15
El pequeño Norman Page bajó rápidamente por Elm Street y giró por Depot Street .
Cuando pasó ante la casa que hacía esquina con Depot y Elm, clavó los ojos en el suelo.
En esa casa vivían sus dos hermanastras, Caroline y Charlotte Page, y la madre de Norman le había dicho que esas mujeres eran malas y que debía evitarlas.
A Norman siempre le había extrañado tener a dos señoras tan viejas por hermanas, aunque lo fueran sólo a medias.
Eran realmente viejas, tanto como su madre.
Las señoritas Page, como las llamaban en la ciudad, ya habían sobrepasado los cuarenta, tenían la piel y el cabello blancos y ambas estaban solteras. Cuando Norman pasó frente a la casa, la cortina de una ventana se movió ligeramente, pero no pudo ver ni una mano ni una cara.
—Por ahí va el chico de Evelyn —dijo Caroline Page a su hermana.
Charlotte se acercó a la ventana y vio a Norman escabulléndose calle abajo.
—El pequeño bastardo —dijo con firmeza.
—No es un bastardo —suspiró Caroline—, y ésta es la pena. Mejor sería que lo fuera.
—Siempre será un bastardo en lo que a mí concierne —dijo Charlotte—. El hijo bastardo de una ramera.
Las dos hermanas profirieron estas frases con tanta determinación como si mordieran un tronco de apio, y el hecho de que las mismas palabras en letra impresa hubieran sido prohibidas por la censura y motivo de escandalizada consulta a la iglesia no les inquietaba en absoluto, ya que tenían de su parte la excusa de una indignación justificada.
Caroline dejó caer la cortina cuando Norman se perdió de vista.
—Lo lógico habría sido que Evelyn hubiera tenido la decencia de abandonar la ciudad cuando nuestro padre la dejó —declaró.
—¡Bah! —repuso Charlotte—. Ninguna ramera sabe lo que es la decencia.
El pequeño Norman Page no aminoró el paso ni suspiró con alivio cuando hubo dejado atrás la casa de sus dos hermanastras.
Aún tenía que pasar frente a la casa de la señorita Hester Goodale antes de refugiarse en el santuario de su propio hogar, y la señorita Hester le atemorizaba incluso más que las señoritas Page.
Siempre que se las encontraba por la calle, éstas se limitaban a mirarlo con indiferencia como si no lo conocieran, pero los negros ojos de la señorita Hester parecían traspasarle, llegar hasta su alma y ver todos los pecados que se ocultaban allí.
Norman se apresuraba porque era viernes e iban a dar las cuatro de la tarde, y justo ese día y a esa hora la señorita Hester salía de su casa y se dirigía hacia la ciudad.
Aunque Norman andaba por la acera opuesta a la que la señorita Hester iba a tomar, no por eso estaba menos asustado, pues sabía que los ojos de la señorita Hester lo veían todo en un radio de muchos kilómetros.
Ella podía traspasarle con la mirada tan fácilmente desde el otro lado de la calle como si estuviera a pocos pasos de él.
Norman habría echado a correr, pero si llegaba a su casa acalorado y jadeando, su madre pensaría que volvía a estar enfermo y lo metería en la cama.
Quizás incluso le pusiera una lavativa y, aunque eso siempre le producía a Norman un cierto placer agridulce, lo obligaba luego a quedarse acostado.
Hoy decidió que una lavativa no compensaba las horas de soledad que la seguirían, de modo que hizo un esfuerzo para seguir andando.
De repente vio una figura a pocos pasos de él, y al reconocer a Allison MacKenzie, empezó a gritar:
—¡Allison! ¡Eh, Allison! ¡Espérame!
Allison se volvió y esperó.
—Hola, Norman —dijo, cuando el muchacho la alcanzó—. ¿Vas a casa?
—Sí —repuso Norman—. Pero ¿qué haces tú por aquí? Estás muy lejos de tu casa.
—Estaba dando un paseo —dijo Allison.
— Entonces déjame pasear contigo —rogó Norman—. Detesto andar solo.
—¿Por qué? —preguntó Allison—. No hay nada de qué tener miedo. —Miró fijamente al muchacho—. Tú siempre tienes miedo de algo, Norman —dijo con sarcasmo.
