9
Allison MacKenzie nunca había entrado en casa de Selena.
Tenía la costumbre de ir andando por el camino de tierra hasta donde se levantaba la barraca de los Cross y esperar delante del claro hasta que su amiga salía.
Allison se había preguntado muchas veces por qué ninguno de los Cross la había invitado nunca a entrar en la casa, pero no se atrevía a preguntárselo a Selena.
Una vez había interrogado a su madre y Constance había insistido en decir que el motivo era la vergüenza que Selena sentía por su hogar, de modo que Allison no volvió a tratar el asunto con ella.
Constance no parecía capaz de entender que Selena era perfecta y que estaba muy segura de sí misma, y que sólo ella, Allison , sentía vergüenza algunas veces.
De todos modos, era extraño que nadie la hubiera invitado nunca a entrar en la casa.
Normalmente, Selena salía por la puerta de la barraca en cuanto veía a Allison , pero de vez en cuando emergía del corral adosado al lado de la casa, donde Lucas tenía unas cuantas ovejas.
Siempre que estaba en el corral, Selena gritaba: «Espera un momento, Allison .
Voy a lavarme los pies», pero nunca pedía a Allison que entrara mientras lo hacía.
El hermano menor de Selena, Joey, solía aparecer detrás de su hermana, pero aquel sábado por la tarde Selena salió de la casa sola.
—Hola, Selena —saludó amablemente Allison, olvidado ya su estado de ánimo antisocial de la tarde anterior.
—Hola, pequeña —dijo Selena con la extraña y profunda voz que Allison encontraba tan seductora—. ¿Qué vamos a hacer hoy?
La pregunta era retórica. Los sábados por la tarde las chicas siempre deambulaban lentamente por las calles de la ciudad, mirando escaparates y fingiendo ser mayores y estar casadas con hombres famosos.
Examinaban las mercancías de las tiendas de Peyton Place , escogiendo cuidadosamente lo que les gustaría comprar para ellas, para su casa y para sus hijos.
—Este traje le sentaría muy bien al pequeño Clark, señor Gable —se decían la una a la otra.
Y, con indiferencia:
—Desde que me divorcié del señor Powell, he dejado de interesarme por la ropa.
Las dos juntas gastaban hasta el último centavo que Allison podía arrancar a su madre en joyas de bisutería, revistas cinematográficas y helados.
A veces, Selena tenía un poco de dinero ganado haciendo un trabajo ocasional para un ama de casa de la localidad, y entonces ella y Allison iban a ver una película al Ioka Theater.
Después iban al drugstore de Prescott y comían bocadillos de tomate y lechuga y bebían Coca-Cola.
Más tarde, en vez de simular que estaban casadas con estrellas cinematográficas, jugaban a ser acomodadas amas de casa que habían salido a pasear y a tomar el té mientras sus hijos dormían apaciblemente en los cochecitos aparcados frente a la puerta del establecimiento de Prescott .
Allison sostenía entre los dedos una pajita, partida como si fuera un cigarrillo, y hablaba tal como creía que lo haría una persona mayor.
—Cuando el señor Beane decidió abrir el cine —dijo—, no tenía bastante dinero y se lo pidió prestado a un irlandés llamado Kelley. Sólo gracias a él pudo realizar su proyecto.
Le encantaba saber estas pequeñas anécdotas de la ciudad y repetirlas, con adornos de su propia cosecha, mientras se quitaba imaginarias hebras de tabaco de la lengua. Selena era una oyente perfecta, siempre a la altura de las circunstancias con sus «Oh», «Caramba» o incrédulos «¡No!».
—¡Oh, Dios mío! ¿Devolvió el señor Beane el dinero al señor Kelley? —preguntó Selena.
—Oh, desde luego —dijo Allison. Y después, tras una pequeña pausa en la que encontró una contestación mejor, añadió—: No, espera. No se lo devolvió. No, nunca saldó su deuda con el señor Kelley. Terminó largándose con los fondos.
Selena abandonó su personaje el tiempo suficiente para decir con indignación:
—¿Qué es eso de largarse?
Siempre consideraba un golpe bajo que Allison utilizara palabras desconocidas para Selena, y a veces pensaba que Allison inventaba sus propias palabras a medida que hablaba.
—Oh, ya sabes —repuso Allison—. Se largó. Se escapó. Sí, el señor Beane se largó con todos los fondos y el señor Kelley no volvió a ver su dinero.
—¡Allison MacKenzie, te lo estás inventando! —protestó Selena, olvidando completamente el juego—. ¡Pero si ayer mismo vi a Amos Beane en Elm Street! ¡Te lo has inventado todo!
—Sí —dijo Allison, riendo—. Me lo he inventado.
—Se fugó —corrigió severamente la señora Prescott detrás de ellas—. Y no lo hizo. Así es como empiezan las murmuraciones, señorita. Las mentiras siempre se multiplican y dividen y vuelven a multiplicarse.
—Sí, señora —contestó Allison, sumisa.
—Las murmuraciones son como las amebas —continuó la señora Prescott—. Se multiplican, se dividen y se multiplican.
Allison y Selena, atacadas súbitamente por un acceso de risa, echaron a correr hacia la calle, dejando los bocadillos sin ter minar. Se abrazaron en la acera riéndose con histerismo, mientras la señora Prescott las miraba con desaprobación desde el interior.
