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Habían pasado dos años desde aquella noche de graduación.
Para Allison habían pasado rápidamente. El trabajo era mucho más duro en la escuela superior y eso le proporcionaba un estímulo mental que no había tenido en la escuela primaria.
Había llegado a aceptarse a sí misma y al mundo que le rodeaba con más tranquilidad, y aunque todavía atravesaba épocas de temor y resentimiento, eran menos frecuentes y penosas que antes.
También había desarrollado una nueva e insaciable curiosidad.
Dos años antes se contentaba dejando que los libros respondieran a sus preguntas, pero ahora intentaba aprender de la gente.
Hacía preguntas a todas las personas que le rodeaban, y la más complaciente de ellas era Nellie Cross.
—¿Cómo es que llegaste a casarte con Lucas? —preguntó un día a Nellie—. Siempre le maldices y hablas como si le odiaras. ¿Por qué te casaste con él?
Nellie alzó la mirada del candelabro de latón que estaba limpiando y guardó silencio tanto rato que a cualquiera que no fuese Allison le habría parecido que no había oído o no quería contestar.
Pero Allison sabía que ninguna de las dos cosas era cierta.
Si Nellie era complaciente con las preguntas de Allison, Allison había aprendido a ser paciente con los silencios de Nellie.
—No sé por qué lo hice —dijo finalmente Nellie—. La verdad es que yo nunca decidí casarme con Lucas. Fue una de esas cosas que pasan.
—Las cosas nunca pasan porque sí —repuso Allison con firmeza—. Hay una ley de causa y efecto que se aplica a todo y a todos.
Nellie sonrió y dejó el candelabro sobre la repisa de la chimenea del salón de las MacKenzie.
—Hablas muy bien, pequeña —dijo—. Rematadamente bien, con palabras raras y todo. Escucharte es igual que oír música.
Allison intentó no mostrarse complacida, pero se sintió como cuando en la escuela el señor Makris le daba una A en composición.
La admiración total y absoluta que Nellie sentía por Allison era la base de su amistad, pero Allison nunca admitía tal cosa.
En cambio, decía que «quería mucho» a Nellie Cross .
—Ahora que lo pienso —dijo Nellie—, sí que hubo una razón por la que me casé con Lucas.
Tenía a Selena. Entonces era muy pequeña.
Una criatura de seis semanas escasas. Mi primer marido, llamado Curtis Chamberlain , murió al quedar atrapado debajo de unos troncos.
Se cayeron de un camión, y el viejo Curt se quedó seco.
Bueno, allí estaba yo, embarazada de Selena, y justo después de nacer ella conocí a Lucas.
Él también estaba solo. Su esposa había muerto al nacer Paul.
En aquel tiempo me pareció una buena idea casarme con Lucas.
Él estaba solo con Paul y yo estaba sola con Selena.
No es bueno que una mujer esté sola, igual que un hombre.
Además, ¿qué iba a hacer yo? No podía trabajar, acababa de tener un bebé y Lucas andaba detrás de mí.
Se echó a reír, y por un momento, Allison temió que empezara a divagar y se saliera por la tangente tal como hacía aquellos días, pero Nellie recobró la seriedad y continuó hablando.
—Fue una tontería —dijo—. Me escapé de las brasas para caer en el fuego.
Lucas siempre estaba bebiendo, y peleando, y persiguiendo a las mujeres. Y yo me encontré peor que antes.
—Pero ¿no lo amabas? —preguntó Allison—. ¿Por lo menos al principio?
—Bueno, Lucas y yo llevábamos poco tiempo casados cuando yo me quedé embarazada.
Lo perdí. Un aborto, dijo el doctor. Lucas salió a emborracharse y volvió como una cuba.
Dijo que yo aún lloraba la muerte de Curtis, pero no era verdad.
Bueno, la cuestión es que volví a quedarme embarazada y cuando tuve a Joey Lucas dejó de preocuparse por Curtis.
Dicen que has de amar a un hombre para tener un hijo suyo.
No sé si es verdad. Quizás este amor del que tú hablas sea lo que me ha mantenido junto a Lucas todos estos años.
Podía haberle dejado. De cualquier modo, yo siempre he trabajado y él siempre se ha bebido toda su paga, de modo que habría sido lo mismo.
—Pero ¿cómo pudiste quedarte con él? —preguntó Allison—. ¿Cómo es que no te escapaste cuando te pegaba y pegaba a tus hijos?
—Pero, cariño, eso no significa nada. —Nellie volvió a reírse, y esta vez sus ojos adquirieron una mirada ausente—.
Es todo lo demás. El alcohol y las mujeres.
Incluso el alcohol no sería tan malo si hubiera dejado a las mujeres en paz.
Podría contarte unas historias, cariño...
—Nellie cruzó los brazos, y su voz adoptó un ritmo monótono—.
