9 #2
—Vámonos —urgió Allison.
—Adiós, Ted —dijo Selena.
—Adiós —dijo Ted—. Adiós, Allison.
Las muchachas continuaron adentrándose en el parque y Ted prosiguió su marcha hacia la ciudad. Cuando llegó al lugar donde el sendero desembocaba en la calle, Ted se volvió para mirar atrás.
—¡Eh, Selena! —exclamó.
Las muchachas volvieron la cabeza y Ted agitó la mano.
—¡Hasta la vista, Selena! —gritó Ted.
—¡Hasta la vista! —contestó Selena, agitando a su vez la mano.
Ted salió del parque, enfiló la calle, y se perdió de vista.
—¿Lo ves? —exclamó furiosamente Allison—. ¿Lo ves? Ya te lo había dicho. Va detrás de ti.
Selena dejó de andar para mirar a su amiga. La miró largo rato y con dureza.
—¿Y qué? —replicó al fin.
La tarde no fue un éxito. Por primera vez durante su larga amistad, las dos muchachas estaban en desacuerdo.
«¿Qué le pasa?», se preguntaba Allison, incapaz de entender que una persona no se emocionara al contemplar la belleza del paisaje.
«Me gustaría saber qué le atormenta», pensaba Selena, que no comprendía que una persona no considerara emocionante «ir al centro comercial». Allison tenía ideas muy raras, pensó después Selena. Como cuando quería estar sola, o cuando fantaseaba sobre su padre muerto.
Al fin y al cabo, razonaba Selena, su propio padre estaba tan muerto como el padre de Allison; pero, a diferencia de su amiga, a ella nadie la había sorprendido jamás extasiada ante una fotografía de su progenitor.
Selena no tenía ni idea de cómo había sido su padre.
Murió en un accidente, mientras trabajaba en los bosques, dos meses antes de que ella naciera, y Nellie no tenía ninguna fotografía enmarcada para enseñarle.
Lucas Cross era el único padre que Selena conocía.
Viudo y con un hijo de una esposa que había muerto al dar a luz, se casó con Nellie cuando Selena tenía seis semanas de edad.
Paul no era más hermano de Selena que Joey, pero, se decía Selena, más valía no pensar demasiado en ello.
«Si Allison estuviera en mi lugar —discurría la muchacha—, apuesto a que se pasaría el día hablando de hermanastros, padrastros y todo eso.
Me pregunto qué la atormenta continuamente. »
Allison se preguntaba con incredulidad si Selena podía estar acercándose a la etapa que Constance describía como «estar loca por los chicos».
Realmente tenía mucha prisa por volver a la ciudad.
Quizás abrigaba la esperanza de ver a Ted Carter en una de las tiendas.
Allison frunció el ceño al pensar en ello, y empezó a subir la larga cuesta de la colina que había detrás del parque, con Selena pisándole los talones.
A Selena no le gustó Road’s End y así lo dijo, en términos inequívocos, cuando ella y Allison llegaron a la cima de la colina.
—No es más que un barranco —dijo Selena cuando Allison le indicó el tablón de madera con el letrero a un lado—. ¿Por qué no iba a haber un letrero? La gente podría matarse si no lo hubiera.
Allison estaba a punto de llorar. Se sentía como si le hubieran dado una bofetada en la cara. Era como regalar a alguien un abrigo de visón, o una pulsera de diamantes, o algo por el estilo, y que esa persona dijera: «Oh, tengo más de los que puedo ponerme».
—No es más que un bosque —declaró Selena unos minutos después, y se negó a internarse en él con Allison—. ¿Por qué voy a querer andar por un bosque? Hay uno enorme alrededor de nuestra barraca. Me harto de bosque cada día de la semana.
—¡Eres ruin, Selena! —exclamó Allison—. ¡Eres despreciable, ruin y odiosa! Éste es un sitio especial y secreto. Nadie viene jamás aquí excepto yo, y te he traído porque pensaba que eras una amiga especial.
—Oh, no seas tan infantil —dijo Selena malhumorada—. ¿Qué es eso de que aquí no viene nadie más que tú? Desde que tengo uso de razón sé que los chicos traen a sus novias, por la noche, en coches.
—¡Eres una mentirosa! —gritó Allison.
—No lo soy —replicó Selena con indignación—. Pregunta a cualquiera. Todo el mundo te lo dirá.
—No puede ser verdad —dijo Allison—. ¿Para qué iba nadie a querer venir aquí de noche? De noche no se puede andar por el bosque.
Selena se encogió de hombros.
—Olvídalo, pequeña —dijo, no sin amabilidad—. No te enfades conmigo. Vamos, regresemos a la ciudad.
—Ésta debe ser la centésima vez que lo dices —exclamó airadamente Allison—. Está bien. Iremos a la ciudad.
Constance MacKenzie no aprobaba del todo la amistad de Allison con la hijastra de Lucas Cross.
Una o dos veces había intentado, sin mucho empeño, poner fin a ella, pero después de varios días en que al volver a casa se encontró a Allison llorando y diciendo que no tenía ninguna amiga ahora que no podía ver a Selena, Constance había acabado cediendo.
Nunca había podido contestar satisfactoriamente a las preguntas de Allison sobre Selena.
—Jamás he dicho que no me guste Selena —respondía a Allison—. Es sólo que... —y en este punto siempre hacía una pausa para buscar las palabras exactas.
—¿Qué, madre? —la apremiaba Allison.
Constance tenía que encogerse de hombros, incapaz de precisar qué era lo que no le gustaba de Selena.
—Con todas las buenas chicas que hay en la ciudad... —dijo una vez, pero la mirada de Allison, y su pregunta, la interrumpieron.
—¿Por qué crees que Selena no es buena?
—Yo no he dicho eso —repuso Constance, y después se encogió de hombros con impotencia—. Dejémoslo.
Así pues, la amistad entre Allison y Selena había continuado, íntima y satisfactoria, hasta la tarde de aquel sábado en que cada muchacha quiso algo diferente y ninguna fue capaz de entender la necesidad de la otra.