Peyton Place (Peyton Place 1) 12
15%

12

Constante MacKenzie preparó helado, pastel, ponche de frutas y caramelos variados para la fiesta de cumpleaños de Allison, y después se retiró a su habitación antes de que una oleada de treinta adolescentes irrumpiera en su casa a las siete y media de la tarde.

«¡Dios mío!», pensó con horror, al oír treinta voces que parecían alzarse al unísono y el estruendo de treinta pares de pies que sacudían el suelo del salón a los acordes de un disco interpretado por Glenn Miller, un hombre al que Allison se refería con veneración.

«¡Dios mío! —pensó Constance—. ¡Parece increíble que personas aparentemente cuerdas se dediquen a la enseñanza por gusto!»

Envió un silencioso mensaje de conmiseración a la señorita Elsie Thornton y a todos los que, como ella, tenían que batallar diariamente con más de treinta niños, cinco días por semana.

«¡Dios mío!», pensó Constance, que no podía dejar de llamar a su Creador.

Cogió un libro y procuró desconectar y aislarse del ruido procedente del salón.

Pero a las nueve y media las cosas se calmaron tanto que la música del señor Glenn Miller era claramente audible, y Constance empezó a preguntarse qué estarían haciendo los niños.

Apagó la luz del dormitorio y se dirigió de puntillas al salón.

Los invitados de Allison jugaban al correo 2 . Por un momento, Constance palideció de sorpresa.

«¿A esta edad? —se preguntó—. ¿Tan jóvenes? Tengo que poner fin a esto inmediatamente. Todas las madres de la ciudad se me echarán encima si llega a saberse.»

Titubeó, sin embargo, con la mano en el quicio de la puerta y un pie en el umbral. Quizás éste fuera el juego de moda en las fiestas juveniles, y si irrumpía en el salón, ¿no era posible que Allison, según sus propias palabras, «se muriese de vergüenza»?

Constance se quedó fuera del salón a oscuras y trató de recordar a qué edad había empezado a intercambiar, en juegos, los primeros besos. Llegó a la conclusión de que al menos tenía dieciséis años. ¿Era posible que su tímida e introvertida pequeña Allison lo hiciera a los trece?

Por primera vez desde que naciera Allison, Constance se sintió aguijoneada por el temor que siempre amenaza a las mujeres que han hecho lo que consideraban «una equivocación».

Pasó por su mente la rápida imagen de su hija Allison acostada en la cama con un hombre, y Constance apoyó una mano temblorosa en la pared para conservar el equilibrio.

«¡Oh, cuánto sufrirá!», fue lo primero que pensó.

Después: «¡Oh, se meterá en un lío!».

Y finalmente, lo peor de todo: «¡ SERÁ LA COMIDILLA DE LA CIUDAD !».

«¡Después de todo lo que he hecho por ella!

—pensó Constance en un acceso de furor y autocompasión—.

Después de todo lo que he hecho por ella, se porta como una cualquiera en mis propias narices, dejando que algún chico lleno de granos la manosee y besuquee.

¡Después de lo que me he sacrificado para darle una vida decente! »

La ira y el temor por un Allison MacKenzie muerto y una muchacha llamada Constance Standish, la invadieron y fueron dirigidos contra su hija.

«Le daré su merecido inmediatamente», pensó, y apartó la mano de la pared.

La voz que llegó entonces a sus oídos, antes de poder traspasar el umbral, le produjo tal alivio que empezó a temblar. Allison no estaba jugando; se limitaba a cantar los números.

Por un momento, Constance no pudo moverse, y después, debilitada por la aprensión que se desvanecía, estuvo a punto de soltar una carcajada.

«La administradora de correos —pensó—. He de tener más cuidado. Por poco me pongo en ridículo.»

Cuando se sintió capaz de andar, volvió silenciosamente a su dormitorio. Encendió la luz, se arrellanó en la butaca y cogió el libro que había dejado. Antes de haber leído una frase de la página impresa, el temor volvió a atenazarla.

«No siempre será así. Algún día, Allison no se contentará con cantar los números.

Querrá participar en el juego. Pronto tendré que decirle lo peligroso que es ser una chica.

Debo aconsejarle que sea prudente ahora que tiene trece años.

No, catorce. Debo decirle que es un año mayor de lo que cree, y debo decirle por qué, y debo hablarle de su padre y de que, en realidad, no tiene derecho a llamarse MacKenzie. »

Estos pensamientos martilleaban su cabeza, y Constance se metió un nudillo entre los dientes y lo mordió con fuerza.

Allison siempre era la administradora de correos en los juegos de besos.

