Peyton Place (Peyton Place 1) 23
28%

23

Desde la noche en que a Constance MacKenzie le presentaron a Tomas Makris, una nueva tensión empezó a dejarse sentir en el hogar de las MacKenzie.

Hasta entonces, Constance siempre había intentado ser paciente y, hasta el límite de su capacidad, comprender a su hija Allison, pero ahora se mostraba obstinada y mordaz sin ningún motivo y, desgraciadamente, esta nueva costumbre no sólo se revelaba en su casa, sino también en la tienda.

Constance descubrió con asombro que poseía un caudal de odio cuya existencia ni siquiera había sospechado hasta entonces y, algo peor aún, que sentía una extraña satisfacción al expresar opiniones que había mantenido enterradas durante años.

—Tienes demasiada grasa alrededor de las caderas para caber en una talla cuarenta y cuatro —dijo a Charlotte Page un día de finales de abril—. Será mejor que empieces a pensar en tallas especiales.

—¡Pero Constance! —exclamó Charlotte, estupefacta—. Hace años que uso la cuarenta y cuatro, desde que empecé a comprarte ropa. ¡La verdad es que no entiendo qué te pasa!

—Llevas la cuarenta y cuatro desde hace años porque siempre he arrancado la etiqueta de todo lo que te probabas y la he sustituido por una que ponía cuarenta y cuatro —dijo Con stance con brusquedad—. Aquí tengo una cincuenta que quizá te quepa, aunque si quieres que te diga la verdad, lo dudo.

—¡Bueno! —exclamó Charlotte Page, recogiendo su paraguas y sus guantes—. ¡Bueno!

Constance se sobresaltó al oír el enfático portazo de Charlotte que dijo, más claramente que con palabras: «¡Adiós!

¡Y no volveré!». Después se alisó el cabello con un ademán cansado y fue a la pequeña habitación de la trastienda donde tenía un hornillo eléctrico y una nevera.

Se preparó un bicarbonato de soda y se lo tomó rápidamente, estremeciéndose.

«Sé tanto lo que me pasa como tú, Charlotte», pensó.

Al principio, Constante se dijo a sí misma que fue una inmensa sensación de alivio lo que la agitó cuando conoció a Tomas Makris y descubrió que nunca había visto su cara hasta entonces. ¡Qué ridícula había sido!

Ocho millones de personas en la ciudad de Nueva York, había pensado, riéndose entrecortadamente. ¡Y estaba inquieta por el único que había encontrado el camino a Peyton Place !

Pero después de ese primer encuentro, cuando el alivio debía haberla calmado, Constante empezó a sufrir de insomnio y frecuentes ataques de indigestión.

Había avistado dos veces a Tomas Makris en la calle y, aunque ambas veces había preferido huir a encararse con él, después no se le había ocurrido ninguna explicación razonable para esa reacción.

Quizás había tenido más miedo de lo que había creído al principio, cuando Allison le dijo que el nuevo director de las escuelas venía de Nueva York, y sufriera ahora los efectos de una terrible ansiedad.

Reconocía que la situación habría sido angustiosa si Tomas Makris hubiera resultado ser alguien que conociera a Allison MacKenzie y a su familia de Scarsdale.

Pero puesto que no lo era, resultaba difícil comprender por qué la imagen del nuevo director de las escuelas la acosaba con tal persistencia.

«Cualquiera —pensó— se dejaría impresionar por un hom bre de ese tamaño, con su atractivo casi escandaloso y esa sonrisa tan adecuada para un dormitorio.»

Pero nada de lo que se dijo a sí misma sirvió para borrar a Tomas Makris de sus pensamientos.

Una noche, Allison se despertó al oír unos sonidos apagados en algún lugar de la casa. Se quedó inmóvil, en el mundo irreal mezcla de sueño y realidad, y oyó el sonido del agua en el cuarto de baño.

«Ah, es mamá», pensó con soñolencia.

Con la flexibilidad de la juventud, había aceptado el nuevo desasosiego de su madre sin hacerse preguntas.

Allison dio media vuelta y vio el resplandor de la esfera luminosa del despertador.

Abrió totalmente los ojos, y distinguió la hora.

Las dos. Con la milagrosa facilidad que parece desvanecerse con la infancia, Allison se despertó por completo en un momento.

Se sentó en la cama y se rodeó las rodillas con los brazos.

Estaba lloviendo, al igual que los últimos días, y las cortinas blancas de la ventana aleteaban y se retorcían con el viento.

Las contempló largo rato, observando que el viento no producía ningún movimiento que no fuera armonioso.

Las cortinas eran tan incorpóreas como parecían ser las ramas de los árboles bajo un fuerte viento.

Ondeaban, temblaban y giraban, y todos los movimientos eran etéreos.

«Me gustaría bailar como algo movido por el viento», pensó Allison.

Allison se levantó sin hacer ruido y encendió la lámpara de la mesilla de noche; después fue al armario donde estaba colgado su vestido para la fiesta de primavera.

