Peyton Place (Peyton Place 1) 18 #2
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18 #2

—¿Dónde está la condenada botella?

—Vamos, Henry. Te ayudaré a saltar por la ventana.

—Traeré tres cajas de cerveza. Será mejor.

—Mejor trae una caja para cada uno —aconsejó Kenny.

—Apartadlos de la ventana —ordenó Lucas—. ¡Deprisa!

Cuando Henry se hubo marchado, todos los hombres, menos Lucas, se sentaron a esperar su regreso.

Lucas siguió agazapado en el rincón, lloriqueando y echando una ojeada por entre los dedos de vez en cuando.

Cada vez que se destapaba los ojos, chillaba: «¡Cuidado!

» y después volvía a tapárselos rápidamente.

—Henry tarda demasiado —dijo un hombre.

—Seguramente se ha quedado en White River para emborracharse —dijo otro.

—Si hay algo que odio, es un hijo de perra que no comparte lo que tiene.

Un hombre, sentado a cierta distancia de los demás, empezó a moverse cuidadosamente hacia el otro extremo de la bodega.

Era Angus Bromley, que creía recordar haber escondido una botella encima de una de las vigas más bajas.

Se fue apartando lentamente de los demás y nadie reparó en él.

Todos seguían comentando la veleidad de Henry McCracken , que se había ido hacía unos ocho minutos.

—Vaya un hijo de perra ese Henry.

—Debe de estar pasándoselo en grande en White River .

—Habrá conocido a alguna ramera, eso es lo que habrá pasado, y estará divirtiéndose con ella. Con nuestro dinero.

—¡Dios mío! —gimió Lucas—. ¡Dios mío, ayúdame!

—Ese hijo de perra de McCracken. Se ha largado para emborracharse.

—Toda su maldita familia bebe. Hasta el último de los Mc-Cracken es un borracho.

—Con nuestro dinero.

Angus Bromley consiguió llegar a un lugar debajo de una viga y observó la amplia tabla sobre su cabeza.

Se puso de puntillas lentamente, deslizando las manos con cuidado sobre la viga que tenía encima, y al fin cerró los dedos en torno al cuello de una botella.

Bajó el tesoro con infinitas precauciones y lo sostuvo delante de los ojos.

—Preciosa —murmuró, acariciando los hombros de la botella como si pertenecieran a una hermosa mujer—. Preciosa, preciosa.

Se dejó caer en el suelo y rompió apresuradamente el sello de la botella. El tapón echó a rodar y Angus se llevó el gollete a los labios.

Kenny Stearns giró bruscamente la cabeza al oír el ruido de un tapón cayendo sobre el suelo de cemento, y vio a Angus... bebiendo.

—¡Mirad! —gritó Kenny a los demás hombres—. ¡Angus tiene una botella!

Los hombres se volvieron hacia Angus, que se enjugó la boca y ocultó rápidamente la botella debajo de la camisa.

—Estás loco, Kenny —dijo y sonrió de modo conciliador—. Estás borracho, Kenny. Estás borracho y ves cosas raras. Yo no tengo ninguna botella.

—¡Bastardo! —gritó Kenny.

Se abalanzó sobre Angus, que no tuvo tiempo de prepararse para un ataque y fue derribado y cayó al suelo.

Kenny logró rescatar la botella en el último momento.

La cogió fuertemente con ambas manos y dio varias patadas a la cabeza de Angus, quien gimió y no volvió a moverse. A los pocos minutos, empezó a roncar.

—Repugnante bastardo —murmuró Kenny y se volvió hacia los otros—. ¿Quién quiere un trago? —gritó.

Todos los hombres empezaron a ponerse en pie, e incluso Lucas bajó una de las manos para mirar a Kenny.

—Quien logre quitármela se la queda —dijo Kenny, y sin más palabras se llevó la botella a la boca.

Los hombres, como animales hambrientos, gruñendo y con los ojos desorbitados, se acercaron lentamente a Kenny, rodeándole, en espera del momento oportuno.

Kenny se echó a reír.

—El que sea lo bastante hombre para quitármela se la queda —dijo, y después alzó un pie para dar un empujón al primer hombre que se abalanzó sobre él.

Kenny tenía una ventaja, un apoyo, pues su espalda se apuntalaba en la gran chimenea de la bodega, pero los demás no podían confiar en otra cosa más que en su equilibrio, el cual, en ese momento, era nulo.

A los diez minutos todo había terminado.

El ruido de cuatro hombres que roncaban llenaba la bodega y ahogaba los gemidos de Lucas.

—¡Bastardos! —exclamó Kenny—. Decir a un hombre que se vaya al infierno en su propia bodega. Les he dado su merecido. Al infierno con ellos. —Se acercó a Lucas—. Tú eres el único amigo que tengo, Lucas —dijo—. Mi único amigo verdadero en todo el mundo. Echa un trago.

No soltó la botella, sino que la aproximó a los labios de Lucas y la sostuvo mientras Lucas tragaba ávidamente.

—Ya basta —dijo Kenny, apartando la botella.

Lucas, saturado de alcohol tras largas semanas de beber sin tregua, cayó inconsciente al suelo.

