Peyton Place (Peyton Place 1) 24
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Selena, que estaba arrodillada en el suelo delante de su catre, se sentó sobre los talones. Tenía un dolor en el estómago que le cubrió la cara de sudor y la hizo sentir súbitamente débil, hasta el punto de tener que apoyar las manos en el suelo para mantener el equilibrio.

—Ha desaparecido —dijo.

—¿Qué, Selena? —le preguntó su hermano—. ¿Qué ha desaparecido?

Selena esperó a que el dolor cediera un poco, y después se levantó.

—Mi dinero —dijo—. Ha desaparecido, Joey. Alguien lo ha cogido.

—No —protestó Joey—. No puede ser, Selena. Debes de haber mirado mal.

Selena levantó el delgado colchón del catre y lo lanzó hacia el centro de la barraca.

—¡Qué! —exclamó—. ¿Lo ves en algún sitio?

En la cama no había rastro del sobre blanco que contenía el dinero de Selena, y tampoco apareció cuando ella y Joey sacudieron la manta raída. En el sobre había diez dólares en billetes de un dólar y esa cantidad representaba diez tardes de trabajo en la tienda de modas.

—Ha desaparecido —repitió Selena—. Papá lo ha cogido.

Aunque su voz era reposada, tenía un sonido tan terrible que Joey tuvo miedo de su hermana por primera vez en su vida.

—Papá no es capaz de robar —protestó Joey—. Quizá se emborrache y nos pegue, pero papá no es capaz de robar.

Como si no le hubiera oído, Selena dijo:

—Y el baile es mañana por la noche y tendré que quedarme en casa.

En una caja debajo de su catre, cuidadosamente envueltas en papel fino, estaban las cosas que había comprado, una por una, para llevar con el nuevo vestido blanco: un par de medias de seda, un par de zapatos de ante negro y un conjunto de ropa interior blanca.

—El único vestido que he deseado en mi vida —dijo— y papá se lleva el dinero. Pensaba ir a la peluquería Abbie con el resto del dinero y comprarme un frasco de perfume en la tienda de Prescott. Y papá me ha robado el dinero.

—¡Deja de decir eso! —exclamó Joey—. Papá no es capaz de robar. Debes de haberlo escondido en algún otro sitio y ahora no recuerdas dónde. ¿Te acuerdas de aquella vez que a Paul le faltó dinero y creyó que papá lo había cogido? Lo encontró donde lo había escondido, en sus pantalones buenos.

Selena se animó por un momento, pues era cierto que en una ocasión su hermanastro Paul había acusado injustamente a su padre de robar.

Aquella noche hubo una pelea horrible y al día siguiente, cuando Paul hubo encontrado su dinero, dejó Peyton Place y se fue a trabajar al norte.

Lo malo era que Selena había visto el sobre blanco aquella misma mañana.

Lo había sacado de debajo del colchón, había contado el dinero y lo había devuelto a su escondite.

—Él lo ha cogido —dijo Nellie Cross—. Tu padre lo ha cogido. Yo lo he visto.

Nellie estaba sentada en el borde de la hundida cama doble, mirándose los dedos de los pies que salían por los agujeros de sus zapatillas de estar por casa.

Selena y Joey se sobresaltaron al oír a Nellie, pues durante los últimos meses su madre había dado muestras de un nuevo talento para inhibirse de casi todas las situaciones.

Parecía capaz de permanecer largos períodos de tiempo en segundo plano y sus hijos y su marido llegaban a olvidarse de que estaba con ellos en la misma habitación.

—Lo ha cogido esta mañana —dijo Nellie—. Yo lo he visto. Lo ha cogido de debajo de la cama de Selena. Lo he visto, al muy hijo de perra.

Selena cerró los puños en un acceso de frustración.

—¿Por qué no se lo has impedido? —inquirió, sabiendo que la pregunta era irrazonable—. Podías haberle dicho que era mío.

Nellie habló como si no hubiera oído a su hija.

—Hijos de perra —dijo—. No se salva ni uno.

La puerta de la barraca se abrió en aquel momento y Lucas Cross apareció en el umbral, sonriendo y tambaleándose un poco.

—¿Quién es un hijo de perra? —preguntó.

—Tú —contestó Selena sin vacilar—. No un hijo de perra normal y corriente, sino un hijo de perra estúpido.

No te ha servido de nada estar en el hospital y ver escarabajos por todas partes, haciendo que la ciudad entera pensara que te habías vuelto loco.

No te afectó en absoluto ver a Kenny Stearns casi desangrado, hasta el punto de que el doctor Swain temiera por su vida.

Continúas saliendo con ese estúpido de Kenny y emborrachándote igual que antes.

