18
Kenny Stearns levantó la cabeza y miró a su alrededor. Desde el rincón de la bodega donde estaba tendido discernió vagamente otras figuras echadas sobre el mismo suelo, y se preguntó quiénes podían ser.
—Parece que hay un montón de gente en esta bodega —dijo Kenny en voz alta.
—¿Quién eres tú? —preguntó, dando un vacilante empujón con un pie a un hombre que dormía—. ¿Quién eres tú?
Lucas Cross masculló y se volvió de costado.
—Vete al infierno —dijo.
—¿Qué es eso de decirme que me vaya al infierno en mi propia bodega? —inquirió Kenny—. Ésta es mi bodega, ¿no?
—Vete al infierno —repitió Lucas.
Kenny Stearns, deslizando la espalda sobre la pared de cemento que había tras él, logró ponerse en pie. Al fin se quedó inmóvil, apoyado en la fría piedra.
—Ningún hombre dice a Kenny Stearns que se vaya al infierno en su propia bodega —exclamó con fiereza.
Otros dos cuerpos se movieron en el suelo de la bodega y Kenny los miró tranquilamente.
—Más hijos de perra para decir a un hombre que se vaya al infierno en su propia bodega —declaró.
Hizo un movimiento en dirección a uno de los hombres que acababan de moverse.
—¡Eh, tú! —gritó Kenny—. ¿Qué haces en mi bodega?
Henry McCracken casi se levantó de un salto, atemorizado por la autoritaria voz de Kenny. Henry había estado soñando y en su sueño había oído la voz del comisario, su hermano Buck, que se metía con él dispuesto, como de costumbre, a gritarle por algo. Henry enfocó la mirada en Kenny.
—Diantre, me has dado un susto de muerte, Kenny —dijo con reproche—. Pensaba que eras el viejo Buck.
Kenny hizo un ademán despectivo.
—Ésa sí que es buena —replicó indignado—. Ningún comisario dirá a mis amigos lo que deben hacer en mi bodega.
—Sé buen chico, Kenny —dijo Henry, bostezando—. Tomemos otro trago y sigamos durmiendo.
—Eres mi amigo, Henry McCracken —manifestó Kenny—, mi único amigo verdadero.
Miró tristemente a su alrededor.
—No tengo ningún otro amigo en esta bodega, ¿sabes, Henry? Ni uno solo.
Kenny señaló al durmiente Lucas con un movimiento del pulgar.
—¿Lo ves? —preguntó—. ¿Ves a ese vago borracho? Me ha mandado al infierno hace apenas dos minutos, aquí, en mi propia bodega. ¿Qué te parece eso?
—Espantoso —contestó Henry, meneando la cabeza con pesadumbre—. Bueno, así son las cosas en este mundo. Tú crees que tienes un amigo y después te manda al infierno. Horrible. Me gustaría saber si Lucas ha podido librarse de todas las cucarachas que le estaban molestando.
—No lo sé —dijo Kenny—. Creo que veríamos alguna si aún las tuviera. Eran grises y verdes y subían por las paredes, según ha dicho Lucas.
—Debe de haberse librado de ellas —dijo Henry, mirando temerosamente las paredes de cemento—. No veo ninguna.
—Buena cosa —repuso Kenny con afectación—. No soporto los insectos. Desde pequeño. No quiero ningún maldito insecto en mi bodega.
—Pensaba que ibas a buscar una botella —dijo Henry.
—Sí. Ahora voy. Debe de haber alguna por aquí.
Kenny empezó a mirar el suelo de la bodega.
Sus ojos pasaban rápidamente de un lugar a otro, pero no se posaron en nada que pareciese una botella llena de licor.
Al fin, con un esfuerzo supremo, se apartó de la pared que había estado sosteniéndole y empezó a dar tumbos por la bodega.
Cogió una botella tras otra y observó melancólicamente el fondo vacío de cada una.
—Esos bastardos se lo han bebido todo —dijo a Henry—. Eso es lo que han hecho.
