22 #2
—Aquí está, señor Makris —dijo Corey Hyde— . El mejor pastel de manzana de Peyton Place .
—Gracias.
Makris removió el azúcar del café y probó la tarta. Era excelente.
—Peyton Place —dijo a Corey Hyde— es el nombre de ciudad más raro que he oído en mi vida. ¿Por qué se llama así?
—Oh, no lo sé —dijo Corey, limpiando innecesariamente con un trapo la inmaculada superficie de la barra—.
Hay muchas ciudades que tienen nombres raros.
Por ejemplo, Baton Rouge, en Luisiana. Tengo un hijo que estudia francés en la escuela superior.
Me dijo que Baton Rouge significa Bastón Rojo.
¿No le parece un nombre muy raro para una ciudad?
Bastón Rojo, Luisiana. ¿Y qué hay de Des Moines, Iowa? Ése sí que es raro.
—Es cierto —dijo Makris—. Pero ¿a quién o a qué se debe el nombre de Peyton Place ?
—A un tipo que construyó un castillo aquí arriba, mucho antes de la guerra de Secesión. El tipo se llamaba Samuel Peyton —explicó Corey de mala gana.
—¡Un castillo! —exclamó Makris.
—Sí. Un castillo de verdad, traído aquí desde Inglaterra, piedra por piedra.
—¿Quién era ese Peyton? —preguntó Makris—. ¿Un duque exiliado?
—No —dijo Corey Hyde— . Nada más que un tipo con di nero para derrochar. Discúlpeme, señor Makris. Tengo cosas que hacer en la cocina.
El anciano sentado al otro extremo de la barra se rió entre dientes.
—La verdad, señor Makris —dijo Clayton Frazier en voz muy alta—, es que la ciudad debe su nombre a un maldito negro. Eso es lo que molesta a Corey. Es muy delicado, y no quiere confesarlo.
Mientras Tomas Makris sorbía su café y saboreaba la tarta y la conversación, Parker Rhodes llegaba a su casa de Laurel Street . Aparcó su viejo sedán y entró en la casa donde, sin quitarse el abrigo ni el sombrero, fue directamente al teléfono.
—¿Oiga? —dijo, en cuanto contestaron a su llamada—.
¿Eres tú, Leslie? Bueno, está aquí, Leslie.
Ha llegado en el tren de las siete, ha dejado las maletas en consigna y ha venido andando a la ciudad.
En este momento está sentado en el restaurante de Hyde.
¿Qué dices? No, no puede retirar sus maletas de la estación hasta mañana por la mañana, ya lo sabes.
¿Qué? Bueno, maldita sea, no me lo ha preguntado, por eso.
No me ha preguntado cuándo podía sacarlas.
Sólo quería saber dónde podía dejar las maletas y se lo he dicho.
¿Qué dices, Leslie? No, no le he dicho que nadie ha usado esos armarios desde que los instalaron hace cinco años.
¿Qué? Bueno, maldita sea, no me lo ha preguntado, por eso.
Sí. Sí que lo es, Leslie. Muy oscuro, y grande.
Santo Dios, es tan grande como un armario.
Sí. En el restaurante de Hyde. Ha dicho que quería una taza de café.
Si Tomas Makris hubiera oído esta conversación, habría vuelto a observar que Rhodes pronunciaba las tres últimas palabras como una sola: Tazadecafé. Pero en ese momento Makris estaba mirando al hombre de pelo plateado que acababa de entrar en el restaurante.
«¡Dios mío! —pensó Makris, asombrado—. Este tipo pare ce un hombre anuncio de Planter’s Punch. ¡Un maldito coronel de Kentucky en este sitio!»
—Buenas noches, doctor —dijo Corey Hyde , que había sacado la cabeza de la cocina al oír la puerta de entrada; igual que una tortuga cansada que asomara la cabeza fuera del caparazón, pensó Makris.
—Buenas noches, Corey.
Makris supo, en cuanto el hombre habló, que éste no era un coronel fugitivo de Kentucky, sino un nativo.
—Bienvenido a Peyton Place, señor Makris —dijo el nativo de cabello blanco—. Nos alegramos de tenerle aquí. Me llamo Swain. Matthew Swain .
—Buenas noches, doctor —dijo Clayton Frazier—. Estaba contando al señor Makris algunas de nuestras leyendas locales.