Y ahora empiezas a robar dinero. Dame lo que te ha quedado, papá.

Lucas miró la mano extendida de su hijastra.

—¿De qué estás hablando? —preguntó con aire de inocencia.

—Sabes muy bien de lo que hablo, papá. Del sobre que has cogido de debajo de mi cama. Quiero que me lo devuelvas.

—Ten cuidado con lo que dices a tu padre, Selena. Lucas Cross aún no ha robado nunca nada a nadie. La última persona que me dijo esto fue tu hermano Paul, y le di una buena paliza por hacerlo. Ten cuidado.

—Entonces, ¿dónde está el sobre que había debajo de mi colchón? ¿El que tenía diez billetes de un dólar dentro?

—¿Te refieres a éste? —preguntó Lucas.

Enseñó el sobre, que ahora estaba sucio y arrugado.

La muchacha intentó arrebatárselo, pero Lucas profirió una carcajada y lo levantó por encima de su cabeza.

—Dámelo —dijo Selena.

—Bueno, bueno, espera un momento —dijo Lucas, arrastrando las palabras—. Espera un momento, cariño. Me parece a mí que una chica ha de pagar su manutención cuando trabaja. No está bien, Selena, que sigas dependiendo de tu padre como hasta ahora.

—Es mío —dijo Selena—. He trabajado y lo he ganado. Dámelo.

Lucas se alejó de la puerta y fue a sentarse en una silla junto a la mesa de la cocina.

—Desde que tu hermano se fue, las cosas no han sido fáciles para mí —dijo Lucas con voz exageradamente lastimosa—. Me parece a mí que una chica mayor como tú podría ayudar un poco a su padre.

—Tenías mucho dinero cuando terminó la tala —dijo Selena—. No deberías haberlo gastado todo en bebida. No vas a beberte mi dinero, papá. He trabajado todas las tardes después de la escuela para ganarlo y quiero que me lo devuelvas.

—Es una pena gastar un buen dinero para agradar a ese Ted Carter —dijo Lucas—. Un verdadero derroche, si quieres saber mi opinión. Esos Carter no son más que basura. Siempre lo han sido. Ella no es mejor que una ramera, y él ha sido su chulo durante veinte años.

—Los Carter no tienen nada que ver con mi dinero —afirmó Selena, que corrió hacia su padre e intentó arrancarle el sobre blanco de la mano. Pero él se echó rápidamente atrás y Selena estuvo a punto de caerse. Lucas estalló en carcajadas.

—Me parece a mí —dijo— que una chica lo bastante mayor para hablar de este modo a su padre, una chica lo bastante mayor para ir a bailar con el hijo de una ramera y un chulo, debe de ser lo bastante mayor como para obtener lo que quiere de su padre; es tan fácil como coger un caramelo a un niño, si se sabe cómo hacerlo.

Selena miró largamente a su padre. Sólo durante un segundo sus ojos imploraron piedad; después sólo reflejaron comprensión. Lucas esbozó una sonrisa grotesca, y cuando su frente se movió, la muchacha observó en ella el brillo del sudor.

—Si no he entendido mal —dijo Lucas—, no te importa revolcarte con Ted Carter cuando él intenta conseguir lo que quiere. Ahora se han cambiado los papeles, cariño. Para conseguir lo que quieres tienes que revolcarte conmigo.

Sin apartar los ojos de los de su padre, Selena habló a su hermano.

—Ve fuera, Joey —dijo.

El niño miró fijamente a su hermana.

—Pero fuera está oscuro —protestó—. Y hace frío.

—Ve fuera, Joey. Ve fuera y no entres hasta que te llame.

No volvió a hablar hasta que la puerta se cerró tras su hermano menor, y entonces dijo:

—No pienso acercarme a ti, papá. Dame mi dinero.

—Ven aquí y cógelo —dijo Lucas con voz ronca—. Sólo tienes que venir aquí e intentar quitármelo.

Nellie Cross seguía mirándose los dedos de los pies a través de los agujeros de sus zapatillas.

—Hijos de perra —murmuró—. Todos son unos hijos de perra.

Aunque Nellie habló en voz baja, Lucas se sobresaltó como si acabara de darse cuenta de que estaba en la habitación. Miró primero a su esposa y después a Selena, cuyos ojos estaban llenos de odio.

—Toma —dijo, después de lanzar otra ojeada a Nellie—. Toma tu maldito dinero.

Lanzó el arrugado sobre hacia Selena y fue a caer a sus pies.

—Hijos de perra —repitió Nellie—. Todos son iguales. Alcohol y mujeres. Mujeres y alcohol.