26
El gimnasio de la escuela superior de Peyton Place estaba decorado con papel crepé rosa y verde.
El papel colgaba en guirnaldas retorcidas del techo y las paredes.
Había sido cuidadosamente enrollado en torno a los aros y tableros de baloncesto con el fin de disimularlos.
Algún alumno imaginativo, descorazonado por el prosaico aspecto de las canastas de baloncesto, había tenido la idea de rellenarlas con flores multicolores, y otro había colocado un globo en todos los sitios donde era posible atar un cordel.
En la pared, detrás de donde estaba la orquesta, habían pegado unas enormes letras de papel de plata:
LA ESCUELA SUPERIOR DE PEYTON PLACE LES DA LA BIENVENIDA AL BAILE ANUAL DE PRIMAVERA
Los alumnos del último curso que integraban el comité de decoración exhalaban suspiros de alivio y contemplaban su labor con justificado orgullo.
El gimnasio, se decían unos a otros, nunca había quedado mejor que este año para un baile de primavera.
El baile anual de primavera, que era una costumbre en Peyton Place desde la construcción de la nueva escuela superior, estaba organizado por los alumnos que se graduaban para dar una prematura bienvenida a los niños de la escuela elemental que pasarían a la escuela superior en otoño, y había llegado a representar muchas cosas para distintas personas.
Para la mayoría de las muchachas de octavo significaba su primera cita formal con un chico y para la mayoría de los chicos significaba el levantamiento oficial del toque de queda impuesto por sus padres a las nueve de la noche.
Para Elsie Thornton, vestida de seda negra para representar su papel de carabina, parecía ser la toma de conciencia de los adolescentes a los que había instruido aquel año.
Discernía en ellos los primeros signos de interés hacia algún compañero del sexo contrario y sabía que este interés era precursor de la búsqueda y hallazgo que vendrían después.
Sin embargo, pensó la señorita Thornton, algunos ya habían buscado y encontrado a su pareja.
Miró a Selena Cross y Ted Carter, que giraban lentamente por la pista de baile con las cabezas muy juntas y, aunque no creía en el mito de los novios muy jóvenes que crecían, se casaban, y vivían eternamente felices, deseó que se hiciera realidad en el caso de Selena y Ted.
Sus sentimientos fueron diferentes cuando observó a Allison MacKenzie y Rodney Harrington .
Para ella fue como una bofetada ver entrar a Allison en compañía de Rodney.
La señorita Thornton había levantado involuntariamente una mano y la había bajado casi enseguida, esperando que nadie se hubiera fijado en su reacción.
«Oh, ten cuidado, pequeña —había pensado—. Debes tener cuidado o sufrirás mucho.»
La señorita Thornton vio a Betty Anderson, que llevaba un vestido rojo poco adecuado para su edad, con los ojos fijos en Allison y Rodney .
Betty había acudido al baile con un alumno del último curso de la escuela superior que ya tenía fama de conductor imprudente y bebedor empedernido, pero no había apartado los ojos de Rodney en toda la noche.
A las diez Rod ney aún no había reunido el valor suficiente para acercarse a Betty.
Se dirigió hacia ella cuando Allison le dejó para ir al lavabo, y cuando Allison regresó al gimnasio estaba bailando con Betty.
Allison fue hacia la hilera de sillas donde estaban sentadas las carabinas y tomó asiento junto a Elsie Thornton; tenía los ojos fijos en Rodney y Betty.
«No debe importarte, cariño —habría querido decirle la señorita Thornton—. No cifres tus sueños en ese muchacho porque sólo lograrás que los haga pedazos, igual que a ti.»
—Estás preciosa, Allison —le dijo.
—Muchas gracias, señorita Thornton —contestó Allison, preguntándose si debía añadir: «Usted también, señorita Thornton».
Sería una mentira, pues la señorita Thornton nunca le había parecido tan fea. Definitivamente, el negro no era su color. Y, ¿por qué se quedaba Rodney tanto tiempo con Betty?
Allison mantuvo la cabeza alta y la sonrisa en los labios, incluso cuando terminó una serie de bailes y empezó otra y Rodney no fue a buscarla.
Sonrió y saludó con la mano a Selena y a Kathy Ellsworth , que había venido con un chico que iba a la escuela superior y besaba con la boca abierta.
Sintió una punzada de compasión por el pequeño Norman Page, que estaba apoyado en la pared, solo, y se miraba los pies.
Allison sabía que Norman había acudido al baile en compañía de su madre, que iría a recogerle a las once después de asistir a una reunión de la Sociedad de Damas Auxiliadoras en la iglesia congregacionista.
