Peyton Place (Peyton Place 1) 14
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El invierno había llegado y la ciudad yacía, aletargada, bajo un cielo gris que no permitía ver el sol.

Los niños, vestidos con llamativos trajes para la nieve aunque todavía no la hubiera, se dirigían apresuradamente hacia la escuela, ansiosos por llegar a los caldeados edificios que les esperaban al final de Maple Street .

Los bancos de madera que había frente al juzgado estaban desiertos; los ancianos que los habían ocupado durante el verano buscaban ahora refugio junto a la estufa de la tienda de ultramarinos de Tuttle.

Todo el mundo esperaba la llegada de la nieve, que amenazaba con hacer su aparición desde antes del Día de Acción de Gracias; sin embargo, el suelo aún estaba desnudo en esta primera semana de enero.

—El frío disminuiría si nevara —dijo uno de los ancianos.

—Pronto nevará.

—No lo creo. Hace demasiado frío para nevar.

—Eso es una tontería —dijo Clayton Frazier. Encendió la pipa y miró fijamente la cazoleta hasta que se sintió satisfecho de su resplandor—. En Siberia siempre nieva y la temperatura llega a los cuarenta grados bajo cero. Nunca hace demasiado frío para nevar.

—Eso no quiere decir nada. No estamos en Siberia. Hace demasiado frío para nevar en Peyton Place .

—No es verdad —dijo Clayton Frazier.

—¿Sabéis si esos tipos siguen en la bodega? —preguntó el hombre que estaba tan seguro de que no nevaría que renunció a seguir discutiendo el asunto con Clayton Frazier.

Éste era el gran tópico de conversación en Peyton Place y lo había sido desde Navidad. Era tan corriente que ya nadie necesitaba preguntar: «¿Qué tipos?» o «¿Qué bodega?».

El primero de diciembre, Kenny Stearns, Lucas Cross y otros cinco hombres desaparecieron en la bodega de Kenny, donde éste guardaba los doce barriles de sidra que había almacenado a principios de otoño.

Iban cargados con varias cajas de cerveza y tantas botellas de licor como podían llevar, y se habían quedado en la bodega desde entonces.

Los hombres colocaron un cerrojo doble en la parte interior de la puerta y todos los esfuerzos para derribar la barricada fueron inútiles.

—Ayer vi a uno de los chicos de la escuela que iba hacia allí con una bolsa llena de comida —dijo uno de los ancianos, poniendo los pies encima de la estufa caliente—. Le pregunté qué hacía y me dijo que Kenny le había enviado a buscar provisiones.

—¿Cómo entró el chico en la bodega?

—No entró. Me dijo que Kenny le había dado el dinero por la ventana y que cogió las provisiones del mismo modo.

—¿El chico vio algo?

—Nada. Dijo que Kenny ha colgado una cortina negra en la ventana para que nadie vea el interior, y que sólo abrió una rendija para darle el dinero y coger la comida.

—¿Por qué crees que esos tipos se han encerrado allí abajo y no hay modo de hacerlos salir?

—No lo sé. Por lo visto, Kenny prometió emborracharse como una cuba la próxima vez que sorprendiera a Ginny haciendo de las suyas. Debe de ser por eso.

—Quizá sí. Ya hace unas seis semanas que están allí abajo. —Me extraña que no se hayan quedado sin alcohol . Doce barriles de sidra no dan para mucho. Sobre todo cuando los que beben son siete.

—Vete a saber. Me han dicho que vieron a Lucas en White River una noche, muy tarde. Iba borracho y con una barba de treinta centímetros de largo. Quizá se escabulla de noche y vaya a White River para buscar más alcohol.

—Seis semanas. ¡Dios mío! Os apuesto cinco centavos a que no les queda ni una cerveza, por no hablar de lo demás.

—De todos modos, no entiendo por qué Buck McCracken no pone fin a esto.

—Supongo que el comisario está avergonzado y por eso no hace nada. Su propio hermano está en la bodega con Kenny y los otros.

—Por Dios que me gustaría verles a través de algún agujero en la pared. Lo que está pasando en esa bodega debe de ser para poner la piel de gallina a cualquiera.

—Ni siquiera el frío les ha hecho salir.

—No. Ginny me dijo que Kenny tiene una vieja estufa de hierro en la bodega y que bajó toda la leña antes de refugiarse allí con los demás. Ginny me dijo que había tenido que irse porque no podía bajar a buscar leña para las estufas de la casa.

Los hombres se echaron a reír.

—¡No creo que Ginny necesite leña para calentarse!

—Me pregunto qué debe hacer Ginny para tener compañía durante estas noches tan frías. Debe sentirse un poco sola con todos sus novios en esa bodega.

—¿ Ginny Stearns ? —replicó Clayton Frazier—. Ni por asomo.

Varios hombres se rieron.

—¿Cómo lo sabes, Clayton? ¿Acaso has ocupado el lugar que los otros han dejado?

Antes de que Clayton pudiera contestar, un grupo de co legiales irrumpió en la tienda y los hombres se callaron.

Los muchachos se arremolinaron alrededor de la máquina de caramelos de Tuttle, y los hombres en torno a la estufa fumaron en silencio, esperando.

Cuando los niños hubieron agotado las monedas y uno solo de ellos hubo comprado una barra de pan, los hombres reanudaron la conversación.

—¿No era ése el chico Page? ¿El que ha comprado el pan?

—Sí. Nunca he visto a un chico con una cara tan demacrada. No sé a qué se debe. Va mejor vestido que la mayoría de los niños y su madre goza de una posición acomodada. Sin embargo, ese chico tiene el aspecto de un huérfano muerto de hambre.

—Es la edad —comentó Clayton Frazier—. El crecimiento afecta.

—Tal vez. Ha crecido mucho en un año. Quizá por eso esté tan pálido.

—No —replicó Clayton—, no es por eso. Es que tiene una de esas pieles descoloridas, como su madre. Su padre tampoco fue nunca demasiado rubicundo.

—El pobre Oakleigh Page . Está mucho mejor ahora en su tumba de lo que estuvo en vida, con todas esas mujeres peleando siempre a su alrededor.

—Sí —convinieron los hombres—. Aquello no era vida.

—Oh, no lo sé —dijo Clayton Frazier—. A mí me parece que Oakleigh Page se complicaba la vida a sí mismo.

—Nadie se complica la vida a sí mismo.

—Oakleigh, sí —dijo Clayton.

Empezó la discusión. Oakleigh Page fue relegado al olvido en cuanto su nombre hubo servido para entrar en materia.

Los hombres empezaron a enumerar las personas de la ciudad que se habían o no complicado la vida a sí mismas.

Los ojos del anciano Clayton Frazier centelleaban.

Éste era el rato de cada día por el que vivía, cuando su desacuerdo acababa por provocar una animada discusión.

El anciano inclinó su silla hacia atrás y se balanceó sobre las dos patas traseras.

Volvió a encender la pipa y por un momento deseó que el doctor Swain tuviera más tiempo libre.

No había que hacer ningún esfuerzo para irritar al doctor, mientras que a veces se necesitaban varias horas para excitar a sus compañeros de tertulia.

—Lo que digáis no cambiará nada —declaró Clayton—. Hay tipos como Oakleigh Page que siempre se complican la vida.