9 #3
Subieron juntas por un lado de Elm Street y bajaron por el otro; miraban escaparates pero eran incapaces de jugar a lo que siempre les había divertido tanto.
—Vayamos a la tienda de tu madre —sugirió Selena.
Pero Allison se negó, sintiéndose traicionada por tener que pasar una hermosa tarde lejos de su lugar favorito.
—Ve tú sola, si tantas ganas tienes —dijo Allison, sabiendo que Selena no iría a la tienda de modas sin ella.
Al final, dieron la vuelta a todos los mostradores del drugstore , manoseando sartas de perlas falsas, contemplando con añoranza las múltiples hileras de cosméticos y escuchando las melodías populares que procedían del mostrador de música.
Se sentaron en la cafetería y tomaron un gran banana split, y Allison sintió que el buen humor empezaba a invadirla de nuevo.
—Podemos ir a ver a mi madre, si quieres —propuso.
—No, no importa. Vayamos andando hasta tu casa.
—No, de verdad. Sé que quieres ir a la tienda. A mí no me importa. De verdad, no me importa.
—No tienes que ir sólo por mí.
—Pero es que quiero ir, Selena. En serio.
—Bueno, si realmente quieres ir...
Hicieron una bola con sus servilletas de papel, las tiraron dentro de sus platos vacíos y de repente todo volvió a su cauce normal.
Constance MacKenzie las saludó desde detrás del mostrador de las medias cuando entraron en la tienda.
—Hay algunos vestidos de fiesta nuevos —dijo—. Ahí, en el segundo perchero.
Selena miró y, como si estuviera en trance, se dirigió hacia las resplandecientes prendas que colgaban de un perchero móvil. Parecía haber cientos de vestidos, a cual más bonito. Selena los contempló, reprimiendo su deseo de tocar las hermosas telas.
Allison se quedó ante el escaparate y contempló el tráfico de Elm Street. Siempre ocurría lo mismo. Mientras Selena miraba hasta el último artículo de la tienda de modas, la espera se le hacía interminable.
Constance terminó de atender a una cliente y se dirigió hacia Selena con la intención de descolgar uno de los vestidos nuevos para enseñárselo a Allison, pero se quedó inmóvil al ver la expresión del rostro de Selena.
Los labios entreabiertos y los soñadores ojos de la muchacha despertaron la compasión de Constance.
Comprendía que una joven se extasiara así ante un vestido bonito.
Las únicas veces en que Allison tenía esta expresión, era cuando leía.
—Toma —dijo Constance a Selena con firmeza, sorprendiéndose a sí misma—. Éste es de tu talla. Pruébatelo si quieres.
Descolgó un vestido blanco de falda ancha, y sus ojos se nublaron inexplicablemente al ver la mirada de gratitud de Selena.
—¿Lo dice en serio, señora MacKenzie? —susurró Selena—. ¿De verdad puedo tocarlo?
—Bueno, no creo que puedas ponértelo sin tocarlo —dijo Constance con brusquedad, confiando en haber dominado el temblor de su voz.
Unos minutos después, cuando Selena salió del probador resplandeciente con el vestido blanco, incluso Allison contuvo el aliento.
—¡Oh, Selena! —exclamó—. Estás preciosa. ¡Pareces una princesa de cuento de hadas!
«No, nada de eso —pensó Constance, dándose cuenta súbitamente de lo que le había llamado la atención en Selena Cross—. Parece una mujer. A los trece años, tiene el aspecto de una mujer tremendamente sensual y lujosamente mantenida.»
Aquella noche, Selena andaba por el camino de tierra en dirección a su casa.
Aún tenía presente en la memoria los crepes cubiertos de mantequilla y jarabe de arce que Constance les había servido y el café con verdadera crema de leche que les había ofrecido.
Aún veía, con los ojos de la imaginación, la preciosa salita de las MacKenzie, con sus grandes sillones y su revistero de hierro forjado lleno de ejemplares de The American Home y The Ladies’ Home Journal .
Selena pensó con desagrado en su amiga Allison, que se extasiaba ante una fotografía y murmuraba: «¿Verdad que es guapo? Era mi padre».
«Está muerto... y quizá sea mejor así, pequeña», habría querido decirle. Pero no lo había hecho, porque tal vez a la señora MacKenzie no le habría gustado, y Selena no quería hacer nada que desagradara a la madre de Allison.
«Me escaparé —pensó Selena cuando llegó al claro donde se levantaba la barraca de los Cross—. Algún día me escaparé, y entonces siempre llevaré hermosos vestidos y hablaré con voz suave, igual que la señora MacKenzie.»
Cuando Selena se quedó dormida, estaba pensando en los brillantes destellos que el fuego de la chimenea de las Mac-Kenzie arrancaba al pelo de Constance.
No tuvo un solo pensamiento para Ted Carter, quien, acostado en su cama, pensaba en la cara de Selena y el modo en que le había sonreído cuando dijo: «Pues ven a pasear con nosotras».
«Vaya si lo habría hecho —pensó Ted, volviéndose de lado—, si la remilgada señorita Allison no hubiera estado con ella. Los encargos de mamá podían esperar.»
—Selena —susurró en la oscuridad de la habitación—. Selena —dijo, saboreando el sonido de la palabra.
El corazón latió en su pecho de un modo que le hizo sentir una extraña mezcla de temor y esperanza, y algo muy parecido al dolor.