Tocó las diversas capas de la falda de tul y pasó los dedos por el satinado corpiño de su primer vestido largo de persona mayor.

Cuando sacó el vestido del colgador y lo sostuvo a cierta distancia de ella, el aire que se introducía en la habitación llegó a la suave tela azul celeste y agitó ligeramente las capas de la falda.

«Baila solo», pensó, y sostuvo el vestido sobre su cuerpo.

Dio unos pequeños pasos de baile alrededor de la habitación, intentando mantener el cuello relajado para que su cabeza se moviera graciosamente de un lado a otro, y no se detuvo hasta verse en el largo espejo de la puerta del armario.

Miró su robusto cuerpo enfundado en el pijama y observó el modo en que su cabello caía sobre sus hombros, fino, lacio y castaño.

«Si al menos tuviese buena figura —pensó tristemente, bajando el vestido de fiesta—.

Si fuera muy alta y delgada, podría moverme como una campánula al viento y todo el mundo diría que soy la mejor bailarina del mundo.

Si fuera rubia, como mi madre, o muy morena, como mi padre...

¡Si no fuera tan espantosamente mediocre! »

Su pijama de algodón estaba estampado con figuras circenses de muchos colores y la chaqueta era recta, con un pequeño cuello redondo. Los pantalones eran muy anchos y llevaban una goma elástica en la cintura, y Allison se miró con desagrado.

«¡Qué pijama tan infantil para una chica de trece años! —pensó con resentimiento—. ¡Parezco una niña!»

Sus dedos desabrocharon con impaciencia los botones de la chaqueta del pijama, ansiosa por quitarse una prenda que acentuaba su juventud.

El cuerpo de seda de su vestido nuevo estaba frío sobre su piel desnuda, pero era suave como la espuma del jabón y el color azul de la tela se reflejaba en sus ojos.

El tul le arañaba las piernas desnudas, y Allison, dominada por el pánico, vio que su primer vestido de persona mayor no la hacía mayor en absoluto.

«¿Y si él no me encuentra guapa? —pensó—. ¿Y si me mira y se arrepiente de haberme invitado?»

Corrió a la cómoda y sacó el sujetador relleno de un cajón.

Lo sostuvo ante ella, encima del vestido, y se contempló en el espejo casi temerosa de bajar el cuerpo del vestido y ponerse la prenda interior; si el sujetador no lograba hacerla parecer ma yor, no le quedaría otra cosa que intentar.

Al fin, de espaldas al espejo, bajó el cuerpo del vestido, se puso el sujetador y volvió a subirse el vestido.

Se dio la vuelta rápidamente, tratando de captar en su propia imagen la impresión que produciría en Rodney Harrington verla vestida así.

Su espejo le aseguró que sería favorable.

El corpiño de su nuevo vestido se había abultado maravillosamente y la tela se adaptaba a sus senos de espuma, pareciendo su cintura más estrecha y sus caderas más redondeadas.

Allison se inclinó hacia delante, con la esperanza de que el escote del vestido fuera lo bastante amplio y lo bastante bajo para que la curva superior de sus senos resultara visible a cualquiera que se molestara en mirarla desde ese ángulo.

La tarde anterior, Kathy Ellsworth y ella habían acabado de leer un libro en el que el héroe se derretía al ver los senos de su amada por el escote de su vestido de lamé plateado.

Allison suspiró. El suyo la tapaba completamente y, de no ser así, el sujetador de espuma lo habría hecho.

«Pero —pensó, girando un poco para verse de lado—, parezco muy madura desde este ángulo, y al fin y al cabo no se puede tener todo.»

—Por el amor de Dios, Allison, son casi las tres de la madrugada. ¡Quítate ese vestido y métete en cama!

Por un momento, Allison se quedó tan atónita como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Se dio cuenta de repente de que hacía frío en la habitación y se estremeció; sin saber por qué, se preguntó qué debía de sentir un canario cuando alguien metía sus dedos inquisitivos en la jaula.

—Al menos podrías llamar a la puerta antes de entrar —dijo con ira.

Constance, sin darse cuenta de que había roto su sueño íntimo, contestó en el mismo tono.

—No seas descarada, Allison —dijo—. Quítate ese vestido. —Diga lo que diga, siempre soy una descarada —replicó Allison, furiosa—. Pero tú siempre eres muy educada, ¿verdad?

—Y dame ese estúpido sujetador de espuma —dijo Constance, sin hacer caso del comentario de Allison—. Pareces un globo hinchado.

Allison rompió a llorar y dejó caer al suelo su vestido nuevo.

—Nunca puedo tener un momento de intimidad —sollozó—. ¡Ni en mi propia habitación!

Constance recogió el vestido y lo colgó.

—Dame —ordenó, extendiendo la mano para que Allison le diera el sujetador.

—¡Eres mezquina! —exclamó Allison—. ¡Eres mezquina y odiosa y cruel! ¡No importa lo que quiera, siempre intentas estropearlo!

—Cállate y acuéstate —dijo fríamente Constance, apagando la luz.