Se dirigió lentamente hacia la estufa y escudriñó el interior, y después, suspirando profundamente, metió la mano y buscó concienzudamente.
—Es inútil, Henry —dijo, casi llorando—. Esos bastardos se lo han bebido todo.
De repente, Henry lanzó un grito de alegría.
—¡Kenny! ¡Mira todos esos barriles! Míralos, alineados contra aquella pared, tan hermosos como una fila de muchachas en la feria del condado.
Kenny se volvió a mirar sus doce barriles de sidra. Sintió el olor del conocido perfume a manzana y humo de leña, y volvió a ver los chorros de líquido llenando los barriles.
—Dios mío, sí —dijo, avanzando con rapidez hacia los barriles de sidra—. Trabajé como un negro para llenarlos. ¿Cómo demonios he podido olvidarme de una cosa así?
Apoyó la mano en la primera espita, mientras Henry se arrastraba hacia él a cuatro patas.
—¡Diantre, Kenny, pon algo debajo de ese grifo! Que no caiga ni una gota en el suelo.
Kenny recogió una botella de whisky vacía y la sostuvo debajo de la espita. No ocurrió nada.
—¿Qué te parece eso? —preguntó a Henry—. Esos bastardos han vaciado un barril de mi sidra.
—Prueba con el siguiente.
—De acuerdo. Aguanta esta botella debajo de la espita.
Kenny apretó las espitas de todos los barriles mientras Henry aguantaba confiadamente la botella, y cuando terminaron no había una sola gota de sidra en la botella de whisky vacía.
—¡Que me ahorquen si esos bastardos no se han bebido hasta la última gota! —exclamó Kenny, realmente furioso.
Empezó a inclinar los barriles de modo que cayeron de lado y rodaron por el suelo de cemento. Dio una fuerte patada a cada uno maldiciendo hasta quedar agotado, y Henry empezó a llorar.
—Es inútil, Kenny —sollozó Henry—. No hay más sidra. Todo es inútil. —Se secó los ojos y se limpió la nariz con la manga de la camisa—. Vamos, Kenny, de este modo no llegaremos a ninguna parte. Despertaremos a Lucas. Es la única manera. Es hora de que Lucas haga otro viaje a White River .
Henry se arrastró hacia Lucas, y cuando llegó a su lado empezó a darle patadas con ambos talones.
—Despiértate, cerdo —ordenó Henry—. Despiértate y mueve el trasero. Es hora de ir a White River. ¡Despiértate, digo!
Lucas reaccionó protestando contra los talones que se hundían en su espalda.
—Vete al infierno —masculló.
Henry siguió dándole patadas y Kenny fue a ayudarle.
—¡Despiértate, vago borracho! —gritó Henry—. ¡Despiértate, cerdo!
—Vete al infierno —murmuró Lucas.
—¿Has oído eso? —inquirió Kenny con voz chillona—. ¿Qué te decía yo? Mandar a un hombre al infierno en su propia bodega.
—Es insultante, eso es lo que es —declaró Henry—. Dale una patada más fuerte, Kenny.
Al fin, Lucas gimió, se volvió sobre la espalda e intentó enfocar la vista en las vigas del techo de la bodega.
—¿Qué mosca os ha picado, amigos —protestó Lucas—, para moler a patadas a un compañero?
—Nos hemos quedado sin alcohol —dijo Henry—. Ya es hora de que hagas otro viaje a White River .
—Y un cuerno —replicó Lucas—. Cierra el pico y dame otro trago.
—¡No queda nada! —gritó Henry, furioso—. ¿Es que no me has oído? Ya es hora de que vayas a White River . No queda nada para beber. Levántate.
—Está bien —suspiró Lucas e intentó sentarse—. Oh, Dios mío.
Sus dos últimas palabras fueron un gemido, proferidas más como una plegaria que como una maldición, y se dejó caer sobre la espalda.
—Oh, Dios mío —repitió—. Han vuelto.