Norman era un niño delgado, hecho de líneas muy delicadas.
Tenía una boca finamente dibujada que temblaba con facilidad y unos enormes ojos marrones casi siempre llenos de lágrimas.
Sus ojos estaban bordeados por unas largas y oscuras pestañas.
Como las de una chica, pensó Allison, y vio claramente las líneas de unas venas azules bajo la piel de sus sienes.
Norman era muy bien parecido, pensó Allison, pero no lo que la gente consideraba guapo.
Su belleza se asemejaba a la de una chica y su voz parecía también la de una chica, suave y aguda.
Los muchachos de la escuela le llamaban «nena», un nombre que él no trataba de rebatir.
Era tímido y lo admitía, asustadizo y lo sabía, y lloraba por nada y nunca procuraba dominarse.
—Apuesto a que aún se hace pipí en la cama —decía Rodney Harrington— . Eso en el caso de que tenga algo con que hacerlo, claro.
—Sí que hay algo de lo que tener miedo —dijo Norman a Allison—. Está la señorita Hester Goodale, nada más y nada menos.
Allison se echó a reír.
—La señorita Hester no te hará ningún daño.
—Quizá sí —se estremeció Norman—. Está loca, ya lo sabes. He oído a muchas personas que lo decían. Es imposible saber lo que hará una loca.
Los dos jóvenes se hallaban ahora frente a la casa Goodale.
—La verdad es que tiene un aspecto siniestro —comentó Allison, dejándose llevar por la imaginación.
Norman, que nunca había tenido miedo de la casa Goodale, se estremeció al oír las palabras de Allison. Ya no estaba viendo una pequeña casa destartalada, sino una mansión cuyas ventanas le contemplaban con ojos entrecerrados. Norman empezó a temblar.
—Sí —repitió Allison—, realmente tiene un aspecto siniestro.
—Corramos —sugirió Norman, olvidándose de su madre, de la lavativa y de todo, pues de repente le pareció que la casa de la señorita Hester tenía tentáculos listos para agarrar a los niños e introducirlos por la puerta principal de la casa.
Allison fingió no oírle.
—¿Qué debe de hacer ahí dentro, sola, durante todo el día?
—¿Cómo quieres que lo sepa? —preguntó Norman—. Limpia la casa, cocina y cuida de su gato, me imagino. Corramos, Allison.
—Si está loca, no —dijo Allison—. No puede hacer cosas tan normales y corrientes si verdaderamente está loca. Quizá pase las horas delante del fogón, echando serpientes y ranas troceadas a una gran marmita negra.
—¿Para qué? —preguntó Norman con voz temblorosa.
—Para hacer pócimas y bebedizos —dijo bruscamente Alli son—. Pócimas y bebedizos —repitió— para hacer maleficios y encantamientos.
—Eso es una tontería —replicó Norman, procurando dominar su voz.
—¿Cómo lo sabes? —inquirió Allison—. ¿Se lo has preguntado alguna vez a alguien?
—Claro que no. ¡Vaya una pregunta!
—¿Acaso no vas muy a menudo a casa del señor y la señora Card, los vecinos de la señorita Hester? Me dijiste que la señora Card te daría un gatito cuando su gata pariera.
—Así es —repuso Norman—. Pero nunca he preguntado a la señora Card qué hace la señorita Hester. La señora Card no es tan curiosa como otras personas que conozco. Además, ¿cómo crees que va a ver algo? Ese enorme seto que hay entre las dos casas impide que la gente vea la casa de la señorita Hester.
—Quizás oiga cosas —dijo Allison en un susurro—. Las brujas cantan cuando remueven sus pócimas. Vayamos a casa de la señora Card y preguntémosle si oye cosas raras en casa de la señorita Hester.
—¡Ahí está! —exclamó Norman, y trató de ocultarse detrás de Allison.
La señorita Hester Goodale salió por la puerta principal de su vivienda, se volvió para asegurarse de que estaba bien cerrada y salió por la puerta del jardín.
Llevaba un abrigo negro y un sombrero que debieron de estar de moda cincuenta años atrás, y arrastraba un enorme gato con una correa de cuerda.
El gato andaba sosegadamente, sin retorcerse ni intentar librarse de la cuerda, atada al collar en un extremo y enrollada varias veces en la mano de la señorita Hester en el otro.
