11
En Peyton Place , el veranillo de San Martín duró exactamente seis días y después desapareció de forma tan inesperada como había aparecido.
Las hojas de los árboles, desprendidas por el frío viento y la lluvia, cayeron al suelo como lágrimas vertidas por un pasado imposible de olvidar.
Enseguida perdieron sus colores sobre las aceras y las calles.
Estaban húmedas, marrones y muertas, como una deprimente advertencia de que el invierno había llegado para quedarse.
Allison subía cada vez menos a Road’s End.
En esas ocasiones se envolvía en el impermeable y llegaba al borde del barranco, temblando, sin poder ver claramente la ciudad desde el final del camino.
Una niebla fina y grisácea lo empañaba todo y las colinas, que ya habían perdido su hermoso color púrpura, se destacaban con su negrura sobre el horizonte.
Los árboles del bosque ya no alzaban los brazos para gritar: «Hola, Allison.
¡Hola!». Inclinaban la cabeza con cansancio y suspiraban: «Vete a casa, Allison. Vete a casa».
Era una época triste, pensaba Allison, una época de muerte y podredumbre en la que todo esperaba a las nieves que vendrían a cubrir los huesos expuestos de un verano muerto.
Pero no fue la estación lo que afectó más a Allison.
Ella no sabía qué era. Parecía estar dominada por una inquietud, un vago desasosiego, que nada podía calmar.
Al volver de la escuela se sentaba ante la chimenea del salón con un libro abierto en las manos, pero a veces se olvidaba de leer la página que tenía delante de los ojos y pasaba las horas contemplando las llamas del hogar.
Otras veces devoraba las palabras que leía y se sentía invadida por el insaciable deseo de saber más.
Descubrió una caja de libros viejos en el desván, entre los que había dos delgados volúmenes de relatos de Guy de Maupassant.
Los leyó una y otra vez, incapaz de comprender muchos de ellos y llorando con otros.
No abrigaba ninguna simpatía por la «señorita Harriet», pero su corazón se compadecía de los dos ancianos que tanto habían trabajado para comprar otro «Collar de diamantes».
Las lecturas de Allison no seguían ningún orden, y pasó de Maupassant a James Hilton sin transición.
Leyó ¡ Adiós, Mr. Chips! , y lloró en la oscuridad de su habitación durante una hora mientras la última línea de la historia permanecía en su memoria: «Me despedí de Chips la noche antes de su muerte».
Allison empezó a pensar en Dios y en la muerte.
¿Por qué la gente buena como el señor Chips y su encantadora esposa y el padre de Allison morían tan indiscriminadamente como la gente mala?
¿Era Dios tal como el reverendo Fitzgerald lo describía todos los domingos desde el púlpito de la iglesia congregacionista?
¿Podía ser realmente todo bondad y todo compasión, amar a todo el mundo y escuchar todas las plegarias?
—Dios lo oye todo —decía el reverendo Fitzgerald—. Oye todas las plegarias dirigidas a Él.
Pero, pensaba Allison, si Dios era tan bueno y poderoso, ¿por qué a veces parecía no oír?
El reverendo Fitzgerald también tuvo contestación para esta pregunta, y, como todas sus respuestas, al principio pareció cierta; pero en cuanto Allison se detenía a pensar se le ocurría otra pregunta y a veces las contestaciones del pastor le parecían desprovistas de todo sentido, vacías y contradictorias.
—Dios lo oye todo —aseguraba el reverendo Fitzgerald.
Y Allison se preguntaba silenciosamente: «Si lo oye todo, ¿por qué no siempre contesta?».
—A veces —decía el pastor—, nuestro Padre Todopoderoso debe desoírnos. Tal como un amante padre en la tierra, que desoye a su hijo por su propio bien, así debe desoírnos a veces nuestro Padre Celestial. Pero siempre actúa en nuestro interés.
Entonces, pensaba Allison, ¿por qué molestarse en rezar?
Si Dios iba a hacer lo que creía mejor, ¿por qué molestarse en pedirle lo que uno quería?
Si rezabas, y Dios consideraba que debía concederte lo que pedías, te lo concedería.
Si no rezabas, y era verdad que Dios siempre actuaba en tu propio interés, igualmente recibirías lo que Él quisiera que recibieses.
Rezar, pensaba Allison, era algo terriblemente injusto y poco equitativo, con todas las ventajas para una de las partes.
De pequeña, había rezado mucho para que su padre le fuera devuelto, pero no le dio ningún resultado.
Entonces le había parecido irrazonable que un Dios bondadoso, capaz de realizar milagros siempre que era necesario, dejase a una niña sin padre.
Ahora que tenía doce años, eso seguía pareciéndole irrazonable e injusto.
