16
Jared Clarke habría podido explicar a Allison muchas cosas de la señorita Hester Goodale , pues tenía motivos para recordarla bien.
La señorita Hester ya vivía en Peyton Place cuando Jared nació, pero no se encontraron cara a cara hasta muchos años después, cuando él ya era rico y miembro del consejo de administración municipal.
La señorita Hester representaba el primer gran fracaso de Jared y él no podía olvidarlo.
Cuando surgía el tema de la señorita Hester, Jared siempre explicaba la única visita que había hecho a su casa y, naturalmente, aunque explicaba su versión, nunca podía dejar de pensar que, cuando la gente reía, se reía de él y no con él.
Fue a la casa de la señorita Hester con Ben Davis y George Caswell, también miembros del consejo, para hablar con ella sobre el alcantarillado de la ciudad. Llamó a la puerta principal y esperó nerviosamente, retorciendo el sombrero en la mano hasta que ella abrió.
—Hemos venido a hablarle de las cañerías —dijo Jared a la señorita Hester después de intercambiar los saludos preliminares.
—Entren, caballeros —dijo ella.
Jared tuvo un fuerte sobresalto, como explicó después, al entrar en la sala de la señorita Hester.
La habitación estaba tan limpia como una patena y tanto la tapicería de los sillones como la alfombra parecían nuevas.
Era como una sala de espera, lista para recibir a un grato invitado en cualquier momento, y Jared recordó entonces que la señorita Hester había tenido un pretendiente.
En aquella época él sólo era un mocoso, pero recordaba que la gente hablaba sobre el tema. El enamorado de la señorita Hester solía detener su reluciente coche ante la puerta de los Goodale todos los domingos por la tarde.
—Un buen muchacho —había comentado la madre de Jared—. Ya es hora de que Hester piense en casarse. No es precisamente joven.
—Joven o no —dijo el padre de Jared—, sigue siendo una mujer muy atractiva.
—Es de las que adelgazan con la edad —dijo la madre de Jared, sin hacer caso a su marido—. Dentro de pocos años tendrá que empezar a cuidarse.
Toda la ciudad había esperado que Hester Goodale se casara. Cuando su pretendiente llevaba seis meses visitándola, el padre de Jared dijo que no entendía lo que le detenía.
—Tiene medios —dijo el padre de Jared, utilizando la forma de hablar de la ciudad para describir a alguien con un empleo estable y libre de deudas—. Y Hester ya no está de luto. Hace un año y medio que falleció su madre.
—Oh, seguramente quiere esperar para asegurarse —contestó la madre de Jared—. Al fin y al cabo, aunque quizá sea un buen muchacho, no es de por aquí, y toda precaución es poca cuando se trata de matrimonio. Apuesto a que se casará con él antes de junio.
Pero un domingo por la tarde fue el señor Goodale, el padre de Hester, quien abrió la puerta al joven.
Intercambiaron sólo unas pocas palabras que nadie supo jamás, pero después el señor Goodale cerró la puerta en las narices del joven.
El amigo de Hester subió a su victoria y se alejó.
Al día siguiente abandonó su empleo en el almacén de piensos y granos del padre de Jared y dejó Peyton Place. Nadie volvió a verlo jamás.
Unos meses después, el señor Goodale murió y la señorita Hester se quedó sola en la casa de Depot Street .
A partir de entonces la ciudad no la vio demasiado.
Vivía encerrada en sí misma, administrando cuidadosamente la pequeña suma de dinero que su padre le había dejado.
Se compró un gato y a los pocos años estaba ya en camino de convertirse en una leyenda.
—La señorita Hester tiene el corazón roto —se decía en la ciudad—. Sólo espera morirse.
La predicción de la madre de Jared se hizo finalmente realidad.
La delgadez de la señorita Hester se transformó en un enflaquecimiento extremo.
La piel parecía recubrir apenas sus huesos angulosos, y sus ojos brillaban como ascuas sobre una hoja de papel blanco.
Sus manos largas y delgadas parecían garras, y su cabello se aclaró hasta el punto de apenas cubrirle la cabeza.
Jared Clarke paseó la mirada por la sala de la señorita Hester, después la miró, y se preguntó si era posible que un hombre hubiera amado alguna vez a esta mujer. Movió torpemente los pies y se aclaró la garganta. La señorita Hester no invitó a sus visitantes a sentarse.
—¿Y bien, Jared? —preguntó.
—Se trata de las cañerías, señorita Hester —dijo Jared—. Debe de saber usted que ha costado mucho llegar a un acuerdo sobre el alcantarillado de la ciudad. Pero ahora el problema está zanjado. Votamos la instalación de cañerías en nuestro último pleno.
—¿Qué tiene todo eso que ver conmigo? —preguntó la señorita Hester.
—Bueno, vamos a pasar las tuberías maestras por debajo de las calles —dijo Jared—, la ciudad sufragará los gastos, pero todo el mundo ha consentido en pagarse los tramos de tubería que recorren la vivienda de cada uno.
—¿No acabas de decir —replicó la señorita Hester— que la ciudad se hará cargo de los gastos?
Jared sonrió pacíficamente.
—La ciudad pagará la instalación de las cañerías. El coste de la mano de obra.
—¿Debo entender, Jared —preguntó la señorita Hester—, que pretendes hacerme pagar las cañerías que pondrán debajo de una vía pública?
Jared meditó la respuesta adecuada. Había empezado a sudar y a odiar a esa mujer que hacía su trabajo más difícil de lo que era.