—Espero que no le impulsen a marcharse en el próximo tren, señor Makris —bromeó el médico.
—No, señor —dijo Makris, pensando que, después de todo, en esta ciudad olvidada había una maldita cara que parecía humana.
—Espero que le guste vivir aquí —dijo el médico—. Quizá me permita enseñarle la ciudad cuando haya descansado.
—Gracias, señor. Me encantaría —contestó Makris.
—Por ahí viene Leslie Harrington —dijo Clayton Frazier.
La figura que se acercaba a la puerta de cristal del restaurante era claramente visible para los que estaban dentro. El médico se volvió para mirarla.
—Es Leslie, sin duda —dijo—. Viene para llevarle a casa, señor Makris.
Harrington entró a grandes zancadas en el restaurante, con una sonrisa obsequiosa en la cara.
—¡Ah, señor Makris! —exclamó jovialmente, alargando la mano—. Es un verdadero placer darle la bienvenida a Peyton Place .
Makris pensó: «Oh, Dios mío, es mucho peor de lo que temía».
—Hola, señor Harrington —dijo Makris, tocando apenas la mano extendida—. ¿Ha hecho alguna llamada de larga distancia últimamente?
La sonrisa impresa en la cara de Harrington amenazó con derretirse y desaparecer, pero la rescató a tiempo.
—Ja, ja, ja —se rió—. No, señor Makris, estos días no he tenido mucho tiempo para telefonear. He estado ocupado buscando un apartamento adecuado para nuestro nuevo director.
—Confío en que habrá tenido éxito —dijo Makris.
—Sí. Sí, la verdad es que así es. Bueno, venga conmigo. Le llevaré en mi coche.
—En cuanto termine el café —dijo Makris.
—Desde luego, desde luego —repuso Harrington—. Oh, hola, Matt. ¿Qué tal, Clayton ?
—¿Café, señor Harrington? —preguntó Corey Hyde.
—No, gracias —dijo Harrington.
Cuando Makris hubo terminado, todo el mundo dio cortésmente las buenas noches y Harrington y él salieron del restaurante. En cuanto la puerta se hubo cerrado tras ellos, el doctor Swain se echó a reír.
—¡Maldita sea! —rugió—. ¡Apuesto lo que sea a que esta vez Leslie ha encontrado la horma de su zapato!
—Un maestro de escuela que Leslie no podrá manejar a su antojo —comentó Clayton Frazier.
Corey Hyde , que tenía dinero en el banco donde Leslie Harrington era consejero, esbozó una sonrisa insegura.
—El ramo textil debe de ser un buen negocio —dijo Makris, mientras abría la puerta del Packard nuevo de Leslie Harrington .
—No puedo quejarme —dijo Harrington—. No puedo quejarme.
El dueño de la fábrica se enfureció consigo mismo por esta súbita tendencia a repetir todas las palabras.
Makris se quedó inmóvil cuando iba a entrar en el coche. Una mujer se dirigía hacia ellos y, cuando pasó bajo la farola de la esquina, Makris vio su cabello rubio y su elegante abrigo negro.
—¿Quién es? —preguntó.
Leslie Harrington forzó la mirada en la oscuridad. Cuando la figura se acercó, sonrió ampliamente.
—Es Constance MacKenzie —dijo—. Quizás ustedes dos tengan mucho en común. Ella también vivía en Nueva York. Una mujer muy agradable, y además hermosa. Viuda.
—Preséntemela —dijo Makris, enderezándose.
—Desde luego. Desde luego, estaré encantado. ¡Oh, Connie!
—¿Sí, Leslie?
La voz de la mujer era sonora y profunda, y Makris reprimió el deseo de arreglarse el nudo de la corbata.
—Connie —dijo Harrington—, me gustaría presentarte al nuevo director de las escuelas, el señor Makris. Señor Makris, Constance MacKenzie.
Constance alargó la mano y, mientras él la estrechaba, le miró fijamente a los ojos.
—¿Cómo está usted? —dijo al fin.
Tomas Makris se desconcertó, pues su voz revelaba algo muy parecido al alivio.
—Me alegro de conocerla, señora MacKenzie —dijo Makris, y pensó: «Me alegro mucho de conocerte, muñeca. Quiero conocerte mucho mejor, en una cama, por ejemplo, con ese cabello rubio desparramado sobre una almohada».
3 Main Street, en castellano, significa ‘calle Mayor’. (N. de la T.)