Peyton Place (Peyton Place 1) 19
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Fue el doctor Matthew Swain quien encontró a Henry Mc-Cracken.

El médico regresaba a su casa tras atender a un paciente en las afueras cuando vio algo en la cuneta de la carretera.

Frenó en seco inmediatamente y salió del coche para investigar.

A la luz de los faros vio una figura inmóvil, tendida de bruces, sobre el barro.

Era Henry, inconsciente, horriblemente sucio y sangrando de un corte en la frente.

Como el médico declararía después, era Henry, respirando todavía y oliendo a demonios.

El doctor Swain lo miró un momento y después lo recogió, se lo cargó sobre un hombro y lo llevó al coche, dejándolo en el asiento trasero.

Fue directamente al hospital de Peyton Place, donde Henry fue confiado a dos enfermeras que lo desnudaron, bañaron y maldijeron su suerte mientras frotaban cada centímetro de su sucio cuerpo.

—Ánimo, chicas —dijo el doctor Swain, después de coser la cabeza de Henry—. Dejad que el muchacho duerma unas cuantas horas y os desviviréis todas por atenderle.

Las dos enfermeras miraron la boca abierta de Henry y su cara sin afeitar, a la que el limpio vendaje de la frente daba un aspecto ligeramente lascivo, y menearon la cabeza.

—Es usted el colmo, doctor —dijo la enfermera Mary Kelley , que no era especialmente original en sus comentarios.

—No, no lo soy —repuso el médico—. Él, sí.

Mary hizo una mueca a espaldas del médico.

—Váyase a su casa y métase en la cama, doctor —le dijo—. Y no se pare a recoger a nadie por el camino.

—No me tomes el pelo, Mary —contestó el médico—. Sé que tienes una debilidad especial por este tipo de hombres. ¡Buenas noches!

Mary Kelley meneó la cabeza.

—Ese doctor Swain —comentó a la enfermera Lucy Ellsworth— . Vaya un modo de hablar. Le conozco desde niña, pero no he podido acostumbrarme a él. Cuando hacía las prácticas aquí estuve a punto de desanimarme y dejarlo todo por culpa de sus burlas.

—¿Se burlaba de ti por este mismo hombre? —preguntó Lucy Ellsworth.

Lucy era relativamente nueva en Peyton Place y aún no había tenido tiempo de familiarizarse con sus leyendas y anécdotas.

Sólo hacía seis meses que había llegado a la ciudad, cuando su marido obtuvo un empleo en la fábrica Cumberland.

John Ellsworth cambiaba de trabajo con frecuencia, eternamente descontento con su suerte y siempre en busca de algo mejor.

Lucy ya era enfermera diplomada cuando se casó con John y siempre decía que eso constituía una gran suerte, pues había tenido que trabajar desde entonces para hacer frente a las necesidades de ambos y, más tarde, también de la hija que tuvieron.

Lucy Ellsworth decía muy a menudo que habría abandonado a John si no fuera por Kathy.

Pero, después de todo, una criatura necesitaba a su padre y, aunque John tenía sus defectos, era bueno con la niña; en estos tiempos una mujer no podía pedir mucho más, ¿o sí?

Kathy tenía trece años y estaba en octavo.

A veces Lucy decía que cuando la niña fuera mayor, lo bastante mayor para darse cuenta de lo que sucedía, ambas abandonarían a John y su desasosiego.

—El doctor se burla de todo y de todos —dijo Mary Kelley— . Aún no la ha tomado contigo porque eres nueva aquí, pero espera a que se acostumbre a verte y verás lo que quiero decir.

—¿Qué ocurrió para que estuvieras a punto de dejar las prácticas? —inquirió Lucy.

—Oh, no tuvo nada que ver con Henry —dijo Mary, alisando melancólicamente la sábana que cubría las delgadas piernas de Henry—.

Fue por un enorme negro que tuvimos aquí una vez.

El hombre sufrió un terrible accidente de automóvil y lo trajeron aquí porque era el sitio más próximo.

