Peyton Place (Peyton Place 1) 9
46%

9

El reverendo Fitzgerald alzó los ojos hacia las ventanas del segundo piso de la rectoría antes de entrar en la casa. Las luces del piso superior estaban encendidas, signo de que Tomas Makris se hallaba en casa.

Tal vez, pensó el reverendo Fitzgerald, podría convencer a Tom para que bajara a sentarse en el porche y hablara con él un rato.

El pastor congregacionista sonrió para sí en el oscuro vestíbulo de la planta baja.

Dos años atrás no se le habría ocurrido acercarse a Tom, y mucho menos invitarle a bajar para hablar con él.

El reverendo Fitzgerald se enfureció cuando Leslie Harrington le pidió que alquilara el apartamento situado encima de la rectoría.

Se negó cortésmente, y Leslie Harrington insistió con la misma cortesía.

El apartamento del segundo piso fue añadido a la casa contigua a la iglesia congregacionista mucho antes de que la iglesia la comprara como rectoría.

El apartamento se construyó para acomodar al hijo casado del primer dueño de la casa y había permanecido deshabitado desde que la iglesia la compró.

Sin duda, como dijo el reverendo Fitzgerald a Leslie Harrington , el dueño de la fábrica no podía esperar que al pastor le gustara la idea de tener a alguien viviendo encima de su cabeza después de tantos años de intimidad.

Sin embargo, Harrington no podía conservar largo rato los buenos modales cuando alguien se le resistía.

Había una nota de vulgaridad en su carácter.

Terminó diciendo al pastor, más de dos años atrás, que debía sentirse afortunado de tener un techo sobre la cabeza y que sólo gracias a las personas como Leslie Harrington , los fieles regulares y generosos, podía el reverendo Fitzgerald mantener ese tren de vida.

—Nos hemos portado muy bien con usted, Fitzgerald —había dicho Harrington—. Le hemos proporcionado esta casa, y calefacción, y un coche y un salario. Lo mínimo que puede hacer es ser agradecido. Quiero el apartamento de arriba para el director de las escuelas, y lo quiero ahora.

Bueno, pensó el reverendo Fitzgerald, así era Leslie Harrington .

Lo que no podía obtener por las buenas, lo obtenía por medio de amenazas.

Era típico de Leslie Harrington recalcar abiertamente sus regulares y generosas contribuciones a la iglesia.

Y, ¿qué defensa tenía un pastor dependiente contra tales tácticas?

¿Cómo podía el pastor decir a Harrington que le asustaba tener a alguien tan cerca como en el apartamento del piso superior?

Un pastor tenía el deber de pasar su vida cerca de los demás.

¿Qué pasaría si dijera a Harrington, el mayor contribuyente de la iglesia congregacionista de Peyton Place , que él, el reverendo Fitzgerald, tenia miedo de estar cerca de la gente?

No, no podía decir tal cosa. Como se dijo el pastor, tenía las manos atadas y los labios sellados.

Se echó a reír, dio una palmada en el hombro de Leslie Harrington y dijo al ocupado dueño de la fábrica que no se preocupara de detalles tan insignificantes.

Él, el reverendo Fitzgerald, pediría a Nellie Cross que limpiara el apartamento del piso superior y lo preparase para el señor Makris, que llegaría al cabo de tres días a la ciudad.

Cuando Tom llegó, el reverendo Fitzgerald esperó a que Leslie Harrington se hubiera marchado para imponer sus condiciones.

—Escuche, señor Makris —dijo—, no quiero que fume ni beba ni ponga la radio demasiado alta mientras esté aquí arriba.

Tom se echó a reír.

—Usted quédese abajo, padre 1 —dijo, desagradablemente—, y yo me quedaré arriba. De este modo, usted no sabrá si me emborracho todas las noches hasta perder el sentido y yo no sabré si usted adora o no ídolos en secreto.

El reverendo Fitzgerald se sobresaltó. No era verdad lo que Tom dijo, pero se acercaba demasiado a ella para sentirse tranquilo.

—¿Fitzgerald? —había preguntado Tom aquella noche, más de dos años atrás—. Irlandés, ¿verdad?

—Sí.

—Orangista, ¿eh?

—No.

Esto puso término a aquella conversación tan particular, pero el pastor congregacionista había pasado varias semanas de ansiedad preguntándose lo que pensaría Tom.

Francis Joseph Fitzgerald era un irlandés nacido y educado como católico y criado en una casa de East Boston .

Durante los últimos años de la adolescencia le complacía decir que había seguido siendo católico hasta que aprendió a leer.

En aquella época, solía decir, había descubierto demasiadas lagunas en el catolicismo para satisfacer a un hombre inteligente e intelectual.

Había renunciado a la Santa Iglesia Romana y se había hecho protestante.

Su nueva religión satisfizo de tal modo sus interrogantes que decidió ser pastor.

No fue fácil. Pronto descubrió que las escuelas de teología protestante no estaban demasiado ansiosas por aceptar a antiguos irlandeses católicos llamados Fitzgerald.

