Peyton Place (Peyton Place 1) 1 #2
36%

1 #2

Memorial Park estaba recubierto por un césped pardusco y quemado por el sol que había brillado diariamente durante seis semanas de sequía.

Los árboles se erguían como paralizados en el aire sin viento, con las copas llenas de hojas verdes y cigarras, esperando la lluvia con la paciencia de un centenar de años.

Allison andaba con desgana, sintiéndose acalorada a pesar de ir vestida con unos pantalones cortos y una blusa sin mangas, y la soledad le pesaba insoportablemente mientras ascendía la colina situada detrás del parque.

La suya no era una soledad que la compañía pudiera mitigar, pues habría podido ir a bañarse a Meadow Pond con Kathy Ellsworth y no había querido.

Se había imaginado a una multitud de gente joven salpicando, gritando y riendo, y el solo pensamiento le había repugnado.

También se había imaginado los reflejos del sol sobre el agua inmóvil y había dicho a Kathy que no, que no quería ir a bañarse.

Ahora lo lamentaba, pues el calor de julio era como un peso sobre su cabeza descubierta mientras subía la colina hacia Road’s End.

Aparte del siseo de las cigarras y el ruido de sus propios pies sobre el terreno rocoso, el silencio era total, y Allison tuvo la sensación de ser el único habitante de un mun do seco y abrasado.

Tuvo un verdadero sobresalto cuando vio a otra persona, inmóvil ante el tablón con las letras rojas pintadas en un lado, al abandonar el sendero para dirigirse al lugar llamado Road’s End.

La figura se volvió cuando ella se aproximaba, y no lo hizo por causa del ruido, pues Allison no había hecho ninguno, sino por la intuición de que ya no estaba sola.

—Hola, Allison —dijo Norman Page.

—Hola, Norman.

Él llevaba unos pantalones cortos de color caqui conocidos como «pantalones de tenis» y sus rodillas, al igual que sus codos y pómulos, eran prominentes y angulosas.

Norman era el único muchacho de Peyton Place que llevaba pantalones cortos en verano.

Los otros llevaban monos y sólo se destapaban las piernas cuando se ponían el traje de baño.

—¿Qué haces por aquí? —preguntó Norman abstraídamente, como si acabaran de despertarle.

—Lo mismo que tú —contestó Allison con brusquedad—. Buscar un sitio donde poder estar fresca y sola.

—Visto desde aquí, el río parece hecho de cristal.

Allison se apoyó en el tablón que cerraba el paso al barranco de Road’s End.

—Parece completamente inmóvil —dijo.

—La ciudad entera parece inmóvil.

—Da la impresión de ser una ciudad de juguete, en la que todo sea de cartón.

—Es justo lo que estaba pensando cuando has llegado. Pensaba que todos los habitantes de este mundo habían muerto y yo era el único que quedaba.

—¡Caramba, yo también! —exclamó Allison, volviendo la cabeza para mirarlo.

Norman estaba mirando hacia delante, con un rizo de pelo húmedo sobre la frente; la piel de sus sienes era casi translú cida. Tenía los labios ligeramente entreabiertos y sus pestañas, sobre unos ojos entrecerrados, formaban minúsculas sombras en sus hundidas mejillas blancas.

—Yo también —repitió Allison, y esta vez Norman volvió la cabeza y la miró.

—Antes creía —dijo— que nadie pensaba jamás lo mismo que yo. Pero no siempre es verdad, ¿no crees?

—No —dijo Allison, y bajó los ojos. Las manos de ambos reposaban muy próximas sobre el tablón con las letras rojas pintadas en el lado, y al verlas se experimentaba una cálida sensación de intimidad—.

No, no siempre es verdad —dijo Allison—.

Yo también creía lo mismo, y me preocupaba.

Me hacía sentir extraña y distinta de todos los demás.

—Yo creía que era el único chico de la ciudad que venía aquí —dijo Norman—. Era una especie de sitio secreto, nunca he hablado de él a nadie.

—Yo también lo creía —intervino Allison—. Nunca olvidaré el día en que me dijeron que no era así. Me puse furiosa como si hubiera sorprendido a alguien mirando por la ventana.

—Ultrajado es la palabra justa —dijo Norman—. Así me sentí yo. Una tarde vi a Rodney Harrington y a Betty Anderson aquí arriba y no paré de correr hasta que llegué a casa, llorando.

—Hay un lugar que nadie conoce. Apuesto a que ni siquiera tú.

—¿Cuál?

—Ven. Te lo enseñaré.

En fila india, con Allison en cabeza, se abrieron paso a través del bosque que bordeaba el camino.

Las ramas de los arbustos les arañaron las piernas y se detuvieron varias veces para coger algunos arándanos que allí crecían.

Norman se sacó un pañuelo limpio del bolsillo y anudó las cuatro esquinas para hacer una especie de bolsa que ambos llenaron de fruta.

Al fin alcanzaron el claro, escondido en las profundidades del bosque, donde los ranúnculos formaban un mar dorado.

Allison y Norman se pararon uno junto al otro para disfrutar del silencio, roto únicamente por las cigarras, y comer los arándanos del improvisado cesto.

Al cabo de largo rato, Norman se agachó y cogió un ramillete de ranúnculos.

—Levanta la barbilla, Allison —rió—. Si las flores reflejan el oro en tu piel, significa que te gusta la mantequilla y vas a engordar.

Allison se echó a reír y estiró la cabeza hacia atrás. Su cabello castaño, echado hacia atrás y recogido en una cola, se movió sobre su espalda, y notó que tenía la nuca húmeda.

—Está bien, Norman —dijo—. ¡Mira si voy a engordar!

Él puso dos dedos debajo de la barbilla de Allison y se agachó para ver si los ranúnculos producían algún reflejo.

—No —dijo—, me parece que no, Allison. No hay señales de que vayas a engordar.

Ambos se echaron a reír, y los dedos de Norman siguieron bajo la cara de Allison. Durante un largo momento, con la risa aún en la garganta, se miraron uno a otro, y Norman movió los dedos de modo que toda su mano se posó dulcemente sobre la cara de Allison.

—Tienes los labios azules de comer arándanos —dijo Norman.

—Tú también —dijo Allison, sin rehuir el contacto.

Él la besó con suavidad, sin tocarla aparte de levantar la otra mano hasta su mejilla. Los ranúnculos que aún tenía entre los dedos les rozaron la cara como si fueran de terciopelo.