17
Norman Page estaba sentado a la mesa de la cocina mientras su madre le servía una taza de chocolate caliente.
—¿Has pasado un buen día, cariño? —preguntó.
—Sí —dijo distraídamente Norman.
Estaba pensando en Allison y en la señorita Hester.
—Cuéntame qué has hecho, cariño.
—Nada especial. Lo mismo que otro día cualquiera. Hemos empezado a estudiar álgebra. La señorita Thornton dice que la necesitaremos cuando vayamos a la escuela superior.
—¿Ah, sí? ¿Te gusta la señorita Thornton, cariño?
—Es simpática. No es gruñona como algunas profesoras.
—¿Por qué has venido con Allison MacKenzie, Norman?
—Pasaba casualmente por esta calle y ha seguido andando conmigo.
—Pero ¿qué hacía en Depot Street ? Vive en Beech.
Éste era el momento de cada día más odiado por Norman. Todas las tardes tenía que sentarse a tomar chocolate caliente, o leche, o zumo de fruta, sin apetecerle casi nunca, mientras su madre le interrogaba sobre los niños con los que había estado.
—No sé lo que hacía Allison por aquí —contestó de mal humor—. Estaba en Depot Street cuando yo venía hacia aquí.
—¿Te gusta Allison, cariño? —preguntó la señora Page.
—Es simpática.
—¡Entonces te gusta!
—No he dicho eso.
—Sí, lo has dicho.
—No. Sólo he dicho que la encuentro simpática.
—Es lo mismo. ¿Te gusta tanto como la señorita Thornton?
—¡Tampoco he dicho que me gustara la señorita Thornton!
—¡Oh, Norman! ¡Tu voz!
La señora Page se dejó caer en su mecedora y prorrumpió en sollozos y Norman, sintiéndose avergonzado y culpable, corrió hacia ella.
—Oh, madre. No quería disgustarte. De verdad, no quería. Lo siento mucho.
—No importa, cariño. No puedes evitarlo. Es la sangre de tu padre que corre por tus venas.
—¡No lo es! ¡Tampoco lo es!
—Sí, cariño. Sí, lo es. Te pareces mucho a tu padre y también a Caroline y Charlotte.
—No es verdad.
Los ojos de Norman se llenaron de lágrimas, y no pudo controlar suficientemente los músculos de la garganta para reprimir un sollozo.
—¡No soy como ellas! —exclamó.
—Sí que lo eres, cariño. Sí, lo eres. Ah, bueno, quizá serás más feliz cuando yo me muera y puedas irte a vivir con tus hermanastras.
—No hables así, madre. ¡No vas a morirte!
—Sí, claro que sí, Norman. No tardaré mucho en morirme, y tendrás que irte a vivir con Caroline y Charlotte. Oh, hijo mío, incluso en el cielo lloraré al verte entre las garras de esas dos mujeres malvadas.
—¡No! ¡Oh, no, no, no!
—Oh, sí, cariño. Me moriré pronto y quizás estarás mejor sin mí.
—No vas a morirte. Claro que no. ¿Qué haría yo sin ti?
—Tendrías a Caroline y Charlotte, y a la señorita Thornton y a la pequeña Allison MacKenzie. Te las arreglarías sin tu madre.
Norman se dejó caer a los pies de su madre. Sollozaba histéricamente y le agarró la falda con ambas manos, pero ella no le miró.
—¡No, no me las arreglaría! Yo también me moriría. Sólo te quiero a ti, madre. No quiero a nadie más.
—¿Estás seguro, Norman? ¿No quieres a nadie más?
—No, no, no. A nadie más, madre. Sólo a ti.
—¿No te gustan la señorita Thornton y la pequeña Allison, cariño?
—No. ¡No, las odio! Odio a todo el mundo excepto a ti.
—¿Quieres a tu madre, Norman?
Los sollozos de Norman eran secos y dolorosos, e hipó entrecortadamente.
—Oh, sí, madre. Sólo te quiero a ti. Te quiero incluso más que a Dios. Dime que no me dejarás.
La señora Page acarició largo rato la cabeza inclinada de su hijo, que ahora reposaba sobre sus rodillas.
—Nunca te dejaré, Norman —dijo al fin—. Nunca. Claro que no voy a morirme.