Peyton Place (Peyton Place 1) 25
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Rodney Harrington , vestido con una chaqueta blanca e impecablemente peinado, se sentó en el borde de una butaca del salón de las MacKenzie. Constance le había dejado allí mientras subía a ver si Allison estaba lista, y ahora Rodney esperaba y miraba la alfombra con displicencia.

Se preguntó qué le habría impulsado a pedir a Allison que le acompañara al baile más importante del año.

A este baile en especial, el primero al que le permitían asistir.

Tenía a Betty Anderson a su disposición, ansiosa por que la invitara al baile, y no se le había ocurrido otra cosa que pedírselo a Allison MacKenzie.

«Invita a una buena chica», le había ordenado su padre, y así había acabado Rodney en el borde de una butaca del salón de las MacKenzie, esperando a la flaca Allison.

Habría podido divertirse mucho con Betty, maldita sea.

Rodney notó que se sonrojaba y miró disimuladamente en torno a la habitación vacía. No le gustaba pensar en la tarde que había pasado en el bosque de Road’s End con Betty Anderson a menos que estuviera seguro de hallarse solo. Cuando estaba solo, no podía dejar de pensar en ello.

¡Esa Betty!, pensó Rodney, dejándose arrastrar por los recuerdos.

Caramba, era algo grande. No había nada infantil en ella, ni en lo que le había enseñado aquella tarde.

Tampoco ha blaba como una niña, ni lo parecía.

Desde luego, era algo grande, aunque su padre fuese un simple obrero de la fábrica. ¡Sí, algo grande!

Rodney cerró los ojos y notó que se le aceleraba la respiración al pensar en Betty Anderson .

«No —se dijo, haciendo un esfuerzo—. Aquí, no. Esperaré a la noche, cuando vuelva a casa.»

Paseó la mirada por el salón de las MacKenzie y sus pensamientos volvieron a atormentarle.

Podría haberse divertido mucho en el baile con Betty y sin embargo estaba aquí, esperando a Allison.

Por si esto fuera poco, Betty estaba furiosa con él porque no la había invitado.

Y no se la podía culpar por ello, después de todo, cuando una chica compartía un secreto contigo, tenía derecho a esperar ser invitada al baile más importante del año.

Confiaba en que estuviera allí. Quizá tuviera la oportunidad de hablar con ella y averiguar si aún estaba enfadada.

Maldita sea, habría podido evitar que su padre interviniese en el asunto si se hubiera empeñado.

Y ahora tenía que ir al baile con la flaca Allison sólo porque su padre le había dicho que invitara a una buena chica.

«¡Tonto! —se dijo Rodney Harrington— . ¡Maldito tonto!»

En ese momento oyó ruidos en las escaleras del vestíbulo y supuso que Allison estaba al fin bajando.

Sólo esperaba que estuviera presentable y no le mirara con ojos de cordero degollado en el baile, donde algunos de los muchachos podrían darse cuenta.

No podía permitirse el lujo de que Betty oyera bromas sobre él y Allison o cualquier otra chica.

—Aquí está Allison, Rodney —dijo Constance.

Rodney se levantó.

—Hola, Allison.

—Hola.

—Bueno, mi padre está esperando en el coche.

—Muy bien.

—¿Llevas abrigo?

—Llevo esto. Es un abrigo de noche.

—Bueno, vámonos.

—Ya estoy lista.

—Buenas noches, señora MacKenzie.

—Buenas noches, madre.

—Buenas noches... —Constance se reprimió a tiempo. Había estado a punto de decir «niños»—. Buenas noches, Allison —dijo—. Buenas noches, Rodney. Que os divirtáis.

En cuanto hubieron cerrado la puerta, Constance se dejó caer pesadamente en un sillón.

Había sido una semana difícil, en la que Allison había pasado por momentos de insoportable impaciencia y horas de desmoralizante pánico.