Sin embargo, al final lo logró. No sólo fue aceptado en una buena escuela, sino que se graduó con el número uno de su clase, y, cuando le ordenaron y le proporcionaron un destino para ejercer su ministerio, fue con grandes esperanzas y buenos deseos por parte de sus profesores.

Reflexionando ahora sobre todo ello, Francis Joseph Fitzgerald no recordaba exactamente cuándo había empezado a reconciliarse con la fe católica que tan fácilmente había abandonado en su juventud.

Sabía que había sido después de su llegada a Peyton Place , doce años antes, pero no recordaba el momento preciso en que el protestantismo empezó a ser menos que suficiente.

Si pudiera recordar el momento, pensaba, podría recordar un incidente y en este caso sabría la razón de sus interminables y atormentadoras preguntas.

Porque tuvo que haber habido un incidente, estaba seguro, un suceso tan trivial en aquel entonces que no le había prestado atención y se había introducido en su mente, produciendo al fin la herida abierta y purulenta que era su fe enferma.

La mente de Fitzgerald se agotaba con esta búsqueda constante y ardía en deseos de hablar, pero, naturalmente, no podía comentar estas cuestiones con su esposa.

Margaret Fitzgerald , cuyo nombre de soltera era Margaret Bunker , hija única de un pastor congregacionista de White River , odiaba el catolicismo con un odio violento y poco cristiano.

Francis Joseph Fitzgerald lo descubrió sólo una semana después de su boda, cuando aún estaban de luna de miel en las Montañas Blancas.

—Peggy Fitzgerald —dijo él, riéndose de lo que después recordaría como su único intento de bromear con ella—. Peggy Fitzgerald —dijo, con un fuerte acento irlandés—. Eso me hace pensar en mi madre, una muchacha irlandesa del condado de Galway.

Margaret Bunker Fitzgerald no había sonreído.

—Nunca lo olvidarás, ¿verdad? —le espetó furiosamente—. Nunca olvidarás que eres irlandés, un horrible irlandés católi co salido de una barriada de Boston. No te atrevas a llamarme Peggy otra vez. Mi nombre es Margaret, procura no olvidarlo.

Él se había sobresaltado.

—El nombre de mi madre era Margaret —dijo a la defensiva, hablando ya sin ningún indicio de acento irlandés—, y mi padre siempre la llamaba Peggy.

—Tu madre —dijo Margaret, como si en vez de hablar de la señora Fitzgerald lo hiciera del hombre lobo—. ¡Tu madre!

Así, pues, naturalmente, cuando el reverendo Fitzgerald empezó a dudar y a asustarse de sus propios pensamientos, no pudo acudir a su esposa en busca del consuelo que una conversación podría haberle proporcionado.

Había seguido trabajando, haciéndose toda clase de preguntas e intentando encontrar la respuesta a sus interrogantes, hasta que Tomas Makris fue a vivir al apartamento de encima de la rectoría.

El reverendo Fitzgerald subió las escaleras hasta el segundo piso, teniendo cuidado de no pisar ningún tablón suelto para no despertar a Margaret, que dormía, roncando suavemente, en la habitación trasera de la rectoría.

A Margaret no le gustaba Tom. Decía que era demasiado ruidoso, demasiado insolente, demasiado moreno, demasiado grande y demasiado irrespetuoso hacia la Iglesia congregacionista.

La verdadera razón de su desagrado era que no podía intimidarle.

Cuando utilizaba sus tácticas con él, que habrían reducido a su marido a un muñeco sin voluntad, Tom se limitaba a reírse... de ella.

El director de las escuelas de Peyton Place estaba arrellanado en una butaca del salón de su apartamento. Iba desnudo a excepción de unos pantalones cortos de atletismo, y tenía un vaso alto en la mano.

—Acompáñeme —dijo a Fitzgerald, después de que el pastor llamase a la puerta y entrara.

—He pensado que quizá le gustaría bajar un rato al porche —dijo Fitzgerald tímidamente.

La desnudez siempre le hacía sentirse tímido, y mantuvo los ojos apartados de Tom mientras hablaba.

—En el porche no podremos hablar —repuso Tom—. Despertaríamos a la señora Fitzgerald, que ronca apaciblemente desde hace una hora. Siéntese y tome una copa. De todos modos, aquí hace tanto fresco como fuera.

—Gracias —dijo Fitzgerald, sentándose—. Pero no bebo.

—¿Qué? —inquirió Tom—. ¿Un irlandés que no bebe? Usted es el primero que conozco.

Fitzgerald se echó a reír con desasosiego. Tom no hablaba precisamente en voz baja y Fitzgerald temía que Margaret se despertara. Ella odiaba que alguien llamara irlandés a su marido. Si oía que Tom lo hacía, con toda seguridad subiría y se llevaría a Fitzgerald arrastrando hasta la cama.

—De acuerdo —dijo—. Tomaré una copa. Pero sólo una.

Tom fue a la pequeña cocina y volvió con un vaso tan alto y tan lleno como el suyo.

—Tenga —dijo—. Esto le hará bien.

Fitzgerald fascinaba a Tom. El pastor era el prototipo ideal de un hombre en guerra con su medio ambiente y consigo mismo.