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Lucas Cross había vivido siempre en Peyton Place , igual que su padre y antes que él su abuelo.
Lucas ignoraba la procedencia originaria de sus antepasados, pero este hecho no le preocupaba en absoluto, nunca había pensado en ello.
Si se lo hubieran preguntado, se habría quedado atónito ante la estupidez de la pregunta y, encogiéndose de hombros, habría contestado: «Siempre hemos vivido por aquí».
Lucas era un leñador de los muchos que había en el norte de Nueva Inglaterra.
Los madereros profesionales respetaban los bosques, sabían que las generaciones anteriores habían abusado de ellos y habían talado árboles indiscriminadamente sin tomar ninguna medida para su conservación y repoblación.
Ahora aprovechaban los recursos forestales con paciencia y precisión.
Para los hombres como Lucas, los bosques constituían una especie de precaria seguridad, como un colchón sobre el que dejarse caer para amortiguar los golpes de la vida.
Cuando todo lo demás fallaba y se necesitaba urgentemente dinero en efectivo, siempre existía la posibilidad de «trabajar los bosques».
Los madereros no abrigaban más que desprecio respecto a hombres como Lucas, y les asignaban tareas secundarias en la industria de la madera: la carga de los troncos en los camiones, su afianzamiento por medio de cadenas y la descarga en los aserraderos.
En el norte de Nueva Inglaterra, Lucas era conocido como un leñador, pero si hubiera vivido en otra zona de Estados Unidos le habrían llamado bracero, o campesino, o basura blanca.
Formaba parte de una vasta cofradía que no trabajaba en un negocio determinado, tenía muchos hijos con una esposa desaliñada e instalaba a su numerosa familia en una reducida y desvencijada vivienda provisional.
En una época de enseñanza gratuita, el leñador del norte de Nueva Inglaterra apenas tenía instrucción, y en muchos casos su patrono debía pagarle en efectivo porque el empleado no sabía estampar su firma en un talón.
Lo que el leñador sabía, lo sabía por instinto, por escuchar conversaciones, raramente por observación, y casi siempre estaba borracho.
Vivía en destartaladas chozas de madera cubiertas con cartón alquitranado en vez de tablones, y su casa carecía de agua y de desagües.
Bebía, pegaba a su esposa y maltrataba a sus hijos, pero tenía una virtud que, a su juicio, pesaba más que todas sus faltas: pagaba sus facturas.
Contraer deudas era el pecado capital más grave, y único, para hombres como Lucas Cross, y tras este hecho se escudaban los habitantes de cualquier ciudad pequeña del norte de Nueva Inglaterra cuando debían afrontar la realidad del barraquismo que proliferaba a su alrededor.
—Son inofensivos —decían, especialmente a los turistas de la gran urbe—. Pagan las facturas y los impuestos y se ocupan de sus propios asuntos. No hacen daño a nadie.
Ésta era la misma actitud que observaban los asistentes sociales respecto a la miseria de la familia del leñador.
Se consideraba una desgracia que un niño muriera de frío o desnutrición, pero esto no era motivo suficiente para tomar medidas drásticas.
El estado dejaba las cosas tal y como estaban, nunca se le había exigido que prestara ayuda material a los residentes de las barracas que, como una plaga, infestaban el norte de Nueva Inglaterra.
Lucas Cross se diferenciaba de muchos leñadores porque tenía un oficio que practicaba cuando le persuadían con alcohol o le sobornaban con fantásticas sumas de dinero. Era un hábil carpintero y ebanista.
—Nunca he visto nada parecido en toda mi vida —había dicho Charles Partridge poco después de haber convencido a Lucas para que hiciera algunos armarios destinados a la cocina de la señora Partridge—.
Le llamé y vino; aunque creo que había tomado alguna copa, no estaba borracho.
Llevaba un metro plegable que me pareció tan exacto como un reloj de dos dólares.
Se sentó, echó una larga mirada a las paredes de la cocina, luego empezó a tomar medidas y a maldecir por lo bajo, y a los pocos días empezó a aserrar y a lijar.
Antes de que pudiera darme cuenta, había terminado, y te aseguro que no hay armarios mejor hechos en ninguna cocina de Peyton Place . Míralos.
Los armarios eran de pino y encajaban a la perfección en los espacios situados entre las ventanas de la cocina de los Partridge. Relucían como el satén.
A lo largo de los años, Lucas había hecho gran parte de los «acabados» interiores de las casas de Chestnut Street, y la mayor parte de lo que no había hecho él, lo había hecho su padre.
—Son buenos ebanistas, los Cross —decían los habitantes de la ciudad.
—Cuando están sobrios —precisaban.
—Mi esposa quiere que Lucas le haga un aparador cuando acabe de trabajar los bosques.
—Primero tendrá que dormir la borrachera. Se gastará todo el dinero que gane en alcohol antes de empezar a buscar trabajo de nuevo.
—Son todos iguales. Trabajan unos días, se emborrachan, trabajan y vuelven a emborracharse.
—Sin embargo, son inofensivos. No hacen daño a nadie. Pagan sus facturas.
Seth Buswell, en un raro acceso de humor filosófico, dijo:
—Me pregunto por qué beben. No creo que tengan la imaginación suficiente para inventar fantasmas de los que huir. Me pregunto en qué piensan. Deben de tener esperanzas y sueños iguales a los de todos nosotros aunque parezca que sólo les interesa, en este orden, el alcohol, el sexo y la comida.
—Cuida tu lenguaje, viejo amigo —le advirtió el doctor Swain—. Cuando hablas así, sale a relucir la vieja educación de Dartmouth.
—Lo siento —repuso Seth, y adoptó de nuevo el acento de la localidad, la única hipocresía que practicaba conscientemente.
Quizá no fuera honrado omitir algunas letras y dejar de pronunciar las des finales, pero su padre había hecho un montón de dinero a pesar de ello y a causa de ello había obtenido muchos votos.
—Quizá sean realmente inofensivos —dijo Seth—. Una especie de animales domesticados.
—Excepto Lucas Cross —replicó el doctor Swain—. Éste es un mal hombre. Hay algo en su persona, quizá la mirada, que me da mala espina. Tiene los ojos de un chacal.
—Lucas es un tipo normal y corriente, doctor —dijo Seth con indiferencia—. Todo eso son imaginaciones tuyas.
—Eso espero —repuso el médico—, pero me temo que no es así.