13
El sábado siguiente a su cumpleaños, Allison fue por la tarde a casa de Selena para reunirse con ella. Se quedó en medio del claro, dando desconsoladas patadas a la tierra helada, hasta que se abrió la puerta de la barraca de los Cross. Fue Joey quien salió corriendo hacia ella.
—Selena está en casa —dijo Joey—. Saldrá enseguida. Ven al corral de las ovejas. Tenemos corderitos recién nacidos.
Joey era un niño delgado, de cabello indómito, vestido con un mono descolorido y una camisa raída de manga corta.
Iba descalzo sobre el frío suelo de noviembre y, como de costumbre, le goteaba la nariz.
Joey estaba acostumbrado a esta molestia.
Sorbía continuamente y de vez en cuando se enjugaba la nariz con la manga, de modo que siempre la tenía roja y escocida.
Allison se estremeció de frío al mirar a Joey.
Mientras le seguía hacia el corral, observó que sus talones desnudos estaban cubiertos por una costra de suciedad.
—¡Oh-h-h...! —exclamó Allison con embeleso mientras se agachaba para contemplar a los animalitos que Joey le mostraba con orgullo—. ¡Oh, qué preciosos son, Joey! ¿Son tuyos?
—No —dijo Joey—. Son de papá, igual que los grandes.
—¿No te los regalará para que juegues con ellos?
—No. Los cebará hasta que sean tan grandes como los otros, y entonces los matará y los venderá para hacer chuletas, piernas de cordero y todo eso.
Allison palideció.
—¡Oh, es horrible! —dijo—. ¿No crees que te dejaría estos pequeños si se lo pidieras? Quizá pudieras criarlos tú mismo y después vender la lana.
—¿Estás loca? —preguntó Joey, no con humor sino en serio, como si de verdad quisiera saberlo—. La gente de por aquí no cría ovejas por la lana, sino por la carne. ¿De dónde crees que saca tu madre las chuletas de cordero, si no es de los animales?
Allison tragó saliva. Pensó en las tiernas chuletas que Constance guisaba y servía en una fuente decorada con perejil.
—¿No te mueres de frío, Joey? —preguntó, para cambiar de tema.
Se arrebujó en su cálido abrigo y hundió los dedos en la suave lana de un corderito.
—No. Estoy acostumbrado —dijo Joey, limpiándose la nariz—. Tengo los pies fuertes.
De todos modos, se estremeció y Allison vio la piel de gallina en sus delgados brazos. Sintió la repentina necesidad de coger a Joey y atraerlo hacia sí, esconderle debajo de su abrigo y calentarle con su cuerpo.
—¿Qué hace Selena? —preguntó, sin mirar a Joey.
—Café para papá, supongo. Acababa de llegar de los bosques cuando has venido.
—¿Ah, sí? ¿No está tu madre en casa?
—No. Hoy es sábado. Los sábados va a casa de los Harrington para encerar el suelo.
—Oh, sí. Lo había olvidado —dijo Allison—. Bueno, iré fuera para esperar a Selena.
—Ven a la parte de atrás —propuso Joey—. Te enseñaré mi lagartija.
—Está bien.
Salieron del corral y Joey la condujo a la parte trasera de la casa.
—La tengo dentro de una caja de cartón en el alféizar de la ventana —comentó Joey—. Mira, súbete a esta caja de embalaje y la verás. He hecho agujeros en la tapa para que pueda respirar.
Allison se subió a la caja de embalaje que Joey puso en sentido vertical y escudriñó la lagartija por los agujeros de la caja de cartón. Cuando alzó los ojos un momento, se encontró mirando la cocina de los Cross.
«De modo que así es el interior de una barraca», pensó Allison, fascinada.
Sus ojos abarcaron los catres deshechos y la hundida cama doble y los platos sucios que parecían estar diseminados de un extremo a otro de la habitación.
Vio un cubo de basura lleno hasta los topes en un rincón, y en el suelo junto a él una lata de tomate vacía y otra de alubias.
Lucas estaba sentado junto a una mesa cubierta por un mantel lleno de manchas, tan viejo y sucio que el dibujo apenas era perceptible, mientras Selena llenaba, sirviéndose de un cucharón de mango largo, una cafetera con el agua de un cubo.
Allison pensó en las viviendas de la ciudad que Nellie Cross mantenía inmaculadas, y se acordó de la comida que había tomado en varias casas donde cocinaba la madre de Selena.
—Ya eres toda una mujer, haciendo café para tu padre —dijo Lucas.
A través de las finas paredes, Allison oyó cada palabra tan claramente como si hubiera estado en la habitación.
Sabía que debería bajar de su atalaya y dejar de escuchar, pero algo en el rostro de Lucas la contuvo, algo furtivo y perverso que le impidió moverse, tal como una película de terror retiene a un niño en su asiento del cine a pesar de su miedo.
Lucas Cross era un hombre corpulento, con el tórax como un barril y la cabeza de forma asombrosamente cuadrada. Su cabello lacio le colgaba en mechones sueltos sobre el cráneo, y cuando sonreía la frente se movía de manera grotesca.
—Vaya que sí —dijo Lucas—. Toda una mujer. ¿Cuántos años tienes ahora?
—Catorce, papá —repuso Selena.
—Sí. Toda una moza.
—Es una lagartija preciosa, ¿verdad? —preguntó Joey, contento de que Allison estuviera tan fascinada con su animalito.
—Sí —dijo Allison.
Joey sonrió y se agachó para coger una piedra.
La lanzó hacia los pinos del otro lado del claro, y después se agachó para coger otra.
Lucas se levantó de la mesa y fue hacia un estante que había encima del fregadero.
Allison se preguntó por qué tendrían los Cross un fregadero, si carecían de agua corriente y de cañerías.
