21
Allison yacía inmóvil y escuchaba los sonidos del invierno.
La nieve producía un sonido casi imperceptible al chocar con el cristal de la ventana de su dormitorio, como el azúcar sobre la superficie del café caliente, y se amontonaba en silencio, con delicadeza, resultaba imposible mirarla y pensar en algún peligro.
Era fácil olvidar el recuerdo de gigantescas ramas desprendidas de los árboles por el traidor peso de la nieve, o el cuento del cazador, envuelto en el falso calor de una sábana blanca, que murió congelado, o la historia de un perrito extraviado en un fantástico mundo plateado que al fin cayó en un barranco.
Allison escuchaba el suave murmullo de la nieve contra su ventana y sólo recordaba su belleza.
Procuraba no oír el viento, que la asustaba con su persistencia y poder.
Los vientos invernales no soplaban en ráfagas sobre el norte de Nueva Inglaterra.
Eran como seres vivientes, respirando incesante y fuertemente, con hálitos tan fríos como la muerte.
Allison escondió la cabeza bajo las mantas y tuvo miedo de que la primavera no llegase jamás.
Al invierno aún le quedaba mucho tiempo por delante en esta segunda semana de febrero, pero Allison tenía la sensación de que, cuando la primavera llegase, su vida se solucionaría milagrosamente. Le invadía una sensación de vaga inquietud, pero no sabía cuál era la causa de su desasosiego.
—Ya nada es como antes —solía decir con rabia.
En los últimos tiempos apenas veía a Selena Cross, que cuando no estaba con Ted Carter estaba ocupada buscando algún trabajo ocasional.
—Estoy ahorrando —le dijo Selena un sábado por la tarde, cuando Allison le propuso ir al cine—. Estoy ahorrando para comprarme aquel vestido blanco de la tienda de tu madre y ponérmelo cuando nos graduemos. Ted ya me ha invitado al baile de primavera. ¿Irás tú también?
—Claro que no —se apresuró a contestar Allison, que prefirió dar la impresión de no querer ir a que Selena adivinara que nadie la había invitado.
—Ted y yo salimos juntos —dijo Selena.
—¡Ted, Ted, Ted! —exclamó Allison de mal humor—. ¿Es que no sabes hablar de otra cosa?
—No —dijo sencillamente Selena.
—Bueno, opino que es odioso, eso es lo que creo —dijo Allison.
Sin embargo, Allison empezó a prestar más atención a su ropa y Constance ya no tuvo que apremiarla para que se lavara el pelo.
Hizo una incursión secreta en una tienda de saldos, donde compró un sujetador con almohadillas de gomaespuma en las copas, y cuando Constance comentó que su hija se estaba desarrollando rápidamente, Allison le dirigió una mirada lánguida.
—Al fin y al cabo, madre —dijo—, cada día que pasa me hago un poco mayor, ¿sabes?
—Sí, querida, lo sé —dijo Constance, disimulando una sonrisa.
Allison se encogió de hombros con impaciencia. Le parecía que su madre se volvía un poco más tonta cada día y que tenía una habilidad especial para decir lo más inconveniente en el momento menos adecuado.
—¿Cómo es que ya no vemos a Selena Cross por aquí? —preguntó Constance, hacia finales de febrero.
Allison estuvo a punto de gritar que Selena no iba a casa de las MacKenzie desde hacía muchas semanas, y que, si Constance había necesitado tanto tiempo para darse cuenta de ello, debía de ser porque era tan ciega como tonta.
—Supongo que en ciertos aspectos soy más madura que Selena —dijo a su madre.
Pero fue horrible, al principio, perder a Selena.
Allison creyó morir de soledad y pasó más de un sábado por la tarde llorando en su habitación en vez de ir a husmear por las tiendas ella sola.
Luego se hizo amiga de Kathy Ellsworth , una niña nueva en la ciudad, y dejó de echar de menos a Selena.
A Kathy le encantaba leer y pasear, y pintaba cuadros.
Fue esto último lo que impulsó a Allison a hablar a Kathy de las historias que había intentado escribir.
—Estoy segura de que lo entenderás, Kathy —dijo Allison—. Los artistas siempre se comprenden.
Kathy Ellsworth era menuda y callada. Allison solía tener la impresión de que si alguien golpeara a Kathy sus huesos se desintegrarían, y a veces la joven estaba tan quieta y callada que Allison casi olvidaba que se encontraba allí.
—¿Te gustan los chicos? —preguntó Allison a su nueva amiga.
—Sí —dijo Kathy, y Allison se sobresaltó.
—Quiero decir si te gustan realmente.
—Sí, me gustan —contestó Kathy—. Cuando sea mayor me casaré y compraré una casa y tendré una docena de hijos.
—¡Pues yo no! —exclamó Allison—. Yo seré una famosa escritora. Muy famosa. Y nunca me casaré. ¡Odio a los chicos!
Otra de las cuestiones que inquietaron a Allison durante aquel invierno fue el tema de los chicos.
Permanecía despierta en la cama con frecuencia y experimentaba sensaciones muy peculiares.
Le gustaba manosear su cuerpo y cuando lo hacía siempre recordaba el día que cumplió trece años y el modo en que Rodney Harrington la había besado.
Entonces se acaloraba y empezaba a sudar o a sentir escalofríos.