—Usted se beneficiará igual que el resto de la ciudad, señorita Hester —dijo—. Gracias a los conductos de la calle, podrá instalar tuberías en su casa.
—¿Para qué quiero tener tuberías en esta casa? —inquirió la señorita Hester.
Jared Clarke se sonrojó al tratar de encontrar un modo caballeroso de decir a la señorita Hester que no podía tener el único retrete exterior de Depot Street.
—Pero señorita Hester... —empezó y se interrumpió, incapaz de continuar.
—¿Sí, Jared? —La voz de la señorita Hester formuló la pregunta en un tono poco alentador.
—Bueno, las cosas son así... —empezó otra vez Jared—. Quiero decir que... Bueno, es así...
George Caswell , que no tenía tanta delicadeza, terminó la frase de Jared.
—Es así, Hester —dijo Caswell—. No queremos más retretes exteriores en la ciudad. Están bien para los tipos de las barracas, pero no quedan bien en medio de la ciudad.
Hubo un momento embarazoso durante el que no habló na die, y después la señorita Hester dijo: «Buenos días, caballeros», y los condujo hacia la puerta principal.
—Pero señorita Hester... —replicó Jared, y no fue más allá.
—Buenos días, Jared —se despidió la señorita Hester, y cerró la puerta de golpe.
—Esos Goodale son especialistas en cerrar la puerta en las narices de la gente —aseguró Ben Davis, y George Caswell y él se echaron a reír.
Pero Jared Clarke no se rió. Estaba furioso. Más tarde, en una reunión del recién formado Comité de Sanidad, tuvo que levantarse y admitir que no había podido convencer a la señorita Hester sobre la conveniencia de ayudar a pagar el nuevo sistema de alcantarillado de la ciudad.
—Bueno, legalmente no está obligada a hacerlo —dijo uno de los miembros del comité—. No existe ninguna ley de zonificación que obligue a nadie.
—Quizá no tenga el dinero —sugirió otro miembro del comité.
—Lo tiene —declaró Dexter Humphrey, que era presidente del banco.
—¡Está loca! —exclamó agriamente Jared—. Es la única explicación. ¡Está más loca que una cabra!
—Supongo que ahora el valor de la propiedad en Depot Street bajará —comentó Humphrey tristemente—. ¿Cómo va a ser de otro modo, con el retrete de la señorita Hester en medio de su jardín? Lástima que no hayas podido convencerla, Jared.
—¡Hice todo lo que pude! —gritó Jared—. Pero está loca, completamente loca.
—La casa contigua a la de Hester está en venta —comentó Humphrey—. Ahora nadie querrá comprarla.
—Lástima —dijo uno de los miembros del comité—. Tendrías que haberte impuesto, Jared.
—¡Oh, por el amor de Dios! —exclamó amargamente Jared.
Las tuberías del alcantarillado se instalaron en Depot Street , la ciudad se hizo cargo del coste de las que pasaban frente a la casa de Goodale, y finalmente alguien compró la casa contigua a la de la señorita Hester.
Cuando el impresor de la ciudad falleció, su familia vendió el negocio a un hombre joven llamado Albert Card, un impresor de Boston, y el señor y la señora Card compraron la casa de Depot Street contigua a la de Hester Goodale .
—Una pareja simpática —se dijo de los Card en Peyton Place .
—Sí. Él es un muchacho dinámico y emprendedor.
Los jóvenes Card se adhirieron a la iglesia congregacionista y al Club Pine Hill Grange.
—Ese Card es un muchacho muy agradable —comentó Jared Clarke— . Se interesa por todo. Su esposa y él están dispuestos a contribuir en lo que sea. Necesitamos más gente como ellos en esta ciudad. Son muy útiles a la comunidad.
—Escuche —le dijo Albert Card un día, poco después de haber comprado la casa—. ¿Quién es esa vieja bruja que vive en la casa del lado?
—Ésa —dijo Jared Clarke , apretando los labios— es la señorita Hester Goodale . Está loca.
—¿Qué me dice? El seto que separa las dos casas es muy alto y no la veo demasiado, pero la oigo merodear por el jardín trasero. Bueno, no exactamente a ella, sino a su maldito gato. A veces maúlla de una manera como si pudiera resucitar a los muertos. Debe de estar loca.
—Supongo que también oye a la señorita Hester —dijo Jared con amargura— cuando va y viene de su retrete exterior.
—Bueno, al menos oigo a su gato.
—Ese gato jamás se separa de la señorita Hester.
Oh, claro que está loca. No sale de esa casa más que para ir a comprar provisiones una vez a la semana y nadie va a visitarla.
Apuesto a que nadie ha estado en su casa desde que fui allí con Ben y George para hablarle del asunto de las tuberías.
Es toda una historia. Hace tiempo, antes de instalar el sistema de alcantarillado, me eligieron para ir a ver a la señorita Hester y decirle que debía pagar las tuberías que pasarían por delante de su casa.
Entré resueltamente en el jardín y llamé a la puerta.
«Escucha, Hester —le dije—, no hay vuelta de hoja, tienes que pagar tu parte de las cañerías.
Vamos, no nos andemos con tonterías. Hazme un cheque y me iré.
» Ella empezó a llorar y a gritar de un modo horrible, así que, en aquel mismo momento, les dije a Ben y a George que estaba loca y que lo mejor que podíamos hacer era dejarla en paz.
Más tarde, cuando Albert Card hubo contado esta historia a su esposa Mary, ella dijo:
—Esta ciudad debe de estar llena de tipos originales; primero la historia de Samuel Peyton y ahora esta de la señorita Hester Goodale .