Lucas cogió una botella del estante y se la llevó a los labios mientras Allison observaba.
El líquido dorado fluyó como un caudaloso río por la garganta de Lucas, quien no dejó de tragar hasta que la botella estuvo vacía.
Después se secó la boca con el dorso de la mano y lanzó la botella por encima del hombro hacia la otra esquina de la barraca.
—Tenemos un cubo de basura, papá —dijo Selena con desaprobación—. No hay necesidad de tirar desperdicios por todas partes.
—Bueno, bueno, bueno —dijo Lucas—. ¡La señorita se da importancia! ¿Es que esa papamoscas de Allison MacKenzie te ha metido ideas raras en la cabeza?
—No, papá —repuso Selena—. Es sólo que no hay razón para que tires las cosas al suelo cuando hay un cubo de basura justo detrás de ti. Tampoco iría mal sacar estos desperdicios y enterrarlos.
Lucas agarró a Selena por el brazo.
—Escucha, tú —rezongó—. No te atrevas a decir a tu padre lo que tiene que hacer.
Selena se quedó inmóvil y bajó la vista hacia la mano que le rodeaba el brazo. Sus oscuros ojos de gitana parecieron oscurecerse más aún y empequeñecerse ligeramente.
—Quítame la mano de encima, papá —dijo al fin, en voz tan baja que Allison apenas pudo oír las palabras.
Lucas Cross dio a su hijastra un fuerte golpe en la cabeza. Selena se tambaleó hasta el centro de la habitación y cayó pesadamente al suelo, mientras en el exterior, Allison se agarraba al alféizar de la ventana para no caerse de la caja donde estaba subida.
—Oh, Joey —susurró con desesperación—. ¿Qué hacemos?
Pero Joey había echado a correr hacia el bosque y estaba muy ocupado lanzando piñas a una ardilla.
Allison sabía que debía dejar de mirar por la ventana, pero no podía moverse. Nunca en su vida había visto que un hombre pegara a alguien, y ahora la retenía un miedo espantoso.
Selena se levantó del suelo, y la cafetera que no había soltado al caerse voló ahora por la habitación en línea recta hacia la cabeza de Lucas.
—Oh, no, no, Selena —murmuró Allison—. Te matará.
Le sorprendió que Selena no mirase hacia la ventana, pues a Allison le pareció haber chillado estas palabras.
La cafetera pasó junto a la cabeza de Lucas y fue a estrellarse contra la pared que había detrás.
—¡Perra —gritó—, maldita perra! ¡Yo te enseñaré!
Sujetó a Selena con una mano y le dio una bofetada, a la que siguieron otras casi sin interrupción. Selena se defendió con todas sus fuerzas. Dio patadas e intentó acercarse lo bastante a Lucas para hundir los dientes en su carne.
—¡Bastardo! —le gritó.
—Perra mal hablada —dijo Lucas—. Igual que tu madre. Te enseñaré, ¡igual que le enseñé a ella! No sirve de nada ser bueno contigo. Si no fuera por mí, te habrías muerto de hambre, igual que tu madre. Te he tratado como si fueras mi hija. Te he dado cobijo y te he llenado la barriga.
Con cada palabra que pronunciaba descargaba un nuevo golpe con su enorme mano.
Al fin, Selena consiguió desasirse. Echó el puño hacia atrás, lo lanzó con toda su fuerza sobre la boca de Lucas y el hombre aulló de rabia.
Se enjugó el hilillo de sangre que le bajaba por la barbilla y se miró la mancha roja de los dedos.
Profirió una maldición ininteligible y su rostro adquirió un tinte purpúreo.
Allison esperó su reacción con histerismo.
—Maldita hija de perra —bramó Lucas, fuera de sí—. ¡Maldita puta barata!
Agarró a Selena y, cuando la muchacha se desasió de un tirón, él se quedó con el delantero de su blusa en las manos.
Selena retrocedió unos pasos, con los senos desnudos y oscilantes a la luz de la bombilla que colgaba del techo y los hombros cubiertos ridículamente por las mangas de la raída blusa de algodón.
«¿Por qué la punta de los suyos es marrón? —se preguntó tontamente Allison—. ¡Y no siempre lleva sujetador, como me dijo!»
Lucas dejó caer las manos y miró fijamente a Selena. Muy despacio, empezó a andar hacia la muchacha mientras ella, con la misma lentitud, empezaba a retroceder. Siguió moviéndose hasta chocar con el fregadero, y ni un solo momento apartó los ojos del rostro de Lucas.
—Sí —dijo Lucas—, vas a ser toda una mujer, encanto.
Alzó muy lentamente sus sucias manos y su frente se movió mientras esbozaba una grotesca sonrisa.
El grito de Selena rompió el silencio como el sonido de una tela al rasgarse, y desde detrás de Allison se elevó otro grito. Era Joey, que corría desesperadamente hacia la puerta de la barraca. Estuvo a punto de caerse al cruzar el umbral, y volvió a gritar:
—¡No te atrevas a poner las manos encima de Selena! ¡Te mataré si le pones las manos encima!
El niño se colocó delante de su hermana y Lucas Cross le apartó de un manotazo como un caballo agitando la cola. El niño se quedó inmóvil sobre el suelo de la barraca y Lucas dijo:
—Sí, toda una mujer, vaya que sí, encanto.
Allison se cayó de la caja de embalaje y permaneció tendida en el frío suelo.
Todo su cuerpo estaba húmedo de sudor y el mundo parecía dar vueltas a su alrededor.
Luchó con todas sus fuerzas contra la negrura que la amenazaba por todos lados, pero tuvo que rendirse ante las náuseas que luchaban por salir de su garganta.