Peyton Place (Peyton Place 1) 6 #2
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—No hay nada más preciado que la vida, Seth —dijo el doctor Swain con aspereza—, incluso para los que viven en nuestras barracas.

—Por favor —repuso Seth, recuperando el buen humor—. Al menos podrías referirte a ellas como «campamentos» o «residencias veraniegas».

—¡Los suburbios! —exclamó el doctor Swain—. ¡No es más que eso! Pregunta: «¿Dónde vive usted, señor Barraquista?». Respuesta: «Vivo en los suburbios de Peyton Place ».

Ambos hombres se echaron a reír.

—Tomemos otra copa antes de que te vayas —dijo Seth.

—Sí, Señor del Suburbio —dijo el doctor Swain—. Incluso podríamos dar un nombre a estas propiedades. ¿Qué te parece Cresta de los Pinos, o Colina del Sol?

—No te olvides de Loma de los Arces y Cerro de los Olmos —dijo Seth.

«No tiene gracia», pensó el doctor Swain media hora después de dejar a Seth, mientras daba su acostumbrado paseo nocturno antes de volver a casa.

Se dirigió hacia el sur, después de dejar Chestnut Street, y apenas había recorrido un kilómetro cuando llegó a la primera barraca.

Una luz mortecina brillaba a través de una pequeña ventana, y un penacho de humo se escapaba de la chimenea de hojalata.

El doctor Swain se detuvo en medio del polvoriento camino y contempló la diminuta casa de cartón alquitranado que albergaba a Lucas Cross, a su esposa Nellie y a sus tres hijos.

El doctor Swain había entrado una vez en la barraca y sabía que el interior constaba de una sola habitación, donde la familia comía, dormía y vivía.

«Debe de hacer un frío horrible en invierno», pensó el médico, e intuyó que ésta era la circunstancia más llevadera del hogar de la familia Cross.

Cuando se disponía a dar media vuelta para regresar a la ciudad, un estridente chillido resonó en la noche.

—¡Dios mío! —exclamó el doctor Swain en voz alta.

Echó a correr hacia la barraca, imaginándose toda clase de accidentes y maldiciéndose por no tener el maletín a mano. Había llegado a la puerta cuando oyó la voz espesa de Lucas Cross.

—¡Hija de perra! —gritaba Lucas—. ¿Dónde lo has metido?

Se oyó un fuerte estrépito, como si alguien se hubiera caído o hubiera sido empujado sobre una silla.

—Ya te lo he dicho mil veces —profirió Nellie con voz lastimosa—. No hay más. Te lo has bebido todo.

—¡Maldita ramera mentirosa! —gritó Lucas—. Lo has escondido. Dime dónde está o te daré una paliza que no olvidarás mientras vivas.

Nellie volvió a chillar, y el doctor Swain se apartó de la entrada de la cabaña con una aguda sensación nauseosa.

«Supongo —pensó— que cada uno debería ocuparse de sus propios asuntos, pero a veces resulta difícil.»

Se dirigió hacia el camino, pero sólo había dado unos pasos cuando tropezó y casi se cayó sobre una pequeña figura agazapada en el suelo.

—Por el amor de Dios —dijo suavemente, agachándose y cogiendo a una muchacha por el brazo—. ¿Qué haces aquí?

La muchacha se desasió.

—¿Qué hace usted aquí, doctor? —preguntó de mal humor—. Nadie le ha llamado.

A la débil luz que salía de las ventanas de la barraca, el doctor apenas distinguía las facciones de la muchacha.

—Oh —exclamó—. Eres Selena. Te he visto algunas veces por la ciudad con la pequeña MacKenzie, ¿no es así?

—Sí —repuso Selena—. Allison es mi mejor amiga. Escuche, doctor, no diga nada a Allison sobre el jaleo de esta noche, ¿quiere? Ella no entendería estas cosas.

—No —contestó el doctor Swain—. No diré una palabra a nadie. Tú eres la mayor, ¿verdad?

—No. Mi hermano Paul es mayor que yo. Él es el mayor.

—¿Dónde está Paul ahora? —inquirió el médico—. ¿Por qué no hace algo para evitar todo esto?

—Ha ido a la ciudad para ver a su novia —dijo Selena—. De todos modos, ¿qué cree usted? Nadie puede detener a papá cuando se emborracha y empieza a pegarnos.

Dejó de hablar, silbó suavemente, y un niño salió corriendo de detrás de un árbol.

—Siempre salgo cuando papá está así —dijo Selena—. También hago salir a Joey, para que papá no la tome con él.

Joey era pequeño y delgado y no debía de tener más de siete años. Se quedó detrás de su hermana y observó tímidamente al médico. Una oleada de cólera invadió al hombre.

—Voy a acabar con esto —dijo, y se dirigió nuevamente hacia la puerta de la barraca.

Selena se le adelantó y apoyó ambas manos en su pecho.

—¿Quiere que le mate? —susurró con desesperación—. Nadie le ha llamado, doctor. Será mejor que vuelva a Chestnut Street.

Salían ahora de la barraca continuos lamentos, pero los gritos habían cesado y la voz de Lucas era sosegada.

—Ya se ha calmado —dijo Selena—. Si entrara ahora, sólo conseguiría que papá volviera a excitarse. Será mejor que se vaya, doctor.

El médico titubeó un momento y se llevó luego la mano al sombrero para despedirse de la muchacha.

—Está bien, Selena —dijo—. Me iré. Buenas noches.

—Buenas noches, doctor.

Ya había llegado al camino cuando la muchacha echó a correr y lo alcanzó. Le puso una mano sobre la manga.

—Doctor —dijo—, Joey y yo queremos darle las gracias. Ha sido muy amable al venir.

Como lo hubiera hecho una dama que se despidiera de sus invitados después de tomar el té, pensó el doctor. «Ha sido muy amable al venir.»

—No tiene importancia, Selena —le contestó el doctor Swain—. Siempre que me necesites, llámame.

Observó que, aunque Joey estaba justamente detrás de Selena, el niño no pronunció una sola palabra.