6
Los viernes por la noche los hombres de Chestnut Street se reunían en casa de Seth Buswell para jugar al póquer. Normalmente acudían todos los hombres, pero aquel viernes sólo había cuatro en torno a la mesa de la cocina de Seth: Charles Partridge, Leslie Harrington, Matthew Swain y Seth.
—Hoy somos pocos para la partida —le comentó Harrington, pensando que un grupo pequeño impedía una apuesta grande.
—Sí —dijo Seth—. Dexter tiene a sus suegros en casa y Jared ha ido a White River . Leighton me ha llamado para decirme que tenía asuntos que tratar en Manchester.
—Asuntos de faldas, seguro —declaró el doctor Swain—. No entiendo cómo se las arregla el viejo Philbrook para no contraer la gonorrea.
Partridge se echó a reír.
—Probablemente se cuida tan bien como tú le has enseñado, Matthew —dijo.
—Bueno, empecemos a jugar —dijo Harrington con impaciencia, barajando las cartas con sus blancas manos.
—Estás ansioso por llevarte nuestro dinero, ¿eh, Leslie? —le preguntó Seth, que sentía una intensa aversión hacia Harrington.
—Así es —repuso, sonriente, Harrington, que conocía muy bien los sentimientos de Seth.
A Leslie Harrington le excitaba saber que las personas que le odiaban no tenían más remedio que tolerarle.
Para Harrington, ésta era la prueba de su éxito y renovaba en él, cada vez que ocurría, una gran sensación de poder.
En Peyton Place todos sabían que una cuestión cualquiera no podía someterse al voto de la ciudad con posibilidades de éxito si Harrington no estaba a favor de ella.
Él no se avergonzaba en absoluto de haber reunido varias veces a sus obreros para decirles: «Bueno, amigos, me parecería muy bien si no votáramos la construcción de una nueva escuela elemental este año.
Me parecería tan bien que os daría una bonificación del cinco por ciento dentro de dos semanas».
Seth Buswell , por cuyas venas corría la sangre de un cruzado, se sentía tan impotente ante Harrington como un granjero que se hubiera retrasado en el pago de su hipoteca.
—Reparte —dijo Partridge, y la mano de póquer comenzó.
Los hombres jugaron en silencio durante una hora, y sólo Seth se levantaba de la silla cuando había que volver a llenar los vasos.
El dueño del periódico jugó mal, pues en lugar de concentrarse en las cartas pensaba en las posibles formas de plantear una delicada cuestión a sus invitados.
Al final decidió que el tacto y la diplomacia serían inútiles en esa ocasión, y cuando se jugó la siguiente mano, empezó a hablar.
—Últimamente he estado pensando —dijo— en las barracas que proliferan alrededor de la ciudad. Me parece que deberíamos tener una ley de zonificación.
Durante un momento no habló nadie. Después Partridge, para quien éste era un viejo tópico de conversación, bebió un sorbo de su vaso y suspiró fuertemente.
—¿Otra vez, Seth? —preguntó el abogado.
—Sí, otra vez —repuso Seth—. Hace años que intento haceros entrar en razón y ahora os digo que es hora de tomar una resolución. La semana que viene empezaré a publicar una serie de artículos, con fotografías, en el periódico.
—Bueno, bueno, Seth —intervino Harrington con tono apaciguador—, yo no me precipitaría. Al fin y al cabo, la gente que vive en esas barracas de las que hablas paga impuestos igual que el resto de nosotros. Esta ciudad no puede permitirse el lujo de perder ningún contribuyente.
—Por el amor de Dios, Leslie —dijo el doctor Swain—, los años deben de haberte reblandecido el cerebro para que hables así.
Claro que los dueños de las barracas pagan impuestos, pero su propiedad está tasada en tan poco, que lo que pagan a la ciudad es algo insignificante.
Sin embargo, viven en sus barracas y engendran hijos a docenas.
Nosotros somos los que pagamos para educar a sus hijos, asfaltar las calles y renovar el equipo de extinción de incendios de vez en cuando.
Los impuestos que paga el dueño de una barraca en diez años no bastarían para enviar a sus hijos a la escuela durante un solo año.
—Sabes muy bien que el doctor tiene razón, Leslie —dijo Seth.
—Sin las barracas —argumentó Harrington—, los terrenos que ahora ocupan serían improductivos.
¿Qué impuestos obtendríamos entonces? No sólo eso, sino que no podemos elevar los impuestos sobre las barracas a menos que elevemos los de todo el mundo.
Si zonificamos de nuevo el área de las barracas, tendremos que zonificar de nuevo toda la maldita ciudad y todo el mundo se pondrá furioso.
No, amigos, a mí me molesta tanto como a vosotros tener que pagar la educación de los hijos de un leñador, pero sigo diciendo lo mismo, dejemos las barracas en paz.
—¡Por el amor de Dios! —gritó el doctor Swain, olvidándose de sí mismo y exaltándose de un modo que él y Seth habían convenido evitar de antemano—.
No es sólo cuestión de impuestos y de que estos lugares sean horriblemente antiestéticos.
Son sitios inmundos, tan sucios como cloacas y tan insanos como un pantano africano.
Precisamente la semana pasada me llamaron de una barraca.
Ni retrete, ni fosa séptica, ni agua corriente, ocho personas en una habitación y ningún tipo de ventilación.
