20
El doctor Matthew Swain pasó lentamente frente a la casa de Kenny Stearns para ver, según sus propias palabras, si se había caído algún otro cuerpo fuera de la bodega.
Vio que la ventana de la bodega de Kenny estaba abierta y la negra cortina aleteaba al frío viento invernal, de modo que acercó el coche a la acera y se detuvo.
«Por el amor de Dios —pensó—, si alguno de ellos se ha quedado dormido con esa ventana abierta, Mary tendrá un hospital lleno de borrachos enfermos.»
Se apeó del vehículo y fue lentamente hacia la ventana de la bodega con la intención de echar una ojeada para asegurarse de que todo iba bien y cerrar la ventana si ninguno de los borrachos estaba suficientemente despierto para hacerlo por sí mismo.
«Suena como si fuese un gesto muy noble —se dijo a sí mismo—, pero la verdad es que estaba deseando echar un vistazo a la bodega. Me pregunto cómo pasan el tiempo. —Se inclinó para mirar por la ventana—. Y me pregunto cómo han podido vivir con esta peste durante seis semanas.»
—¡Dios misericordioso! —exclamó el médico en voz alta.
Kenny Stearns yacía al pie de las escaleras de la bodega, inconsciente y cubierto de sangre.
—Está muerto, de eso no hay duda —dijo el médico—. Si alguna vez he visto a un hombre desangrado, éste es, sin duda, Kenny Stearns.
Se incorporó rápidamente y fue a la casa vecina para pedir una ambulancia.
A los pocos minutos, el tramo de calle frente a la casa de Kenny empezó a llenarse de gente y, cuando llegó la ambulancia del hospital, el conductor y su ayudante tuvieron que abrirse paso a empujones hasta la bodega.
Los teléfonos sonaron en toda la ciudad, y personas que ya se habían acostado o que leían delante de la chimenea se lanzaron a la calle para unirse a la multitud que había acudido a presenciar cómo el doctor «sacaba a rastras a los borrachos de la bodega de Kenny».
—Ocurre lo mismo en las prisiones —dijo el doctor Swain a Seth Buswell unos minutos después—. Algunos lo llaman vía clandestina de información, pero a mí siempre me ha parecido algo de dominio público. Nadie admite haber dicho una palabra, pero en cuanto ocurre algo, todo el mundo parece saberlo.
Se volvió hacia el grupo de ancianos que normalmente sólo desafiaban al frío de la calle para ir a la tienda de ultramarinos de Tuttle.
—¡Por el amor de Dios —rugió el médico—, dejen el paso libre!
Los dos hombres que llevaban la camilla la introdujeron con suavidad en la parte trasera de la ambulancia, y la multitud empezó a murmurar.
—Pobre Kenny.
—¿Está muerto?
—¡Jesús! ¡Mira cuánta sangre!
—He oído decir que había querido cortarse la garganta con una navaja de afeitar.
—Se ha cortado las venas con una botella rota.
—Ha habido una pelea y se han atacado unos a otros con cuchillos. Todos borrachos, naturalmente.
La ambulancia hizo cuatro viajes en total, llevándose a Kenny en el primero y a Lucas Cross en el último.
Selena Cross se hallaba entre la multitud, sujetando fuertemente la mano de su hermano Joey.
Cuando Lucas fue sacado a rastras de la bodega, chillando, maldiciendo y ahuyentando insectos imaginarios, notó que Joey se apretaba contra ella, tratando de sepultar la cabeza en la falda de su vestido.
El conductor de la ambulancia y su ayudante tenían cogido a Lucas por el cogote y los brazos y le arrastraban por el jardín de Kenny.
—¡Ahí está Lucas Cross! —gritó alguien del gentío.
—¡Miradlo! ¡Borracho como una cuba!
—¡Tiene delírium tremens!
Lucas chillaba:
—¡Soltadme! ¡Cuidado!
La multitud se reía de su ridículo aspecto. Él hundía los talones en el suelo y envaraba el cuerpo para protestar contra los hombres que le arrastraban.
—¡Cuidado! —gritó Lucas, e intentó ocultar la cara en la bata blanca de los enfermeros de la ambulancia.
—Tranquilízate, Lucas —dijo el doctor Swain con suavidad—. Te pondrás bien. Ahora ve con esos chicos y no te preocupes.
Lucas miró al médico como si nunca lo hubiera visto.
—¡Cuidado! ¡No les dejen atacarme! ¡Se me comerán vivo!
Joey Cross se echó a llorar, pero Selena no. Observó a Lucas con los ojos llenos de odio.
«Patán despreciable —pensó—. Asqueroso bastardo. Vago borracho. Ojalá te mueras.»
—¡Tengan cuidado! —gritó alguien entre la multitud—. ¡Se escapa!
Lucas había conseguido librarse de uno de sus captores y forcejeaba locamente con el otro.
Propinó una patada en la ingle al hombre que aún le sujetaba y, cuando éste le soltó, echó a correr en amplios círculos, dándose palmadas en los brazos y los muslos e intentando al mismo tiempo taparse la cara.
—¡Cuidado! —gritó al gentío—. ¡Están cubiertos de baba!