Allison sonrió a Norman cuando éste levantó la cabeza y agitó la mano, pero empezaba a tener el estómago revuelto y no sabía cuánto resistiría sin vomitar.
Las yemas de los dedos de Betty acariciaban la nuca de Rodney y él la miraba con los ojos entrecerrados.
«¿Por qué me hace esto? —se preguntó con malestar—.
Yo estoy más guapa que Betty. Ella tiene un aspecto muy vulgar con ese viejo vestido rojo, y lleva mugre en las pestañas.
Tiene muchísimo pecho para una chica de su edad y Kathy dice que es postizo.
No lo creo. Ojalá la señorita Thornton dejara de moverse tanto en la silla...
, sólo falta un baile para que termine esta serie y será mejor que me prepare, Rodney vendrá a buscarme dentro de unos minutos.
Estoy segura de que ese vestido era de la hermana mayor de Betty, la que se perdió con aquel hombre de White River .
Selena está preciosa con ese vestido blanco.
¡Parece tan mayor! Al menos aparenta veinte años, igual que Ted.
Están enamorados, se ve a simple vista. Todo el mundo me mira.
Soy la única chica que está sentada. ¡Rodney ha desaparecido! »
El corazón de Allison empezó a latir con fuerza mientras sus ojos examinaban ansiosamente la pista de baile. Miró hacia la puerta justo a tiempo para ver una mancha roja, y entonces comprendió que Rodney la había dejado sola para ir a alguna parte con Betty.
«¿Y si no vuelve? —pensó—. ¿Y si tengo que ir sola a casa? Todo el mundo sabe que he venido con él. ¡ TODO EL MUNDO SE RÍE DE MÍ !
La señorita Thornton posó una mano fría y pesada sobre su codo.
—Caramba, Allison —se rió la señorita Thornton—. Estás en otro mundo. Norman te ha preguntado dos veces si quieres bailar con él y ni siquiera le has contestado.
Allison tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no pudo ver a Norman; la cara le dolía. Sólo cuando se levantó para bailar con él se dio cuenta de que seguía sonriendo. Norman la enlazó con torpeza mientras la orquesta traída de White River atacaba un vals.
«Si dice algo —pensó Allison con desesperación—, si dice una sola palabra, vomitaré delante de todo el mundo.»
—He visto que Rodney salía con Betty —dijo Norman—, de modo que se me ha ocurrido invitarte a bailar. Hacía mucho rato que estabas sentada al lado de la señorita Thornton.
Allison no vomitó delante de todo el mundo.
—Gracias, Norman —contestó—. Has sido muy amable.
—No puedo entender a Rodney —continuó Norman—. Tú eres mucho más guapa que esa gorda de Betty Anderson .
«Oh, Dios mío —rogó Allison—, haz que se calle.»
—Betty ha venido con John Pillsbury . —Norman pronunció Pillsbree—. Bebe mucho y lleva a las chicas de paseo en su coche. Una vez lo detuvieron por conducir borracho y por exceso de velocidad, y la policía se lo dijo a su padre. ¿Te gusta Rodney?
«¡Lo amo! —chilló silenciosamente Allison—. ¡Lo amo y me está destrozando el corazón!»
—No —dijo—, no demasiado. Pero tenía que venir con alguien.
Norman siguió haciéndola girar con torpeza.
—De todos modos —dijo—, es muy feo que te haya dejado sentada con la señorita Thornton y se haya marchado con Betty.
«Por favor, Dios mío. Por favor, Dios mío», pensó Allison.
La orquesta continuaba tocando y la mano de Norman empezaba a sudar sobre la suya; Allison pensó en la chica del cuento de hadas que llevaba los zapatos rojos y las luces la deslumbraron hasta que sus sienes empezaron a palpitar.
Fuera, Betty Anderson llevaba de la mano a Rodney por el oscuro terreno que servía de aparcamiento a la escuela superior. El coche de John Pillsbury estaba aparcado a poca distancia de los demás, debajo de un árbol, y cuando Betty y Rodney llegaron a él, ella abrió la puerta trasera y entró.
—Date prisa —susurró, y Rodney se metió dentro tras ella.
Rápidamente, Betty apretó los botones del seguro de las cuatro puertas y se dejó caer riendo en el asiento trasero.
—Aquí estamos —dijo—. Apretados como sardinas en lata.
—Vamos, Betty —susurró Rodney—. Vamos.
—No —dijo ella con petulancia—. No quiero. Estoy enfadada contigo.
—Oh, vamos, Betty. No seas así. Bésame.
—No —dijo Betty, echando la cabeza hacia atrás—. Pídeselo a la flaca de Allison MacKenzie. Al fin y al cabo, has venido con ella.