—¿Se puede saber qué te pasa, Norman? —preguntó Allison con impaciencia en cuanto la señorita Hester se perdió de vista—. No es más que una anciana inofensiva.
—Nada de eso. Está loca. Incluso Jared Clarke lo cree. Se lo dijo a mi madre.
—¡Puf! —exclamó desdeñosamente Allison—. Si yo viviera en esta calle como tú, intentaría averiguar qué hace la señorita Hester cuando está sola. Éste es el modo de saber si una persona está loca, si es una bruja o algo por el estilo.
—Me daría miedo —admitió Norman sin vacilar—. Me daría más miedo hacer eso que subir al castillo de Samuel Peyton.
—A mí, no. No hay nada raro en la señorita Hester Goodale. Sin embargo, el castillo está lleno de cosas raras. Está encantado.
—Por lo menos, en el castillo no vive ningún loco.
—Ya no —dijo Allison.
Habían llegado a la casa de Norman y estaban hablando en la acera cuando Evelyn Page abrió la puerta principal.
—¡Por el amor de Dios, Norman! —exclamó la señora Page—. No te quedes ahí fuera, con este frío. ¿Es que quieres ponerte enfermo? ¡Entra inmediatamente! Oh, hola, Allison, querida. ¿Quieres entrar y tomar un chocolate caliente con Norman?
—No, gracias, señora Page. Tengo que volver a casa.
Allison se dirigió hacia la puerta de la vivienda con Norman.
—Señora Page, ¿es verdad que la señorita Hester Goodale está loca? —preguntó.
Evelyn Page apretó los labios.
—Eso dicen algunos —le contestó—. Entra en casa, Norman.
Allison bajó por Depot Street por donde Norman y ella habían venido. Ahora que estaba sola, anduvo por la acera donde se hallaba la casa Goodale, y se detuvo frente al portal para mirarla.
«Sí —pensó—, realmente tiene un aspecto siniestro. Si el señor Edgar Allan Poe viviera, apuesto a que escribiría algún espeluznante relato sobre la señorita Hester y su casa.»
Echó a andar nuevamente, pero sólo había dado unos pasos cuando una atrevida idea la hizo detenerse en medio de la acera.
«Yo podría —pensó con entusiasmo—. ¡Yo podría escribir un relato sobre la señorita Hester y su casa!»
La idea le produjo un escalofrío de excitación, y, al cabo de un momento, sintió un calor repentino en todo el cuerpo.
«Yo podría. Apuesto a que podría escribir un relato tan bueno como los del señor Edgar Allan Poe. Podría hacer un cuento tan terrorífico como La caída de la casa Usher . ¡La señorita Hester sería una bruja!»
Allison echó a correr y al llegar a su casa ya tenía pensadas las primeras líneas de su historia.
«Hay una casa en Depot Street de Peyton Place —escribiría—.
Es una casa marrón como las de Cape Cod, y parece fuera de lugar en su calle porque está junto a una preciosa casita blanca y verde habitada por el señor y la señora Card.
El señor Card es guapo y corpulento y no ha nacido aquí, sino en Boston o uno de esos sitios.
Ahora tiene una imprenta en la ciudad. La señorita Hester vive sola en su casa marrón con su gato Tom, y está completamente loca. »
Allison escribió estas palabras aquella misma noche.
Se encerró en el dormitorio y las anotó en una libreta de hojas blancas con rayas azules.
Cuando estuvieron escritas, las contempló largo rato.
No se le ocurría nada más que decir. Un nuevo respeto por Edgar Allan Poe y cualquiera que hubiese escrito algo empezó a tomar forma en su interior.
«Quizá ser escritor no sea tan fácil como creía —pensó—. Quizás haya que trabajar mucho para lograrlo.»
Cogió el lápiz, tachó las palabras que había escrito con grandes e impacientes trazos y después volvió la página de la libreta. Miró fijamente la hoja en blanco y empezó a mordisquearse la uña del pulgar izquierdo.
«No puedo escribir nada sobre la señorita Hester porque no la conozco —pensó Allison—. Tengo que hacer una historia sobre alguien que conozca.»
En aquel momento no lo sabía, pero acababa de dar el primer paso en su carrera.