Es un milagro que uno solo de esos niños viva lo suficiente para ir a la escuela.
—Así que esto es lo que te preocupa, ¿verdad? —rió Harrington—. Está claro que no son los impuestos lo que os preocupa a ti y a Seth. Es la idea de que algún escuálido golfillo se resfríe al salir con los pies descalzos para hacer sus necesidades en el exterior.
—Eres un necio, Leslie —dijo el doctor Swain—. No estoy pensando en los resfriados. Pienso en el tifus y la polio. Espera a que una de estas enfermedades se abata sobre las barracas; al poco tiempo toda la ciudad estará en peligro.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Harrington—. Aquí nunca hemos tenido nada de eso. Pareces una vieja, doctor, igual que Seth.
El rostro de Seth se sonrojó de furor, pero antes de decir nada Partridge intervino rápida y sosegadamente.
—¿Cómo demonios piensas lograr que los dueños salgan de sus barracas si se niegan a acatar esas leyes que propones, Seth? —preguntó el abogado.
—No creo que fueran muchos los que decidieran marcharse —contestó Seth—. La mayoría puede permitirse el lujo de hacer mejoras en su propiedad. Podrían utilizar parte del dinero que se beben para instalar retretes, alcantarillado y agua.
—¿Qué intentas hacer, Seth? —preguntó Harrington, riendo—. ¿ Convertir Peyton Place en un estado policial?
—Estoy de acuerdo con el doctor —dijo Seth—. Eres un necio, Leslie.
La cara de Harrington se ensombreció.
—Quizá sí —declaró—, pero no olvides que cuando empiezas a decir a un hombre que tiene que hacer esto o aquello, te arriesgas a violar los derechos de un ciudadano.
—Oh, Dios mío —gimió Seth.
—Sigue adelante y acúsame de ser un necio si quieres —continuó Harrington rectamente—, pero nunca lograrás que vote una ley que prescriba en qué clase de hogar debe vivir un hombre.
Seth y el doctor Swain contemplaron a Harrington con incredulidad mientras él pronunciaba su mojigata sentencia, y antes de que pudieran hablar, Partridge, que era un pacifista nato, cogió el montón de cartas y las empezó a barajar.
—Hemos venido aquí para jugar al póquer —dijo—. Juguemos.
El tema de las barracas de Peyton Place no volvió a salir, y cuando a las once y media uno de los hombres sugirió que jugaran la última mano, el doctor Swain cogió las cartas y las repartió.
—Apuesto —dijo Harrington, sosteniendo las cartas cerca del pecho y mirándolas con el ceño fruncido.
—Voy —dijo Seth, que tenía las cartas, una encima de otra, en una mano.
Partridge y el doctor Swain se retiraron, y Harrington aumentó la apuesta de Seth.
—Subo —dijo el dueño del periódico, empujando más dinero hacia el centro de la mesa.
—De acuerdo —dijo Harrington con irritación—. Vuelvo a subir.
El doctor Swain observó con desagrado que Harrington había empezado a sudar.
«Codicioso bastardo —pensó el médico—. Con toda la fortuna que tiene, le preocupa perder unos cuantos dólares.»
—Lo veo —dijo fríamente Seth.
—¡Maldito seas! —exclamó Harrington—. De acuerdo. Ya está bien. Canta.
—Escalera de color —dijo Seth en voz baja, dejando sobre la mesa sus cartas.
Harrington, que tenía una escalera de reyes, se sonrojó.
—Maldita sea —dijo—. La única mano buena en toda la noche y no me sirve de nada. Tú ganas, Buswell.
—Sí —dijo Seth y miró al propietario de la fábrica—. Al final suelo ganar siempre.
Harrington miró a Seth a los ojos.
—Si hay algo más odioso que un mal perdedor —dijo— es un mal ganador.
—Como digo a menudo: «Coge un espejo y verás tu propia imagen» —le replicó Seth a Harrington— . ¿Qué dices tú, Leslie?
Charles Partridge se levantó y se desperezó.
—Bueno, muchachos, ya es muy tarde. Será mejor que me marche.
Harrington hizo caso omiso del abogado.
—Siempre gana el que tiene las mejores cartas, Seth. Esto es lo que yo digo a menudo. Espera un momento, Charlie. Me voy contigo.
Cuando Partridge y Harrington se hubieron marchado, el doctor Swain apoyó una mano en el brazo de Seth.
—Lo siento, amigo —dijo—, pero creo que debes esperar unos días y hablar con Jared y Leighton antes de publicar en el periódico un artículo sobre las barracas.
—¿Esperar? —dijo Seth, airadamente—. Llevo años esperando. ¿Qué debemos esperar ahora, doctor? ¿El tifus? ¿La polio? Apuesta tu dinero y haz tu elección.
—Lo sé, lo sé —repuso el doctor Swain—. De todos modos, será mejor que esperes.
Hay que educar a la gente para que acepten nuevas ideas, y a veces esto es un proceso largo y pe noso.
Si te precipitas, te atacarán al igual que hizo Leslie, y te dirán que las barracas están ahí desde hace años y que nunca hemos tenido ninguna clase de epidemia.
—Demonios, doctor, no lo sé. Quizás una buena epidemia lo resolvería todo. Quizá la ciudad estaría mejor sin los tipos que viven en esos lugares.