Peyton Place (Peyton Place 1) 22
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Al cabo de unos días, Tomas Makris se apeó del tren en la estación de Peyton Place .

Ningún otro pasajero bajó con él. Se detuvo en el andén vacío y miró atentamente a su alrededor; tenía la costumbre de grabar en su mente una sólida imagen de cualquier sitio nuevo para no olvidarlo jamás.

Permaneció inmóvil, notaba el peso de las dos maletas que llevaba, y pensó que en este caso no había mucho que ver u oír.

Eran casi las siete de la tarde, pero, por la actividad que había, podría ser medianoche o las cuatro de la madrugada.

A su espalda no vio otra cosa que los raíles de la vía férrea y oyó el lejano silbato del tren al cruzar el ancho río Connecticut. Hacía frío.

Para estar en abril, pensó Makris estremeciéndose bajo el abrigo, hacía mucho frío.

«Treinta y seis setenta y cinco —pensó Makris, abriendo la estrecha puerta de la estación—. Parece el precio de un traje barato.»

El interior del edificio estaba iluminado por varias bombi llas colgadas de portalámparas que, en otro tiempo, debían de haber sido farolas de gas, y había hileras de bancos hechos con la peor madera que existía, el roble americano.

No había nadie sentado en ellos. Las paredes, mal enyesadas, estaban bordeadas por la misma madera amarillenta, y el suelo era de mármol negro y blanco.

En una de las paredes había una jaula con barrotes de hierro y detrás de ellos, un hombre delgado, con una nariz ganchuda, gafas con montura de acero y corbata estrecha observaba a Makris.

—¿Hay algún sitio donde pueda dejar esto? —preguntó el nuevo director, indicando las dos maletas a sus pies.

—Puede dejarlo en la habitación contigua —dijo el hombre de la jaula.

—Gracias —contestó Makris.

Atravesó un estrecho corredor abovedado que conducía a una habitación más pequeña.

Era una réplica de la otra, decorada con roble americano, mármol y lámparas de gas transformadas, pero con otras dos puertas.

Ambas ostentaban un gran letrero. HOMbrES , decía uno.

MUJERES , decía el otro. Contra una pared había una hilera de armarios metálicos grises, y Makris los encontró casi familiares.

Era lo único de la estación que le recordaba ligeramente a algo que hubiera visto en su vida.

—Ah —murmuró—, sombras de la Grand Central.

Se inclinó para introducir las maletas en uno de los armarios. Depositó la moneda de diez centavos, extrajo la llave y observó que éste era el único armario ocupado.

«Una ciudad bulliciosa», pensó, y volvió a la habitación principal. Sus pisadas resonaron con fuerza sobre el limpio suelo de mármol.

Leslie Harrington había dicho a Makris que le llamara a su casa en cuanto bajara del tren, pero Makris dejó atrás la solitaria cabina telefónica de la estación.

Primero quería ver la ciudad solo, a través únicamente de sus propios ojos.

Además, la noche que Harrington le telefoneó, Makris llegó a la conclusión de que el presidente de la junta escolar de Peyton Place era un hombre convencido de su propia importancia, y, por lo tanto, debía de ser muy pesado.

—Oiga, abuelo —empezó Makris, dirigiéndose al hombre de la jaula.

—Me llamo Rhodes —dijo el anciano.

—Señor Rhodes —empezó otra vez Makris—, ¿sabría decirme cómo puedo ir a la ciudad? He observado que hay una angustiosa carencia de taxis ahí fuera.

—Malo sería que yo no lo supiera.

—Que usted no supiera, ¿qué?

—Decirle cómo tiene que ir a la ciudad. Hace más de sesenta años que vivo aquí.

—Muy interesante.

—Usted es el señor Makris, ¿eh?

—Ha acertado.

—¿Es que no va a llamar a Leslie Harrington ?

—Más tarde. Primero quiero tomar un café. Escuche, ¿no puedo conseguir un taxi en alguna parte?

—No.

Tomas Makris reprimió una carcajada. Empezaba a creer que todo lo que había oído sobre estos adustos habitantes de Nueva Inglaterra era verdad.

El anciano de la jaula daba la impresión de haber estado chupando limones durante años.

Ciertamente, la acritud no era uno de los rasgos de aquella pequeña secretaria de Pittsburgh que afirmaba ser de Boston, aunque ella misma dijo que era una irlandesa del este de Boston, y que, por lo tanto, no podía considerársela como una verdadera representante de Nueva Inglaterra.

—En este caso, ¿le importa decirme qué camino debo tomar para ir andando a la ciudad, señor Rhodes? —preguntó Makris.

—En absoluto —contestó el jefe de estación, y Makris observó que había pronunciado las dos palabras como una: Enasoluto—. Salga por esa puerta, dé la vuelta a la estación hasta llegar a la calle y siga recto dos manzanas. Así llegará a Elm Street.

—¿Elm Street? ¿Es la calle principal?

—Sí.

—Tenía la idea de que la calle principal de todas las ciudades pequeñas de Nueva Inglaterra se llamaba Main Street . 3

—Quizá —dijo el señor Rhodes, que se enorgullecía, cuando estaba molesto, de recalcar las sílabas—. Quizá sea verdad que la calle principal de todas las demás ciudades pequeñas se llama Main Street . Sin embargo, en Peyton Place no es así. Aquí la calle principal se llama Elm Street.