Fue el primer negro que había visto de cerca en mi vida.

El doctor trabajó la mayor parte de la noche remendando al negro y después lo llevamos a la sala con el resto de los pacientes, todos blancos.

Todas las mañanas el doctor salía de la sala y me susurraba: «Mary, vigila a ese negro», y todos los días yo le preguntaba por qué.

En aquella época me tomaba el trabajo muy en serio e intentaba aprenderlo todo a la vez.

«No importa —decía el doctor—, tú ten los ojos bien abiertos.

Ese tipo es distinto de todos los que has visto hasta ahora.

» El doctor es un hombre que ama a todo el mundo.

A blancos, a negros, incluso a los verdes si existieran; el color no tiene importancia para él.

«¿Qué quiere decir distinto? —pregunté al doctor—.

¿Porque tiene la piel tan negra?» «No», dijo el doctor, y en aquel mismo momento yo debí haber comprendido que se proponía tomarme el pelo, pero acababa de empezar las prácticas y tenía el convencimiento de que un hospital no era lugar para bromas; además, nunca he podido acostumbrarme al sentido del humor del doctor.

»“No, Mary —dijo el doctor—. No es su piel. Me sorprendes, una chica lista como tú.” Yo estaba a punto de llorar, pensando que quizás había pasado por alto algo que debería haber aprendido en clase.

“¿A qué se refiere?”, le pregunté, y el doc tor se inclinó y me susurró al oído: “Mary, ¿no sabes que las personas de color se tiran pedos negros?”.

Créeme si te digo que estuve a punto de tener un ataque.

“Bonita forma de hablar —dije— para el hombre que me trajo al mundo.” Oh, yo sabía que debía tratar siempre con respeto a todos los médicos, incluso al doctor Swain, pero estaba tan furiosa que no me importaba nada.

El doctor ni siquiera sonrió, sino que me miró, sorprendido.

“No es ninguna broma, Mary —dijo—. No sería capaz de engañar a una chica tan guapa como tú. Sólo quería advertirte, por si tienes que volver a cuidar a un negro alguna vez.” Y yo era tan tonta que le creí.

Ésta es una de las jugarretas del doctor.

Sabe decir las mentiras más tremendas con la mayor seriedad del mundo, y es capaz de lograr que cualquiera le crea.

Puedes estar segura de que vigilé a ese negro.

Ni siquiera podía eructar, y mucho menos otras cosas, sin tenerme a su lado para ver todo lo que tuviera que ver.

Lo vigilé días y días, y, finalmente, una mañana el doctor salió de la sala y fue a mi encuentro en el pasillo.

“Ya está —dijo—. ¿No te lo había advertido?” “¿A qué se refiere”, le pregunté, y él me miró, sorprendido.

“Pero, Mary, ¿no lo has visto?” “Ver, ¿qué?”, le pregunté.

“Ven, deprisa”, dijo, y me condujo de la mano hasta la sala.

Naturalmente, allí no había nada, y el doctor miró a su alrededor, muy inocente y asombrado, y dijo: “Hum, es curioso, debe de haber salido por la ventana”.

“¿Qué?”, le pregunté, muy excitada. “El hollín”, contestó, y me alarmé mucho, pensando que me estaba regañando por el modo en que las estudiantes limpiábamos la habitación.

“¿Qué hollín?”, le pregunté. “El de ese negro —dijo—. Estaba aquí hace un minuto y ese hombre se pedorreó y toda la habitación quedó negra de hollín.”

Lucy Ellsworth lazó una carcajada tan fuerte que Henry se movió en sueños, y Mary se llevó un dedo de advertencia a los labios.

—Shh —dijo—. No veo que sea tan gracioso. Creo que fue cruel hacer algo así a una chica tan joven.

Suspiró con impaciencia y apagó la luz de la habitación de Henry mientras Lucy salía corriendo al pasillo con un pañuelo sobre la boca para ahogar sus carcajadas.