La multitud prorrumpió en carcajadas y Selena siseó silenciosamente entre dientes:
—Espero que te mueras. Ojalá te hubieras caído fulminado, maldito hijo de perra.
Joey se tapó la cara y sollozó.
Charles Partridge esperó a que Lucas pasara corriendo frente a él y entonces agarró al asustado individuo abrazándolo grotescamente.
—Vamos, Lucas... —dijo amablemente el doctor Swain—. Ven conmigo. No pasa nada.
Finalmente consiguieron meter a Lucas en la ambulancia y cerraron la puerta tras él, pero incluso desde dentro del largo vehículo la voz de Lucas llegaba con nitidez a la multitud exterior.
—¡Cuidado! ¡Cuidado!
La ambulancia se alejó y Selena zarandeó a Joey.
—Vamos, pequeño. Diremos a mamá que al fin lo hemos visto.
Los dos se abrieron paso entre el gentío y muchas caras se volvieron para observarlos al pasar.
—Por ahí van los hijos de los Cross.
—Es una vergüenza, un hombre con una familia.
—No sé cómo su esposa lo resiste.
—Yo lo siento por los niños.
—Bueno, ¿qué puede esperarse de la gente de las barracas?
«Cállense —habría querido gritar Selena—. Cállense. No necesito su despreciable piedad. Sólo quiero que se callen.»
Mantuvo la cabeza erguida, como si andara sola, sin mirar a derecha ni a izquierda. Se dirigió hacia Elm Street, llevando a su hermano pequeño Joey de la mano.
—Te acompaño —dijo una voz tras ella.
Selena volvió rápidamente la cabeza.
—No te necesito, Ted Carter —dijo con brusquedad, volcando en él la ira que sentía hacia la multitud—. Vuelve al centro de la ciudad. Tu familia se ha esforzado mucho por llegar allí. No lo estropees ahora yendo a las barracas.
Ted la agarró del brazo; lo sintió rígido y tenso bajo sus dedos.
Selena se desasió.
—No te necesito —dijo—. No necesito a nadie. Guarda tu asquerosa piedad para alguien que la quiera. Déjame en paz.
Una sabiduría innata hizo que Ted guardara silencio y se colocara al lado de Joey. Tomó al niño de la mano y Selena y él se encontraron a ambos lados del pequeño. Joey se sintió casi aliviado y protegido.
—Vamos, Selena —dijo Joey—. Volvamos a casa.
Las tres figuras bajaron por la desierta calle principal de Peyton Place, y sus pies resonaron con fuerza en las aceras desprovistas de nieve.
Anduvieron sin hablar hasta el final de la calle asfaltada y enfilaron el camino de tierra.
Cuando llegaron al claro donde se levantaba la barraca de los Cross, Joey se desasió de ellos.
—¡Voy a decírselo a mamá! —exclamó, y echó a correr hacia la casa.
Selena y Ted se quedaron solos, todavía sin hablar, inmóviles en medio del camino.
Después, Ted puso ambos brazos alrededor de Selena y la atrajo hacia sí.
No la besó y la tocó sólo lo necesario para sujetarla, y, al fin, Selena empezó a llorar.
Lloró silenciosamente, sin mover el cuerpo, y su cara húmeda fue el único signo visible de que estaba llorando.
—Te quiero, Selena —le susurró Ted al oído.
Ella siguió llorando hasta dolerle todo el cuerpo y entonces se apoyó, como un peso muerto, sobre Ted, de modo que si el muchacho se hubiera movido, ella se habría desplomado y caído.
Ted la cogió de la mano y la llevó a un lado del camino, y ella le siguió como una idiota o una sonámbula, indiferente y amodorrada.
Ted la hizo sentar en el frío suelo y después se sentó a su lado, sosteniéndola, apoyando su rostro sobre la solapa de su abrigo, y le acarició el cabello con sus dedos helados.
—Te quiero, Selena.
Se desabrochó el abrigo y se acercó más a ella, abrigándola en parte, y metió las manos por debajo de la raída chaqueta que Selena llevaba con la intención de darle calor.
—Te quiero, Selena.
—Sí —murmuró ella.
No fue ni una pregunta ni una exclamación de alegría. Fue una aceptación.
—Quiero que seas mía.
—Sí.
—Para siempre.
—Sí.
—Nos casaremos, cuando terminemos la escuela superior. Sólo son cuatro años y un poco más.
—Sí.
—Seré abogado, como el viejo Charlie.
—Sí.
—Pero nos casaremos antes de que tenga que irme a la universidad.
—Sí.
Permanecieron inmóviles largo rato. La única luz de la barraca de los Cross se apagó, y la oscuridad del bosque les envolvió.
Selena estaba apoyada en Ted, tan fláccida como una muñeca de trapo.
Cuando él la besó, ella le ofreció su boca sin resistencia ni entrega, y su cuerpo no se apartó ni se inclinó hacia él. Únicamente estaba allí, dócil y sumisa.
—Te quiero, Selena.
—Sí.
Estaba nevando. El frío había sobrevenido silenciosamente en forma de gruesos copos que pronto cubrieron el suelo.