Allison levantaba los ojos al cielo gris de octubre y se preguntaba si era posible que no hubiera ningún Dios, tal como no había hadas ni duendes en la vida real.
Vagaba por las calles de la ciudad como si fuera en busca de algo, y sentía una gran decepción cuando se detenía en seco y se preguntaba qué buscaba. Tenía sueños imprecisos y extraños que cesaban bruscamente, y todos los días esperaba el mañana con impaciencia.
—Ojalá estuviéramos en junio —dijo una vez a su madre—. Entonces ya habría acabado la escuela elemental.
—No quieras adelantar los acontecimientos, Allison —repuso Constance—. El tiempo pasa muy deprisa. Dentro de poco, recordarás estos años como los mejores de tu vida.
Pero Allison no la creyó.
—No, no quieras apresurar el paso del tiempo —repitió Constance, mirándose al espejo del salón en busca de alguna arruga—.
El mes que viene cumplirás trece años —dijo, y se preguntó: «¿Es posible?
¿Trece? ¿Tan pronto? Catorce, en realidad.
Casi lo había olvidado»—. Daremos una fiesta para celebrarlo —añadió.
—Oh, por favor, madre —protestó Allison—, ¡las fiestas de cumpleaños son tan infantiles!
Unos días más tarde, Allison dijo: «Quizá no sea tan mala idea lo de la fiesta», y Constance alzó los ojos al cielo, preguntándose si ella también habría pasado por la fase de no saber lo que quería.
«En ese caso —pensó amargamente—, no me extraña que mi pobre madre muriese tan joven.»
A Allison le dijo:
—Muy bien, querida. Tú invita a tus amiguitos y yo me ocuparé de todo lo demás.
Allison gritó que no quería dar ninguna fiesta si su madre iba a referirse a sus compañeros de clase como «sus amiguitos».
Su madre parecía no darse cuenta de que Allison tendría trece años al cabo de dos semanas, y que estaba a punto de entrar en algo descrito como «adolescencia» en los artículos de las revistas.
Allison pronunciaba esta palabra, que había leído, pero nunca oído, como «adolesciencia», y para ella tenía todas las misteriosas connotaciones de oír hablar a alguien sobre «entrar en un convento de monjas».
Allison era consciente de los cambios físicos que se operaban en ella, y se percataba también de esos cambios en otras chicas.
La estatura, decidió, no más alterable que la forma de los pómulos, era algo con lo que una debía conformarse.
Se dio cuenta de que Selena se diferenciaba de las chicas más jóvenes porque ya llevaba siempre sujetador, mientras Allison estaba segura de que ella no necesitaría usar esa prenda durante largo tiempo.
Se encerraba en el cuarto de baño y examinaba su figura con espíritu crítico.
Su cintura parecía más estrecha y sus senos empezaban a desarrollarse de un modo paulatino, pero tenía las piernas tan largas y delgadas como siempre.
«Como una araña», pensaba con resentimiento, y se apresuraba a ponerse el albornoz.
Se dio cuenta de que los chicos también estaban cambiando.
Rodney Harrington tenía una leve sombra encima del labio superior y alardeaba de que pronto iría todos los días a la Barbería Clement para que le afeitaran como a su padre.
Allison se estremecía al pensarlo. Odiaba la idea de que le saliera vello en alguna parte del cuerpo.
Selena ya tenía vello debajo de los brazos y se lo afeitaba una vez al mes.
—Acabo con todo de una sola vez —le dijo Selena—: con el período y el vello.
Allison asintió con aprobación.
—Buena idea —dijo sabiamente.
Pero en lo que a ella se refería, el «período» era algo que sólo sucedía a otras muchachas. Decidió no tolerar jamás que tales cosas le ocurriesen a ella.
Cuando Selena lo oyó, se echó a reír.
—No podrás hacer gran cosa para evitarlo —dijo—. Lo tendrás igual que todo el mundo.
Pero Allison no creyó a su amiga. Escribió a una compañía que anunciaba un folleto gratuito titulado Cómo decírselo a tu hija y se ofrecía a enviarlo con unas cubiertas sencillas, y lo leyó atentamente.
«¡Puf! —pensó con altivez cuando hubo terminado de analizar el panfleto—, yo seré la única mujer en el mundo entero que se salve de esto y apareceré en todos los libros de medicina.»
Pensaba en «Esto» como en un gran murciélago con las alas desplegadas, y cuando se despertó el día de su cumpleaños y descubrió que «Esto» no era nada por el estilo, se sintió decepcionada, asqueada y más que asustada.
Pero lo que la hizo llorar fue saber que, después de todo, no sería tan única en su género como había querido ser.