Peyton Place (Peyton Place 1) 21 #2
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—¡Por el amor de Dios, Nellie! —le reprendió Constance—. ¡Tenga cuidado con lo que dice!

El señor Abner Firth era el director de las escuelas de Peyton Place y había muerto de un paro cardíaco aquella misma mañana.

—Es una lástima —dijo Constance distraídamente.

—¿Está segura, señora Cross? —preguntó Allison.

—Pues claro que estoy segura. Un hijo de perra menos en este triste mundo.

En la escuela, la señorita Elsie Thornton estaba pálida, pero tenía los ojos secos. Pidió a todos los niños que al día siguiente llevaran diez centavos para comprar flores al señor Firth.

—Nos costará mucho reemplazar al viejo Firth en esta época del año —dijo Leslie Harrington , que era presidente de la junta escolar—. Caramba, habría podido esperar a la primavera para tener ese maldito paro cardíaco.

Roberta Carter, la madre de Ted, que también formaba parte de la junta escolar, dijo:

—No hay necesidad de ser irreverente, Leslie.

—No me vengas con eso, Bobbie —dijo Harrington.

Theodore Janowski, obrero de la fábrica y tercer miembro de la junta, meneó la cabeza con impaciencia al oír a Leslie y la señora Carter.

Aunque se suponía que Janowski completaba la junta escolar de Peyton Place y representaba a la población de la ciudad, en sus dos años de servicio no había votado ni una sola propuesta.

Leslie Harrington decidía la política a seguir, él y la señora Carter discutían un rato, y, después, los dos declaraban lo que debía hacerse.

De vez en cuando se volvían hacia Janowski y le preguntaban:

—¿Está usted de acuerdo, señor Janowski?

—Sí —contestaba siempre Janowski.

—Nos pondremos en contacto con una de las agencias de maestros de Boston —decidió Harrington—. Ellos encontrarán a alguien. Ahora será mejor que todos nos retratemos y enviemos una corona al viejo Abner; maldita sea su alma.

Era ya casi abril y ningún signo presagiaba el fin del invierno, cuando la Agencia de Maestros de Boston notificó el nombre de una persona cualificada para ser el director de las escuelas de Peyton Place . Se llamaba Tomas Makris y era oriundo de la ciudad de Nueva York.

—¡Makris! —rugió Leslie Harrington—. ¿Qué clase de nombre es éste?

—Griego, me parece —comentó la señora Carter.

—No sé, señor Harrington —dijo Janowski.

—Sus recomendaciones son excelentes —aseguró la señora Carter—, aunque me imagino que es un poco inestable. Mira la razón que da para dejar su último empleo: «Para ir a trabajar a la fábrica de acero de Pittsburgh y ganar más dinero». La verdad, Leslie, no creo que nos convenga alguien así.

—Por el amor de Dios, nada menos que un griego y, además, un simple obrero. Esta agencia de Boston debe de estar dirigida por estúpidos.

Theodore Janowski no dijo nada, pero por primera vez sintió la imperiosa necesidad de dar un puñetazo en la boca de Leslie Harrington.

—¿Qué tal Elsie Thornton? —sugirió la señora Carter—. Dios sabe que ha enseñado el tiempo suficiente en nuestras escuelas para conocerlas de arriba abajo.

—Es demasiado vieja —comentó Harrington—. Está a punto de jubilarse. Además, el cargo de director no es para una mujer.

—En este caso —dijo ásperamente la señora Carter—, me parece que ha de ser Makris o nadie.

—No nos precipitemos, por favor —dijo Harrington.

La junta escolar aplazó su decisión hasta mediados de abril, cuando recibieron una breve nota del Departamento de Educación del Estado notificándoles que una escuela no podía funcionar sin administrador y que la junta escolar de Peyton Place debía tomar medidas para remediar inmediatamente la situación.

El hecho de que Abner Firth también hubiera dado tres clases de inglés, una asignatura requerida en todos los niveles, y que estas clases no se impartieran desde su muerte, hacía imperativo, a los ojos del Departamento del Estado, que se contratara a un sustituto sin más dilaciones.

Aquella misma tarde, Leslie Harrington se decidió a telefonear a Tomas Makris y solicitó una conferencia con Pittsburgh, Pensilvania, a cobro revertido.

—¿Acepta una llamada a cobro revertido del señor Leslie Harrington ? —preguntó la operadora.

—Ni hablar —dijo Makris con voz profunda—. ¿Quién es Leslie Harrington ?

—Un momento, por favor —contestó la operadora.

Cuando transmitió la pregunta de Makris a Harrington, Leslie contestó a gritos que era el presidente de la junta escolar de Peyton Place, y que, si Makris estaba interesado en obtener un empleo allí, sería mejor que aceptara una llamada a cobro revertido.

Desgraciadamente, la operadora dejó la línea abierta mientras Harrington hablaba, y, antes de que pudiera repetir su mensaje en palabras más corteses, el propio Makris empezó a gritar.

—¡Puede irse al infierno, señor Harrington! —gritó al teléfono—. Si no puede pagar una llamada de larga distancia, tampoco podrá pagarme a mí —y colgó el auricular.

