Peyton Place (Peyton Place 1) 10
13%

10

El doctor Matthew Swain era un hombre alto y huesudo con un abundante y ondulado cabello plateado.

El pelo del doctor Swain era su característica más notable y estaba orgulloso de él.

Se lo cepillaba cuidadosamente y lo examinaba cada mañana con minuciosidad para asegurarse de que no tuviera hebras amarillentas.

—El hombre tiene derecho a alguna vanidad —decía para excusarse.

Isobel Crosby, que se ocupaba de la casa del médico, declaraba que era conveniente tener alguna presunción.

Ciertamente no se preocupaba del resto de su aspecto.

Sus trajes siempre necesitaban un buen planchado y tenía la mala costumbre de comer en el salón.

Las tazas de café del doctor Swain, diseminadas por toda la casa, eran la cruz de Isobel.

—No cuesta tanto trabajo llevar una taza medio vacía a la cocina —se quejaba—. No se herniará por levantar una taza.

—Si no hago nada más grave que dejar alguna que otra taza por ahí, Isobel, puede considerarse afortunada —replicó el médico.

—No son sólo las tazas —dijo Isobel—. Deja la ropa allí donde cae, llena la casa de ceniza, y sus zapatos siempre están tan sucios como si hubiera estado en un corral.

—Piense en la suerte que tiene, Isobel —contestó el médico—. ¿Preferiría ser el ama de llaves de algún viejo libertino? Por lo menos, yo nunca le he metido una mano debajo de la falda. Quizá sea esto lo que la molesta.

—Por si fuera poco —dijo Isobel, que conocía demasiado al médico para escandalizarse de nada de lo que dijera—, tiene la lengua larga y la mente sucia.

—Oh, vaya a almidonar alguna camisa —replicó el médico con brusquedad.

Todo el mundo en Peyton Place apreciaba al doctor Swain.

Tenía unos grandes ojos azules que, muy a pesar suyo, eran calificados de «seductores», y su bondad era legendaria en la ciudad.

Matthew Swain formaba parte de una rara especie en vías de desaparición, la del médico de medicina general.

La palabra «especialista» era un anatema para él.

—Sí, soy un especialista —dijo una vez a un famoso otorrinolaringólogo—. Estoy especializado en gente enferma. ¿Qué hace usted?

A los sesenta años, el doctor Swain continuaba atendiendo todas las llamadas, de día y de noche, en verano y en invierno, y tenía la costumbre de enviar una tarjeta de felicitación por el cumpleaños de todos los niños que había ayudado a nacer.

—No eres más que un sentimental —le decía Seth Buswell con frecuencia—. ¡Nada menos que tarjetas de felicitación!

—Sentimental o no —le replicaba el médico, de buen humor—, me produce una gran satisfacción pensar en el trabajo que he hecho a lo largo de mi vida.

—Trabajo, trabajo, trabajo —decía Seth—.

Ésta es tu palabra favorita. Creo que tu intención es crearme un complejo de inferioridad echándome continuamente en cara mi pereza.

Uno de estos días caerás fulminado por un ataque de corazón debido a tu maldito trabajo, trabajo, trabajo.

Igual que uno de esos guapos y canosos médicos de las películas.

—Tonterías —replicaba el médico—. Los ataques de corazón ya están muy trillados. Deséame una bonita e interesante úlcera.

—Pensándolo bien —decía Seth—, morirás con el cráneo aplastado por una de esas enfermeras a las que explotas en tu hospital.

El hospital de Peyton Place era pequeño, estaba bien equipado y constituía el orgullo del doctor Swain.

Lo dirigía con eficiencia y lo admiraba con la ternura de un joven amante.

El hecho de que fuera utilizado a menudo por habitantes de ciudades vecinas, que lo preferían a otros hospitales más grandes, le causaba una satisfacción inigualable.

Aunque el hospital pertenecía a la ciudad, todo el mundo en Peyton Place se refería a él como «el hospital del doctor Swain», y las muchachas que asistían a su pequeña pero excelente escuela de enfermeras se denominaban a sí mismas «las chicas del doctor».

Matthew Swain era un hombre bueno y honesto, y un enamorado de la vida y la humanidad.

Si tenía algún defecto, era su lengua afilada y a veces mordaz, pero la ciudad se lo perdonaba porque Matthew Swain era un buen médico, y si en ocasiones hablaba con rudeza, no era menos cierto que siempre decía la verdad.

Tenía un sentido del humor que resultaba algunas veces sarcástico y otras veces libidinoso, pero siempre inofensivo, y por eso la ciudad también se lo perdonaba; el médico sabía reírse de sí mismo.

Todo el mundo quería al doctor Swain, con la posible excepción de la esposa de Charles Partridge, Marion , cuyo único motivo para detestarle era la negativa del médico a sentirse impresionado por la imagen que ella había creado de sí misma.

—Es absurdo darse importancia ante el doctor —decía la ciudad—. ¡Seguro que tiene algún jarabe preparado para bajar los humos a quien lo haga!

Pero Marion Partridge no podía ni quería creerlo. Constan temente intentaba que Matthew Swain la viera tal como pensaba que la veía el resto de la ciudad, y como él no lo hacía, a menudo se refería al médico como «un hombre imposible».

Marion era una mujer de mediana estatura. Seth Buswell , siempre que la miraba, pensaba que todo en Marion Partridge era mediocre.

« Rien de trop », se decía Seth y consideraba que estas palabras describían a Marion con toda exactitud, desde su cabello semicastaño y figura media hasta su mente mediocre.

Marion, cuyo apellido de soltera era Saltmarsh, era hija de un ministro baptista sin peculio y de su cansada esposa.

