al construir la casa; junto al desorden del médico, los suelos eran el mayor motivo de queja de Isobel Crosby.
—Ya está bastante mal —decía Isobel— que el doctor reciba a toda clase de gente en su propia casa pudiendo tener un consultorio en el centro comercial, pero suelos de madera... Imagínate. ¡Suelos de madera que no puedes fregar con una bayeta húmeda!
Selena Cross se sentó tímidamente en la silla próxima a la mesa del médico.
—Tranquilízate, Selena —dijo el médico—. Sea lo que sea, te sentirás mejor cuando me lo hayas contado.
—Estoy embarazada —dijo Selena, y se mordió el labio inmediatamente.
No tenía la intención de decirlo con tal brusquedad.
—¿Por qué lo crees así? —preguntó el médico.
—Porque hace dos meses y medio que no tengo el período —dijo Selena, y esta vez se retorció las manos, pues tampoco tenía la intención de decir eso.
—Ven a la otra habitación —dijo el doctor Swain—. Veremos lo que haya que ver.
Selena notó las manos frías del médico sobre su piel caliente, y una vez más repitió mentalmente su desesperada plegaria.
«Ayúdeme, doctor. Tiene que ayudarme.»
—¿De quién es? —preguntó él cuando estuvieron de nuevo en el despacho.
Ahora venía la peor parte, la parte que había ensayado tan cuidadosamente a fin de expresarse de un modo que no provocara las iras del médico.
—No puedo decírselo —contestó Selena.
—¡Tonterías! —rugió el médico, y Selena comprendió que había fracasado—. ¿Qué bobada es ésa? No eres la primera muchacha en la historia del mundo que tiene que casarse, y tampoco serás la primera en esta ciudad. Dime de quién es y déjate de misterios. ¿Del joven Carter?
—No —dijo Selena, y cuando inclinó la cabeza hacia delante los mechones de cabello oscuro le cayeron a ambos lados de la cara.
—¡No me mientas! —gritó el doctor Swain—. He visto cómo te mira ese muchacho. ¿Qué te hizo creer que era inhumano? Vamos, Selena, no me mientas.
—No le miento —dijo la muchacha, y al cabo de un momento perdió el control de sí misma y empezó a gritar—.
No le miento. Si fuera de Ted sería la mujer más feliz del mundo.
¡Pero no es suyo! Doctor, ayúdeme —añadió en un susurro—.
Doctor, una vez me dijo que si algún día le necesitaba, viniera a verle y usted me ayudaría.
Ahora estoy aquí y necesito ayuda. Tiene que ayudarme.
—¿A qué clase de ayuda te refieres, Selena? —preguntó él, con voz casi tan suave como la de ella—. ¿Cómo puedo ayudarte?
—Deme algo —dijo ella—. Algo para librarme de él.
—Nada de lo que te diera, Selena, podría ayudarte. Dime quién es el responsable. Quizá pueda ayudarte de este modo. Podrías casarte cuando el niño ya hubiera nacido.
Selena apretó los labios.
—Él ya está casado —declaró.
—Selena —dijo el doctor Swain con toda la dulzura de que fue capaz—, Selena, a estas alturas no puedo darte nada para interrumpir el embarazo.
La única posibilidad que hay ahora es un aborto, y esto va contra la ley.
He hecho muchas cosas en mi vida, Selena, pero jamás he quebrantado la ley.
Selena —dijo, inclinándose hacia delante y tomando las manos heladas de la muchacha entre las suyas—, Selena, dime quién es ese hombre, y me ocuparé de que acepte su responsabilidad.
Tiene que cuidar de ti y mantener al niño.
Lo haré de modo que nadie se entere. Puedes marcharte unos meses, hasta que nazca el niño.
Quienquiera que te haya hecho esto debe pagar por ello, así como hacerse cargo de tu estancia en el hospital y de tu recuperación.
Dime quién es, Selena, y haré todo lo que pueda para ayudarte.
—Es mi padre —dijo Selena Cross. Levantó la cabeza y miró fijamente a Matthew Swain— . Mi padrastro —dijo, y liberó sus manos de él. Se dejó caer sobre el suelo de madera del médico y lo aporreó con los puños—. Es Lucas —chilló—. Es Lucas. Es Lucas.