Peyton Place (Peyton Place 1) 8
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Selena Cross estaba acostada en el catre plegable que le servía de cama y que se hallaba adosado a la pared de la cocina, en la única habitación de la barraca de los Cross.

Estaba muy desarrollada para sus trece años de edad y las curvas de sus caderas y senos ya se adivinaban claramente bajo la ropa, raída y demasiado corta, que vestía.

Casi toda la ropa que llevaba se la habían regalado las niñas más afortunadas de Peyton Place a través de la Sociedad de Damas Auxiliadoras de la iglesia congregacionista.

Selena tenía un largo cabello oscuro que se rizaba de modo natural en ondas suaves y favorecedoras.

Sus ojos eran también oscuros y ligeramente almendrados, y su boca tenía los labios carnosos, de color rojo natural, y unos dientes asombrosamente blancos.

Su piel era tersa, con un tono bronceado que parecía adquirido bajo el sol pero que, en Selena, nunca palidecía durante los largos meses del duro invierno de Nueva Inglaterra.

—Si llevara un par de aros dorados en las orejas —decía la señorita Thornton—, se ajustaría a la idea que tenemos de una gitana auténtica.

Selena poseía toda la sabiduría de la pobreza y la desdicha. A los trece años, la desesperanza era para ella como un viejo enemigo, tan persistente e inevitable como la muerte.

A veces, cuando miraba a Nellie, su madre, pensaba: «Me escaparé. Nunca seré como ella».

Nellie Cross era baja y fofa, con la insana gordura de quien come demasiadas patatas y demasiado pan. Tenía el cabello ralo y lo llevaba recogido en un descuidado moño sobre una nuca no demasiado limpia, y sus manos, siempre mugrientas, eran ásperas y grandes, con uñas rotas y sucias.

«Me escaparé —pensaba Selena—. Nunca tendré ese aspecto.»

Pero la desesperanza siempre estaba al acecho, lista para darle un codazo y decirle: «¿De verdad? ¿Cómo te escaparás? ¿Adónde podrías ir, y a quién recurrirías cuando llegaras allí?».

«Si Lucas estuviera fuera, o sobrio en casa —pensaba Selena, con optimismo—. Oh, lo conseguiré. De un modo u otro, me escaparé.»

Pero casi siempre era como esa noche. Selena yacía inmóvil en su catre y escuchaba roncar a su hermano mayor, Paul, junto a la pared opuesta, así como la respiración anodina de su hermano menor, Joey, que dormía en un catre como el suyo.

Estos sonidos no podían ahogar, sin embargo, los que procedían de la cama doble situada en el otro extremo de la barraca.

Selena contuvo el aliento y oyó cómo Lucas y Nellie hacían el amor.

Lucas no hablaba nunca en esas ocasiones.

Gruñía, pensó Selena, como un cerdo bien cebado, y respiraba como una máquina de vapor atravesando el ancho río Connecticut, mientras que Nellie no emitía ningún sonido.

Selena escuchó y se mordió el labio inferior y pensó: «Daos prisa, por el amor de Dios».

Lucas gruñó con más fuerza y resopló aún más, y los viejos muelles de la cama doble crujieron alarmantemente, cada vez más deprisa.

Al fin, Lucas chilló como un ternero en las manos de un carnicero y todo terminó.

Selena hundió la cara en su almohada, que olía a moho y no estaba cubierta por ninguna clase de funda, y lloró silenciosamente.

«Me escaparé —pensó con furor—. Me escaparé de este nido de ratas.»

Su vieja enemiga, la desesperanza, ni siquiera se molestó en contestar.

Sin embargo, estaba allí.