Dos minutos después, su teléfono volvió a sonar y la operadora le informó de que el señor Harrington estaba en la línea y que la llamada se pagaría en Peyton Place .

—¿Y bien? —preguntó Makris.

—Haga el favor de escucharme, señor Makris —dijo Leslie Harrington— . Hablemos del asunto con sensatez.

—Usted paga —afirmó Makris—. Adelante.

Al día siguiente toda la ciudad comentaba que Leslie Harrington había contratado a un griego como director de las escuelas.

—¿Un griego? —se preguntó la ciudad entera con incredulidad—. Por el amor de Dios, ¿no es bastante que tengamos a toda una colonia de polacos y canadienses trabajando en la fábrica para que ahora vengan los griegos?

—¡Santo cielo! —exclamó Marion Partridge—. No sé en qué estaría pensando Roberta Carter. Antes de que nos demos cuenta, tendremos una frutería en Elm Street.

—Es una suerte para mí que él sea el único en la ciudad —dijo Corey Hyde , que poseía el restaurante más grande de Peyton Place— . ¿Sabe lo que dicen que pasa cuando un griego conoce a otro griego? ¡Se miran un momento y abren un restaurante!

—Esta vez has metido la pata, Leslie —dijo Jared Clarke— . ¿A quién se le ocurre contratar a un griego? ¿Qué mosca te ha picado?

—No me ha picado ninguna mosca —replicó Harrington con furia—. Era el único hombre con buenas recomendaciones que pudimos encontrar. Tiene un máster en Columbia y ese tipo de cosas. Es un buen hombre.

Leslie Harrington nunca admitió que no había tenido más remedio que contratar a Tomas Makris. Nunca le dijo a nadie que casi rogó a Makris que fuera a Peyton Place y no pudo explicarse a sí mismo por qué lo había hecho.

—¿Cuánto paga? —había preguntado Makris. Y, al oír la respuesta de Leslie: —¿Está de broma? Ya puede quedarse con su empleo.

Leslie había aumentado la oferta en cuatrocientos dólares anuales y le había ofrecido pagarle el transporte hasta Peyton Place . Makris exigió un apartamento de tres habitaciones con calefacción, en un barrio decente y con un contrato riguroso, no por un año sino por tres.

—Estoy seguro de que la junta escolar no tendrá nada que objetar —había dicho Leslie Harrington , quien, cuando colgó, sudaba y se sentía ridículamente débil e inútil.

«Yo te enseñaré, señor Griego Independiente Makris», pensó Harrington. Pero tenía miedo, por primera vez en su vida, y no habría podido decir por qué.

—Cualificado o no —dijo Jared Clarke— , esta vez has metido la pata, Leslie.

La opinión de Jared era compartida por toda la ciudad con la salvedad del doctor Matthew Swain y la señorita Elsie Thornton.

—A los niños les irá bien tener a un tipo joven como director —dijo el doctor Swain—. Les estimulará un poco.

«Un máster de la Universidad de Columbia —pensó la señorita Thornton—. Un hombre joven, bien educado y sin miedo.» Tuvo un fugaz recuerdo para la directora del Smith College . «Aún puedo demostrártelo —pensó la señorita Thornton—. ¡Ya verás!»

Los ancianos reunidos en la tienda de Tuttle, para quienes las escuelas nunca habían tenido el menor interés, ahora hablaban con volubilidad sobre el nuevo director.

—¿Un tipo de Nueva York, has dicho?

—Sí. Un tipo griego que viene de Nueva York.

—¡Caramba, nada menos!

—La verdad es que no me parece correcto. Con todos los profesores que llevan años aquí, dar el mejor trabajo a un tipo griego que no es de la ciudad...

—Oh, no sé —dijo Clayton Frazier—. Siempre es bueno ver caras nuevas.

Allison MacKenzie fue a la tienda de modas para hablar a su madre del nuevo director, que pronto llegaría a la ciudad.

—¿Makris? —preguntó Constance—. ¡Qué nombre más raro! ¿De dónde es?

—De Nueva York —dijo Allison.

A Constance le dio un vuelco el corazón.

—¿De la ciudad de Nueva York? —preguntó.

—Eso es lo que han dicho los niños.

Constance se apresuró a colgar un nuevo envío de faldas y Allison no notó que su madre parecía súbitamente nerviosa. Ella misma estaba demasiado inquieta para darse cuenta de nada porque la verdadera razón por la que fue a la tienda no era la de hablar del nuevo director.

—Me gustaría tener un vestido nuevo —dijo de repente.

—¿Ah, sí? —preguntó Constance, sorprendida—. ¿Tienes alguna idea especial?

—Un vestido de fiesta —dijo Allison—. Tengo una invitación para la fiesta de primavera del mes próximo.

—¡Una invitación! —exclamó Constance con incredulidad, dejando caer las dos faldas que tenía en las manos—. ¿De quién?

—De Rodney Harrington —dijo tranquilamente Allison—. Acaba de pedirme que vaya con él.

Allison no se sentía tranquila. Recordaba la noche de su fiesta de cumpleaños, cuando Rodney la había besado porque era demasiado mayor para darle unos azotes.