Cuando los días se acortaban, las dos muchachas pasaban los sábados por la tarde en casa de Allison, donde se distraían maquillándose una a otra con minúsculas cantidades de cosméticos que habían obtenido enviando cupones de revistas a compañías que ofrecían muestras gratuitas.
—Creo que este Rojo Ciruela es el tono de labios que más te favorece, Selena.
Y Selena, cuyos labios parecían abultadas uvas Concord, decía:
—Este Oriental 2 te sienta a las mil maravillas, Allison. Es un color precioso.
Allison, contemplando la imagen que se reflejaba en el espejo y que ahora parecía la de un indio pálido, contestaba:
—¿De verdad lo crees? ¿No lo dices sólo por decir?
—No, en serio. Te hace los ojos más grandes.
Este juego debía terminar antes de que Constance llegara. Tenía un modo tan severo de decir que el maquillaje resultaba vulgar en muchachas de su edad, que Allison, al oírla, sentía desvanecerse toda su alegría y se deprimía para el resto de la tarde.
Selena se quedaba a cenar todos los sábados, cuando Constance sólo cocinaba algo sencillo, como gofres o huevos revueltos con salchichas.
Para Selena, estos alimentos eran de un lujo inusitado.
Todo lo que había en la casa de las MacKenzie le parecía lujoso...
y precioso, digno de un sueño. Le encantaba la combinación de madera y chintz floreado del salón de las MacKenzie, y se preguntaba a menudo, a veces con indignación, cómo era posible que Allison no fuese feliz en un ambiente como éste, con una hermosa madre rubia y un dormitorio rosa y blanco para ella sola.
Así era cómo las dos amigas habían pasado siempre los sábados por la tarde. Pero aquel día un cierto desasosiego, una cierta necesidad de rebelarse, hizo que Allison no contestara a la pregunta habitual de Selena, «¿Qué vamos a hacer hoy?», con la respuesta de costumbre.
Allison dijo:
—Oh, no lo sé. Demos un paseo.
—¿Hasta dónde? —inquirió Selena—. No podemos andar y andar para no ir a ninguna parte. Vayamos a la tienda de tu madre.
A Selena le encantaba ir a la tienda de modas. A veces, Constance le permitía mirar los vestidos que colgaban, resplandecientes, de blancas perchas acolchadas.
—No —contestó terminantemente Allison, que deseaba ir a cualquier sitio menos a la tienda de su madre—. Siempre quieres hacer lo mismo. Vayamos a alguna otra parte.
—Está bien. ¿Adónde, si puede saberse? —preguntó Selena con petulancia.
—Conozco un sitio —dijo rápidamente Allison—. Conozco el sitio más maravilloso del mundo. Es un sitio secreto, de modo que no debes decir a nadie que te he llevado allí. ¿Me lo prometes?
Selena se echó a reír.
—¿Dónde está? ¿Es que piensas hacerme subir al castillo de Samuel Peyton?
—¡Oh, no! Jamás se me ocurriría ir allí. Me daría miedo. ¿A ti, no?
—No —repuso escuetamente Selena—. Claro que no. Los muertos no hacen daño a nadie. Son los vivos quienes a veces resultan peligrosos.
—Bueno, de todos modos, no estoy hablando del castillo. Vamos, te lo enseñaré.
—De acuerdo —dijo Selena—; pero si es una tontería, doy media vuelta y bajo a la ciudad. Tengo un dólar y veinticinco centavos que me ha dado la señora Partridge por plancharle la ropa, y he visto el Photoplays y el Silver Screens de esta semana en la tienda de Prescott.
—Oh, vamos —dijo Allison con impaciencia.
Las dos muchachas echaron a andar cogidas del brazo, y Allison indicó el camino a través de la ciudad y Memorial Park.
Estaba excitada, como cuando antes de Navidad tenía un regalo especial para alguien, y sentía la singular felicidad que proporciona compartir algo muy preciado con una amiga íntima.
—Por ahí viene Ted Carter —dijo Allison en un susurro, aunque el muchacho estaba en el otro extremo del camino del parque y no habría podido oírla—. Simula que no lo ves.
—¿Por qué? —preguntó Selena en voz alta—. Ted es un buen chico. ¿Por qué he de fingir que no lo veo?
—Va detrás de ti; por eso —siseó Allison.
—Estás loca.
—Ni hablar. Es mejor que no tengas trato con Ted Carter, Selena. Tiene una familia horrible. Una vez oí a mi madre hablar con la señora Page sobre los padres de Ted. ¡La señora Page dijo que la señora Carter es tan mala como una camera !
—¿Quieres decir una ramera? —preguntó Selena.
—Shh —susurró Allison—. Te oirá. No sé a qué se refería la señora Page, pero mi madre se puso roja como un tomate al oírlo, de modo que debe de ser algo horrible, como una ladrona, o una asesina.
—Bueno, quizá lo sea, en cierto modo —contestó Selena, echándose a reír—. Hola, Ted —dijo al muchacho, que casi había llegado a la altura de las dos amigas—. ¿Qué haces por aquí?
—Lo mismo que vosotras —repuso Ted y sonrió—. Pasear.
—Pues ven a pasear con nosotras —dijo Selena, sin hacer caso del codazo de Allison.
—No puedo —contestó Ted—. Tengo que comprar varias cosas que me ha encargado mi madre.
—Bueno, si no puedes, ¿qué le vamos a hacer? —dijo Selena.