—No te enfades, Betty —rogó Rodney—. No he podido evitarlo. Yo no quería, pero mi padre me obligó.
—¿Prefieres estar conmigo? —inquirió Betty cambiando el tono de voz.
—¿Que si lo prefiero? —suspiró Rodney, y no era precisamente una pregunta.
Betty apoyó la cabeza en su hombro y pasó un dedo por la solapa de su chaqueta.
—De todos modos —dijo—, creo que hiciste mal pidiendo a Allison que viniera contigo.
—Oh, vamos, Betty. No seas así. Dame un beso.
Betty levantó la cabeza y Rodney se apresuró a taparle la boca con la suya. Sabía besar, pensó Rodney , como nadie en el mundo. No besaba sólo con los labios, sino con los dientes y la lengua, y mientras tanto emitía profundos sonidos con la garganta y hundía las uñas en sus hombros.
—Oh, cariño, cariño —susurró Rodney, y no pudo decir nada más antes de que la lengua de Betty volviera a introducirse entre sus dientes.
Todo el cuerpo de Betty se retorció y convulsionó cuando él la besó, y cuando sus manos se abrieron paso hacia sus senos, ella gimió como presa de algún dolor.
Se tendió sobre el asiento hasta quedar echada, de modo que las piernas y los pies no le llegaban al suelo, y Rodney amoldó su cuerpo al de ella sin dejar de besarla.
—¿Se te ha puesto tiesa, Rod? —jadeó ella, ondulando el cuerpo bajo el de él—. ¿La tienes tiesa y dura?
—Oh, sí —murmuró Rodney, casi incapaz de hablar—. Oh, sí.
Sin otra palabra, Betty dobló las rodillas, apartó a Rodney de un empujón, levantó el seguro de la puerta y salió del coche.
—¡Ahora ve a metérsela a Allison MacKenzie! —le gritó—. ¡Ve a buscar a la chica que has traído al baile y desfógate con ella!
Antes de que Rodney pudiera recobrar el aliento para articular una sola palabra, Betty había dado media vuelta y se dirigía hacia el gimnasio. Intentó salir del coche para ir tras ella, pero las piernas no le sostuvieron y sólo pudo agarrarse a la puerta abierta y maldecir en voz baja.
—Puta —dijo con voz ronca, utilizando una de las palabras favoritas de su padre—. ¡Maldita puta!
Se agarró con más fuerza a la puerta y sintió náuseas, mientras el sudor le bajaba por la cara.
—¡Puta! —exclamó, pero no le sirvió de nada.
Al fin, se enderezó, se enjugó la cara con el pañuelo y buscó un peine en sus bolsillos. Aún tenía que regresar al gimnasio para recoger a aquella maldita Allison MacKenzie. Su padre llegaría a las once y media y debía encontrarle esperando con ella.
—Oh, asquerosa ramera —dijo por lo bajo a la ausente Betty—. ¡Oh, maldita, sucia, y despreciable hija de perra!
Se estrujó el cerebro en busca de nuevos insultos que dirigirle, pero no se le ocurrió ninguno. Empezó a peinarse, a punto de echarse a llorar.
Por encima del hombro de Norman, Allison vio entrar a Betty Anderson en el gimnasio, sola.
«¡Dios mío —pensó—, quizás haya vuelto a casa solo! ¿Qué voy a hacer?»
—Ahí está Betty —dijo Norman—. Me pregunto qué le habrá ocurrido a Rodney.
—Debe de estar en el lavabo —dijo Allison, que parecía incapaz de hablar con voz firme—. Por favor, Norman, ¿no podríamos sentarnos? Me duelen los pies.
«Y la cabeza —pensó—. Y el estómago. Y los brazos, y las manos, y las piernas, y la nuca.»
Eran las once y cuarto cuando vio a Rodney entrar por la puerta. Se sintió tan aliviada que no pudo mostrarse enfadada. La había salvado de una situación embarazosa volviendo a buscarla y evitando que regresara a su casa sola. Parecía enfermo. Tenía la cara roja e hinchada.
—¿Estás lista para marcharte? —preguntó a Allison.
—Cuando tú quieras —contestó ella con indiferencia.
—Mi padre está fuera, de modo que ya podemos irnos.
—De acuerdo.
—Iré a buscarte el abrigo.
—Muy bien.
—¿Quieres bailar una pieza primero?
—No. No, gracias. He bailado tanto toda la noche que tengo los pies destrozados.
—Bueno, voy a buscarte el abrigo.
«Bien dicho —pensó la señorita Elsie Thornton—. Valiente es la palabra para describir a Allison.»
—Buenas noches, señorita Thornton. Me he divertido mucho.
—Buenas noches, querida —dijo la señorita Thornton.