Se echó a llorar y se tapó los ojos con sus manos grises llenas de costras.
—¿Dónde? —preguntó Kenny—. ¿Dónde están ahora, Lucas?
Lucas siguió tapándose los ojos con una mano y señaló con la otra la pared opuesta.
—Aquí mismo. Detrás de ti. Por todas partes. ¡Oh, Dios mío!
Kenny clavó los ojos en la pared de la bodega.
—No veo nada —tartamudeó—. No veo nada de nada.
—Están allí —sollozó Lucas—. Son grises y verdes. ¡Están por todas partes!
Separó dos dedos y miró a través de éstos.
—¡Cuidado! —chilló, y empezó a darse palmadas en los muslos—. ¡Cuidado! ¡Vienen hacia nosotros!
—No veo nada —afirmó Kenny.
—¡Maldito bastardo! —gritó Lucas—. Estás borracho, borracho como una cuba, por eso no ves nada. ¡Cuidado!
Lucas se dobló sobre el estómago y se tapó la cabeza con las manos; casi inmediatamente se levantó de un salto y echó a correr hacia un rincón de la bodega donde se agazapó, jadeando.
—Estaban debajo de mí —sollozó, aterrorizado—. Justo debajo, esperando a que me echara para empezar el festín.
Kenny y Henry se agacharon para examinar el lugar donde Lucas había estado tendido.
—Aquí no hay nada —dijeron—. Absolutamente nada.
—¡Malditos borrachos! —gritó Lucas—. ¡Los dos estáis como una cuba!
Dos de los otros cuatro hombres que dormían se despertaron al oír los gritos de Lucas. Miraron a su alrededor con una mirada apagada e inexpresiva.
—¿Dónde está la botella? —preguntó un hombre.
—¡Cuidado! —gritó Lucas—. ¡Baja la cabeza!
—¿Dónde está la maldita botella?
—¡No hay ninguna! —chilló Henry, exasperado por aquella súbita confusión.
—No veo nada —dijo Kenny—. Ni una mosca.
—¿Dónde está la condenada botella?
—No hay más.
—Ni una mosca.
—Están cubiertos de baba. Baba verde.
—Iré yo —dijo Henry—. Iré yo mismo, al demonio con Lucas. Dame dinero.
Henry empezó a palparse los bolsillos. Sus dedos buscaron todos los escondites posibles en su ropa, pero no encontró nada.
—No tengo más dinero —dijo a Kenny.
—Yo tengo un poco, Henry —dijo Kenny, registrándose los bolsillos—. Siempre tengo dinero para mi amigo Henry Mc-Cracken. —Pero al cabo de unos minutos de búsqueda, dijo—: Me parece que estoy tan pelado como tú, Henry. No me queda ni un centavo.
—Quizás él tenga algo —dijo Henry, señalando al asustado Lucas.
Henry y Kenny se acercaron a Lucas y empezaron a registrarle, pero sus bolsillos también estaban vacíos. Los hombres que se habían despertado empezaron a su vez a registrarse, y, al no encontrar nada, buscaron en los bolsillos de los dos hombres que seguían durmiendo.
—Tengo que conseguir algo para beber —dijo Kenny—. Vamos, vaciad los bolsillos, muchachos. Despertaos. No hay nada para beber.
Cuando los hombres se hubieron registrado a sí mismos, empezaron a registrarse unos a otros.
—Tú tienes dinero —se acusaban mutuamente—. Lo tienes escondido. Ya está bien, sácalo. Todos para uno y uno para todos. Saca el dinero.
Al final reunieron seis centavos.
—Bueno, ya está —dijo Henry McCracken— . Iré yo.
Se levantó y chocó con la pared.
—Sí, muchachos, podéis contar conmigo. Me voy ahora mismo.
Se metió los seis centavos en uno de los bolsillos.
—Os traeré whisky y un par de cajas de cerveza —dijo a Kenny—. Así aguantaremos hasta mañana.
—¡Cuidado! —chilló Lucas—. ¡Oh, Dios mío!