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Para la señorita Elsie Thornton, el veinte de junio era el día más penoso del año.
El día de la graduación siempre le proporcionaba una incómoda mezcla de sentimientos que incluían felicidad, pesadumbre y el peculiar cansancio que acompaña a la relajación del esfuerzo.
Se encontraba sola en el salón de actos vacío, disfrutando de estos pocos momentos de calma ahora que la multitud se había ido.
Al poco rato entraría Kenny Stearns, con su cubo y su bayeta, para iniciar el trabajo de limpieza, pero en aquellos momentos todo era silencio, y la señorita Thornton miró a su alrededor con cansancio.
Tal vez, pensó la señorita Thornton a la defensiva, todo el acto de la noche le hubiera parecido cómico a un extraño.
Desde luego, los desaciertos de la banda de la Escuela Superior de Peyton Place al intentar tocar una composición tan ambiciosa como Pompa y circunstancia habían tenido sus aspectos cómicos.
Y Jared Clarke , aunque no había dicho explícitamente que los graduados estaban «cansados de estar de pie», lo había insinuado.
Sí, pensó la señorita Thornton, había muchas personas, entre ellas la directora del Smith College, que habrían encontrado ridículas todas estas cosas.
Pero la señorita Thornton no se había divertido.
Cuando setenta y dos niños, entre ellos los cuarenta y pico a los que ella había enseñado aquel año, se levantaron en masa para cantar: «Salud, escuela nuestra, a ti dedicamos nuestra canción», la señorita Thornton se sintió embargada por una emoción que algunos habrían llamado «sentimentalismo» y otros, los más jóvenes, pertenecientes a una generación más falta de tacto, quizás habrían calificado de «cursi».
La graduación, para la señorita Thornton, era un momento a la vez de tristeza y de alegría, pero sobre todo era un momento de cambio.
En la noche de la graduación, el cambio significaba para la señorita Thornton algo más que una simple transición de una escuela a otra.
Representaba el fin de una época. Muchos de sus alumnos y alumnas habían dejado de ser niños aquella noche.
¡Parecían tan mayores y distintos desde su asiento de la primera fila del salón de actos!
A muchos de ellos sólo les quedaba el próximo verano para disfrutar de los últimos días de la infancia.
En otoño serían estudiantes de la escuela superior, y ellos ya se consideraban adultos.
Había oído hablar a Rodney Harrington de «ir a New Hampton» como si pensara ir a Dartmouth en lu gar de a una escuela preparatoria, y varias muchachas se habían quejado de sus padres porque no las dejaban ir a campamentos veraniegos mixtos.
«Todo va demasiado rápido», pensó la señorita Thornton, dándose cuenta de que ésta no era la primera vez que lo pensaba.
Esta noche parecía estar obsesionada por pensamientos gestados, como solía sucederle después de cada graduación, y se empeñaba en hacer frases como «Los mejores años de su vida» y «Qué lástima que la juventud sea malgastada por los jóvenes».
Kenny Stearns entró cojeando en la sala de actos, acompañado por el tintineo de dos cubos que chocaban entre sí. La señorita Thornton se levantó y recogió los guantes.
—Buenas noches, Kenny —dijo.
—Buenas noches, señorita Thornton. Creía que todo el mundo se había marchado.
—Ya me iba, Kenny. El salón de actos estaba precioso esta noche, ¿verdad?
—Así es. Yo he sido el que hizo los bancos. Han aguantado bien, ¿eh?
—Están perfectos, Kenny.
—También me encargué de colgar las letras. Me costó mucho que quedaran rectas. Ese nueve no estaba, como ahora, torcido cuando lo puse.
—No, no lo estaba, Kenny. Se ha caído durante la ceremonia.
—Bueno, será mejor que empiece. Esos bancos han de desmontarse esta noche. Después vendrán un par de niños para ayudarme.
La señorita Thornton captó la insinuación.
—Buenas noches, Kenny —dijo.
—Buenas noches, señorita Thornton.
Fuera, el cielo estaba negro. No había luna y la señorita Thornton pensó que no había espacio para ella, pues todo el firmamento estaba lleno de estrellas.
Levantó los ojos, aspiró profundamente el perfumado aire de junio y de repente toda su depresión desapareció.
En otoño habría otro grupo de niños, quizá más prometedor y gratificante que el último.