Trataba de imaginarse que otros muchachos la besaban, pero bajo sus párpados cerrados siempre aparecía la cara de Rodney y casi anhelaba sentir el contacto de sus labios otra vez.
Apretaba las palmas de las manos sobre el abdomen y las deslizaba hacia sus pequeños senos.
Frotaba las yemas de los dedos sobre los pezones hasta que se endurecían, y esto le provocaba una extraña sensación en algún lugar situado entre sus piernas que, aunque la desorientaba, era muy agradable.
Una noche trató de imaginarse lo que sentiría si fueran las manos de Rodney las que le acariciaran el pecho y notó que la cara le ardía.
—Realmente odio a los chicos —le dijo a su amiga Kathy, aunque empezaba a practicar miradas provocadoras en el espejo y en la escuela, durante todo el día, era consciente de la presencia de Rodney en el asiento vecino al suyo.
—¿Te ha besado un chico alguna vez? —preguntó a Kathy.
—Oh, sí —contestó tranquilamente Kathy—. Varios. Me gustó.
—¡No es verdad! —exclamó Allison.
—Sí, claro que sí —dijo Kathy, quien, según Allison había descubierto, no mentía jamás, y ni siquiera era discreta si eso implicaba una ligera deformación de la verdad—. Sí —repitió Kathy—, me gustó mucho. Incluso un chico me besó una vez igual que en las películas.
—¡No es posible! —exclamó Allison—. ¿Cómo lo hizo?
—Oh, ya sabes. Me metió la lengua en la boca al besarme.
—Oh —dijo Allison.
Aquel invierno, Kathy y Allison cambiaron radicalmente sus costumbres de lectura. Empezaron a registrar la biblioteca en busca de libros con fama de «eróticos» y se los leían la una a la otra en voz alta.
—Me gustaría tener unos pechos como el mármol —dijo tristemente Kathy, cerrando un libro—. Los míos tienen unas venas azules que se ven a través de la piel. Me parece que haré un cuadro de una chica con senos de mármol.
—Kathy es maravillosa —dijo Allison a Constance—. Tiene talento, imaginación, de todo...
«Dios mío —pensó Constance—, primero la hija de un borracho y ahora la hija de un obrero itinerante. ¡Allison tiene un gusto deplorable!»
Constance no tenía mucho tiempo libre para estar con su hija.
Había comprado el establecimiento contiguo a la tienda de modas y ahora estaba muy ocupada ampliando el negocio.
Montó un departamento de calcetines y camisas de caballero y otro de ropa infantil, y a primeros de marzo contrató a Selena Cross para que trabajara en la tienda después de la escuela.
También contrató a Nellie Cross para que fuera a limpiarle la casa tres veces por semana, y fue entonces cuando Allison se dio cuenta de que Nellie había adquirido la costumbre de hablar sola.
—Unos hijos de perra, todos sin excepción —murmuró, golpeando furiosamente la madera del suelo—. Hasta el último de ellos.
Allison se acordó del día en que se subió encima de la caja de embalaje y miró por la ventana de la cocina de los Cross.
—Alcohol y mujeres. Mujeres y alcohol —murmuró Nellie, y Allison se estremeció, recordando el grito de Selena en aquella fría tarde de noviembre.
Nunca se había decidido a contar esta historia a nadie, ni siquiera mencionó a Selena que la había visto, pero poco des pués vio un libro en cuya cubierta había una esclava con las muñecas atadas encima de la cabeza, desnuda de cintura para arriba, mientras un hombre de expresión cruel la golpeaba con un látigo.
Llegó a la conclusión de que eso era lo que ocupaba la mente de Lucas Cross aquella tarde en que ella miró por la ventana de su cocina.
Lucas debió de golpear a Sellena hasta hacerle perder la razón.
—Hijos de perra —dijo Nellie—. Oh, hola, Allison. Ven y siéntate, te contaré un cuento.
—No —dijo apresuradamente Allison—. No, gracias.
—De acuerdo —contestó Nellie alegremente—. Cuéntamelo tú.
Era una tarde fría y nevosa, Nellie estaba planchando en la cocina de las MacKenzie. Allison se sentó en la mecedora junto al horno.
—Hace muchísimos años —empezó Allison—, en un país muy lejano, vivía una hermosa princesa...
Nellie Cross siguió planchando, con los ojillos brillantes y la boca entreabierta. Desde ese día, siempre que Allison estaba en casa, Nellie sonreía y decía: «Cuéntame un cuento», y todos tenían que ser distintos pues Nellie la interrumpió una vez y dijo:
—No. Ése no. Ya me lo contaste el otro día.
—Quizá Nellie Cross parezca sucia —dijo Constance—, pero mantiene esta casa impecable.
Una mañana de marzo, Nellie llegó a casa de los MacKenzie antes de que Constance se fuera a trabajar.
—No se ha enterado de lo del señor Firth, ¿verdad? —le preguntó.
Nellie tenía la desconcertante costumbre de reírse entre dientes, y ahora se rió así.
—Se cayó redondo, nada menos —dijo a Constance y a Allison—. Estaba quitando la nieve de delante de su casa y se cayó muerto allí mismo. Ya sabía yo que acabaría así. Un hijo de perra, eso es lo que era. Como todos los demás. Unos hijos de perra.