Peyton Place (Peyton Place 1) 2
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El doctor Matthew Swain y Seth Buswell estaban sentados en el despacho que Seth tenía en el edificio donde se editaba el Peyton Place Times . El médico se abanicaba con su sombrero de paja blanco y sorbía un combinado de ginebra y zumo de uva helado que era la especialidad veraniega de Seth.

—Como dijo el hombre del tiempo —comentó Seth—, treinta y siete grados a la sombra y no hay ninguna sombra.

—Por lo que más quieras, no hables del tiempo —dijo el médico—. Gracias a Dios que muy pocos han escogido este mes para ponerse enfermos.

—Nadie tiene la energía de ponerse enfermo —contestó Seth—. Hace demasiado calor para estar encima de un hule en tu hospital.

—¡Jesús! —exclamó el médico, incorporándose con un sobresalto al ver pasar un coche a toda velocidad por Elm Street—. No tientes a la suerte hablando de ello o tendremos que recoger al joven Harrington en alguna cuneta.

—Sería culpa de Leslie. ¡Qué locura comprar un descapotable de tres mil dólares a un crío de dieciséis años!

—En especial a Rodney Harrington —dijo el médico—. Ese chico tiene menos cabeza que un mosquito. Quizá sea mejor que le hayan expulsado de New Hampton . De este modo, Leslie puede vigilarle de cerca, aunque, desde luego, no sirva de mucho.

—¿No lo sabías? —le preguntó Seth—. Leslie ha logrado que lo admitan en Proctor. No sé cómo se las ha arreglado para que Rodney vaya a esa escuela, pero el chico entrará en otoño.

—No creo que esté demasiado tiempo allí —dijo el médico—.

La semana pasada lo vi en White River . Llevaba el descapotable lleno de críos y todos estaban bebiendo.

Leslie estuvo a punto de pegarme cuando se lo expliqué.

Dijo que me ocupara de mis propios asuntos y dejara que el chico se divirtiera un poco.

¡Vaya una diversión para un mocoso de dieciséis años!

Si no recuerdo mal, yo era mucho mayor cuando empecé a disfrutar de la vida.

—No me gusta ese chico —dijo Seth—. No me gusta más de lo que siempre me ha gustado Leslie.

Dos figuras pasaron frente al gran ventanal del despacho de Seth.

La muchacha levantó la cabeza y miró al interior, saludando con la mano a los dos hombres que estaban dentro, pero el chico estaba distraído contemplando a la joven y no alzó la mirada.

Llevaba un ramillete de ranúnculos como si se hubiera olvidado de ellos.

—Por ahí va Allison MacKenzie con el chico Page —dijo el médico—. Me pregunto si su madre sabe que ha salido.

—Ha ido a White River —dijo Seth—. Me he cruzado con ella cuando yo venía hacia aquí.

—Eso explica que Norman esté paseando con una chica por la calle —dijo el médico—.

Me imagino que Evelyn ha ido a White River para ver a John Bixby .

No se ha acercado a mi consulta desde que le dije que su única enfermedad era el egoísmo y el mal genio.

Es extraño —continuó, después de una pausa— cómo el odio se manifiesta de distintas maneras.

Mira a las señoritas Page, más sanas que una mula de carga, y después mira a Evelyn, siempre quejándose de alguna molestia o algún dolor.

—Pero mira lo que el odio ha hecho a Leslie Harrington —dijo Seth—. Odiaba a todo el mundo y se propuso vencerlo. Y lo ha conseguido.

—Me gustaría que el chico se librara de ella antes de que fuera demasiado tarde —dijo el médico, pensando todavía en Norman Page—. Es posible que si saliera con una buena chica, como Allison MacKenzie, contrarrestara la influencia de Evelyn.

—Eres peor que una vieja, Matt —afirmó Seth, riendo—. Una vieja y además una casamentera. Toma otra copa.

—¿Es que no tienes vergüenza? —inquirió el médico, alargando el vaso—. ¿Piensas pasarte el día sentado bebiendo ginebra?

—Claro que no —dijo Seth sin vacilar—. Naturalmente que no. Por el pequeño Norman Page. Larga vida y felicidad, siempre que Evelyn no se lo coma vivo antes de que pueda disfrutarla.

—No creo que tenga la fuerza suficiente para vencerla —dijo el médico—. Ella espera demasiado de él: amor, admiración, apoyo financiero, lealtad absoluta, incluso sexo.

—Oh, vamos —replicó Seth—. El calor debe de haberte afectado. No me dirás que Evelyn Page duerme con su hijo.

—Lo malo de ti, Seth —dijo el médico con burlona severidad—, es que crees que el sexo se reduce a que un hombre duerma con una mujer.

No siempre es así. Te contaré un caso que tuve una vez, un muchacho con la peor deshidratación que he visto por ponerse demasiadas lavativas. Sexo, con letras mayúsculas, S-E-X-O.

—¡Jesús, Matt! —exclamó Seth, abriendo los ojos con exagerado horror—. ¿Crees que eso es lo que llevó al viejo Oakleigh a la tumba? ¿Lavativas?

—No saques conclusiones con tanta rapidez —protestó el médico—. No he dicho que estuviera hablando de Evelyn Page y Norman. Y, no, Oakleigh no murió por culpa de las lavativas. Le mataron a golpes entre Carolina, Charlote y Evelyn Page .

—No pienso darte más ginebra —dijo Seth—. Te pone de muy mal humor y hoy hace demasiado calor para estar de malhumor o algo parecido.

—Excepto borracho —dijo el doctor Swain, levantándose—, y no tengo intención de emborracharme a las cuatro de la tarde. Me voy.

—¿Nos veremos esta noche? —preguntó Seth—. Hoy vendrán todos, así que tendremos una buena partida de póquer.

—Ahí estaré —dijo el médico—. Prepara el talonario, Seth. Estoy en racha.