Podría contarte unas historias, cariño, que no tienen nada que ver con las historias que tú me cuentas.
—¿Como cuáles? —susurró Allison—. Dime, ¿como cuáles?
—Oh, algún día recibirá su merecido —susurró Nellie, equiparando su voz a la de Allison—. Recibirá su merecido, el hijo de perra. Al final todos los hijos de perra reciben su merecido. Absolutamente todos.
Allison suspiró y se levantó. Cuando Nellie empezaba a canturrear y a maldecir, era inútil pretender que entrara en razón.
Continuaría así el resto del día, maldiciendo por lo bajo, indiferente a todas las preguntas que se le formularan.
Era esta peculiaridad de Nellie lo que hacía comentar con frecuencia a Constance MacKenzie que había que hacer algo al respecto.
Sin embargo, Constance nunca se decidía a hacer nada, pues Nellie, excéntrica o no, seguía siendo la mejor asistenta de Peyton Place .
Sin embargo, no era la impresión de Nellie o su lenguaje lo que preocupaba a Allison.
Era el modo desalentador con el que Nellie lanzaba veladas insinuaciones, como un pescador lanzando el sedal para retirar el cebo en cuanto Allison había picado.
En otros tiempos, Allison había intentado derribar esta pared de cosas a medio decir, pero Allison descubrió después que era inútil tratar de arrancar las palabras a Nellie.
—¿Qué podrías contarme, Nellie? —preguntaba, y Nellie se cruzaba de brazos y se echaba a reír.
—Oh, las historias que podría contarte, cariño...
Pero nunca lo hacía, y Allison aún era demasiado joven para apiadarse de la incapacidad de un individuo para compartir sus penas. Se limitaba a encogerse de hombros y decía con mal humor: «Bueno, está bien, si no quieres decírmelo...».
—Bueno, está bien, si no quieres decírmelo —repuso Allison aquel día—, iré a dar un paseo y te dejaré sola.
—Eh, eh, eh —dijo Nellie—. Los hijos de perra.
Allison suspiró con impaciencia y salió de casa.
Peyton Place no había cambiado nada en dos años.
Las mismas tiendas abrían sus puertas en Elm Street y las mismas personas las regentaban.
Un extraño que volviera a visitar la ciudad después de dos años habría tenido la impresión de que había estado ahí el día anterior.
Era julio, y los bancos de delante del juzgado estaban ocupados por los ancianos que los considera ban de su exclusiva propiedad; un extraño habría podido mirarles y decir: «Caramba, esos ancianos han estado sentados aquí todo este tiempo».
Allison echó a andar por Elm Street bajo el ardiente sol veraniego y los ancianos sentados frente al juzgado la siguieron con la mirada, con ojos entrecerrados.
—Por ahí va Allison MacKenzie.
—Sí. Ha crecido mucho últimamente, ¿verdad?
—Aún tiene que crecer bastante más para alcanzar a su madre.
Los hombres sonrieron. La opinión generalizada de la ciudad era que Constance MacKenzie tenía una buena delantera, y ese comentario no dejaba de hacerse cada vez que Constance pasaba frente al juzgado.
—Una mujer atractiva, esa Constance MacKenzie. Siempre lo ha sido.
—Oh, no lo sé —dijo Clayton Frazier—. Un poco delgada para mi gusto. Nunca me han entusiasmado las mujeres con los pómulos salidos.
—Por el amor de Dios, ¿a quién le importan sus pómulos?
Los hombres se echaron a reír y Clayton Frazier apoyó la espalda en la piedra caliente de la pared del juzgado.
—Hay algunos hombres —dijo— que a veces se fijan en otras cosas que no sean las tetas y el culo de una mujer.
—¿En serio, Clayton? Nómbrame a uno.
—Tomas Makris —dijo Clayton Frazier sin un segundo de vacilación.
Los hombres se echaron a reír otra vez.
—¡Jesús, sí! —exclamaron—. ¡Ese griego conquistador no se ha fijado en nada más que en el cerebro de Connie Mac-Kenzie!
—Los dos se pasan las noches hablando de literatura y arte —dijeron.
—¡Pero si ese griego ni siquiera se ha dado cuenta de que Connie MacKenzie es una rubia bien plantada!
Clayton Frazier se caló el viejo sombrero de fieltro hasta los ojos.
—Podéis decir lo que queráis —declaró—. Yo apostaría mi pensión de los próximos seis meses a que Tomas Makris jamás ha tocado con un solo dedo a Connie MacKenzie.
—Yo estoy de acuerdo con Clayton —dijo un hombre con burlona seriedad—. También apostaría a que Tom jamás ha tocado con un solo dedo a Connie MacKenzie. ¡Pero no apostaría ni un centavo a que no la ha tocado con otras cosas!
Los hombres prorrumpieron en carcajadas y volvieron la cabeza para ver cómo Allison desaparecía de su vista.