Al despertarse aquella misma mañana con un enorme grano rojo en la barbilla, se echó a llorar y exigió a Constance que telefoneara inmediatamente a Rodney para decirle que Allison estaba enferma y no podría salir aquella noche.

Constance encendió un cigarrillo y miró la fotografía enmarcada sobre la repisa de la chimenea.

—Bueno, Allison —dijo en voz alta—, aquí estamos. Al fin solos.

«Tu hija bastarda se ha bañado, ondulado el pelo, perfumado, hecho la manicura y vestido, y aquí estamos nosotros, Allison, tú y yo solos, esperando que regrese de su primera invitación formal.»

Constance se asustaba cuando pensaba de este modo amargo y autocompasivo, y se escandalizaba al darse cuenta de que últimamente su amargura no sólo se debía a la posición en que Allison MacKenzie la había dejado catorce años atrás.

Durante las últimas semanas se rebelaba contra la idea de tener que ocuparse ella sola de una niña que empezaba a hacerse mujer, y echaba toda la culpa sobre los hombros de su amante muerto.

El crimen de Allison, pues a los ojos de Constance se trataba de un crimen, era haber declarado que la amaba.

En ese caso, su primer impulso debería haber sido protegerla antes que llevarla a la cama, pero, como Constance se decía a sí misma, él no había pensado en protegerla hasta que ya era demasiado tarde y Constance había dejado que Allison MacKenzie se convirtiera en un hábito para ella.

Sabía que no le había amado, pues de ser así, las relaciones entre ellos nunca habrían sido lo que fueron.

El amor, para Constance, era sinónimo de matrimonio, y el matrimonio se basaba en una serie de gustos e intereses comunes, así como en unos orígenes y puntos de vista similares.

Todo esto era amalgamado por una emoción llamada «amor», y el sexo no formaba parte de él.

Por lo tanto, razonaba Constance, era evidente que no había amado a Allison MacKenzie.

Los ojos de Constance se posaron nuevamente en la fotografía de la chimenea, y se preguntó si encontraría alguna vez las palabras adecuadas para explicar la situación a la hija de Allison MacKenzie.

El sonido del timbre interrumpió sus pensamientos.

Constance volvió a suspirar, más profundamente que antes, y se frotó la nuca para mitigar el dolor que sentía.

Supuso que Allison, en su excitación, habría olvidado el pañuelo.

Constance abrió la puerta y vio a Tomas Makris en los escalones. Durante un momento fue incapaz de moverse o hablar, abrumada no tanto por la sorpresa como por una sensación de irrealidad.

—Buenas noches —dijo Tom, rompiendo el silencio—. Como siempre se las arregla para esquivarme en la calle e incluso en su tienda, he pensado en venir a visitarla.

Como Constance no contestó, sino que continuó inmóvil con una mano en el pomo y la otra apoyada en el quicio de la puerta, Tom siguió hablando con el mismo tono intrascendente.

—Comprendo —dijo— que no es demasiado convencional.

Tendría que haber esperado a que usted me hiciera una visita para venir a devolvérsela, pero temía que nunca se decidiese a cumplir con ese deber de cortesía.

Señora MacKenzie —prosiguió, empujando ligeramente la puerta—, he esperado media hora en la esquina a que su hija saliera, y estoy muy cansado. ¿Puedo entrar?

—Oh, sí. Por favor, entre —dijo Constance al fin, con voz que a ella misma le pareció extraña—. Sí, claro. Entre.

Se quedó con la espalda apoyada en los paneles de la puerta cerrada mientras Tom pasaba junto a ella y entraba en el vestíbulo.

—Le ruego que me dé su abrigo, señor Makris —dijo.

Tom se quitó el abrigo y se lo echó encima del brazo, y después fue hacia donde se hallaba Constance. Se acercó lo bastante para que ella tuviera que alzar la cabeza para mirarle, y cuando lo hubo hecho, le sonrió dulcemente.

—No tenga miedo —dijo—. No voy a hacerle nada. Me quedaré mucho tiempo por aquí. No hay prisa.