Ella misma lo pedía así y, de hecho, si no le permitían ejercer este papel, se negaban a jugar, decía que ya era hora de marcharse y se escabullía antes de que nadie pudiera protestar.

Cuando Selena dijo que, al fin y al cabo, éste era el cumpleaños de Allison, y que no sería justo que ella fuera la administradora de correos en su propia fiesta, Allison exclamó:

—¡Bueno, no pienso ir dando tumbos en la oscuridad y dejar que un chico cualquiera me bese! Si no puedo cantar los números, no jugaré.

La orquesta del señor Glenn Miller interpretaba una balada de amor y claro de luna y Allison dijo:

—Una carta para el número diez.

Selena atravesó la oscura habitación a tientas y salió al vestíbulo. Rodney Harrington fue a su encuentro con los brazos extendidos y cuando la tocó, la rodeó con sus brazos y la besó en la boca. Después, Rodney volvió al salón y Allison dijo:

—Una carta para el número quince.

Ted Carter salió al vestíbulo. Besó dulcemente a Selena tomándola por los hombros, pero cuando ella se dio cuenta de quién era su pareja, se acercó más a él y susurró:

—Bésame de verdad, Ted.

—Ya lo he hecho —susurró Ted a su vez.

—No, tonto, quiero decir así —contestó Selena y le obligó a bajar la cabeza.

Cuando le soltó, Ted estaba jadeando y notó que sus orejas enrojecían en la oscuridad. Selena se echó a reír ahogadamente y Ted la asió con brutalidad.

—¿Quieres decir así? —preguntó, y la besó con tal fuerza que notó los dientes de Selena chocar contra los suyos.

—¡Eh! —gritó Rodney Harrington desde el salón—. ¿Qué pasa ahí fuera? Dadnos una oportunidad a los demás.

Todo el mundo se echó a reír cuando Selena volvió al salón.

—Una carta para el número cuatro —cantó Allison, y el juego prosiguió.

A las diez y media, dos o tres chicas dijeron que tenían que estar en su casa a las once, y alguien encendió la luz.

—¡Nadie ha dado las trece azotainas a Allison! —gritó una muchacha, y todo el mundo se dirigió riendo hacia ella.

—¡Eso es! —exclamaron—. Trece azotainas y una de propina.

—Es hora de tomar la medicina, Allison.

—Soy demasiado mayor para eso —dijo Allison—. Que nadie se atreva a pegarme.

Reía como los demás, pero en sus palabras latía una amenaza.

—De acuerdo —dijo Rodney Harrington— . Es demasiado mayor para que la peguen, chicos. Tiene razón. Ahora ya tiene edad para que la besen.

Antes de que Allison pudiera echar a correr o esquivarle, la atrajo hacia sí y apretó la boca contra la de ella.

La abrazó con tanta fuerza que Allison notó los botones de su americana hundirse en su carne.

Rodney tenía la cara mojada y olía a jabón de lavanda y sudor, y apretó de tal modo el cuerpo de la muchacha contra el suyo, que a ella le pareció notar el húmedo calor de su piel a través de la ropa.

—¡Oh! —jadeó Allison, cuando él la soltó, con la cara escarlata—. ¡Oh, cómo te atreves!

Se frotó vigorosamente la boca con el dorso de la mano y dio una patada a Rodney en la espinilla con toda la fuerza que pudo.

Rodney se echó a reír.

—Ten cuidado —advirtió—, o te daré uno de propina.

—Eres odioso, Rodney Harrington —dijo Allison, y después estalló en sollozos y salió corriendo de la habitación.

Todos sonrieron con inseguridad, pero estaban demasiado acostumbrados a los rápidos cambios de humor de Allison para preocuparse excesivamente.

—Vamos, chicos —dijo Selena—. La fiesta ha terminado.

Les condujo al comedor, donde Constante había habilitado un perchero y colgadores. Todo el mundo cogió su abrigo y después se encaminaron hacia la puerta.

—¡Adiós, Allison! —gritaron desde el pie de la escalera.

—¡Adiós, Allison! ¡Feliz cumpleaños! ¡Ha sido una fiesta magnífica!

—¡Adiós, Allison! ¡Gracias por la invitación!

Allison, refugiada a oscuras en su habitación, notó las lágrimas casi frías sobre su rostro ardiente.

—Es odioso —murmuró—. ¡Odioso, odioso, odioso!

Le dio un vuelco el estómago al recordar la boca húmeda de Rodney y la presión de sus labios suaves y carnosos.

2 Juego infantil en el que se dan besos a cambio de supuestas cartas.