23 #2
El sonido de los sollozos de Allison la siguió por el pasillo hasta su habitación.
Constance encendió un cigarrillo. Últimamente fumaba demasiado, y muy a menudo era injusta con Allison.
En esta cuestión del sujetador lo había sido, pues había dejado creer a la niña durante meses que su madre se tragaba el hecho de que Allison pudiera desarrollar una voluptuosa figura en cuanto se le presentara la ocasión.
«Tendría que haber puesto fin a estas tonterías desde el principio —pensó—. Aunque sólo lo hiciera en casa, tendría que haberle dicho que nadie se deja engañar mucho tiempo por una mentira.»
Constance suspiró profundamente y dio una chupada al cigarrillo.
—Es esta maldita estación lo que me hace tan intratable —dijo para su propia sorpresa, pues nunca hablaba en voz alta cuando estaba sola y casi nunca blasfemaba.
«Es esa lluvia lo que me deprime tanto», corrigió en silencio.
Era fácil, aquel año, culpar de todo a la estación.
La primavera había llegado tarde e intentaba recuperar el tiempo perdido.
Invadió Peyton Place como un verdadero torbellino, había pensado Allison, como el Conejo Blanco de camino hacia la fiesta del Sombrerero Loco.
La primavera trajo consigo las lluvias y desprendió el hielo del ancho río Connecticut, que se enturbió y gimió y creció como protesta.
Se llevó las nieves invernales de los campos y los árboles, y golpeó inexorablemente la tierra hasta que las gruesas capas de escarcha cedieron ante ella y se derritieron en fangosa sumisión.
Aquel año, la primavera había llegado con violencia y era difícil pensar en ella como una época de hojas tiernas y flores delicadas.
Era una furia, retorciendo y golpeando, una fuerza obsesionada por la idea de ganar la tierra en un cruel torneo con el invierno.
Sólo después de haber vencido se mostró sonriente y serena, como una niña traviesa después de un berrinche.
La mitad de mayo había transcurrido antes de que la primavera se relajara y asentase, extendiendo su falda verde con orgullo, mientras los granjeros plantaban hortalizas en sus huertos y no perdían de vista a esta caprichosa doncella que podía montar en cólera en cualquier momento.
Una vez la primavera se hubo calmado, los días pasaron lentamente, sucediéndose unos a otros como los movimientos de una sinfonía, y sólo Constance MacKenzie continuó estando inquieta.
Aun cuando los turbulentos días de abril habían pasado, y el calendario le indicaba que era mayo y una época de sol y crecimiento silencioso, Constance estaba tan agitada como el río en días de crecida.
No reconoció sus síntomas como parecidos al penoso desasosiego de la adolescencia, ni admitió que el anhelo insatisfecho de su interior pudiera ser sexual.
Culpaba a los factores externos de su vida, tales como su hija, las nuevas responsabilidades de un negocio mayor, y el constante esfuerzo que tenía que hacer para atenderlos a ambos.
—¡Es para volver loco a cualquiera! —declaró airadamente un día mientras desempaquetaba mercancías en la tienda.
—¿Cómo dice, señora MacKenzie? —preguntó Selena desde detrás del mostrador donde estaba clasificando ropa interior de niño.
—Oh, vete al infierno —replicó Constance con brusquedad.
Selena guardó silencio. Le inquietaba ver a la señora Mac-Kenzie tan malhumorada durante tantas semanas.
No es que su mal humor se manifestara siempre en forma de contestaciones desagradables, pero uno nunca sabía cuándo sería así y eso hacía las cosas difíciles en la tienda.
Cuando Selena intuía que la señora MacKenzie iba a reaccionar con violencia, intentaba atender al cliente, rogando silenciosamente para que éste no pidiera ver a Constance.
Pero lo peor para Selena era el modo en que se comportaba la señora MacKenzie después de uno de sus arrebatos.
Siempre se arrepentía y trataba de compensarla, y entonces esbozaba una sonrisa insegura y humilde.
Selena tenía la tentación de dar unas palmaditas en el hombro de Constance y asegurarle que todo iría bien.
Cuando la señora MacKenzie se arrepentía de algo, reaccionaba igual que Joey cuando hacía enfadar a Selena y quería después congraciarse con ella.
Era bastante enternecedor ver a Joey actuando así, pero cuando la señora MacKenzie hacía lo mismo con Selena le entraban ganas de echarse a llorar.
Esta emoción de Selena era la medida de su devoción por Constance MacKenzie, pues había observado que cualquiera, salvo Constance y Joey, sufría las torturas del arrepentimiento sin un parpadeo.
Constance dejó una factura encima del mostrador y se volvió hacia Selena.
—Lo siento, querida —dijo, y sonrió—. No tendría que haberte hablado así.
«Oh, no —pensó Selena—. No me mire así.»
—No se preocupe, señora MacKenzie —contestó—. Todos tenemos algún día malo.
—Me duele un poco el estómago —dijo Constance—, pero no debería habértelo hecho pagar a ti.
—No tiene importancia —dijo Selena—. ¿Por qué no se va a casa y se acuesta un rato? Ya casi es hora de cerrar y puedo arreglármelas sola hasta las seis.
—De ningún modo —repuso Constance—. Se me pasará enseguida y...
Se calló al oír abrirse la puerta.