Tenía un hermano, John, que a muy temprana edad decidió seguir los pasos de su padre y a los veinte años fue ordenado pastor.

La ambición de John era llevar la religión a «los pueblos salvajes de la tierra», y justo después de su ordenación se marchó a América como misionero.

Mientras tanto, Marion terminó su instrucción, graduándose con calificaciones medias, y se instaló en la rectoría con sus padres, dispuesta, como ellos, a socorrer a los pobres y atribulados, y satisfecha de enrollar vendas en un hospital local todos los miércoles por la tarde.

En los últimos años, Charles Partridge admitió para sí que había conocido a Marion por accidente y se había casado con ella en un momento de debilidad.

Recién terminada su carrera de abogado, fue a pasar unas largas vacaciones veraniegas a la ciudad costera donde vivía con su familia el reverendo Saltmarsh.

Charles Partridge era congregacionista y asistió al servicio dominical en la iglesia baptista del reverendo Saltmarsh más por curiosidad que por devoción.

Allí vio a Marion cantando en el coro. La muchacha estaba en la primera fila del grupo, con la cara levantada y una expresión de embeleso.

Charles Partridge contuvo el aliento y pensó que la joven parecía un ángel.

No era éxtasis ni regocijo lo que emanaba de Marion.

Tenía una expresión similar cuando se metía en una bañera de agua caliente, o comía algo que le gustaba particularmente.

La música sólo conmovía a Marion por lo que tenía de sensual, iluminando su rostro mediocre con un placer repentino y dándole, durante unos momentos, un brillo poco común.

Charles Partridge , joven e impresionable, y quizá menos resistente tras tantos años de estudio, empezó a cortejar a Marion Saltmarsh.

En agosto, cinco semanas después de haberla visto cantar en el coro por primera vez, se casaron, y el primero de septiembre la joven pareja volvió al hogar de Charles en Peyton Place , donde el flamante abogado pensaba empezar a ejercer.

A medida que pasaban los años, Partridge se preguntaba con frecuencia si se hubiera casado con tantas prisas de haber tenido recursos, durante su época de estudiante, para frecuentar las casas de mala reputación que tanto ensalzaban sus compañeros de clase. Creía que no.

El éxito había sonreído a Charles Partridge.

Con el paso de los años acumuló dinero y compró una casa en Chestnut Street, y Marion se convirtió en un activo miembro de toda clase de clubes y asociaciones de caridad.

Le gustaba su vida cómoda, sin los problemas que podían ocasionar los hijos o la falta de dinero.

A menudo se sentía culpable del regocijo que experimentaba al comparar sus circunstancias actuales con las de su infancia, pero su sensación de culpabilidad nunca duraba demasiado.

A Marion le gustaban los objetos. Se rodeó de todo tipo de chucherías y muebles antiguos.

Sentía un gran placer al abrir su armario de la ropa blanca y ver los montones de sábanas y toallas guardadas allí.

El tamaño, utilidad y calidad de un objeto eran secundarios para Marion, menos importantes que su deseo de adquirir y poseer.

Inmediatamente después de su boda, Marion abandonó a los baptistas y se incorporó a la iglesia congregacionista, pues esta última era considerada la «mejor» iglesia de Peyton Place .

A Marion le habría gustado mucho promover una especie de comité, presidido por ella, que seleccionara a los miembros de su iglesia.

Odiaba pertenecer a una organización, incluso religiosa, que aceptara a «indeseables» en su seno, y ella tenía ideas muy claras sobre las personas que consideraba «inferiores».

—Esa MacKenzie —dijo a su marido—. No me digas que una viuda joven como ella puede ser tan virtuosa como parece. No me digas que no hace cosas de las que nadie ha oído hablar. No me digas que no tiene los ojos puestos en todos los hombres de la ciudad.

—Querida —replicó Charles Partridge con cansancio—. Ni siquiera he intentado decirte nada.

Pero cuando Marion dijo las mismas cosas a Matthew Swain , el médico la fulminó con la mirada y rugió:

—¿A qué demonios te refieres con eso, Marion?

—Bueno, al fin y al cabo, Matt, una viuda joven como ella, viviendo sola en una casa...

—¡Eh, Charlie! A Marion le da pena que Connie MacKenzie viva sola. ¿Por qué no hacéis las maletas y os vais con ella una temporada?

—Oh, este Matt Swain es imposible, Charles. Imposible.

—Vamos a ver, Marion —contestó Charles Partridge—. Matt es un hombre estupendo. No ha hecho daño a nadie en toda su vida. Y es un buen médico.

Poco después de que Marion cumpliera los cuarenta, tuvo ciertos síntomas que la preocuparon y asustaron y llamó al doctor Swain. Él la examinó concienzudamente y le dijo que estaba tan sana como un caballo.

—Escucha, Marion, no hay razón para preocuparse. Puedo recetarte unas inyecciones para que te encuentres mejor, pero no puedo hacer nada más. Esto es la menopausia y yo no puedo detenerla.

—¡La menopausia! —exclamó Marion—. Matt, estás loco. Soy demasiado joven.

—¿Qué edad tienes?

—Treinta y seis.

—Eres una embustera, Marion. Tienes más de cuarenta.

Marion volvió a casa y se desahogó con su marido. Le dijo que, aunque amigo de toda la vida, Matthew Swain no volvería a poner los pies en su casa. Después de eso, fue a un médico de White River que la trató de una delicada afección estomacal.

—¿Qué importa, Matt? —dijo Seth Buswell, al ver que Marion volvía la cara al médico en plena calle—. No pretenderás que todo el mundo te quiera, ¿verdad?

—No me molestaría —contestó el médico—. ¿A quién iba a molestarle? ¿A ti?

—No —respondió Seth.