Kenny se sentó apoyándose en una pared y tomó un largo trago de la botella.

Inmediatamente todo empezó a bailar ante sus ojos y se vio transportado a un día feliz en que llevó a Ginny a la feria del condado y subieron a la noria.

Entrecerró los ojos y vio las luces de la feria y oyó la música del organillo.

—Otra vez —dijo, y la noria empezó obedientemente a girar.

Kenny tomó otro trago. A las seis semanas del jolgorio más prolongado en la historia de la ciudad, el suelo de la bodega de Kenny estaba cubierto de vómitos y heces.

El hedor se había introducido por los tablones del suelo del piso superior y Ginny Stearns se había mudado hacía días a casa de una amiga suya que vivía junto al río.

Para Kenny esta bodega era, sin embargo, un hermoso centro de carnaval y placer.

—¡Otra vez! —exclamó, deseando quedarse eternamente en la noria—. Cógeme de la mano, Ginny. No tengas miedo.

Kenny miró hacia los hombres que dormían y vio la sonrisa de Ginny.

—¡Ahí vamos! —gritó, y le buscó la mano.

Pero ella desapareció de repente y Kenny se encontró solo en la noria.

—¡Paren! —gritó—. ¡Paren! ¡Paren! ¡Se ha caído! ¡Paren este maldito trasto!

La noria giraba cada vez más deprisa y la música de la feria resultaba súbitamente siniestra, como una alegre tonadilla desafinada y demasiado estridente.

—¡Ginny! —gritó—. ¡Ginny! ¿Dónde estás?

Logró ponerse en pie y miró a su alrededor mientras las luces de la feria se movían rápidamente en torno a él, subiendo, bajando, hiriéndole los ojos.

—¡Ginny! —chilló desde la noria.

Y entonces la vio. Paseaba del brazo de un hombre sonriente y empalagoso. El desconocido iba vestido con ropa urbana. Miró hacia Kenny, atrapado en la noria, y se echó a reír con fuerza.

—¡Bastardo! —gritó Kenny—. ¡Ven aquí con mi Ginny!

Pero Ginny también reía. Volvió la cabeza y miró hacia Kenny, con los rojos labios abiertos en una carcajada que mostraba sus dientes blancos y cuadrados, riendo sin cesar.

—¡Ramera! —gritó Kenny—. ¡Maldita y sucia ramera!

Ginny se rió con más fuerza que antes y se encogió de hom bros y miró a su sonriente acompañante. Kenny vio las uñas pintadas de Ginny sobre la oscura manga del hombre y se imaginó sus senos y muslos rozando el costado del desconocido.

—Os mataré —chilló, de pie en la noria—. ¡Os mataré a los dos!

Entonces Ginny y el desconocido empezaron a alejarse, sin parar de reír, como si no hubieran oído la amenaza de Kenny.

Andaban lentamente y Ginny alzó la mano y puso las yemas de los dedos sobre la mejilla del desconocido.

Kenny soltó la botella que tenía en las manos e intentó apearse de la noria.

Fue haciendo eses hasta la escalera de la bodega, y cuando llegó arriba se abalanzó contra la puerta. Sin embargo, ésta no cedió.

—¡Estoy encerrado! —gritó, moviendo insensatamente los dedos sobre los paneles de madera—. ¡Estoy encerrado en esta condenada noria! —Sus dedos tropezaron con el cerrojo doble de la puerta sin reconocerlo—. ¡Déjeme salir! —gritó al encargado de la noria—. ¡Déjeme salir, hijo de perra!

Pero el hombre no paró la noria y miró a Kenny sonriendo, con la cabeza como una calavera y los dientes amarillos brillando en la oscuridad.

Kenny echó a correr escaleras abajo y cogió el hacha que había dejado junto al montón de leña varias semanas antes. Se volvió hacia el sonriente encargado de la noria.

—¡Me abriré paso a hachazos, bastardo! —gritó.

Subió las escaleras a todo correr y cuando llegó arriba empezó a descargar el hacha sobre los paneles de la puerta.

—¡Os mataré a los dos! —gritó a Ginny y al desconocido, que habían dejado de andar y lo observaban.

La sonrisa de Ginny había desaparecido, reemplazada por el miedo que convulsionaba su rostro y torcía su boca, y el corazón de Kenny dio un vuelco de gozo.

—¡Tú serás la primera, ramera asquerosa! —gritó—. Te alcanzaré y te partiré la cara a hachazos.

El hacha se incrustó nuevamente en los paneles de la puerta de madera y esta vez Kenny tuvo que forcejear para desprenderla. Al fin lo logró, y la levantó por encima de su cabeza. Apuntó al fondo de la vagoneta de la noria y dejó caer el hacha trazando un enorme arco.

De repente, su pie empezó a sangrar. Mientras él lo miraba estúpidamente, la sangre manaba a borbotones a través de la piel cortada de su zapato.

Brotaba en abundancia, de modo que a los pocos minutos se encontró en medio de un charco de sangre.

Kenny Stearns perdió el equilibrio y se cayó de la noria, estrellándose entre la multitud que había abajo, mientras las carcajadas de Ginny resonaban en sus oídos.