«Punto. Y aparte —pensó Makris—. Siguiente pregunta.»

—Peyton Place es un nombre extraño —dijo—. ¿Cómo es que lo escogieron?

El señor Rhodes retiró la mano y empezó a cerrar el panel de madera que había detrás de los barrotes de su jaula.

—Ya es hora de cerrar, señor Makris —dijo—, y le sugiero que se ponga en marcha si quiere tomar un café. La cafetería de Hyde cierra dentro de media hora.

—Gracias —dijo Makris al panel de madera que súbitamente se interpuso entre él y el señor Rhodes.

«Bastardo encantador», pensó, mientras abandonaba la estación y empezaba a subir por la calle llamada Depot.

Tomas Makris era un hombre de osamenta grande y músculos que parecían vibrar cada vez que se movía.

En las acerías de Pittsburgh era, según le dijo una atrevida secretaria, como una ilustración de un obrero metalúrgico.

Sus brazos, bajo las mangas arremangadas por encima del codo, eran extraordina riamente musculosos, y los botones de sus camisas de trabajo siempre parecían a punto de saltar cuando intentaba cubrir la tensión de su pecho.

Medía un metro noventa y dos centímetros, pesaba noventa y cuatro kilos, desnudo parecía todo menos un maestro de escuela.

De hecho, la amable secretaria de Pittsburgh le había dicho que con su traje azul oscuro, camisa blanca y corbata oscura, parecía un obrero metalúrgico disfrazado de maestro, algo que no inspiraría confianza a ningún habitante de Nueva Inglaterra.

Tomas Makris era un hombre guapo, su piel oscura y cabello negro le conferían una innegable seducción y, por ello, tanto los hombres como las mujeres le consideraban más atractivo que inteligente.

Esto era un error, pues Makris tenía una mente tan analítica como un matemático y tan curiosa como un filósofo.

Fue su curiosidad la que le impulsó a dejar la enseñanza durante un año para trabajar en Pittsburgh.

Había aprendido más cosas sobre economía, trabajo y capital en un solo año que en diez años de leer libros.

Tenía treinta y seis años y no lamentaba en absoluto no haber permanecido el tiempo suficiente en un puesto para «progresar», como dijo la secretaria de Pittsburgh.

Era honrado, carecía totalmente de diplomacia, y era víctima de un genio inflamable que tendía a soltarle una lengua que había aprendido a hablar en el East Side de la ciudad de Nueva York.

Makris estaba a la mitad de la segunda manzana de Depot Street , que conducía a Elm Street, cuando Parker Rhodes, al volante de un viejo sedán, pasó junto a él. El jefe de estación miró por la ventanilla del lado del conductor y echó una ojeada al nuevo director de las escuelas de Peyton Place .

«Hijo de perra —pensó Makris—. Demasiado cerdo para ofrecerse a llevarme en su vieja carraca.»

Después sonrió y se preguntó por qué el señor Rhodes se habría mostrado tan sensible respecto al tema del nombre de la ciudad.

Seguiría preguntando y comprobaría si todos los habitantes de este lugar olvidado de Dios reaccionaban del mismo modo.

Había llegado a la esquina de Elm Street y se detuvo para dar un vistazo a su alrededor.

Allí se levantaba una casa blanca, rematada por una cúpula, con almidonadas cortinas de encaje en las ventanas.

Recortadas contra la luz del interior, vio a dos mujeres sentadas a una mesa con un tablero de damas entre ellas.

Eran gruesas y tenían el cabello blanco, y Makris pensó que parecían haber trabajado demasiado en la misma escuela de jovencitas.

«Me pregunto quiénes serán», se dijo, mirando a las dos solteronas de la ciudad.

Se apartó de la casa blanca de mala gana y se dirigió hacia el oeste por Elm Street.

Cuando había andado tres manzanas, llegó a un pequeño restaurante, bien iluminado y de aspecto cuidado.

«Cafetería Hyde» decía un cortés letrero de neón, y Makris abrió la puerta y entró.

El lugar estaba vacío, sólo había un anciano sentado a un extremo de la barra y otro hombre que salió de la cocina al oír que se abría la puerta.

—Buenas noches, señor —dijo Corey Hyde .

—Buenas noches —respondió Makris—. Café, por favor, y un trozo de pastel. Cualquiera.

—¿De manzana, señor?

—Cualquiera.

—Bueno, también tenemos de calabaza.

—El de manzana está bien.

—Creo que también queda una ración de pastel de cerezas.

—El de manzana —dijo Makris— me parece bien.

—Usted es el señor Makris, ¿verdad?

—Sí.

—Encantado de conocerle, señor Makris. Me llamo Hyde. Corey Hyde .

—¿Cómo está usted?

—Muy bien, por regla general —dijo Corey Hyde— . Seguiré bastante bien mientras nadie abra otro restaurante.

—Oiga, ¿puede traerme el café?

—Desde luego. Desde luego, señor Makris.

El anciano del extremo de la barra tomó un sorbo de café con una cuchara y miró disimuladamente al recién llegado. Makris se preguntó si el anciano podía ser el tonto del pueblo.